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Isla al Sur

Crítica-Trabajos docentes

LOS TIEMPOS DE CHAPLIN

LOS TIEMPOS DE CHAPLIN

DARÍO ALEJANDRO ALEMÁN CAÑIZARES,
estudiante de primer año de Periodismo,        
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Con sus pantalones anchos, su bastón y el simpático mostacho que le caracteriza, el vagabundo Charlot vuelve a hacer gala de las dotes de trágico comediante en el largometraje de 1936, Tiempos Modernos. La risa se mezcla con los dantescos escenarios de una sociedad en quiebra, donde todavía hay muchos ambulantes, no tan risueños, por las calles.

La película muestra “la cruzada humana en busca de la felicidad”. Es una crítica mordaz a los Estados Unidos de la década de 1930. Su trama se centra en las vicisitudes de un peculiar y conocido personaje cuando se vivía la Gran Depresión (1929-1933), el período más oscuro en la historia norteamericana.

Muchos loan esta pieza del séptimo arte por los simbolismos que encierra, sin embargo, el mismo Charles Chaplin refuta ese criterio, alegando que nunca fue su objetivo el representar subliminalmente alguna idea específica. Haya sido esa o no la meta, el simbolismo está explícito.

Charlot lleva de la mano al espectador por entre cada una de las facetas de esta crisis, siempre desde la óptica del obrero. Magistralmente compara a estos trabajadores con un rebaño de ovejas conducidas, como lo expresa la primera escena, de entre las cuales sobresale una negra que no es más que el mismo protagonista, que de manera inocente, se muestra inconforme con la sociedad que habita.

La primera parte de la película resulta una burla muy perspicaz a Henry Ford y su producción en serie. Chaplin ilustra satíricamente la otra cara del desarrollo que significó la aparición del “modelo T” de autos, y los experimentos laborales que llevó a cabo la Ford para lograr un máximo rendimiento de sus trabajadores. De esta intención nace la inmortal escena del obrero sentado en la sofisticada y descompuesta máquina que a golpes le hacía comer una mazorca de maíz.

Los aires abiertamente anticomunistas que se respiraban en la Norteamérica de 1930 fueron exteriorizados en el filme cuando el vagabundo recoge del suelo aquella banderita –presumiblemente roja- que había caído de un camión, mientras a sus espaldas se desarrollaba una manifestación sindicalista.

El papel de Charlot se lleva todos los lauros. Dicho personaje es, para muchos críticos, el mejor pensado de la historia del cine. Íntegro moralmente, no se permite actuar de otra forma que no sea la de un chevalier. Quizás sea por ello que solo atina a sobrevivir en medio de una sociedad ensimismada, absurda, tecno-dependiente y plutocrática.

La joven huérfana y desamparada, interpretado por Paulette Goddard, es de poca fuerza en la trama, aunque indispensable, como otros tantos en la filmografía de Chaplin: el gigante Mac Kay (La quimera de oro) y la florista ciega (Candilejas). La muchacha, en la historia, hace de conector. Ayuda a conducir un fragmento de la aventurera vida del vagabundo, el cual cierra impredecible y sin rumbo fijo.

Tiempos Modernos es, sin duda, un largometraje del cine mudo, a pesar de que cuando se realizó esta película, hacía nueve años de la aparición del primer filme sonoro: El cantante de jazz, con Al Johnson. Pero Chaplin decidió seguir trabajando con los vestigios del silencio cinematográfico y hacer uso de las pantallas de subtítulos a manera de representar los diálogos. A pesar de ello, en algunas escenas se pueden apreciar voces, como la del jefe de la fábrica o la del mismo Charlot cantando en un enrevesado idioma que mezcla francés, italiano e inglés.

Esta producción fue otro de los caprichos del genio de Charles Spencer Chaplin, quien dirigió, escribió, protagonizó y compuso la música de casi todas sus películas. Para él, la mejor manera de reflejar la miseria humana es mediante una mirada “inocente e indirecta”, y la más efectiva forma de criticarla: una sonrisa.

UNA SILLA DE JUNGLA

UNA SILLA DE JUNGLA

NGA TRAN THU (NINA),
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En el primer plano del cuadro aparece una silla grande, sobre la que reposa una vasija llena de hojas. Este motivo común está investido del consejo de un tabernáculo improvisado a alguna deidad desconocida en el seno de la Madre Naturaleza.

