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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

CRÓNICA FUNESTA A TRES MANOS

CRÓNICA FUNESTA A TRES MANOS

ALBERTO CABRERA TOPPIN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La Muerte, esa señora fría, de múltiples rostros y de actuar más fugaz que una estrella caída, simula perseguirme no importa a dónde vaya. Pareciera como si su propósito fuera ir acercando sus manos débiles y poderosas para estrangular mi existencia y establecer, a su antojo, el final de mi sendero temporal. Me ha hecho carnada de su terquedad, tal y como pudiera haber hecho con cientos, quién sabe si miles de almas en este lado del Caribe.

Se ha diluido en mi memoria la primera vez que tuve conocimiento de su presencia en este mundo, pero aún permanecen vestigios de cuando fui víctima de sus nigromancias. La penúltima gota de su detestable magia había caído en la garganta de una joven de 17 años para romperle la voz durante días, sobre todo en el instante de darme la noticia, de hermana a hermano; la última gota cayó sobre mis ojos, que a partir del día siguiente, después de despedirse de aquellos párpados de arrugas septuagenarias, escondite eterno de una mirada serena, azulada y raída, decidieron no llorar más.

En su viaje quién sabe a qué lugar, mi abuela, de sentimientos tan dulces como las golosinas multicolores que elaboraba y vendía, solo llevaría de mí un puñado incalculable de lágrimas.

Transcurrieron años para que la dama negra volviera tras mis pasos. Vieja sabia, pensaba tenerlo todo planeado: el lugar de la caída, el momento del impacto, la sangre que derramaría… Puede que no conociera el significado de equivocación hasta que otra persona, ingenua, enferma y joven, tomó mi lugar en uno de los asientos traseros de aquel camión gigantesco, asesino.

Minutos después, cuando ambos respirábamos el aire fresco que mezclaba trazas de la noche con la luz acariciante del amanecer, el inexperto chofer extraviaba el control del vehículo y, con ello, la vida de ese muchacho, que buscaba una salida a problemas y padecimientos y había encontrado el final… de todo. Tal vez solo ella, la Muerte, sabe qué vio esa víctima inesperada cuando su cráneo fue a dar al pavimento.

No está entre sus planes desistir, y es su deseo que lo sepa, por ello fue muy clara en su último artilugio. Me transmitió la idea de que el rostro pusilánime y envejecido de ese otro familiar, entonces capturado en el ataúd, podría ser el mío en cualquier instante. Solo bastaría estar en el lugar correcto para ella e incorrecto para mí, tal como sucedió con él, más hermano que primo, casi mi imagen, cadáver ya bajo mis ojos, destino de lágrimas y causa de pésames por la equivocada trayectoria de un cuchillo joven y sin corazón.

Disfrazada de lúgubre melodía, la Muerte –no sé cómo ni por qué– ha accedido a ser coautora de estas líneas negras. Quizás cree que este podría ser mi testamento y que al cruzar la calle más cercana ocurrirá un suceso del cual nunca escribiré ni una sola sílaba. No sabe que, por precaución, he buscado una tercera escritora, y que esta me tiene apretujado contra su pecho, oyendo los latidos de su existencia. Sin duda, no hay música más bella que el pulso de la Vida.

PADRES POR ACCIDENTE

PADRES POR ACCIDENTE

DAVID GALLO SÁNCHEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Comenzó como cualquier otro Día de los Padres, pero ciertamente, no lo fue. En la mañana, lo tradicional: él despertó a papá con un gran beso que llevaba tiempo guardando para que no se le pareciera a ningún otro; junto con su regalito, claro.

Unas horas después apareció su novia en la escena, pues desde el comienzo de su unión cada uno sumó a su lista, otro padre a quien felicitar y hacerle la visita el tercer domingo de junio.

Para cumplir tal cometido partieron hacia casa de ella. Entre la agitación del ómnibus, ayudaron a una abuela que iba con su nieta, brindándole un asiento. Luego lo recuperaron,  pero, tras aparecer otra madre con su hija se desprenden nuevamente de él, sin ningún remordimiento y doblemente sonrojados por los agradecimientos y las bendiciones.

