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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

SUSANA GÓMEZ BUGALLO,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Segundas oportunidades. Casi nunca existen. Y hay algunos locos que tampoco saben qué hacer con ellas. La vida se vuelve condescendiente, se hace la de la vista gorda; y ellos, los premiados, vuelven a cerrarle la puerta en la cara a la dicha.

A veces creo que no necesito más de lo que tuve. Lo hecho, hecho está. Incluso logré convertirla en mi niña consentida. Pero cuánto quisiera -como todos lo hemos querido alguna vez- volver atrás el tiempo.

Ya nunca dejo de abrazar a nadie. Ni me olvido de un beso, de un hasta mañana. Ni de decir te quiero. Antes lo hacía, pero no igual. Corría porque se acababa el tiempo… y terminó marchándose ella. Todos los días del mundo y ni un segundo para poder recostarme en su pecho.

No la pienso con nostalgia: jamás me lo hubiera consentido. Tengo su alegría. Cocino sus comidas preferidas y hasta le cuento cómo fue el día. Miro su foto y la beso, le sonrío, sé que me mira desde su altura. Me cuesta un poco escribir sabiendo que no lo verá pero confío en que a allá arriba igual llegue la prensa. Ella no se lo perderá.

Me parezco a ella. Lo sé. Y cada mañana intento capturar su espíritu, sus ganas, sus fuerzas. Lo perdono todo. La fortaleza consiste en dejar atrás las cargas pesadas y seguir el camino sin rencores innecesarios. Algunos no son dueños de sus defectos pero tienen la fórmula única de construirse virtudes. Ella siempre lo supo.

Más a la moda que mis padres en la ciencia de dar consejos. Exacta, práctica y sensata. Sin miramientos o censuras. El cielo se cae mañana y la frase de siempre –colocada entre risas-: «¿Qué te parece?» Una de cal y otra de arena. El puñetazo y la caricia. «Debes… pero puedes… si quieres».

Inventora como nadie de disfraces especiales para fiestas familiares. Historiadora de las buenas para rememorar sus verbenas, las maldades a su hermano y cuando «se volaba los bancos del parque en patines». Artista de los dientes postizos para crear sustos a los nietos más crédulos. Cocinera gourmet con exquisitas variedades de pocos ingredientes. La dulcera estelar de la cuadra (para mí: del mundo; aunque yo no cuento por mi dosis de subjetividad).

Más periodista que Kapuscinsky, más música que Bethoven, más aventurera que Tom Sawyer, más deportista que Usaim Bolt, más humorista que Les Luthiers, más psicóloga que Calviño y más politóloga que cualquier analista internacional. Todo desde su sabiduría popular y su interés de pensar y saber.

Llegando a sus 50 tuvo que decirle adiós al amor de su vida. Y continuó con voluntad de guerrera sin derramar lágrimas ante sus dos pequeñas. A veces hablaba de él con la tranquilidad de quien recibe lo que viene envuelto en el paquete de la vida. «Ese sí era un hombre», decía orgullosa.

Poco dada a las ternuras, según ella. Y en cada pregunta el interés de comprender, de ayudar, de que la supieran presente, de querer, de ser para todos. Nadie como ella para callar ante mis ausencias. Nadie como ella para entender mis prisas. Nadie como ella para hacerme ver que no valió la pena.

La vida siguió y ella se fue. ¿Qué hacer ahora con cada minuto que antes ahorré? Extrañarla. Ya jamás olvido un abrazo, un beso. No tendré una segunda oportunidad con Mima, pero ella me la ha regalado para otros.

EL FESTÍN DE LA IRONÍA

EL FESTÍN DE LA IRONÍA

ALEJANDRO MADORRÁN DURÁN,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Son las cuatro de la tarde y espero como cada día el ómnibus para volver a casa. La guagua, siempre esquiva a frenar, se detiene en la parada gracias a la presencia de un inspector. Está repleta. Llevo una hora esperándola y de ningún modo permitiré que se me vaya. Las personas a mi alrededor piensan lo mismo.

Por un momento reduzco mi mundo, mis sueños, mis pensamientos, a simplemente lograr montarme en el autobús.  Desaparece de mi mente la  generosidad, la educación, la civilidad. Lo más preocupante no es solo mi comportamiento, es que todos los que lograron montarse en la guagua actuaron de igual modo.

