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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

MARGARITA

MARGARITA

Este trabajo obtuvo Premio en el Fórum Científico 2013 de FCOM, en la categoría de Crónica.

SUSANA GÓMEZ BUGALLO,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Pronto sabré que quizá no debía haberme preocupado por ella. Que se llama Margarita, tiene muchos hijos y una casa donde vivir. Que la policía la conoce y la llevará hasta allá sin ningún contratiempo. Que volverá a despertar en su cama… sola. Que tal vez vuelva a perderse. Sí. Puede que deba inquietarme.

Quizá deba acercarme a ella. Ver por qué trae un zapato en la mano. Fijarme en que no está sucia. Escuchar cómo me cuenta que se cayó, que su zapato está roto, que su papá se llama Abelardo León. Olerla. No, no está ebria. Tiene unos ojos tan azules… Dice que tiene sed. Le damos agua. “Tampoco he comido”, menciona. Pero no me dejan darle nada por miedo a una diabetes o qué sé yo.

Es tan tierna. Dan ganas de robársela como a un animalito sin dueño que uno se encuentra en la calle (“yo me la encontré y es mía”, como un niño caprichoso; sí, robársela). ¿Alguien buscará a Margarita? ¿Habrá algún ser inquietado en su casa por su ausencia? ¿Tendrá casa? ¿Me engaña Margarita mientras aparenta un Alzheimer insoportable que no me deja encontrar forma de ayudarla? No sé nada.

Ni Sherlock Holmes ha inventado formas más ingeniosas de combinar las palabras de interrogación en busca de una pesquisa para resolver el misterio de la viejecita aparecida un sábado a las doce de la noche en mi cuadra. Todo es en vano. Margarita me habla de su vida. De lo contenta que iba en su caballo. Del tren, de la línea, de que no había comido (otra vez no me dejan darle nada).

Entonces… la policía. Yo tengo un poco de miedo de enviarla a la estación a su suerte. A esperar por alguien que quizá no exista. A dejarla ir contando sus historias de tiempos pasados que debieron ser más felices. Pero pasados al fin y sin remedio (el tiempo… el implacable).

La policía es una buena opción. El alivio tremendo de escuchar cómo los dos jóvenes oficiales le dicen con la ternura con que se le habla a una abuelita majadera: ¡Ah, Margarita, eres tú! Eso es reconfortante. Al menos la conocen. Triste es oírlos decir: “¡La historia de su vida es tan larga! ¡Pero no crean que no tiene a nadie!”

Dicen que Margarita tiene siete hijos. Y está sola en el mundo. Se despierta en un lugar donde su mente no puede dejarle hacer mucho. Y no sé lo que antes fue. Pero sí veo lo que ahora es. Y no soy experta en juicios. Pero la soledad en la vejez no debe ser un castigo muy justo. Ni siquiera podré oír cómo sus hijos se defienden. Pero me gustaría tanto que alguno me leyera… Aunque el nombre de su madre no sea Margarita.

F Y TERCERA NO ES SOLO UNA CALLE

F Y TERCERA NO ES SOLO UNA CALLE

THU TRAN LE ANH,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Si alguien me preguntara lo que mejor recordaré después de seis años en Cuba, podría responder inmediatamente, sin pensar demasiado: la beca, mi primera casa y donde todo comienza.
Llegué a La Habana un día de otoño luego de veintiocho horas en avión; esta tierra me dio la bienvenida con el viento saladito del mar. Nunca imaginé que pudiera vivir tan cerca del mar como aquí.

Atrás dejé mi país, sus calles abarrotadas, sus casas tan cerca unas de otras… ahora me envolvía el silencio de un nuevo ambiente que aún no descubría. La beca se levantaba ante mí como un altísimo edificio de veinticuatro pisos con balcones iluminados por las luces de los apartamentos y las farolas de la calle.

Me registré como residente de la beca tomando cuidado de cada detalle, quería que todo marchara bien y me propuse que este fuera un tiempo especial desde su comienzo. Cuando finalmente llegué al cuarto asignado, encontré a quienes fueron mis primeras amigas cubanas. Con una cálida bienvenida, reforcé mi ánimo al pensar: Thu, esta es una nueva vida, da lo mejor.