Al fin llegan a la casa, donde nada pudo haber sido mejor. Los esperaban con grandísima alegría y con una comida a punto de estar lista y a la altura de la ocasión.

La familia reunida, diversos y agradables temas de conversación para amenizar la tarde y luego de terminada, la esperada cena, a la cual sería imposible atribuirle comparación.

Estaba a punto de anochecer y tuvieron que retornar hacia sus casas, donde ambos tenían planeado finalizar el día en la más perfecta unión.

Pero dicen que los planes dan planazos. A pocos segundos de espera se hacía visible el transporte de regreso y fue entonces cuando el autobús se detuvo e hizo su entrada en el día Marlon, un total desconocido, gritando a más no poder.

Estaba muy adolorido, pues al abrirse ferozmente la puerta, su piececito de doce años quedó atrapado  y  por el impacto perdió la uña del segundo dedo, resultando lastimados otros dos. Repentinamente y sin alertas previas se reflejaron en sus ojos y frente a todos: miedo, dolor, nerviosismo y vergüenza.

Pero las malas noticias nunca vienen solas. Cuando la pareja reaccionó ante el sufrimiento del niño y le preguntó por sus padres, este respondió que andaba solo. Aceptando sin avisos los roles de padres en aquella historia, partieron en la propia guagua para el Hospital Militar Doctor Carlos J. Finlay, por suerte, cercano al lugar de los hechos.

Allí, confundidos por el momento y la dimensión del lugar, lograron encontrar a los doctores, que para siempre serán los héroes del pequeño, quienes urgentemente dejaron lo que hacían y se empeñaron en sanar las heridas. En medio de la confusión se logró avisar a la madre de Marlon, quien aparecía angustiadísima, con parte de la familia. Por fortuna todo resultó bien y el niño recuperó su sonrisa. La pareja no encontró palabras para expresar su agradecimiento.

Es más, yo no encuentro palabras para describir el agradecimiento. Simplemente fuimos padres por accidente.

EL CRISTO QUE YO VI

EL CRISTO QUE YO VI

LUIS A. AUTIÉ CANTÓN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Me lo presentó la noche. Mientras en el aeropuerto el papeleo de rigor se robaba toda mi atención, el día se había cambiado de ropas. Río de Janeiro me recibía con una oscuridad llena de luces, como París. La madrugada anterior había terminado el carnaval, pero las calles aún olían a samba, a aguardiente y a carrozas. Fue entonces que lo vi. A lo lejos, como un retrato enmarcado en la ventana de mi taxi, el Cristo me abría los brazos.

A mis 15 años, poder viajar a Brasil era un sueño. Siendo cubano y adolescente, el hecho solo de viajar  lo era. Yo, fanático del fútbol, me moría de deseos por entrar al mítico estadio Maracaná. Pero esa estatua me cautivó, ocupó mi mente el resto de la noche.

Dicen que quien visita Río no puede irse sin tomar una foto al Cristo Redentor. La tarde siguiente quise conocerlo, verlo de cerca, ver la ciudad desde su perspectiva, tener mi foto. En un tren atravesé la espesa selva que viste al cerro del Corcovado, y  durante los cinco o seis minutos que duró el ascenso desfilaron ante mí ejemplares de la flora y fauna autóctonas de Brasil.

A cien metros de la cima hay una estación, donde los visitantes pueden tomar unos ascensores o bien utilizar unas escaleras muy amplias que, en espiral, rodean la montaña hasta coronarla. Aún hoy no entiendo cómo hay gente que utiliza esos ascensores y se privan de las vistas magníficas que el ascenso a pie ofrece.

Luego de cruzar una fina capa de nubes, a más de 700 metros de altura y con un viento frío azotándome la cara, por fin tuve delante a la efigie, inmensa, majestuosa. Debajo, el Maracaná vomitaba bengalas rojas y negras, los colores del Flamingo, el equipo de fútbol local, que acababa de proclamarse campeón de Brasil.