Es esta  la trama de la obra La silla (1943), colección Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana, muestra de lleno el efecto del pintor cubano Wilfredo Lam (Sagua La Grande, 8 de diciembre de 1902—París, 11 de septiembre de 1982), a la vez que hace mención al folklore afrocubano.  Esa pintura, como un producto de toda la vida, era muy interesante, pero un poco difícil para entender porque comúnmente estamos acostumbrados a los retratos de personas mientras que en este caso se retrata a la silla, esta se convierte en la protagonista de la composición a manera de naturaleza muerta.

El cuadro fue realizado a partir de una técnica mixta que acopló acrílico y óleo sobre tela, con pincel, brochas de gran tamaño –utilizadas para pintar los fondos- y espátula. Esta vegetación relativamente ceñida y rodea el tema nominativo del óleo, sin embargo es un fondo móvil que enmarca y envuelve  a la vez, a  la  manera de la flora tropical. El cuadro lleva así mismo el título descriptivo del tema: La silla.         

El fondo de cañas de azúcar y hojas anchas pintadas en tonalidades de verde y amarillo, refleja una naturaleza rica, sensual. La simbología deviene síntesis. Los colores están empleados de manera funcional, reduciéndose la explosión cromática al siena y los amarillos. En estas piezas la relación fondo-figura respeta el sentido tradicional, pero cedió paso a un “polimorfismo abierto“, acotan los especialistas. 

En esa época, el artista solía señalar a su segunda esposa Helena Benítez “la enorme diferencia existente entre la naturaleza de Cuba con sus ceibas y sus campos de caña de azúcar y los relamidos jardines franceses o la seca austeridad de Castilla”.

Creen que Lam tenía  un grueso pincel en las manos. Algunos expertos aseguran que es una fotografía lo que ha llegado del pintor, aunque el búcaro que se observa en primer plano arroje una luz tan intensa que blanquea desagradablemente su Silla. Las diferencias podemos definirlas de la primera impresión que nos causa cada uno de ellos: La jungla es magia y misterio, La silla es el barco que placía a Carpentier (que la tuvo, por cierto, en su colección personal). 

Lam se convierte en un artista capaz de transmitirle a sus cuadros todo un misticismo propio de los cubanos. Logra magnificas soluciones formales y conceptuales que lo convierten en uno de los mejores pintores de todo los tiempos. Se ven en esta obra algunos de los indicios que anuncia el acercamiento de Lam a la abstracción.

Es como una tupida vegetación, el fondo es semejante al de La silla. La imagen está trazada con firmeza en una composición claramente cubista que une la figura con el fondo, desde el punto de vista surrealista, al hombre con la naturaleza. Los azules y verdes oscuros acentuados blanco, junto con la presencia de la figura lunar indician una escena nocturna.

Pie de foto: El cuadro La silla de Wilfredo Lam.

FRESA Y CHOCOLATE, UN HELADO PARA EL CINE CUBANO

FRESA Y CHOCOLATE, UN HELADO PARA EL CINE CUBANO

JOSE ANTONIO RIGUAL DÍAZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Uno de los mejores filmes cubanos de todos los tiempos es el drama Fresa y Chocolate, dirigido por Tomás Gutiérrez Alea (Titón) y Juan Carlos Tabío. La película, estrenada en 1993 en La Habana, desenmascara la intolerancia a la homosexualidad y la religión, existente en la Isla durante las décadas del sesenta, setenta y ochenta del pasado siglo.

A pesar que fue su primera experiencia cinematográfica a cargo de la música,  José María Vitier logró con fragmentos de "Il Trovatore", de Verdi, dirigidos por María Callas, y con composiciones para piano de Ignacio Cervantes y Ernesto Lecuona, interpretadas por el maestro Frank Fernández, crear un clima de angustia o regocijo según lo requirió cada escenas.

En el caso de la fotografía, dirigida por Mario García Joya, presenta juegos de luces anteriores, posteriores y laterales; azuladas, doradas y blancas. Prefiere los encuadres próximos, pues se acerca al objeto a fotografiar para captarlo mejor y usando planos inusuales. García ofrece tomas de La Habana, especialmente la Habana Vieja, y lleva al espectador cubano la imagen de una ciudad con la que se ve identificado.

