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LA ÚNICA OPCIÓN DE CLARA

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AYMELIS ALFARO CAMACHO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Una cortina de tela blanca, un poco gastada, divide en dos secciones la casa. En las paredes y en el techo de fibras de cemento, se observan rastros de lluvias pasadas. A un lado del comprimido cuarto hay dos camas y un pequeño armario. El olor a café y los sonidos de una emisora radial se perciben en la atmósfera hogareña.

“Aquí vivo hace 16 años”, comenta Clara Druyé Viola, y dirige sus ojos a una foto en la pared, que la lleva a su antiguo apartamento 54, en la calle Salud, de Centro Habana. Sitio que guarda el recuerdo más duro de su vida.

El 26 de febrero del 2000, a la 1:30 a.m., no se sentía ningún ruido, todos estaban durmiendo. De pronto, el edificio empezó a temblar y comenzaron a escucharse los estruendos de las paredes y los gritos de los vecinos pidiendo ayuda.

En ese momento, Clara quedó paralizada por unos instantes. “¡Los niños – pensó- tengo que sacar a mis niños de aquí!” Los agitó para despertarlos. Las manos le temblaban.

“¿Qué recojo primero? ¿Qué es imprescindible?”, dudosa se preguntaba.Tomó algunas ropas, lo que quedaba del último cobro, cinco panes que había sobre la mesa y el biberón con leche de Laura, la menor.

Rápidamente abrió la puerta y bajó junto a sus pequeños las escaleras. “Dios, ayúdame, mis hijos”, gritó desesperada y con lágrimas en los ojos.

Ya abajo, veían como se derrumbaba el edificio por pedazos. Al instante llegaron los bomberos y alumbraron con enormes focos el desastre. Parecía la filmación de una película. Todo caía, se hacía polvo.

A las 3:00 a.m. había concluido la catástrofe. Los policías empezaron a buscar con los perros bajo los escombros por si quedaba alguien atrapado. En las ruinas encontraron desmayada a Marta, la muchacha del quinto piso. La socorrieron y la trasladaron al hospital Hermanos Amejeiras. Tenía cinco fracturas en las costillas.

Cuatro horas después comenzaron a ubicarlos. A Clara y su familia los llevaron para el albergue del reparto Guiteras, municipio Habana del Este. En este lugar tuvieron que enfrentar otro reto: la adaptación.

“Acostumbrarse fue difícil, es difícil. Este lugar es como tener el mundo en un vaso de agua. Aquí hay cualquier tipo de persona: enfermeras, maestros, arquitectos, delincuentes… Convivir es complicado”, comenta Clara.

“La trabajadora social nos dijo que era solo por seis meses, pero aún sigo aquí, esperando, esperando. Llega el tiempo en que uno se adapta. Solo me resta tener paciencia hasta que me den una casita como se la han dado a otros”, agrega.

Por ahora tiene fe, confía en que la situación mejorará. Mientras lo hace, ve como sus nietos crecen y juegan en esta casa transitoria. Mientras, se sienta en la butaca, mira la foto de su pasado y piensa: ¡Resistir, no conformarse!



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