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CUANDO EUROPA NIEGA EL TECHO

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ERIKA ALFONSO VILLAR,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Para los millones de personas que huyen de la pobreza, los conflictos políticos, las guerras, el terrorismo, los asesinatos, y los problemas raciales y religiosos, Europa es una luz al final del túnel. Realmente el túnel no tiene tanta luz.

La crisis migratoria -resultado de la explotación neoliberal y las apetencias geopolíticas de las potencias capitalistas occidentales, encabezadas por Estados Unidos- se agudizó en 2015, cuando según la Organización Internacional para las Migraciones, más de un millón de personas cruzó el Mediterráneo, buscando una Europa cuya actitud deja mucho que desear.

Los refugiados, mayormente provenientes de Siria y otras regiones del Medio Oriente y el norte de África desestabilizadas por los propios países que ahora niegan la acogida, se lanzan contra el océano -más allá de la posibilidad de que logren sobrevivir a la dura travesía- para dejar atrás las huellas de miseria, persecuciones políticas, guerras civiles y la violencia común en sus territorios.

Entre discursos dispares, que dejan en entredicho la solidez de un continente “unido”, todos se preguntan si estas potencias mundiales están verdaderamente dispuestas a ayudar las personas –unas, en busca de mejor fortuna y otras, en busca de salvar su vida- y hasta qué punto permitirán la entrada y permanencia de estos en sus territorios. El cierre de fronteras, primero, y un acuerdo que segregó vidas a cambio de millones, dieron la respuesta.

Los números nos ahogan. Solo en lo que va de año (2016), el Mediterráneo, ese mar que baña múltiples islas turísticas, se ha llevado la vida de 1 357 personas, mientras que 330 000 han logrado tocar suelo europeo, esperando ser distribuidos en diferentes países.

Trabas para su entrada hay muchas, en políticos y ciudadanos comunes. Desde quienes se justifican con la defensa de derechos supuestamente amenazados, los que presumen de una falsa superioridad cultural, hasta los que se escudan en la intolerancia.

En el colmo del contrasentido, la rica Europa exprimió la cartera a ciudadanos del Tercer Mundo: Alemania y Dinamarca llegaron a confiscar dinero y bienes a los migrantes cuando su patrimonio de entrada excedía los 1 340 euros. ¿La primera economía europea necesita de estas migajas o es otra estrategia para que no lleguen a su territorio?

El pasado mes una nueva medida alarmó a los refugiados. Turquía aceptó un pacto, a cambio de que la Unión Europea acelere su entrada al bloque y conceda a sus nacionales el acceso como iguales, exentos de visas, por el llamado espacio Schengen de libre tránsito continental.

El tratado incluyó la entrega a Ankara de 6 000 millones de euros para que el Gobierno turco se ocupe de atender en campamentos a todos los migrantes que llegaron a Grecia desde el 20 de marzo último. En un trueque que se anuncia lento, llamado “uno por uno”, un refugiado sirio en regla, que reúna en las instalaciones turcas los requisitos de admisión, ingresará a un país de la Unión, mientras otro ilegal, asentado en Grecia, pasará a Turquía, país que dispondrá de mecanismos para repatriarlos.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo no vivía una crisis de migrantes y refugiados tan grande como la del 2015 que dejó más de 3 700 muertos ¿Que pasará este año? Nunca antes, las potencias capitalistas habían desestabilizado, como fichas de dominó, a tantos países juntos. El mundo asiste a sus consecuencias, pero los gobiernos que tumbaron a otros pueblos se niegan ahora a sostener a esas personas.

El mundo entero se conmueve con la crisis. Los medios de prensa, los estadistas, las organizaciones se han visibilizado, pero no se resuelve en las tribunas: hace falta acciones concretas, respuestas concertadas que, por cierto, hagan más creíble la “unión” de la UE.



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