Cada persona, cada amigo latino entró a mi vida por medio de su sencillez. Amigos que me presentaron mis otros compañeros vietnamitas, una amante de la cultura asiática, personas con las que hablo cuando monto el elevador y quienes comparten conmigo en el aula han conformado el círculo de personas tan especiales que me ha regalado Cuba.

Ellos son verdaderos compañeros. Incluso cuando en el primer día no sabía una sola frase en español, ellos permanecían a mi lado y era alentador ver sus formas de hacerme comprender, unas veces en risas y otros preocupados ante la inseguridad de que no pudiera entenderles.

Beca solo es otra forma de llamar a la familia que he construido en Cuba, allí tengo amigos, hermanos, con los que puedo compartir siempre sin importar que resulte triste o alegre. Aunque la barrera lingüística al principio fue difícil para intercambiar, produjo en mí el deseo de conocer una cultura tan diversa y rica como esta, de hacer más amigos latinoamericanos. Aspiro desde entonces a aprender mejor el español.

“La beca” es más que un dormitorio y como todas las residencias de estudiantes en el mundo, este lugar es testigo de los hechos más graciosos que pueden darse en un espacio común para todos. Los chicos gritan desde sus balcones para comunicarse entre ellos, suben las escaleras tarareando las canciones para animarse a subir los muchos pisos, y así se comparten estos buenos momentos de los que he podido formar parte al estar aquí.  

Me imaginé muchas veces en un lugar diferente a lo que ya conocía, viviendo con mis compañeros de clase y descubriendo los enigmas de la juventud. Para mi sorpresa, fue Cuba el país en que mi sueño se hizo realidad. No he estado en otros países, pero puedo decir que no hay lugar mejor al que ir para tener estas experiencias. Yo, definitivamente, tengo en Cuba una casa a la cual regresar siempre donde está la sonrisa de los jóvenes que consuela la tristeza de la lejanía. Sin lugar a duda, F y Tercera es más que una dirección, es más que una familia, es más que un hogar. 

REY RAULÍN

REY RAULÍN

Este trabajo obtuvo Premio en el Fórum Científico 2013 de FCOM, en la categoría de Crónica.

DARIANNA REINOSO RODRÍGUEZ,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Otro Rey en La Habana es Raulín. Si le digo que una gorra lo corona, una pantaloneta de mezclilla, ajustada a la cintura por una riñonera, y unos tenis desgastados de tanto andar destacan entre sus atuendos, y que trae el rostro afeitado para acentuar los aires de modernidad, no creería que suman en su vida 65 años de existencia.  

Si le explicara que casi todos los días el amanecer lo sorprende tras los pirulíes que representarán su sustento económico y lo duda, llegue a G y 25, en el Vedado, que allí, desde que el Sol acaricia la calle hasta que se despide en el horizonte, podrá encontrarlo, acompañado de su cubeta blanca donde almacena y exhibe los diferentes sabores que ofrece para endulzarle el paladar. 

No es zapatero, pero allí sentado la mayor parte del tiempo, ya debe conocer cada calzado que transita por esa acera: el calzado que deja prisa en las huellas, el calzado que anda despacio, el calzado nuevo por esos parajes. Seguro puede avizorar cuál se detendrá frente a su cubeta para llevar un caramelo. 

Y es que esa acera se refleja en los espejuelos de Raulín. Le cuesta trabajo levantar la mirada porque una desviación en el cuello le ha dejado la cabeza inclinada. Nació así, con una enfermedad que, además, le inmoviliza un poco el lado derecho del cuerpo y le hace temblar las manos.                                  

Hace varios años que llega a la calle G con purilíes a la venta. No tiene hijos y desde que su abuela no está, la soledad ha invadido su casa. Ahora conversa con el radio en las noches. Dice que todavía en la cocina puede oler el aroma del arroz con leche, cubierto de canela, que tanto le gusta y que solo ella sabía hacer.                                                                                             

Hace varios años ya no deja que la casona le oprima el corazón. La abandona temprano para ¨hacer algo¨ porque asegura que, a pesar de todo, la vida es bonita y vale mientras vivas.