En 108 minutos de duración, el largometraje, una adaptación del cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo, del escritor cubano Senel Paz, autor también del guión cinematográfico, muestra la historia de pasiones censuradas entre Diego (Jorge Perugurría), homosexual que busca la amistad de un joven universitario llamado David (Vladimir Cruz) y Nancy (Mirta Ibarra), mejor amiga de Diego.

Este filme se convirtió en un clásico del cine cubano, no solo por las actuaciones y buenas técnicas de rodaje, sino por constituir una crítica a los prejuicios de esa Cuba que discriminaba la homosexualidad, la religión y las formas distintas de pensamiento.

En lo que podría ser la mejor actuación de su vida, Jorge Perugurría, en el papel de Diego, con voz suave y pausada, gestos al hablar y el vestuario, hace muy efectiva y creíble su interpretación artística de un gay.

Aunque la mayoría de las escenas se realizaron en espacios cerrados, la ambientación  y decoración es aceptable, solo que, en algunos momentos, requirió de mejores condiciones de iluminación. Otro punto que pudo haber sido mejor es el maquillaje, pues en el caso de Mirta se muestra demasiado retocada.

El contenido fílmico y las excelentes actuaciones del elenco, dieron reconocimiento internacional a la película, lo que  la convirtió, en 1995, en la única cubana nominada a los premios Oscar. También recibió el premio Goya a la mejor película extranjera de habla hispana ese mismo año. Ha sido mejor película en festivales de cine como el de La Habana y Brasil y obtuvo el Oso de Plata a la película del público, en el Festival de Berlín, Alemania.

El filme contó para su realización, con el apoyo de México y España y fue distribuido por la agencia Miramax. Esta película, al igual que otras de Titón como Memorias del Subdesarrollo y La muerte de un burócrata, sabe como apelar a la sensibilidad del espectador, lo convence de la problemática y lo incita a reaccionar, valiéndose de un fino humor reflexivo y que puede llegar a ser satírico en algunos momentos.

Constituye Fresa  y Chocolate, en fin, un refrescante helado para el cine cubano que rompe con esquemas tradicionales, se aventura a la crítica sapiente, enseña, entretiene y no pasa de moda; se hace digna de volverse a ver.

THRILLER HIZO REVOLUCIÓN

THRILLER HIZO REVOLUCIÓN

ALAIN MIRA LÓPEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En la televisión comienza esta historia de terror: el auto de una joven pareja se queda sin combustible cerca del bosque, los amantes deciden caminar por entre los árboles y mientras lo hacen, él le propone matrimonio a ella, quien enseguida lo acepta.

Seguido, sale la luna y él inicia el proceso de transformación en una bestia sobrenatural. La prometida, asustada, rompe en carrera desenfrenada, mas, su destino parece sentenciado, el animal la derriba y justo cuando la va a despedazar, aparece la misma pareja sentada en el cine observando el final de la escena antes narrada.

De esta forma, John Landis, cineasta norteamericano, empieza el video musical Michael Jackson´s Thriller, cortometraje de 14 minutos que impulsó, de forma acelerada, la carrera del "Rey del Pop”, reflejado en los ocho Premios Grammy obtenidos en 1984.

La idea de la transformación en bestia se le ocurrió al popular cantante tras ver el filme “Un hombre lobo americano en Londres”. Luego, con 500 mil dólares de presupuesto declarados, crearon una nueva forma de promocionar la música, hacer del video-clip una mini-película para romper con la forma tradicional, que eran imágenes de los intérpretes cantando.

Para la época, pudo parecer descabellada, pues los clips promocionales no tenían tramas incluidas. Jackson revolucionó ese esquema y Thriller fue su pionero, incluso, el primero en el género de terror.

A partir de este punto, la forma de promocionar la música en la televisión cambió, los directores comenzaron a narrar historias mediante imágenes y bailes, cortar la canción para introducir diálogos, todo en la búsqueda de un aumento en las ventas de sus producciones.

