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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

LOS HUEVOS FRITOS DE EUFEMIA

LOS HUEVOS FRITOS DE EUFEMIA

DARIANNA REINOSO,                                                                        
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Arroz blanco. Frijoles negros. Platanito maduro. Solo falta el huevo frito con la yema blanda. Así lo prefiere mi sobrino, para quien soy su chef de cocina. Ernestico dice que preparo los huevos fritos que más le gustan. Y no puedo evitar hablarle de quien merece el crédito: Eufemia, ella sí que hace los huevos fritos más ricos del mundo. Yo solo soy otra aprendiz.

Hace años  pasé ese curso, que no fue solo de cocción. Conozco a Eufemia desde que yo era pequeña y no ha cambiado mucho. Continúa caminando descalza en la casa, con una toallita recostada sobre su hombro o al alcance de la cintura para secar el sudor, espantar algún insecto y apartar del fuego el caldero que lo requiera. Su voz, cordial en la conversación, todavía puede estremecer el monte cuando pretende explorar en los oídos de Manolito, Cuque y Jorge para recordarles que deben recesar de la faena laboral porque el almuerzo está listo. Solo su cabello plateado luce diferente, ahora es más brilloso.

La casa de esta familia corona las alturas montañosas de Soroa. Enclavada en el “pico de una loma”, la ascensión es por una empinada pendiente de tierra que aviva una extraña sensación de escalofrío en los pies. Esos parajes son fértiles para los cafetos que, florecidos, envuelven la serranía en una fragancia afrodisíaca, y con los frutos le entregan un colorido mágico al verde follaje.

Hasta allí llegaban mis padres, con el morral al hombro, durante la recogida cafetalera. Mi hermana y yo, sin una nana disponible, pasamos algunos días en el vientre de la naturaleza. Invadir el territorio de santanillas y mosquitos dejaba huellas irritantes en la piel. Y ante el desbordamiento repentino de las nubes, sin tener dónde guarecernos, las hojas de matas de plátano nos cubrían de los aguaceros.

Entonces la gentileza de Eufemia no se hacía esperar. En su casa acompañábamos la claridad del día. Ella fue nuestra nana por aquellos tiempos. Con ella cuidamos del rebaño de carneros y del ternero enfermo, apilamos el café del secadero y fuimos los custodios principales que impedían el paso a patos y gallinas por el reluciente piso. Nos recompensaba  –por tan importante labor– con mangos, mandarinas, guayabas o agua de coco.

También probamos su sazón. Al calor del carbón, en un calderito, la manteca de cerdo hervía. Solo dos toques con el tenedor eran suficientes para quebrar el cascarón. Con delicadeza ella dejaba caer la clara, sin que se lastimara la yema. La espumadera iba de un lado a otro, enjuagando con la grasa el huevo criollo que ya se vestía con un manto blanco. Tras una última zambullida quedaba listo aquello que provocaba una música y un aroma cautivadores en el ambiente de la cocina.

Luego de cumplir con sus exigencias de higiene, compartíamos la mesa para disfrutar –privilegiados nosotros– de los huevos fritos más ricos del mundo. Ese es el veredicto de nuestro paladar. En ellos, apariencia y sabor se conjugaban: una orla, con rastros de burbujas, adornaba los contornos circunferenciales. ¡Qué crujientes! Y con el punto de cocción preciso lograba yemas blandas, un poco duras o bien tostadas, para satisfacer los gustos.

La gracia con que los sumergía por última vez en la grasa y el rocío de sal con que los cubría al instante de servirlos, hacían de aquel almuerzo un deleite.

Esos serán difíciles de superar, pero creo haber descubierto lo especial del proceder culinario de Eufemia. Había tanto placer reflejado en su rostro por aquello que hacía…Con cariño, hoy preparo los huevos fritos para mi sobrino.

 

 

LA DICHA DE LLEGAR A VIEJOS

LA DICHA DE LLEGAR A VIEJOS

YOHANA LEZCANO LAVANDERA,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.  

La vejez se identifica casi siempre con la imagen de algo decadente, doloroso, inservible. Incluso, uno de los más clásicos temores de los hombres es el estar o sentirse viejo. Yo aún vivo mi primera edad, sin embargo, agradezco a este estado humano la sonrisa que acompaña el recuerdo de una travesura infantil, el constante regaño por aquello que estás convencida no has hecho mal, la compañía cuando no tiene sentido la vida si has perdido a un ser que forma parte de ti misma. En fin, bendigo a la vejez por permitir mi existencia toda.

Y es que la dicha de llegar a viejos me ha regalado a mis abuelos, responsables de miedos y ensueños, de mis talentos y muchas veces también de mis torpezas.

De niña, mi pasatiempo favorito era seguir con el dedo las largas filas que componen las arrugas de abuela, pues ella me decía que cada uno de esos pliegues era la huella de una historia. Todavía repaso con mi mano esos trozos de vida, pero ahora las historias son más enrevesadas, y lo que antes parecía un conjunto de anécdotas fascinantes dispuestas en un perfecto orden, se ha convertido en las memorias de algo ilógico, entremezclado, sin dejar por eso de ser bello. Hoy no veo las arrugas como palitos firmes en la cara de abuela, sino como finas líneas zigzagueadas que en su inestabilidad se unen a otros trillos de carne también inconstantes.