El Cristo dirige su mirada a la Bahía de Ipanema, hacia los hoteles y los rascacielos. Los turistas y las familias más ricas de Río de Janeiro viven a sus pies. Desde sus piscinas y terrazas pueden mirarlo directamente a los ojos, porque él los observa a ellos, los vigila, día y noche, como un pastor cuida a sus ovejas.

Pero a sus espaldas hay otro Río, que desde abajo no se ve: las favelas, peligrosas y tristes, se desparraman donde la mirada del Redentor no llega. Él no las observa, no las vigila, no las cuida: todo lo que pueden ver sus habitantes es la espalda de la estatua. Las favelas le duelen a Río. Recuerdo haber leído, en inglés, un graffitti en rojo: “Este es el Cristo que los pobres ven, el Cristo que no los mira. Este es el Cristo de los humildes”.

Dicen que quien visita Río de Janeiro no puede irse sin tomar una foto al Cristo Redentor. En mi cuarto, detrás del estante de libros, tengo mi foto del Cristo. Tengo la foto del Cristo de espaldas.

¿ACASO SON IMPORTANTES LOS ASTEROIDES?

¿ACASO SON IMPORTANTES LOS ASTEROIDES?

GABRIELA RODRÍGUEZ-LOECHES,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“Las estrellas no significan lo mismo para
todo el mundo (...) Tú tendrás
estrellas como nadie las ha tenido”.
         Antoine de Saint Expéry

Creo que otra vez los hombres han olvidado lo que es importante. No soy una de esas personas fieles seguidoras de las cifras, que tienen estructurado el cerebro solo para dar valor a las cosas contables. El problema es un poco más complejo.

Parece que por el cambio climático y la crisis de la economía, las personas mayores no pueden ver con el corazón y se sienten obligadas a ignorar los detalles simples de la vida. No recordaron que este abril hizo 70 años que apareció El Principito sobre la Tierra.

Pero a los adultos no se les puede reclamar nada. Ellos nunca tienen la culpa. Probablemente se justifiquen diciendo que en estos tiempos tan convulsos y agitados tienen que trabajar porque de lo contrario sus hijos se morirían de hambre. Ocupan todo el tiempo en labores sustanciales que no pueden dejar por unos segundos y terminarlas más tarde, pues las horas los consumen.

Después agregarían que en los desiertos solo hay arena, jamás se encontrarán principitos. Eso es un efecto de las ilusiones visuales y auditivas. Entonces, es inconcebible para ellos que todavía exista quienes se pongan a pensar que en algún lugar, no se sabe dónde, una oveja desconocida se ha comido una rosa.

Solo unos cuantos como Antoine de Saint-Exupéry creerán parecerse al Principito. Mas la mayoría, desgraciadamente, no serán capaces de ver ovejas a través de las cajas. Ni dentro del dibujo de una boa cerrada, un elefante.

Sin embargo a este escritor, quien no pareciera ser piloto de guerra, el cielo lo cubrió para siempre en un halo de misterio y romanticismo, cuando en una misión los radares dejaron de ver el avión que piloteaba. Tiempo después llegó una de esas personas mayores que no pueden oír cantar en los pozos a las roldanas enmohecidas y confesó, ante un diario francés, que él fue quien abatió a Saint-Expéry. ¡Qué monstruo! Trató de robarle la sonrisa a quinientos millones de niños.

¿Por qué es complejo que los adultos entiendan que derecho hacia adelante no siempre se puede llegar muy lejos? Los hombres se amontonan en los trenes, pero no saben lo que buscan y aún así tienen el coraje de decir que las niñas pierden el tiempo por una muñeca que, si se la quitan, lloran.

Así pues, la mayoría de las personas mayores a lo mejor creen que el Principito vino del asteroide B 612, pero les extrañará que aprovechara para su evasión una bandada de aves silvestres. Por eso saben que en 1976 el astrónomo Nikolái Chernyj bautizó al asteroide 2476 con el nombre de Hans Christian Andersen, pero olvidan las veces que cuando aún era un niño enfermizo tuvo que mendigar y dormir bajo los puentes.