La ruptura de todos estos parámetros funcionó de manera espectacular, pues Thriller ha sido y es el clip más comercializado de Michael Jackson, vendió nueve millones de copias, récord aún vigente.

El ritmo pegajoso: una mezcla de varios estilos como el pop, el funk; la presencia de jóvenes con quienes las nuevas generaciones se puedan identificar y el vestuario de colores llamativos, que simbolizan la moda de la época, son elementos que tributaron en gran medida a la fama del video.

Pero si algo llamó la atención a los receptores fue la coreografía de los zombis bailando liderados por Michael Jackson, protagonista principal del cortometraje. El cantante logró una combinación de pasillos diferentes a cualquier otro espectáculo, pues hicieron movimientos bruscos, torpes, como si fueran muertos vivientes, no responden a ningún baile tradicional, buscaba crear un nuevo estilo de danza y lo logró.

Tal es así, que ha sido imitado y parodiado en disímiles filmaciones posteriores como la serie para adolescentes Los Hechiceros de Warvely Place y la animada South Park. Algunos videojuegos también la han utilizado, Plantas vs Zombis es un ejemplo de ello.

John Landis, director del video, produjo en otras ocasiones para artistas como Paul McCartney, B.B. King y JibJab, además, colaboró en otras ocasiones con Jackson. Sus películas más conocidas son Masters of Horror (2005), Blue Brothers (2000) y Un Príncipe en New York.

En el video solo participaron dos actores, Ola Ray y Michael Jackson, ambos inexpertos en el cine, con un grupo de bailarines, todos con pocos años sobre el escenario, que hacen función de extras, pero, a pesar de estos contratiempos, lograron armar una coreografía como la ideó el “Rey del Pop”, simulando que son zombis.

De forma general, es un buen video-clip; el ritmo y la letra mantienen su juventud, a pesar de haber pasado 30 años de presentado. Es posible que necesite algunos arreglos musicales para adaptarla a los nuevos tiempos, pero justo como fue filmado, aún es muy seguido por los más noveles.

 

AL TORRERO DE LAS NUBES

AL TORRERO DE LAS NUBES

JORGE YACER NAVA QUINTERO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El cielo, cual urbe cosmopolita, preside la escena y, unidas por la historia vital de un joven pintor, cuatro parejas construyen Rascacielos, obra del actor y dramaturgo cubano Jazz Vilá que, con dirección actoral y artística de Teatro El Público, asume como desafío mirar la hondura de los abismos humanos.

Lorenzo se reúne a cenar con sus amigos el último jueves de cada mes, pero esta vez resultará diferente. Ha decidido confesarles que tiene una relación con otro hombre y al hacerlo desencadena la narrativa de un texto donde la homosexualidad, la incomunicación, la infidelidad y la violencia confluyen con acierto, no porque la temática pueda ser controversial y contemporánea, sino por la frescura y actualidad con que se personifica en los actores.

Desde la Sala Adolfo Llauradó en la Casona de Línea del Vedado habanero, dos elencos asumen la representación del texto escrito por el dramaturgo Marcos Díaz a partir de la idea original de Vilá. Noveles actores como Camila Arteche, Lulú Piñera, Katerine Richard, Carlos Busto, Omar González y Amaury Millán, logran, junto a las experimentadas Dania Splinter y Broselianda Hernández, una indagación intimista capaz de reflejar con autenticidad la cotidianidad emotiva y sexual de los protagonistas.

El guión aúna coherentemente distintas voces alrededor de los rascacielos que son, para algunos, la búsqueda del espacio negado por los convencionalismos sociales y, para otros, la reclusión autoimpuesta como refugio donde pueden inventarse la felicidad. Sin embargo, esas voces, aunque lúcidas y sagaces, plantean, en ocasiones, un discurso más trascendentalista que trascendente.

Ana le es infiel a su marido con el joven y cándido David. Mónica y Claudia se aman, la primera se niega a asumir ese riesgo y la segunda cede al placer. Comprometidos ya a la violencia y al simulacro del cariño, Omar y María Karla van a casarse. Y Lorenzo estrecha entre sus brazos a Leo, un muchacho de preuniversitario, que años después le confunde con Julián, tratando de burlar a la nostalgia. Cuatro historias enlazadas por el babélico empeño de decirlo todo con un lenguaje común, acaso… vivir.