Tiene a su Habana, la que su abuela le obsequió hace tres décadas cuando se despidió de Cabaiguán, al ambiente de la cuidad y a su fiel compañera de la ¨luchita diaria¨, la que no le reclama si cogió el ómnibus equivocado –porque ¨con calma, en la otra parada retornamos o subimos a la ruta correcta¨-, la que lo espera con paciencia: su cubeta.

Y si lo saluda, notará su voz aguda, con una S que arrastra desde su garganta hasta que los labios dejan escapar, porque enseguida le responde con amabilidad  y hasta una sonrisa sincera le regala, una de esas que no cuestan tanto y valen mucho. Porque de esta forma, ella le alegraba el día.                               

Rey Raulín, así se llama, pero lo de Rey se le ajusta con el título concedido a los monarcas de un reino. Raulín  lo merece pues, en el reino de este mundo, entre las riquezas que atesora tiene el cariño de una abuela y la ciudad que una vez le ofrendaron.  

En este atardecer, ha sido un honor ayudarle a abordar el P-2.

REGÁLAME UN PASAJE A LA INFANCIA

REGÁLAME UN PASAJE A LA INFANCIA

ANH NGUYEN HAI,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Nadie crece sin tener la infancia, puede ser melosa o amarga, pero en la memoria nos queda que nunca hay una segunda vez en esta vida corta, que nunca más volverá. Por eso, me siento intranquila a menudo, cada vez que me doy cuenta de que todo ha pasado.

¿Qué es la infancia en la mente de cada persona? Quizás ella es tan habitual, incluso no podemos dar un concepto claro. O para mí, sencillamente, sea el regalo más magnífico de la vida las memorias infantiles.

En mi memoria, la infancia son los momentos que estoy al lado de mi familia, que me inquietan sentimientos amorosos, la protección y la crianza cuando estoy en los brazos de mis padres. Parece que no hay ninguna meditación o preocupación sobre los problemas de la vida. Cuando crezca, sólo quisiera un momentico que volviera al pasado a fin de vivir entre el amor de la familia y no me preocuparme sobre las cosas complicadas que ocurren a mi alrededor.

La infancia es alegre, espontánea y desinteresada. Aunque también es difícil, todavía es bonita y tiene un color de rosa, llena de memorias queridas. Y en el camino al futuro, siempre las llevo al lado mío para buscar un poquito de consuelo cada vez que encuentro una dificultad.

Recuerdo de mi infancia que son los días que jugaban con los amiguitos bajo del cielo que lleno de rayos solares, que es el canto de los niños en una tarde que el viento suave mima sus caras, que es la primera vez que mentí para salir y sollocé porque me castigó mi padre.

Fue el tiempo de las primeras veces que me caí de la bicicleta y lloré, que jugaba con los amiguitos, que extravié, que no encontré el camino de volver a la casa, que buscaba la orientación del viento para jugar el molinete.

Fue el tiempo de la privación, pero alegre. Todavía podía compartir un dulce pequeño con los compañeritos, cuando el regalito en el día internacional de los niños sólo es algunos caramelos y una libreta para aprender a escribir las primeras letras.

La infancia en mi mente es el período que vivía espontáneamente en la familia amorosa, que no es como ahora, cuando tengo que cargar cuantas responsabilidades haya sobre dos hombros, cuando tengo que levantarme sobre mis pies y me preocupa todo en la vida sin la protección de padres.   

Ahora, cuando estoy lejos de mi familia, a menudo tengo la tendencia de recordar lo que ya pasó, especialmente las memorias en el pasado. Como una manera de tener más motivo, más confianza para vencer los obstáculos del presente duro.

Supongo que la infancia de todo el mundo es igual, que son los días que no tienen ninguna grieta, sólo existe en alguna parte los llantos sonoros, las risas alegres, las heridas en la piel mezcladas con las lágrimas y la sangre. Sin embargo, cada vez que me acuerdo de aquel tiempo todavía me siento muy feliz.

¿Cómo es tu infancia? ¿Recuerdas?