Aquel niño flaco y largo que pasó increíbles trabajos y humillaciones era capaz de ver con mirada penetrante y pura la extraña belleza que se oculta en todas las cosas, aun en las más menudas, aun en las más desdeñables.

¿Curiosa la literatura infantil, verdad? Es como si para los niños todo se resumiera a la inmensidad del espacio. Pues el escritor de cuentos de hadas, de la misma manera, se ganó un boleto para el cosmos.

Su patito feo también cumplió en noviembre 170 años de que graznara y diera sus primeros pasos en el corral. Ojalá no lo olviden los literatos y tengan un chance para ver que el reflejo de su imagen en el agua distorsiona aún más su figura.

Así es, un siglo antes de que una zorra enseñara que no conocemos más que las cosas que domesticamos, Andersen legó un mensaje trascendental: poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. En definitiva, ¿qué hacen si no los cuentos de hadas? Logran que los niños se sientan menos avergonzados sobre sus diferencias.

Si uno examina atento los cuentos de Andersen, hallará que casi todos tratan sobres esas criaturas que apenas significan algo para nosotros. Y tiene que haber mucho mérito en quien hace, no con asuntos graves e importantes, sino con minucias, cuentos tan luminosos o de tan hondo consuelo.

¿Alguna vez te has creído más grande, torpe y feo que los demás? ¿Cuántas veces por error has ido a parar a un lugar al cual no perteneces? Pero no creas que la vida es miserable y desgraciada. Un día, cuando el tiempo pase, las lágrimas hayan franqueado y el llanto ya no sea tan triste, verás cómo la graciosa parodia de la autoestima humana no es más que una metáfora de la experiencia.

Hans Christian Andersen lo escribió: “Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón. Jamás soñó que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era solo un patito feo”.

DOS CASITAS VERDES Y UN MUNDO DE FANTASÍA

DOS CASITAS VERDES Y UN MUNDO DE FANTASÍA

JANELLE PUMARIEGA SANTANA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Tenía nueve años cuando mi mamá me dijo que me cambiaría  para una escuela cercana a su trabajo. “No” –fue mi primera reacción. Y la segunda, las lágrimas.

Días después, porque los niños van a donde sus padres los lleven, fuimos a visitar el que sería mi “para nada deseado” nuevo centro de estudios primarios.

Dos casitas verdes figuraban en lo alto de Nuevo Vedado, bajo un cielo plagado de nubes tortuosas que lloraban fría y esporádicamente. Al portal de la casita de las tejas rojas y el techo de madera, se llegaba tras subir unos cuatro o  cinco escalones de cemento. Justo allí, un grupo de niños con pañoletas anudadas en el pecho, esperaban ansiosos el cese de la llovizna, para asaltar el terreno deportivo que los aguardaba como un desierto gris y silencioso, con sus correspondientes aros de baloncesto sin canastas,  y algunas ramas intrusas trepidando al filo de las pautas del viento.

Entonces advertí el tronco. Quizá por muchos años había sido una palma real, de la que se desprendían las yaguas secas con un sonido crujiente y en su lugar brotaban los penachos nacientes, verdes y vigorosos. Había sido una palma real en todo su esplendor. Pero le tocó ser víctima de la fiereza de un rayo, y ahora era solo un tronco, calvo, insultando al cielo y atemorizando mi conciencia infantil.

Mi mamá me tomó de la mano, sacándome de mis aterradas reflexiones acerca de qué pasaría si se caía el tronco sobre todos nosotros, y me llevó a la otra casa, la del sendero de piedras, las barandas doradas y el piso de granito.

En el interior había un espejo. “¡En los interiores de las escuelas no hay espejos!”, pensaba, guiándome no más que por el modelo de mi antigua primaria. Las escaleras eran de madera, de esas en las que retumban los pasos, como ecos de fantasmas. Y atrás, al final del recibidor, en la esquina derecha, justo antes de la puerta de la biblioteca, había un piano. El paso de los años le había dejado un inalterable velo de huellas amarillas y polvo seco sobre sus teclas.