Una vez dentro siento el dulce alivio del soldado vencedor. No me acuerdo ya de la viejita que no logró subir. No me preocupa la mujer con el niño que está contra el cristal de la puerta. No me interesan los que quedaron en la parada y que tal vez necesitaban ir a un hospital. No me conmueven esas cosas, todo es tan cotidiano como despertarse cada mañana.

Esa tarde fue como cualquier otra, no tenía nada de especial. Dentro de la guagua la gente gritaba, se ofendía, reía sonoramente, y se escurría el sudor del cuerpo. Cuando por fin me acomodé y logré relajar mi mente,  me llamó la atención un hombre, según mis cálculos, de más de sesenta años, de calvicie sacerdotal y frente amplia, que miraba por la ventana del ómnibus con rostro enfadado. Usaba una camisa y un pantalón viejos y sucios, llenos de manchas de comida seca. Sus uñas eran largas y negras, parecían de madera. Llevaba una bolsa de nailon descosida en su hombro. Expedía un olor pestilente.

La ironía de la vida parece nunca dejar de sorprender y enseñar. Me pareció extraño que el anciano disparara miradas irritadas a quien rozaba su piel o se le acercaba más. Mi sobresalto tal vez no fuera tanto si me encontrase en un lugar espacioso, pero en una guagua, con quien sabe cuántas personas dentro, donde respirar es a veces un reto.

Su enfado creció al aumentar el número de pasajeros y el interior del vehículo llegar a convertirse en una masa homogénea y sudorosa. Él no paraba de mirar a todos lados, asustado, irritado, inconforme. Con voz seca me indicó que me apartara, entre la gente se dirigió hacia la puerta y en la siguiente parada se bajó.

La naturaleza humana es extraña, tan desconocida como el cosmos. Ese hombre debió haber experimentado alguna situación traumática en su vida, tal vez la pérdida de sus hijos o una infancia difícil. Lo imagino solo en una casa, rodeado de animales y trastos viejos, caminando por las calles en busca de comida en la basura y colillas encendidas. Seguramente, él no pudo comprender cómo la gente se apretujaba, se empujaba y profería obscenidades e insultos. Aún conservaba la esencia de su condición humana, esa, a la que en ocasiones renunciamos para subir a un autobús.

 

¡TARÁN!

¡TARÁN!

GABRIELA RODRÍGUEZ-LOECHES,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La verdad es que hay días en que nos despertamos y no tenemos la más mínima idea de lo que nos depara el destino. Así pues, a lo mejor no creerán lo que me pasó. En una sociedad donde en raras ocasiones deseamos los buenos días con una sonrisa y pedimos disculpas cuando tropezamos con alguien caminando despistados por la avenida, en una sociedad donde la mayor parte del tiempo vivimos quejándonos por lo que nos toca, aún encontramos almas insólitas. Todavía quedan personas buenas en el mundo.

Resulta que las ocho de la mañana es ya bastante tarde para alcanzar a comprar las entradas de un concierto de Buena Fe. Me levanté aún soñolienta, pero después de una molesta travesía en el ómnibus 174 no hay sueño que resista. Al fin me bajé en la parada de la intersección habanera de Línea y H y ahí, ¡a esperar casi un siglo a que pasara el rutero P1!, el cual, claro está, jamás llegó.

Como iba muy atrasada me decidí a tomar un taxi. Ya acomodada busco en la cartera el dinero y… nada más y nada menos que había olvidado el monedero, independiente del “capital” de las entradas. Detallé al conductor, se me hizo un nudo en la garganta, alcé mi voz y le dije: “Chofe, pare, por favor, no me percaté de coger el dinero”.

Para mi sorpresa, la señora que tenía sentada a mí lado, que se había dado cuenta de que algo me perturbaba, antes de que el chofer pudiera detener el carro, ¡TARÁN!, me tomó sutilmente de la mano y no me dejó bajarme de la máquina. Después que pasamos el túnel me dijo: “No te preocupes mi niña, si no tuviera el dinero no te podría ayudar, pero aquí está”.

¡Me sorprendió tanto el gesto de aquella mujer! Ella se quedó dos calles antes que yo, pero antes de bajarse, recibió una llamada; el tono de su celular me era conocido. ¡Increíble, era Arsenal!, uno de los temas más famosos del dúo guantanamero. Enseguida me dispuse a contarle a dónde iba cuando pude escuchar que le contaba a la voz del otro lado del móvil que tenía que trabajar, que no podrían asistir al concierto. 