Laberíntica, la estructura espacio-temporal se niega al orden cronológico y la inmovilidad. Los hechos se suceden en momentos indeterminados del pasado y solo al final regresan al presente para descubrir que el pintor, vínculo entre ellos, ha muerto y su recuerdo pervive en aquel escolar que lo busca, sin encontrarlo, en otros amantes. Amor y muerte se contraponen en un epílogo inconcluso.

Como elemento definitorio de la escenografía, un mural dividido en dos partes muestra, con grises y negros, la panorámica de la ciudad llena de rascacielos y un corazón escarlata en el centro que, con cierta dosis de fetichismo, se separa para develar, tras de sí, los personajes y sus conflictos.

Solo la cama habita invariablemente el espacio donde las parejas develan su intimidad y una mesa es el único asidero material cuando, a partir de la conversación en el restaurante, se quiebra el desarrollo lineal de los acontecimientos. Sencillo y funcional, el diseño de la escena no apela a mayores complementos, da a la imaginación los rudimentos del lugar, dejando el resto al ensueño.

Las luces y la música, de Hernán López Nussa, completan la dramaturgia. Claroscuros envuelven con dramatismo a los actores cuando encaran al público y le cantan melodías de desamor, no como recurso incidental, sino como parlamento justo.

Y así, cuando todo concluye, como despedida, las parejas se besan y el corazón pintado en el mural queda unido, tratando de hermanar los rascacielos desde donde el público, torrero de las nubes, ha de mirar, ajeno o cómplice a la propuesta de esta obra, el espectáculo de su propia vida.

LUCES PARA LA INCERTIDUMBRE

LUCES PARA LA INCERTIDUMBRE

MONICA LEZCANO LAVANDERA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación, 
Universidad de La Habana.

La soledad se presenta de manera diferente. Esta vez, el realizador Esteban Insausti propone con Luz Roja, tercera historia del cortometraje Tres veces dos, donde se revelan los sentimientos más profundos del ser humano. Anclada en la vida contemporánea, esta propuesta cinematográfica refleja los conflictos de las sociedades modernas.

La incomunicación y el aislamiento son asuntos que quedan explícitos en esta invitación, reflejando así diversos modos de vida frente a las barreras que se imponen en el camino de los seres humanos.
La obra se muestra en la piel de dos personajes que desarrollan, separados, sus historias de modo simultáneo; sin embargo, el espectador puede imaginar la unión de sus destinos.

Ambos protagonistas, interpretados por Zulema Clares y Alexis Díaz de Villegas, son  profesionales que la sociedad tiene, en apariencia, como seres alejados de los más agudos problemas terrenales. O sea, la función social de un psicólogo y una locutora radial radica en que sean capaces de transmitir seguridad a las personas. No obstante -y es una tesis fuerte que defiende el corto- tal vez por ironías de la vida, esas personas no escapan de la soledad.

En el cuento de Insausti, quedan muy bien utilizados los códigos visuales. Por ejemplo, la obra está contada con colores oscuros, opacos, tristes, fríos, lo que concuerda con los estados de ánimos de los personajes y con la lluvia, otro símbolo que interactúa también en el decursar de la historia.    

Los espacios ocupan un lugar significativo, pues buena parte del corto se desarrolla en los ambientes de trabajo de los protagonistas, y pese a que en la realidad ambos sitios deben estar bastante iluminados, se representan sombríos y con poca cantidad de objetos, lo cual da coherencia a la intención de los realizadores de mostrar ese estado de tristeza y melancolía.

Con gran astucia, Alejandro Pérez, encargado de la fotografía de Luz Roja, hace un uso efectivo de los planos cerrados para mostrar de un modo más emotivo la intención marcada en los rostros de los actores. En el caso de la consulta en el hospital, se utiliza un picado sobre el psicólogo, enfatizando en el modo en que mueve los dedos hasta llegar a un punto específico. Precisamente, en los momentos en los que la locutora se encuentra en la cabina de radio, se utiliza muchísimo el plano de detalle para ilustrar minuciosamente las expresiones de su rostro y de sus manos. 

