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BASTA SI SE QUIEREN DOS

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ANDY JORGE BLANCO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Cuando salió por primera vez al aire el programa televisivo “Con dos que se quieran”, en abril de 2010, algunos de los invitados que presentaba Amaury Pérez Vidal y él, me resultaban lejanos. Con 14 años no era capaz de analizar en profundidad lo que allí se hablaba y el enjambre de opiniones que comenzaron a generar aquellas conversaciones pos noticiero estelar.

La primera temporada, con un total de 60 entrevistas, tuvo la mayor teleaudiencia durante los 14 meses que duró la transmisión. Entre esa estaba yo, pero pudiera decirse que veía “el programa de Amaury” con ojos, claro está, pero con la vista en otra parte.

En un país en el que la variedad y calidad de las propuestas televisivas son tema de crítica -pocas veces constructiva-, al sintonizar los canales, “Con dos que se quieran 1” y ahora “2”, parece ser el alivio del martes que hace olvidar, por un instante, estos enjuiciamientos.   

No se trata simplemente de la pasión que suele despertar en los televidentes conocer sobre los orígenes o pasajes de personalidades de nuestra cultura, sino cómo el público puede descubrir a una persona común tras cada respuesta, esa que muchos quieren saber y, por la curiosidad, a veces resulta inconclusa.

“Con dos que se quieran” logra, tras la conducción y dirección de Amaury Pérez, que figuras como Silvio Rodríguez, Eusebio Leal, Carilda Oliver, Miguel Barnet, Alina Rodríguez, Magda Resik o Rolando Pérez Betancourt hablen de sus vidas, de la familia, de los problemas de la sociedad cubana y de cómo construir un país mejor desde su compromiso y lealtad con el pueblo.

El exministro de Cultura Abel Prieto comentó que esto se debe a la forma del trovador cubano de conducir las entrevistas, en las que da a “conocer detalles muy personales con elegancia y sobriedad, alejados del cotilleo y de las maneras de los reality shows”.

Si bien es cierto que quienes desfilan por los estudios Abdala contribuyen a mantener la cultura cubana desde la música, la actuación, la danza, la historia o el periodismo, lo cuestionable del asunto es que, de los más de 100 entrevistados entre la primera y segunda temporada del programa, no ha existido uno que no tenga una estrecha amistad con Amaury Pérez.

No pretendo con esto defender el criterio de quienes dicen que debiera repensarse el título del espacio televisivo a “Amaury y sus amigos”, porque son sus amigos personales, es cierto, pero los conoce toda Cuba y a los televidentes les interesan.

Existen otras tantas personalidades que, aunque no tengan una relación íntima con el músico cubano, los admiradores del programa quieren ver, que es, en definitiva, lo más importante, y seguirían siendo dos que se quieran o quizás tres, por la cómplice presencia del televidente tras la pequeña pantalla.

Aunque sin ser periodista logra un buen manejo de la entrevista como género, asesorado, claro está, por un equipo de trabajo, es visible lo meloso de las entradas y cierres, las no pocas ocasiones en las que pierde al espectador en sus anécdotas personales con los entrevistados, y la desmesura teatralidad que, a veces, derrocha con algunos invitados.

Pero “Con dos que se quieran” es otra muestra de lo apasionante del diálogo, ese que, bien logrado, aviva reflexiones, sentimientos, opiniones y hurga en la vida de quien se expone a las preguntas.

Amaury Pérez Vidal ha dicho que odia los programas sin fin, pero al público parece no interesarle su opinión. Siempre que cada martes haya dos que se quieran, eso en Cuba basta.



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