Y si piensan que es demasiado bueno para un solo día, sorpréndanse, porque llegué a la cola del Karl Marx casi sin esperanzas de ver el espectáculo, cuando ¡TARÁN! un completo desconocido me coló. Ulises había pasado la madrugada marcando para estar entre los primeros.

Aunque el sol y el calor de las diez de la mañana lo irritaba un poco, unido a la incomodidad característica de las colas, parece ser que la suerte estaba de mi lado y el muchacho notó en mis ojos la misma desesperación por oír esas voces tan llenas de buena fe. Solo que la de él lo había despertado más temprano.

Cuando estábamos conversando se me presentó el tercer problema. Yo tenía que comprar siete entradas y solo vendían cuatro por persona. Fue ahí que como por arte de magia apareció Eduardo, y ¡TARÁN!, me compró las tres que me faltaban. Puedo decir que ese día más que entradas, me regalaron una lección. Se preguntarán asombrados, porque es  un poco raro: ¿cómo fui capaz de recibir tanta bondad en solo una mañana? Eduardo compró mis entradas para el viernes, aún sabiendo que ya él no podría asistir al concierto del sábado, pues había que comprar todas para el mismo día.

Dudo que alguien haya podido tener tanta suerte, y esta es mi manera de agradecerlo. ¡Lo que me sucede cuando se trata de Buena Fe! Cuanto quisiera que esta historia fuera una semilla capaz de florecer en cualquier tierra, por muy árida que sea. Ojalá mañana al despertar el destino me depare que todas las personas del mundo leyeron estas líneas. ¿Quién quita que alguno sea Ulises o Eduardo, o conozca a la mujer del taxi que no pudo ir al concierto, pero me inspiró a escribir esta crónica? 

EL ABSURDO DE LAS SILLAS

EL ABSURDO DE LAS SILLAS

ANA LAURA PALOMINO GARCÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Dicen que hay días para divertirse, otros para reflexionar y algunos para cuestionarse la capacidad del ser humano de ser mejor. Por desgracia para mi fue uno de estos últimos, y una vez más entendí el descontento de no pocos ciudadanos a la hora de enfrentarse a los problemas cotidianos.

Madrugué para evitar la cola interminable y los insultos correspondientes, y me presenté a las siete menos cuarto de la mañana en la oficina de ETECSA correspondiente al municipio La Habana del Este. Como faltaba mucho para que comenzara el horario laboral, decidí sentarme en una de las sillas del local, sin embargo, el cuidador decidió mandarme a levantar de la peor manera y con gritos alarmantes.

Le pregunté amablemente el por qué de su molestia, a lo que respondió que a él le habían indicado que las sillas no eran para sentarse. La verdad es que no entendí su razonamiento y tuve que esperar una hora y 45 minutos de pie a que abriera la oficina.

Una amiga me comentaba otro de estos ejemplos. Su abuela se encontraba muy mal y ella pidió una ambulancia. Al llegar al hospital más próximo le dieron que no la podían atender ahí, porque esa no era su área de salud. Luego de ruegos y peticiones de clemencia la paciente tuvo que ir al sitio “conveniente” a atender su dolor. Es como si en lo adelante tuviéramos que enfermarnos solamente en el lugar donde radica el hospital que nos corresponde.

¿En qué momento algunos decidieron volverse enemigos de sus semejantes? ¿Por qué acatamos sin cuestionar las decisiones absurdas que ni nosotros mismos entendemos?

Es probable que los que lean este comentario piensen que toco un problema menor o sin importancia, pero debemos cuestionarnos los absurdos para que el final no nos corroa la decadencia de la que somos víctimas en determinados espacios.

No se trata de ir por ahí contra todos y discutiendo a placer cualquier medida que se adopte, sino pensar antes de actuar. Lo que planteo es solo el primer eslabón para evitar una cadena interminable de ilógicos.

No pretendo hacer un manual de buenas maneras, ni dar lecciones de moral, solo abogo por comprensión: las reglas están para cumplirse, pero también para adecuarlas a cada situación.

Quizá haya que perder la fe en el ser humano y querer más a los perros, pero la esperanza se encuentra al doblar la esquina en un mundo donde las sillas son para sentarse y los hospitales son para salvar vidas.
  

SI DEL MÍO SE TRATA

SI DEL MÍO SE TRATA

ALEJANDRO ROJAS ESPINOSA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Al hablar sobre los padres en una fecha cercana al día de su celebración oficial podría correr el riesgo de ser tan original como tan trillado, sin embargo, hablar sobre el  mío, eso si sería nuevo.