Una escena en este producto comunicativo alcanza la cumbre, y es en la que confluyen los pensamientos sexuales de ambos protagonistas. Ese erotismo logró que el lenguaje del cuerpo y el ambiente en que está inserto el cuadro dramático, expresaran majestuosamente el éxtasis de los personajes.

La banda sonora en el corto también ocupa un espacio significativo. Así, los ruidos están perfectamente representados, por ejemplo, en el sonido de la lluvia al caer, que realiza una función ambientadora y simbólica; o en el ruido del claxon de los carros en la carretera, que muestran la ansiedad de los pasajeros.

La música de X Alfonso pretende adentrar al espectador en los conflictos que expone el guión y refuerza la efervescencia sentimental de los protagonistas.

Es esta una propuesta diferente, en la que la tristeza y la impotencia  se muestran como eje central de la vida de dos personas, que representan a todos los seres humanos que se han visto envueltos en la duda y la desesperación. Esteban Insausti demuestra que el cine se convierte en fiel aliado del espectador, pues también logra retratar los estados más esenciales del alma.

LA PAZ DE LA GUERRA

LA PAZ DE LA GUERRA

ADIEL GUEVARA RODRÍGUEZ,
estudiante de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Ante la imagen que anunciaba el estreno en Cuba del filme japonés “Sangrienta Búsqueda de la Paz”, de Shigehiro Ozawa, no se puede negar que la creatividad de Jorge Dimas González Linares con su cartel consigue, al menos, mantenernos interesados sobre la trama de la proyección cinematográfica. Un fiasco supuso, sin embargo, la película que narra los cruentos conflictos de un grupo de nipones en defensa de su asediada nación.  

Existe una notable economía de elementos visuales para transmitir la esencia de la producción fílmica. La paloma, como centro de atención, permite asumir, por su clásico carácter simbólico, la inclusión de aristas positivas sobre la espiritualidad humana como la repulsión por la guerra.

Pero aquí vemos algo fuera de lo común y que hace de este animal un verdadero “grito de pared” de claridad pasmosa: la sangre que tiñe su plumaje. Es destacable cómo una persona, presumiblemente con la misma nobleza que la del ave por el uso del blanco en su mano, la sostiene sobre los dedos y el rojo surge como de una herida profunda para manchar el brazo. Tal parece que el alado ser volviera de combatir sin éxito a la misma muerte.

El fondo negro contrasta con el motivo principal del cartel y muestra la abrumadora soledad de quienes buscan el quimérico sueño de un mundo sin guerras y violencia, para lo cual se necesita, muchas veces, de enfrentamientos que restablezcan el orden y la tranquilidad.

Teniendo en cuenta la resistencia que normalmente ofrece el ser humano a procesar con rapidez palabras y temáticas de negativa implicación, al usar un símbolo como la paloma, se posibilita una mayor aceptación del difícil mensaje a transmitir. Es decir, la forma empleada en este caso se subordinó al imperativo de hacer más asimilable el contenido de la película por el público en general. Curiosamente, el ojo del níveo pájaro casi se satura de la misma sangre que cubre su cuerpo, como si reflejase los horrores contemplados en infinitos suplicios humanos.

Desde una perspectiva histórica, el cartel cinematográfico en la Isla, posterior a 1959, evolucionó para reflejar las tendencias mundiales, los intereses políticos y económicos de la época. Su utilidad propagandística halló fin durante la etapa postrevolucionaria, pues pasó a ser más polisémico, profundo e instructivo.

Tales expresiones de las artes gráficas, específicamente en la primera mitad de los 70, como esta obra de González Linares (1973), se transformaron en productos de excesiva elaboración conceptual. Quedaron atrás los discursos narrativos, las imágenes y elementos descriptivos, así como los puntales de la tipografía. Los diseñadores concentraron esfuerzos en encontrar la combinación precisa de los elementos y lograr una comunicación eficiente, sin distracciones innecesarias y vacías de significado. El refuerzo de la carga simbólica en algunos íconos apeló a la inteligencia del público para interpretar los mensajes de los carteles.

Precisar la idea central de “Sangrienta Búsqueda de la Paz” no representó un problema puesto que título e imagen promocional se apoyan mutuamente y logran establecer una relación muy compenetrada, casi inseparable. Podría decirse que cada uno es la continuidad del otro y cercenar alguno de los dos haría ininteligible el mensaje a transmitir.

