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UN VELERO EN LA TORMENTA

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Ángel Alfredo Jiménez Garrido fue uno de los mejores atletas de la vela deportiva en Cuba y sufrió en carne propia las consecuencias del bloqueo impuesto por Los Estados Unidos a la Isla. 

PEDRO PABLO CHAVIANO HERNÁNDEZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Foto: Cortesía del entrevistado.

“La panacea de los valientes, de los intrépidos, un mundo lleno de peligros, misterios y bellezas por igual, donde solo los que se adentran son capaces de darse cuenta de su grandeza”, así se presenta el mar para Ángel Alfredo Jiménez Garrido, uno de los mejores atletas en la historia de la modalidad 4.70 de la vela deportiva en Cuba, quien cuenta en su haber con medallas de oro en Juegos Centroamericanos, Panamericanos y con la participación en dos olimpiadas.

“Nací el 31 de mayo de 1961, en el municipio Playa, La Habana. Desde pequeño sufrí de asma, por lo que mi madre prefería que no practicara ningún deporte. A pesar de esto, siempre fui un niño hiperactivo y a la edad de 10 años me apunté en la Base Náutica Patricio Lumumba, de la Casa Central de las FAR, escondido de mi mamá, quién nunca pudo alejarme de allí, pues había encontrado lo que a partir de ese momento se convertiría en mi razón de ser.

“En 1977, con solo 16 años, entré a formar parte del equipo nacional, con sede en el Cerro Pelado. Esa misma temporada viajé a Europa y participé en regatas en Finlandia, Alemania y Polonia. También en 1979 asistí a los Juegos Panamericanos, en Ponce, Puerto Rico.

“En 1980 clasifiqué para los Juegos Olímpicos de Moscú en los que me ubiqué en uno de los últimos lugares, todavía era muy joven, no estaba completamente preparado para un clima tan diferente al nuestro, pero me quedaban más torneos de este tipo por delante, o al menos eso creía.

“Sucedió que en 1984 tuvieron lugar las olimpiadas en Los Ángeles, donde no asistieron los países socialistas y, por supuesto, Cuba no se sumó a estas. En 1988 ocurrió exactamente lo mismo en Seúl, Corea del Sur, y para Barcelona ´92 nuestra delegación decidió no participar en las velas por falta de recursos. Por lo tanto, habían transcurrido 12 años en los que perdí tres ciclos olímpicos.

“Durante ese período intervine en los Juegos Centroamericanos de La Habana´82, República Dominicana´86 y México´90 donde alcancé 3ro, 2do y 1er lugar, respectivamente, así como en los Juegos Panamericanos de Caracas´83 y La Habana´91 en los que obtuve el 4to lugar.

“Mi sueño en el deporte siempre fue convertirme en campeón panamericano y olímpico, pero hasta ese momento no había conquistado ninguna de las dos medallas anheladas, por tanto, debía superarme, y así lo hice. En los Panamericanos de Mar del Plata, Argentina´95, obtuve mi primer metal dorado en este tipo de competición. Solo faltaban las olimpiadas, que serían al año siguiente.

“Al haberme convertido en el campeón de América, al país le interesaba mi participación en los Juegos Olímpicos de Atlanta´96, pues perfilaba como una posible medalla en los pronósticos. El único problema consistía en que tendría lugar en Estados Unidos. Sin embargo, y para asombro de mi parte, todo fluía normalmente. El INDER solo exigía la garantía de un barco para nuestra participación. En este tipo de evento, la nación sede asegura las  embarcaciones a los atletas, pues resulta más rentable alquilar una en el lugar de la competición, a trasladarla en avión.

“Recuerdo como cada dos o tres semanas nos poníamos en contacto con James Apple, quién en ese momento era el director de la USA Sealing S.A., asociación encargada de organizar la competencia, y nos confirmaba que todo estaba completamente arreglado, no habría ningún problema para participar.

“Llegué a la ciudad de Atlanta dispuesto y ansioso por competir, por pasar a formar parte de la gloria olímpica, era el único título que me faltaba. Pero al bajarnos del avión comenzó todo, después de tantas conversaciones, después de tantas “seguridades”, no habría barcos para los cubanos.

“Mi indignación fue total, discutimos, protestamos, incluso me presenté con el mismo James Apple, ¡tendría que rendirme cuenta! Pero solo nos dijo que había recibido una llamada de un jefe que estaba por encima de él y le prohibía alquilarnos cualquier tipo de embarcación, al parecer violaba algún estatuto del bloqueo. También, en Mar del Plata, habíamos vencido al norteamericano, y no querían que esto volviera a suceder. Lo que más me molestó fue que teníamos el dinero en la mano, no pedíamos nada prestado o regalado, íbamos a pagarlo, pero ni aun así.

“A partir de ese momento, iniciamos una carrera contra reloj para ver dónde podíamos encontrar algún barco. Empezamos a buscar con todos los competidores que conocíamos. Acudimos a los rusos y aceptaron de buena voluntad prestarnos uno. Ahí intercedieron los jueces norteamericanos señalando que la embarcación, aunque cumplieran con los estándares, no estaba certificada, por tanto, no podía entrar en la competencia. Lo mismo ocurrió cuando los alemanes trataron de ayudarnos.

