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Isla al Sur

NO ES EL HELADO, ERES TÚ

NO ES EL HELADO, ERES TÚ

ZULEMA SAMUEL DEL SOL,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Sábado en la tarde, Juan deja su casa con el aburrimiento usual. Es joven y aventurero o al menos eso presume, por lo que los fines de semana dentro de las cuatro paredes de su apartamento en Marianao le causan terror. Como muchos jóvenes, se dirige al Vedado, terreno libre desde hace mucho de los asedios de corsarios y piratas de la época colonial, y designado en 1950 como centro de La Habana.

El muchacho resuelve combatir el calor con  algo frío y barato. Es universitario y el día del estipendio está lejos en el almanaque. Termina inclinándose por la opción más cercana: Coppelia, ese proyecto concebido para la familia cubana en 1966, un amplio espacio de recreación sana en medio de la concurrida Rampa.

Entre la estructura con forma de araña y “patas” de hormigón armado, se levantaron árboles, paredes anchas, mesas y sillas. Sobre los cimientos de un antiguo hospital, un centro turístico y posteriormente El Nocturno, se erigió la Catedral del Helado. Juan, ajeno a tanta historia, camina sobre el sudor de seis meses de obra, se recuesta en la esquina trazada por tres arquitectos, calculada por diez ingenieros y disfrutada cada día por miles de cubanos.

El joven observa las esquinas del centro, todas le recuerdan alguna etapa de su vida. Ahí, donde ahora se sientan dos señores a conversar, venía con sus amigos a planificar trabajos prácticos. En la cancha de al frente conoció a Lucía, la novia del pre. Y tantas otras escenas menos importantes, días de aburrimiento, hambre, sed; días tristes, alegres, soleados, oscuros; días de Coppelia.

De repente, todo tenía que ver con la Catedral del Helado. A su mente acudían los segmentos de películas como Fresa y Chocolate, anécdotas familiares, crónicas de Ciro Bianchi, comentarios de Leonardo Padura, las críticas de sus amigos sobre el servicio a los clientes. Cada tema empezaba y terminaba en ese espacio de 21 y L.

Tuvo miedo al pensar en su actual degradación. Donde antes se ofertaban 26 sabores en 13 variantes diferentes y bolas de helado que parecían bolas, no cubiertas rellenas de aire saborizado, hoy se vive otra realidad. Sin, embargo, al contrario de lo que el resto piensa, el alma del lugar nunca ha sido el helado sino los visitantes: las familias, los locos y los cuerdos. La variedad no reside en los sabores sino en la multitud, en las conversaciones más diversas, en los reencuentros.

Fue concebido como un  tío vivo inmóvil, donde el visitante probaba lo que fue el mejor helado del mundo, como alardeaban los cubanos, y disfrutaba de los paseos circulares por las callecitas interiores. Estas caminatas se han vuelto leyenda, actualmente varios porteros prohíben el recorrido para evitar posibles escapes a las canchas.

¿Qué pensaría el fantasma de Mario Girona si viera el objetivo central de su obra tronchado por tales simplezas? Juan sonríe al pensar en las pequeñas “adversidades” y le parece extraño cómo la vigilia de los custodios no frustra el tráfico negro de cantinas.

El muchacho se va sin ordenar, no es el hambre lo que fue a matar al Vedado, sino la soledad sabatina y lo logró. Juan volverá al Coppelia, allí encuentra un pedazo de Cuba concentrada, alegre entre complejidades, hambrienta sin estarlo, bullanguera, contradictoria, de chocomenta y guanábana. Un rizado de sabor y calor.

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