UN VIAJE DESDE ADENTRO

UN VIAJE DESDE ADENTRO

RAYMON DARIEL RODRÍGUEZ GONZÁLEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Una vez, no hace mucho, un amigo me preguntó mientras caminábamos, qué era para mí lo más importante en la vida. Después de varios minutos pensando, quizás porque nunca nadie, incluyéndome, me había hecho tal interrogante, le respondí: ser feliz.

Por unos fugaces instantes, dentro de las paredes de mi cabeza, se inició el continuo rebotar de otra pregunta, pero esta vez hecha por y para mí: ¿Qué es la felicidad? 

Y otra vez me puse a pensar, parece que las respuestas siempre tardan cuando las buscas en tu interior. Comencé a intentar recordar los momentos que me habían hecho feliz durante mi existencia.

Entonces… ¡Eureka!, tal como un Arquímedes autodidacta, creí descubrir, que mi infancia fue la etapa de adaptación a este mundo; y la adolescencia, la de preparación para la dura travesía. Casi dos décadas vividas para estar listo, había llegado el momento exacto de comenzar el viaje en busca de mi felicidad.

Solo llevo conmigo a mi familia, mis amigos y a uno que otro amorío, lo indispensable para sobrevivir. Sé que mi mamá siempre va a estar un poco preocupada, los viajes la ponen nerviosa, mis hermanos nunca conseguirán ser chistosos (por mucho que se lo propongan) y mis amigos van a olvidar, como de costumbre, llamarme durante semanas o regalarme el día de mi cumpleaños; aún así, son mi mejor tripulación: soy dichoso.

Como supuse, el trayecto es agotador y muchas veces injusto, son frecuentes las tempestades y he tenido que aprender, a veces, a ir a contracorriente. La esperanza, la curiosidad y el amor son algunas de las razones que te hacen continuar.

También he conocido gran diversidad de personas y de formas de vida. Unos se conforman con casi nada, otros lo quieren todo. He presenciado la alegría de muchos con poco y la insatisfacción del que tiene, pero quiere más. Al final, me quedé solo con la experiencia; todos viven un viaje como yo, pero cada quien a su manera.

Encontrar el camino que conduce a la felicidad no es para nada fácil, no existe ningún mapa. En mis pocos, pero intensos años de viajero, he aprendido interesantes historias.

Un hombre de pueblo me dijo una vez, que el quid de la felicidad está en aquello que nos haga reír: gente absurda, sucesos inesperados, cosas ilógicas o historias sin sentido. La risa es esencial a pesar de no ser invisible a los ojos.

Por el momento, continúo avanzando por los senderos que considero más correctos, los que me hacen sentir más libre. Espero que la felicidad llegue, si no llega la iré a buscar en otros atajos, y si no aparece ya me la inventaré; porque ahora finalmente sé que más que ser feliz, lo fundamental de la vida es intentar serlo, y esto era lo que me faltó decirle a mi amigo.

 

CRÓNICA PARA PAPÁ

CRÓNICA PARA PAPÁ

ANA LAURA PALOMINO GARCÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Dicen que las mejores cosas son las que se crean con el corazón. Estoy a punto de comprobarlo por mí misma. Cuando el profesor dijo en clase que teníamos que hacer una crónica, el tema me vino a la mente, pero, ¿sería capaz de hacerlo? 

Todo comenzó cuando me encontraba frente a mi computadora, tenía 15 años y el problema más grande que había padecido en la vida era el suspenso de una prueba. De repente entró mi abuelo. Tenía la comisura de los labios caída y el semblante duro. No dilató el momento: «Se fue». No quise saber nada más. Iba a ser muy difícil.

Enfrentar los peores años de mi vida sin mi padre fue uno de los retos más grandes con los que he tenido que lidiar. ¿Cómo resumo cinco años de ausencia, que en este caso no quiere decir olvido? ¿Cómo se vive cuando se nos aprieta el pecho y lloramos ante la expectativa de un día de los padres huérfano?

Recuerdo mi primer cumpleaños sin él. Los 16. Todos estaban a mí alrededor, miraban y pedían que sonriera, más yo no podía. Los 17 no fueron distintos, un poco más resignada. Ya en los 18 bailé, canté, inclusive algunas manías suyas me parecían cosas de otra vida, como si el tiempo hubiese barrido con infalible escoba mis recuerdos.