Mi papá, cuando yo estaba pequeño, soñaba con que fuera pelotero o futbolista, para poder regodearse delante de sus amigos y que vieran lo bueno que era su hijo. Un poco más acá en el tiempo me veía vestido de blanco y trabajando en un hospital; si yo salvaba vidas, él estaría muy orgulloso.

Finalmente, descubrió que nunca tuve aptitudes para el deporte, o para la medicina, por eso me dejó la elección a mí, al fin y al cabo era mi futuro, él solo me debía guiar para que fuese un hombre de bien.

Mi progenitor solía salir conmigo a los museos, a los juegos en el estadio Latinoamericano y a la playa, en fin, a donde quiera que yo fuese; unas veces por mi seguridad, otras por ver en qué y con quién ando, pero ese es su trabajo, y todavía asegura que lo será mientras esté vivo.

“La calle está mala” y “ten cuidado con quien te juntas” son dos frases que he oído más que el Himno Nacional, pero seguro sus razones tiene, un hombre que seca todas las noches sus canas sabe lo que uno encuentra en el camino de la supervivencia.

Y eso, eso es otra cosa que me enseñó mi progenitor: en la vida, hay que sobrevivir “si tenemos de todo, estamos bien, si no hay na´… hay que echar pa´lante, sacrificarse, el hecho es no volverse débil y menos, carne para gusanos”.

Pero el autor de mis días ya llegó a la etapa en que se la presión sube y la energía baja, el sueño aparece a las seis de la tarde y se esfuma a las diez de la noche, es una relación causa-efecto que al mismo Marx seguro le hubiese costado trabajo entender.

Lo único que no cambia en él es el apetito, cómo come, y por más que le digan “la dieta” o, “el corazón”, él no hace caso. Entonces es cuando le doy un poco de su medicina y tomo las riendas. Y ahí es cuando él me las quita y se forma la conversación en tonos inimaginables, de esos que cualquier actor utilizaría para parecer enojado y fiero.

Pero al final del día la discusión es solo eso, pues mi padre sabe que me hace mucha falta, que todo lo que le digo es por su bien, y aunque no lo fuera, es lo que yo creo, porque no quiero que se vaya al más allá, no todavía.

Ahora que lo menciono, otra de las cosas en que me instruyó mi papá fue la actuación, sonreír cuando todo esté mal, a veces disimular para no herir a alguien, y muchas lecciones que, de una forma u otra, hay que fingir para estar bien con las personas que queremos, y a veces con las que no.

Mi papá es especial, entre otras cosas, por vivir conmigo, por ser mi amigo, por darme la oportunidad de dialogar con él, por dejarme elegir mi camino, pero a la vez, por ser exigente, por no dejar que me vaya de mi camino, y en varios momentos, reprimirme hasta entrar en razón.

Si de mi padre se trata, las líneas no alcanzan, las palabras no tienen el significado exacto, y nunca, nunca, sería gastada la forma en que me refiera a él. 

LAS PRIMERAS EXPERIENCIAS BECARIAS

LAS PRIMERAS EXPERIENCIAS BECARIAS

HUY VU QUANG,

estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cada persona, desde que nace hasta convertirse en adulto, ha recibido protección y gran cariño de parte de sus padres. Por eso, cuando tiene que alejarse de los brazos de ellos siente un enorme vacío en el alma y para adaptarse a vivir solo necesita un tiempo indefinido.

De acuerdo con ese proceso, resulta bastante difícil para cualquier joven y la dificultad se multiplica sobre todo para los estudiantes en el extranjero, ya que se trata de acostumbrarse a una nueva cultura con muchas características distintas como el idioma, los hábitos y la convivencia. Más que nadie, entiendo bien lo que tiene que pasar aquel muchacho desde mi experiencia como un alumno en un país lejano.

Luego de terminar el estudio de doce grados, decidí elegir la carrera Periodismo de la Universidad de La Habana, en Cuba. Con muchos estímulos de mis padres y la determinación mía, empaqué hacia el país caribeño para conquistar el nuevo reto de la vida.

Aunque Cuba y Vietnam tienen una relación diplomática estrecha, es muy difícil encontrar las informaciones sobre las condiciones actuales de la nación caribeña. Por lo tanto, relacionaba a Cuba con otros países de la región, como México o Venezuela, y no tenía por qué preocuparme. ¡Mi futuro prometedor estaba en marcha!