Aquel colegio era como los sitios embrujados de las películas fantásticas. Entonces sentí la presencia de un millón de misterios en cada una de sus esquinas, y la necesidad de comenzar a descubrirlos disparó mi ánimo y reconstruyó mis miedos sobre el deseo de la aventura. Seguía temiendo al tronco solitario, a los reflejos enormes de las sombras en el espejo, al retumbar de los pasos en los escalones de madera, a la virtual melodía arrancada de las cuerdas del viejo piano. Seguía temiendo, pero me gustaba temer, porque me hacía creer que todo era posible.

¡Y cuántas cosas fueron posibles en la Mártires del Segundo Frente!

A mis amigos les contaba historias sobre apariciones de espíritus. Con ellos exploraba el sótano para encontrar un pasadizo secreto. Despilfarrábamos carcajadas al deslizarnos por el piso de mármol al que llamábamos “patio blanco” y donde una tarde hallamos grabada la enigmática figura de un ojo y comenzamos a darle significados esotéricos. Hasta creíamos que el árbol cercano al barranco que había al fondo, era una mandrágora y cobraría vida.

Ahora, que solo puedo observar aquellas toneladas de fantasía desde la mirilla de la distancia, pienso que el tiempo pasó muy rápido.

SI TE ALCANZAN LAS ALAS

SI TE ALCANZAN LAS ALAS

ROSALIA CARMONA LEDESMA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Hay fechas que nunca pierden su frescura, su olor incipiente en esas columnas de numeritos que crecen a la par de los milenios –dígase el almanaque-. Días “septembrinos”, del uno al seis, raras veces llegan al siete, solo por un atravesado Isidore –huracán que afectó el occidente del país en el 2002- hermano de Lili u otro monstruo de parentesco similar.

Quizás lo que haga especial a estos días sea la historia de septiembre –singular por la trascendencia que para la nación cubana tiene el día 28 (creación de los Comité de Defensa de la Revolución) y por la tristeza que para el mundo dejó la fecha 11, sumisa a pérdidas latinas y norteamericanas en el atentado a las Torres Gemelas.  

En este mes reinicia cada año, a pesar de todos los pro y los contra, una nueva etapa escolar que incumbe al infante, al pionero, al pre y al universitario novato que como tú, comienza ya su trayectoria en el nuevo curso que le depara el destino.

Tu acrobacia inicial por la universidad se trata de equilibrio, más que de altura. Que te alcancen o que te sobren las alas dependen de ti y del empeño con que pongas a trabajar el corazón y el alma, en esta lucha que no para pocos se torna violenta.

“Primer año en la academia”, cinco palabras que al principio alegran y que de repente, pueden o no asustar. Luego de seis semestres de preuniversitario luchando por tu futuro, notas que un cambio brusco y repentino te obliga, inevitablemente, a defender la semilla que has cosechado con entrega y esfuerzo.

Y ahí estás, rodeado de un conjunto de adversarios que te observan de pies a cabeza. Unos como si nunca hubiesen atravesado el mismo sendero; otros brindan su solidaridad porque se saben humanos. Dispuesto a caerte, levantarte, retroceder y avanzar. De eso se trata, de complementar en un grupo ajeno en el que tendrás que sacar a flote tus conocimientos a la par de tus virtudes. El que vendría a ser tu pelotón, en esa guerra nunca harta de cicatrices que es la vida universitaria.   

Encontrarás tentaciones que de tanto festejarlas, se volverán ametralladoras con el blanco en la libreta o en la voz del conferencista. Habrá madrugadas en las que tendrás que soñar despierto para no rendirte ante una serie de prosopopeyas, fórmulas químicas, físicas o matemáticas, derechos romanos u otra materia académica. Si en alguna ocasión piensas que tus oponentes son profesores con títulos de máster y doctorados, bien podrías sumar a las tropas estos “fieles enemigos” que te mostrarían como nadie el camino hacia la victoria.

Algunos soldados habrán salido por primera vez de la falda protectora de sus padres. En estos casos será difícil, pero no imposible, reñir sin la presión del regaño firme y la palabra oportuna. Otros, se enfrentarán a desconocidos campos de batalla, generalmente capitalinos, que habrán de estudiar de prisa y al detalle para no perder el ritmo de la guerrilla.

