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DE UNA DESPEDIDA, MI RECUERDO

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GABRIELA TAMARIT GUERRERO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Su mirada me decía que algo pasaba, sus manos temblaban y la voz le tartamudeaba más que de costumbre. Las maletas estaban listas junto a la puerta de nuestro apartamento en Centro Habana y el carro, en la calle, no paraba de sonar el claxon.

En el viaje hacia el aeropuerto no dije una palabra, solo me bastaba con contemplar a la gente por la ventanilla, ver las guaguas y, sobre todo, miraba los árboles, que en aquel momento me entretenían aunque ahora me dan esa sensación de paz y libertad tan necesarias en ocasiones de infortunio.

Para todos los niños, y para mí con seis años, llegar a la terminal 2 del Aeropuerto Internacional José Martí era un paseo como lo es ir al parque; allí no existen fronteras para demostrarse el último afecto a pesar de esas cuerdas rojas que rodean. A lo mejor, era un paseo, pero no estaba acostumbrada.

Se escuchó el suave llamado de advertencia: “Estimados pasajeros...”, pero no comprendía el motivo de esa voz, ¿qué significa? Siento a mi mamá decir que ya es hora de despedirse de papi. Entonces, cada ficha del rompecabezas encaja con perfección.

Se iba la persona que me peinaba, que sabía ponerme el arete sin que mis orejas sufrieran, quien me preparaba el biberón con leche y chocolate antes de dormir. Partiría el chofer del asiento principal de la bicicleta; ese… era mi papá.

Si bien mi mente quería pensar que volvería a verlo rápido, mi corazón se estrujaba mientras más él se alejaba. La “pecera”, ese espacio donde ves a los tuyos marcharse y dejar su vida atrás, no era suficiente para que un “¡papi, no te vayas!” se escuchara. Entonces, él viraba, porque solo mi caricia era su consuelo por dejarme.

Fueron 365 días en los que aprendí a leer y a escribir. Pero solo pude sentir su orgullo por teléfono, cuando una foto de “te quiero papá”, uno de mis primeros garabatos, le llegó por correo.

Con esa edad me era difícil valorar la dimensión del tiempo y comprender su ausencia durante un año. Ahora me percato de que fue solo uno, ahora… que estoy más grande. Me quedaba de este lado del mundo, mientras que en el otro los molinos sin quijotes y el olor de los tulipanes disimulaban mi ausencia.

Mi vida cambió desde su partida, también mis gustos, cambié yo.

Recuerdo que a su llegada el 13 de septiembre del 2004, tras una larga y desesperada espera, se asomaba el lunar blanco de canas en su cabeza. Corrí mucho, mucho; lo abrazaba, pero no lo miraba. Mis manos recorrían cada parte de su cara, con tocarlo le demostraba la necesidad de un abrazo, de sus besos.

Su amor de nuevo era mío, pero no de la forma que creo me merecía. Aún con su retorno, se perdió, sin querer, parte de mis sueños, mi alegría y mis pesadillas.

Aunque pude comprender tiempo después que las madres generalmente asumen el papel protagónico en la crianza de los niños, nunca dudé de la capacidad de mi papá para ocupar ese rol; lamentablemente, él renunció a la oportunidad.



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