“En ningún momento nos rendimos, no podíamos hacerle eso a nuestro país, ir a una olimpiada a observar solamente. Al final, acudimos a la ya campeona olímpica en Barcelona´92, Theresa Zabell, quien era una muy buena amiga nuestra y una de las pocas que tenía una base de preparación allí mismo en Atlanta. Nos prestó un Nautivela italiano, utilizado por ella para entrenar y que estaba en perfecto estado.

“Theresa fue criticada, incluso, por su propia Federación, pero se plantó con fuerza, y enfrente de mí les dijo: -¡Ese es mi barco y hago con él lo que yo entienda!- De verdad, se portó muy bien con nosotros, incluso no nos cobró nada.

“Ahí no acabó todo, los árbitros, “casualmente” norteamericanos, a la hora de hacer las pruebas a la embarcación fueron estrictos hasta lo irracional. Detectaron que la vela excedía los límites de ancho por solo medio centímetro. ¡Aquello era absurdo! El barco había participado en competencias de nivel mundial, y nunca se le detectó ese problema porque era algo insignificante. Además, el costo de cambiar una vela era elevadísimo, y recortarla no era factible, pues venía de fábrica, y hacerle algún cambio podía afectar su rendimiento. Al final, nos vimos obligados a llamar a la empresa fabricante para que ellos mismos hicieran el ajuste, lo cual no fue nada barato.

“Durante todo ese tiempo, como no teníamos embarcación, no pudimos practicar ni un solo día y no conocíamos la pista de regatas, lo cual es muy importante debido a que el mar no se comporta igual en todos los lugares. Por lo tanto, durante la ceremonia de inauguración, cuando todo el mundo estaba de fiesta, fue el único día que tuvimos para entrenar, lo mismo hicieron nuestros amigos rusos, que eran los vigentes campeones de Europa. Entonces aprovechamos esa oportunidad y topamos  con ellos. ¡Les sacamos una ventaja inmensa! Su barco era mejor, pero nosotros teníamos más habilidades en las maniobras. ¡Si le podíamos ganar de esa manera a los campeones de Europa, entonces estábamos muy cerca de la medalla olímpica!

“A la mañana siguiente todo parecía calmado, como si nos hubiésemos librado de los problemas definitivamente. Pero no fue así. El arbitraje seguía siendo completamente norteamericano, y durante las 12 regatas en las que se dividía la competencia, se hicieron sentir. Nos descalificaron en dos ocasiones y de esa manera nos dejaron matemáticamente fuera de la competencia. Nunca nos enteramos cuál fue nuestra falta, nunca nos la notificaron, y no podían porque no habíamos cometido ninguna, pero ya la decisión era inapelable. Lo único que nos quedaba por hacer era seguir compitiendo con la frente en alto hasta el final. Terminamos en la posición 22 de 46 participantes en total, que con dos descalificaciones fue toda una hazaña, pero ya no tenía el mismo sabor después de tantas injusticias.

“Mi gran alegría fue cuando observé cómo el norteamericano se quedaba fuera de medallas, a la vez que Theresa Zabell, que tanto había hecho por nosotros, ganaba su metal dorado, como si fuera una recompensa. Pero me preguntaba, ¿por qué el bloqueo se hacía presente incluso en una olimpiada?

“Al poco tiempo me retiré. Fui profesor de vela en Guatemala durante varios años y hoy trabajo en la Marina Hemingway como capitán de barcos. En algunas ocasiones participo en las regatas internacionales que tienen lugar allí, e incluso he ganado algunas.

“Con el tiempo me di cuenta que la vela es un deporte casi exclusivamente para ricos, por lo caro que cuestan los buenos implementos y las buenas embarcaciones, sin las cuales es muy difícil ganar. Los cubanos siempre hemos estado en desventaja con otros competidores de países desarrollados, incluso a veces se burlaban de nuestros barcos, pero yo encontré un modo de afrontar este fenómeno, de acortar esas distancias tecnológicas que nos separaban, ¡entrenando más que todo el mundo! Una vez recuerdo la cara de unos brasileños cuando les dije que yo practicaba todos los días, me miraron asombrados, pues ellos solo lo hacían los fines de semana.

“El secreto definitivo de un atleta, sea cual sea el deporte, la política o el dinero, es ese, entrenar, porque el talento no sale a flote si no se cultiva a fuerza de sacrificio y tenacidad. Además, cuando uno ama lo que hace, no representa ningún sacrificio, al contrario, se disfruta.”

Pie de foto: Alfredo compitió en más de 22 países  durante los casi 20 años que integró el equipo nacional de vela.

Ficha técnica

Objetivo Central: Conocer las condiciones que enfrentaron los atletas de la vela deportiva en los Juegos Olímpicos de Atlanta´96.

Objetivos Colaterales: Indagar en los logros deportivos obtenidos por Ángel Alfredo Jiménez Garrido.

Tipo de entrevista:
Por los participantes: Individual.
Por su forma: Monólogo.
Por su contenido: De personalidad.
Por el canal que se obtuvo: Cara a cara. Directamente.

Tipo de título: Llamativo.
Tipo de entrada: De cita del entrevistado.
Tipo de cuerpo: Monólogo.
Tipo de conclusiones: De opinión del entrevistado.



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