Primerizo, novato, como te quieran llamar, recuerda que nadie como tú tiene tan joven las ideas y tan claro el futuro. Vale que te equivoques una y mil veces, pero intenta no perder tu color.

EL CURIOSO CASO DEL FÍGARO PARLANCHÍN

EL CURIOSO CASO DEL FÍGARO PARLANCHÍN

JAVIER ROQUE MARTÍNEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación, 
Universidad de La Habana.

Todavía recuerdo con un asomo de sonrisa el traqueteo que se formaba en mi casa cuando el largo de mis cabellos se convertía en insulto para los profesores y directores de la escuela, y yo, víctima inocente, me negaba a pelarme. Ante la orden de “si mañana no vienes pelado no entras”, siempre respondía muy sutilmente y como quien no quería las cosas “si el Che es un ejemplo de hombre, ¿por qué no puedo tener el pelo como él? Sobra decir que aquello no causaba ninguna gracia a mis superiores; al contrario, era una declaración de guerra.

Mas no piensen que me comportaba así por “amor al pelo”. Detrás de las finas e irónicas excusas se escondía un miedo terrible a los barberos, protagonistas absolutos de mis peores pesadillas, y a ese sonido metálico y tortuoso de las tijeras. ¿Y qué me dices de las maquinitas?, podrán preguntarme algunos, pero la verdad es que aún no logro encontrar las palabras exactas para ilustrar el terror que me provocaban, o mejor dicho, que me provocan; por tanto, para evitar mayores sufrimientos y daños emocionales lo mejor es dejarlas fuera del relato.   

Debemos partir de que, de pequeño, nunca tuve buenas experiencias con los dichosos fígaros y que siempre salía con un pésimo corte, para nada igual al imaginado por mí, y alguna que otra cucarachita; así las cosas, la cara burlona de mis compañeros no se hacía esperar. Pero luego de 14 largos e interminables años el padre celestial se apiadó de mí y me puso en el camino al que desde entonces fue, es y será mi barbero personal. 

Corrían los días finales de noveno grado y me disponía a realizar las pruebas de ingreso para la escuela Lenin. ¡Cuál sería mi desconcierto al saber que incluso para resolver los exámenes debía estar pelado! ¡Como si el largo del pelo incidiera en el conocimiento! Entonces, como de costumbre, fui a la barbería y ¡sorpresa! El viejo Alcides se había retirado y en su lugar vino un joven parlanchín que tenía cara de cualquier cosa menos de saber manejar unas tijeras.

Resulta que cuando me viré a mirarme en el espejo me quedé sin palabras. Acostumbrado a voltearme y tener que encarar la decepción, no supe qué hacer cuando por vez primera se limitaron a atender mis simples peticiones; pareciera que los demás barberos no entendían el concepto de “cortar las puntas”. ¿Cuál es tu nombre?, pregunté. Miguel, me respondió. De esa fecha a ahora mucho ha llovido, pero el Migue se ha convertido, más que en alguien que me presta un servicio, en un verdadero amigo.

¿Irónica la vida, verdad? Pasé de odiar a los barberos a entablar amistad con uno de ellos. Este “genio de los pelaos”, además de realizar proezas dignas de ser cantadas por trovadores, es una excelente persona. Honesto, humilde, dicharachero y jodedor como pocos, se encarga de ponerme al día sobre los acontecimientos de mayor trascendencia local, o su acepción más generalizada: los chismes, aunque también hablamos sobre deportes, cultura y hasta  política.

El Migue es un fígaro parlanchín, pero siempre muy presto a ayudar si de problemas se trata, un cubano de esos que en medio de un torbellino se las agencia para sacarte una sonrisa. En mi casa es recibido como un santo, pues gracias a él atrás quedaron los días de perreta a la hora de pelarme. Ahora ya no me pesa cortarme el cabello, aunque sigue sin estar entre mis gustos; mas confío plenamente en ese encantador de tijeras que cada cierto tiempo retoca, más que mi imagen, mi espíritu. 
 