1 825 días sin verlo, sin tocar su cara, esa que me hacía temblar sin nunca haberme pegado. Será que los padres tienen el poder de la mirada y las madres el de la fuerza.

Sin embargo, y para alegría mía, esta historia tuvo final feliz. El reencuentro. No corrimos a abrazarnos, ni lloramos desconsoladamente, todo lo contrario, fue medido. Supongo que cuando se quiere demasiado las lágrimas se vuelven molestas por no dejarnos ver el rostro amado.

Fueron días dichosos. Reía por todo. Lo perseguía por toda la casa y me aferraba a su brazo con miedo de que se esfumara. Ahora su cabello es más escaso, pero su sonrisa sigue siendo la de un niño.

Me abrazaba, mientras una mano fuerte acariciaba mi cabello. Me dolían sus problemas, su preocupación por no verme crecer. Yo, sin embargo, no le reprocho nada, ni los llantos, ni la rabia, ni el miedo. Oye, cucú, papá se fue, pero volvió.

Deberían incluir entre los pecados capitales la separación entre familiares ¡A la horca de la conciencia los que no dejen reunir a un padre con un hijo! Él se equivocó, pero sólo Dios debe tener la fuerza para castigar, no un ser humano detrás de un buró.

Ya el avión partió y regresó la ausencia, aunque esta vez es bienvenida, porque me recuerda que cuando la vida nos junte de nuevo, seré bendecida. Amo a mi padre, no por haberse ido sino por haber regresado.

EL HOGAR DE MI JUVENTUD

EL HOGAR DE MI JUVENTUD

LAM NGUYEN THANH,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

A veces es muy difícil explicar lo que nos gusta. Pero como no pocas personas dicen, regularmente cuando el amor ya sea muy profundo, así el silencio es la mejor manera para expresarlo. Amo mi escuela secundaria, donde guardo todas las memorias más inolvidables de mi adolescencia.

La amo, un amor innombrable que se despierta siempre cada vez que viene el verano, que florecen los framboyanes en la calle, que se hallan las sonrisas inocentes y la blancura de los uniformes de los alumnos. Y se despierta cuando quiera porque este amor siempre ha existido en mi corazón.

La amo desde el primer momento que anduve desorientada en su patio, debajo de un cielo purísimo y la sombra verde de varios árboles antiguos, hasta el último día de la vida escolar cuando nos dijimos adiós. Todo fue igual desde la primera vez que la conocí, pero solo cuando se escabulló de mis manos, me di cuenta de la importancia que tiene para mí.

Nunca olvidaré mi profesora guía, quien era muy seria y bondadosa a la vez. La recuerdo más cuando nos daba las clases hermosas de Literatura. Por eso la escuchábamos absolutamente en silencio y nadie se acordaba de tomar la nota. La recuerdo en sus cumpleaños que siempre nos llevaba muchos dulces para felicitarnos juntos. La recuerdo una vez cuando castigó a un alumno travieso, pero después se volvió la espalda para limpiar secretamente sus gotas de lágrimas en la cara surcada de arrugas. De repente, ¡deseo volver a ser reprendida por ella como en aquel año del pasado!

Nunca olvidaré a mi profesor de Matemáticas, quien ya tiene más de setenta años y una pierna herida por la guerra nacional. Sin embargo, viene todos los días a la escuela con su muleta y con la sonrisa afectuosa para darnos clases tan interesantes que nadie la podía perder. La enseñanza más valiosa que él nos dio fue que lo peor no es tener un cuerpo imperfecto, sino una pobre alma sin conocimiento.

Nunca olvidaré a los porteros de mi escuela, quienes siempre llegaron primero que todo el mundo y salían después de todos para estar seguro de que cada puerta estuviera cerrada, y las luces y ventiladores de las aulas apagados. Y así todos los días, trabajando silenciosamente por nuestro bien.