Después del vuelo largo de casi diez mil kilómetros de distancia y aproximadamente 30 minutos en carro desde el Aeropuerto Internacional José Martí, llegué a la residencia estudiantil Lázaro Cuevas. Aquí los primeros contactos fueron de sorpresa y amigables por la afectuosa acogida de los compañeros vietnamitas y el conjunto administrativo del albergue.

En los días siguientes, me encontré con muchos problemas cotidianos como el cambio de horario, dificultades en la comunicación por cuestiones de idioma o la adaptación a una nueva comida, costumbres, el clima y también el sistema de transporte urbano.

Pero la vida no es como un sueño, la situación de la residencia no se encuentra en óptimo estado. Todavía existen problemas objetivos como la escasez del agua, ya que la beca se sitúa en la zona costera del mar, y las malas condiciones del elevador que dificulta a las personas que viven en los apartamentos altos. Sin embargo, cada país posee su ventaja y desventaja típica, ninguno es totalmente perfecto. Sintiendo esa esencia, me esfuerzo cada día más para superar estos primeros obstáculos.

Poco a poco, con los apoyos entusiasmados de los nuevos amigos cubanos y el gran intento de mi parte, he dejado a un lado las dificultades diarias y me concentro en los estudios de la carrera. Esta tarea es lo más importante de mi presencia en Cuba.

Han pasado tres años desde que aterricé a esta tierra y ni un día dejo de mejorar en mis conocimientos. Espero que, con los días restantes de mi estancia, pueda conocer más de la cultura y la tradición cubana.

 

 

CONVERSANDO CON MI PROFE CIRILO

CONVERSANDO CON MI PROFE CIRILO

Este trabajo obtuvo Premio en el Fórum Científico 2013 de FCOM, en la categoría de Crónica.

SUSANA GÓMEZ BUGALLO,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuando mi primer intento de llegar al periodismo no resultó, muchos lloraron conmigo y me consolaron. Él solo dijo: “Busca por las páginas 200 del libro de texto de español”. Ahí estaba el poema de César Vallejo, Traspiés entre dos estrellas.

Cuando la filología siguió de largo y en mí detuvo la filosofía, muchos me dijeron que podría cambiarme con el tiempo. Él solo opinó: “La filosofía es el amor a la sabiduría, es la carrera que me gusta para ti”.

Cuando el periodismo llegó a mis manos, muchos festejaron que al fin lo había logrado. Él solo sentenció: “Espero sepas lo que haces”.

Cuando algún problema familiar me nublaba los ojos y el corazón, muchos sembraban en mí rencor y odio. Él solo sonrió: “Aprende a vivir con ello”.

Cuando se me fue, ¿qué podía hacer? Muchos esperarían que llorara. Él no pudiera verme llorar. “Susan, realmente la vida es bella”, me diría detrás del llanto de los demás ese profesor de literatura güireño.

Sus lecciones son únicas, inolvidables, eternas. Por eso es mejor pensarlo. Recordar con admiración el caminar filosófico y sardónico de aquel dueño del mundo que atravesaba los pasillos del IPVCE Mártires de Humboldt 7 burlándose hasta de los mosaicos del suelo.

Es mejor reírme. Disfrutar sus comentarios irónicos que “cantaban las cuarenta” sin mover el tono de voz ni alterar  un solo rasgo del rostro.

Si faltábamos al pase o nos íbamos antes de tiempo, muchos nos requerían por ausentistas. Para él nos habíamos convertido en “la guagüita de la quinta”. Si los profesores de la escuela luchaban con los alumnos exigiéndoles trabajo para ganar la emulación, él sacaba un machete de no sé dónde y se ponía a chapear. Hacia allí íbamos todos sin pretextos.

Cuando ante los dictados para las pruebas de ingreso, los puntos se nos volvían comas y los verdaderos se tornaban falsos, él siempre tenía un chiste para no atormentarnos con nuestros errores, y acabábamos burlándonos de los disparates.

Al saber que su salud estaba dañada, pasé meses esquivando su casa, su cumpleaños, hasta que el 23 de diciembre, recordando el paso del día del educador, tomé como pretexto un ejemplar de Jorge Amado, Doña Flor y sus dos maridos, y marché a verlo. Él acomodó su pie derecho en el muro del portal y comentó cuanto quiso y como solo él sabía hacerlo, todo lo que se le ocurría de literatura universal.