EL PASO PREVIO

EL PASO PREVIO

YUNIEL LABACENA ROMERO,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Todo comenzó con solo 16 años. Era apenas un adolescente y empezaba a vivir. Con esa edad muchos jóvenes nos inscribimos en el registro militar, y recibir el comprobante que lo acreditaba no fue solo el inicio de la preparación que nos permitiría en el futuro incorporarnos al Servicio Militar Activo (SMA), sino también la certeza de que ya éramos hombres.

Y ese primer paso es sin dudas la obligación, la necesidad y la grandeza… aunque el ingreso al SMA no ocurra hasta los 18 años cuando, luego del examen médico, recibimos la preparación básica del soldado, etapa conocida popularmente como la previa.

Es un período que resulta inédito en nuestras vidas. Mis tíos, vecinos, amigos… siempre me lo describieron como una de las “pruebas” más fuertes que debe pasar un joven, algo difícil de imaginar y a lo que —a juzgar por los mitos, anécdotas, advertencias y consejos nacidos de la experiencia de generaciones anteriores— crees que no vas a poder acostumbrarte.

Los primeros días no tienen comparación con nada ni nadie, y al principio todas las actividades parecen extrañas. Como rutina diaria me levantaba a las seis y comenzaba entonces la jornada. Primero, la gimnasia matutina, el aseo personal, la inspección al dormitorio, el desayuno, la formación de toda la tropa.

Luego, durante el día, vendrían los diversos entrenamientos militares. Recuerdo aquellas intensas jornadas en que el sargento instructor explicaba los reglamentos y nos exigía cumplirlos. Las clases de infantería, de táctica y de tiro… sin olvidar el desplazamiento sobre el terreno con aquel fusil AKM al hombro.

Con las noches llegaba el merecido descanso. Después del Noticiero, había un tiempo para compartir con los amigos, escuchar una que otra música, llamar a casa para que el “gorrión” no nos agarrara, o recrearse con algún juego pasivo; y a las diez, la hora de dormir.

Así fue durante cinco semanas. Todo, en medio de voces de mando y un sinnúmero de misiones. Un cambio bastante fuerte, que nos obligaba a saber cómo comportarnos en cada momento y cómo dirigirnos a los superiores. Una singular escuela donde las letras y los números se transformaron mágicamente en pozos de tiradores, escuadras, reglamentos…

Y para quienes, como yo, cumplieron con la previa en medio de un caluroso verano, la etapa deja más huellas. Son los momentos cuando el uniforme verde olivo se pega al cuerpo por el sudor que provoca la fuerte preparación, y es cuando añoramos otras ropas y estar en casa.

Correr y ejercitarse provocaban miles de dolores musculares. La tan dura preparación física, no era fácil de enfrentar. Pero vale la pena, porque cuando terminé era más fuerte y disciplinado al asumir las cosas; en poco tiempo me sentí un poco más maduro.

Muchos convivimos por vez primera con normas rigurosas de conducta, donde organización, responsabilidad, respeto y disciplina iban de la mano; donde no estaban mamá o papá para “ayudar”, al tendernos la cama, prepararnos el baño o la comida, y solo nosotros debimos asumir esas tareas.

No obstante, recibir la visita de nuestros padres y amigos cada domingo era algo fascinante, un gran apoyo. Esta “historia de verde” que define esa primera etapa del SMA, si bien es un período espinoso, al parecer con los años ha borrado bastante aquellas anécdotas tristes o momentos oscuros que me contaron y a los que tanto temí.

Después de cinco semanas de arduo esfuerzo y de unos días de reposo, completamos la tarea del SMA, convencidos de que no es solo una cuestión dictada por la Ley; se trata también de principios, sacrificio y voluntad, de aprender a defender la Patria, la mejor manera de prevenir la guerra.

Han pasado cinco años de esa etapa inicial de preparación y tal parece que fue ayer cuando me alejaba del barrio, de la casa y de los amigos… para adentrarme en la vida militar. Y, con los días, descubrí que yo tampoco, como tantos hombres —y mujeres— podré olvidar ese camino retador, para nada atemorizante por el que, al transitarlo, uno crece.