Asimismo, la calidad estética es acertada para lograr impactar e interesar al público ya que se sale del repetido estereotipo de la pureza inviolable de la paloma que, como cualquier otro animal, puede defenderse en un momento dado para conservar su existencia en este mundo. De igual manera, la armonía encarnada simbólicamente en el ave, puede estallar en violencia si precisa garantizar su supervivencia y, mediante la guerra, conseguir paz.

LUCES, CÁMARA, ¡NUEVA ÉPOCA DE DISNEY!

LUCES, CÁMARA, ¡NUEVA ÉPOCA DE DISNEY!

El filme Frozen: el reino del hielo, obtuvo el premio Óscar 2014 a la mejor película animada.

ROGMARY GARCÍA SÁNCHEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Parecía que era el fin de Walt Disney Pictures. El estancamiento sufrido en los últimos años por, entre otras causas, los grandes éxitos de Pixar, con “Buscando a Nemo”, “Up”, y “Toy Story”, generaba el cierre de la distribución. Pero, en ese declive apareció Frozen: el reino del hielo.

El filme, ganador del primer Óscar a la mejor película animada y estrenado el 27 de noviembre del 2013, rescata el tradicional cuento “La reina de las nieves”, del literato y poeta danés Hans Christian Andersen, con la adaptación de los escritores Chris Buck, Jennifer Lee y Sahne Morris.

Mediante el empleo de los primeros planos, la cinta brinda un mayor vínculo con la historia. La toma general sirve para mostrar el entorno congelado por el invierno y así, transmitir la sensación de frío. 

La buena fotografía e iluminación le imprimen vitalidad a las secuencias de imágenes. Carece de paisajes con sombras que pueden producir tristeza. Resalta a la vista la perfecta calidad del doblaje, pues es difícil lograr en un largometraje animado la congruencia entre la voz en off y la articulación de los “muñes” al hablar.

El guión y el argumento atraen desde el comienzo. La principal trama no es el príncipe que se enamora de la princesa, sino la relación fraternal entre dos hermanas, Anna y Elsa, en voces de Kristen Bell e Idina Menzel, respectivamente, quienes aportan los rasgos femeninos y las frases típicas de chicas. Esa variante narrativa evidencia la madurez y originalidad alcanzada por “la casa de Mickey”.

Ambas muchachas tienen un carácter diferente, que en vez de separarlas, las hacen más unidas y fuertes. Elsa debe reinar Arendelle y se le interpone un gran problema, el cual necesita solucionar. Se deja el mensaje de que no siempre el amor a primera vista es amor verdadero, un detalle realista omitido en producciones anteriores.

Los colores fuertes que llaman de una manera excesiva la atención se ausentan del vestuario. En ellos, abundan los matices claros para darles vida a los miembros de la trama.

Kristoff y Hans, personajes interpretados por Jonathan Groff y Santino Fontana, en ese orden, brindan los toques de valentía. Mientras, el reno Sven y un muñeco de nieve llamado Olaff, exponen aleatorias pinceladas de humor.

Los detalles tomados en cuenta al limitar los desplazamientos e índices de fricción, permiten apreciar con facilidad, por ejemplo, el pliegue de la piel al levantar los hombros. Los diseños de personajes insertan elementos distintivos a cada uno de ellos: las amplias pestañas de Elsa, los ojos verdes de Anna, el peinado en forma de “calabacita” de Kristoff, entre otros.

Acompaña al audiovisual una espectacular banda sonora, la cual ayuda al balance de los tonos y junto a ellos, la profundidad de las escenas. Además, cuenta con la composición de Robert López y Kristen Anderson-López.

El repertorio incluye la canción “Let it go” o “Déjalo”, de la actriz y cantante estadounidense Menzel. Ese tema musical obtuvo el Óscar 2014 a la mejor canción original.

Frozen: el reino del hielo es algo más que un simple deleite para el espectador, representa la entrada de una nueva era de la pantalla animada. Como expresó la periodista del sitio web británico Digital Spy: "Se disfruta como si fuera la primera película de Disney, con toda la diversión y poder emocional que eso implica, deja la sensación de ser un clásico instantáneo”.