Me contó de su redescubrimiento a Cien años de soledad, de lo feliz que era y de lo bien que estaba. Había vuelto a nacer. Y no con ese brillo alterado que algunos proclaman exteriormente. Era un resplandor que lo hacía desprender ganas, deseos, vida.

No había querido volver a verlo. No tuve un cumpleaños ni alguna fecha como excusa. Esperaba el Día de los Padres para visitarlo con ese motivo y no por cuestiones de salud.

Pero se fue de paseo con Benedetti, Carpentier, Martí y Lezama Lima. Creo que no volveré a verlo. El profe Cirilo, dicen, ya no vive. Pero converso tanto con él.
 

LA NOCHE EN QUE LA HABANA SE PARECE A MADRID

LA NOCHE EN QUE LA HABANA SE PARECE A MADRID

LUISA MARÍA GONZÁLEZ GARCÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
 

Dicen que en Madrid no existen las noches y siempre es de día. Aunque en la negrura del cielo de medianoche apenas se vislumbre la Luna, abajo los transeúntes llenan las aceras, los carros se embotellan en las avenidas, las grandes luminarias artificiales sustituyen al sol, la música estridente de las discotecas resuena por doquier y los restaurantes no cierran porque siempre hay muchos que necesitan sus servicios. No importa que sea lunes, miércoles, o sábados, en Madrid parece que nadie duerme. 

Ciudad de La Habana es diferente. Los días de semana, a más tardar a la una de la mañana, se puede decir que todos se han ido a la cama, con excepción de algunos centros nocturnos a los que asisten mayormente los turistas. Y aunque los fines de semana la diversión dura mucho más, después de las cuatro o las cinco de la madrugada prevalece el silencio. 

Pero hay una noche en que La Habana se parece a Madrid: la víspera del 1ro de mayo.

Ayer fue el primer día del quinto mes del 2008, y una vez más, como se viene repitiendo hace 49 años, la capital de Cuba no durmió en espera de la celebración del Día Internacional de los Trabajadores. Yo debía reunirme con mis compañeros de la Universidad a las siete de la mañana, así que salí de mi casa unas horas antes para llegar a tiempo. Cuando estaba más o menos cerca de la avenida Paseo  —arteria principal para la concentración del pueblo—, percibí un detalle curioso: las calles estaban embotelladas no de carros, sino de personas. 

Era todavía de madrugada, y trabajadores del turismo, de la salud, de la educación, de los servicios, de las artes, etc., colmaban las calles aledañas convirtiéndolas en verdaderos hormigueros. También había estudiantes, muchos estudiantes de diferentes enseñanzas. Y hasta niños pequeñitos con sus padres estaban en espera de la marcha.

“Permiso, permiso”, decía yo todo el tiempo; y trataba de avanzar entre la multitud. Fue una suerte que madrugara, porque de lo contrario, habría llegado tarde.

A las ocho de la mañana sonaron en las grandes bocinas las notas de nuestro Himno Nacional. Como pinchados por una aguja, los miles de cubanos que llenábamos la larga y ancha avenida nos pusimos firmes y cantamos esa canción que figura entre las primeras que aprendimos en la vida. Si un ejército obedece las órdenes de su superior con la disciplina con que todo el pueblo habanero entonó su himno, de seguro gana la guerra.

Después comenzamos a desfilar. Yo formaba parte del bloque de jóvenes universitarios que cerraba la marcha, y como había tanta gente antes de nosotros, pudimos  pasar frente a la tribuna una hora y unos minutos después de iniciar la caminata.

Allí, en la Plaza de la Revolución, escoltados por José Martí, los principales dirigentes de la Revolución saludaban al pueblo. Y nosotros levantábamos carteles,  gritábamos “Vivas”, repetíamos consignas, agitábamos banderas.

Cuando terminé de desfilar y comencé a buscar el mejor camino para volver a casa, un pensamiento cruzó mi mente: “Ojalá que aquellos tristes episodios de Chicago que dieron origen a la celebración del Día de los Trabajadores no se repitan, ojalá que los 1ros de mayo sean siempre en el mundo, como hoy en Cuba, una fiesta.

Entonces, una bandera argentina muy grande me transmitió esperanza. En sus franjas blancas alguien había escrito: “Con Perón, Kirchner, Castro, Chávez, Correa y Evo estamos construyendo la Gran Patria Americana”.