Jamás olvidaré a las “41 princesas y tres mosqueteros”, los cuarenta y cuatro amigos de mi grupo (ese es el apodo nos daban los profesores porque mi grupo es especializado en Literatura). Los amo por numerosos recuerdos y travesuras que pasamos juntos durante tres años magníficos. Los profesores reprendían con cariño a nosotras, las chicas, de que éramos demasiado  chistosas. Ahora ya no los molestamos con nuestras bromas, ¿nos añorarán ellos a nosotros a veces?

Nunca se puede olvidar los amores “infantiles” de nosotros, los alumnos secundarios. Recuerdo cuando los ojos se encontraban casualmente, las manos se estrechaban en el balcón soleado del aula, las cartas secretas se dejan en la gaveta… O tal vez, era solo un simpatía unilateral que jamás se había manifestado para que la amistad fuera inocente y pura como es debido.

Todos dicen que el tiempo posee una fuerza incomparable, pero a mí, y a los que eran alumnos, este no es suficiente para borrar los hermosos recuerdos eternizados en mi memoria. Mi escuela es el permanente lugar que siembra mi alma con los amores sagrados, enriquece mi conocimiento sobre la vida y me da bienvenida siempre con abrazos intensos. Es el hogar de mi juventud.  

 

YO TENGO DOS

YO TENGO DOS

JAVIER DIEZ MINIET,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Nunca creí que padre es cualquiera y madre una sola. Pues, claro, qué voy a creer si yo tengo dos, una en “la tierra caliente” y otra en “la tierra mojada por el mar”, la biológica y la física, la doctora y la asistente de limpieza, la joven y la vieja, la mejor… y la mejor.

Quien esté leyendo este trabajo se preguntará, ¿en cuál se formó el feto? La ciencia ha comprobado la posibilidad de gemelos con padres diferentes, pero no de un niño con dos madres, eso, hasta que un hombre se embarace, después de haber tenido relaciones con dos mujeres en menos de 48 horas.

No, ese no es el caso, aunque ya sea posible encontrar ejemplos de hombres embarazados, según páginas digitales en Internet.

La historia es distinta y de hace 20 años, en un  lugar que llaman Oriente.

Ella estaba embarazada en su sexto año de la carrera de Medicina. Tenía dos opciones: graduarse o graduarse, y no es que yo haya sido un obstáculo para que lograra sus sueños -al menos es lo que me ha contado- simplemente fue una “situación” sin planificarse.

La decisión fue tomada, no es un fantasma quien escribe estas líneas. Sucedió que a mi mamá le apareció un ángel llamado mi “otra mamá”, Neli, un ser adorable que accedió a cuidarme por 100 pesos al mes, 100 pesos que dejaron de pagarse luego de tres meses de estancia en la casita pasando el puente.

Vaya, no es que yo sea lo más tierno y “apapachable” del mundo, simplemente en ese hogar no había carritos, ni pistolas de madera rodando por debajo del sofá, sino una caja llena de muñecas, de cuatro hembras; sí, les faltaba el varoncito.

Una situación que aún no termino de descubrir, hizo que me mudara a más de 1 000 kilómetros de distancia de la tierra que me vio nacer. Fui a parar a Isla de la Juventud.

Crecí lejos de mi progenitora, sin embargo, allí estuvo ella, Heli, para darme parte del tamaño que tengo, pues no lo hizo sola. Luego, para Santiago de nuevo, después para la Isla, después para Santiago, hasta que vine a La Habana para comenzar mis estudios universitarios.

Ahora estoy a 21 pisos sobre el nivel del mar, mirando al sur y al este y no precisamente para ver la salida del Sol o los turistas en la piscina del hotel Presidente, sino para pensar en cuán afortunado soy, pues tengo dos madres.

No obstante, también  pienso lo infortunado, pues no tengo a ninguna cerca: 16 horas en ómnibus me separan de una y tres horas en barco de otra.

Tengo dos madres: Vivi, la que me exigió 100 cuando mi promedio era de 99,91 puntos; Neli, la que me dejó una marca en la pierna con un gajo de guayaba, y por mi bien, cuando a las ocho de la noche aún desandaba por la calle.

Padre no es cualquiera, el mío ni siquiera lo conozco. Madre no es una sola: yo tengo dos.