Abuelo es un hombre de la Revolución: luchó en la clandestinidad contra Batista y hasta tomó un cuartel por allá por Artemisa, donde vivía en aquel entonces. Todos los días me parece escucharlo mientras vuelve a contar sus peripecias como mensajero del Movimiento 26 de Julio. Esos relatos se convierten en instantes de plena satisfacción para mí, pues en medio de tantos hechos heroicos encuentro su pelo negro y sus ojos verdes que ya casi no me pueden ver, pero que reconocen todos mis detalles.

De él conservo como estandarte la espectacular habilidad para componer décimas instantáneas; de ella, el desenfado para cantar y bailar sin música cuando todos están mirando; de ambos, los innumerables mimos, la compañía hacia la escuela, las eternas canciones y las memorias de juegos inventados para entretenerme cuando se iba la luz.

Con mis abuelos descubrí la verdadera esencia de las cosas y los hombres; aprendí a amar, a reír, a llorar, a vivir. A estos viejos, a mis viejos, les debo lo que sé, lo que creo y lo que soy.

Es por eso que hoy temo al tiempo que anuncia esa condición inevitable que culmina el círculo vital, pero a la vez me regocija el haber disfrutado tantos momentos imperecederos. Este gozo se transfigura en admiración por los sacrificios, por los triunfos como padres, como profesionales, como cubanos.

Mis abuelos me enseñan a diario que el mejor estado por el cual transcurre el hombre es la vejez, pues al llegar a esta cumbre puedes mirar en retrospectiva y ver materializada la propia historia que construiste, con tus seres queridos como personajes protagónicos de tantos sueños reales.  

 

ME ROBARON EL TECHO

ME ROBARON EL TECHO

KARLIENYS CALZADILLA PADILLA,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Llevaba meses preparando mi fiesta de cumpleaños. Dieciocho años se cumplen una sola vez en la vida. Agosto me inspiraba nuevas alegrías, mas cuando en septiembre iría a la Universidad. Pero en un minuto pueden cambiar los planes, eso lo comprendí cuando sentí el alboroto entre mis vecinos. Hablaban de un huracán que se aproximaba, y un gran torbellino pasaba por mi mente.

A solo un día de los añorados festejos, mi casa se convirtió de pronto en el refugio de mis amigos del barrio. Las paredes cambiaron sus colores. Todo se oscureció de pronto, y mi abuelo, como por arte de magia, se transformó en carpintero. La varita del hada madrina no me trajo una carroza para remolcar los palos de eucalipto que cargamos mamá y yo para sostener las ventanas. Mi abuela aseguró las provisiones, porque como siempre sucede, pronto quitarían el fluido eléctrico. Era el treinta de agosto del 2008.

Había tristeza entre los míos. Olía a lluvia y a viento. Las tres de la tarde parecían las diez de la noche. Ya no pensaba en mi onomástico. Ahora me preocupaban mi tío y su familia. Al parecer, el ciclón azotaría su pueblo, y a ellos solo los protegían unas viejas paredes de tabla y un escandaloso zinc. Por suerte, estaban bajo un techo seguro, pero qué quedaría después para ellos, me preguntaba constantemente.

Miraba a mi alrededor y el alma se me hacía pedazos. Ya comenzaban a volar los canelones, los trozos de madera. Un pequeño televisor con batería y un radio de magneto nos mantenían al tanto de la evolución de aquel fenómeno. El patio de mi casa se cubrió de árboles caídos. Yo pensaba en mi tío, en mi primito de tres años.

Llegada la medianoche, el agua comenzó a penetrar por la puerta del fondo. Mis tobillos estaban mojados, y mis ojos empapados. Ya tenía 18 años, pero por primera vez quería que se detuviera el almanaque. Todos me felicitaban, y el palo de trapear fue el regalo más inmediato. Yo seguía pensando: pensaba en la familia que estaba lejos.

Recordaba que de niña me gustaban los ciclones, para tener mucha gente en casa, y sentarnos quince personas a comer en la misma mesa, y jugar dominó bajo el humo de los faroles, y mojarme con la lluvia. Pero nunca había visto tanto desastre en mi vida.

A las dos de la mañana pude conciliar el sueño. Pero los mayores no dormían. Ráfagas de viento arrastraban todo cuanto se encontraban en su camino.

Amaneció, y el patio de mi casa estaba totalmente cubierto de ramas. Cercano al garaje habían tiradas unas planchas de zinc que volaron más de cien metros: se habían desprendido de la casa de un primo que pasó el huracán bajo nuestra protección.

Los cables de la electricidad dormían en el suelo, y ello nos mantuvo tres semanas sin disfrutar de los privilegios de la luz artificial. Todo era ruina y desesperación. Yo pensaba en mi tío, en su hijo. Por una llamada telefónica supimos que estaban bien, pero aún no se habían podido arrimar a su terreno porque las calles estaban intransitables.

Inspeccioné los alrededores, les ofrecí mis condolencias a los más de veinte vecinos que quedaron sin cobija. No se perdieron vidas humanas, pero a muchos se les fue la vida con aquel fenómeno.

Mientras mi mamá limpiaba y organizaba la casa, yo recogía los escombros. En la tarde, mis abuelos visitaron a mi tío. Según comentaron horas más tarde, demoraron mucho para que el auto en que viajaban pudiera llegar hasta allí. Ahora llovía a cántaros en el interior de aquella casita de tablas, alumbrada, durante más de un mes, por la luna y las estrellas.

Las anécdotas del viaje realizado retumbaban en mis oídos una y otra vez. ¿En qué más se podía pensar luego de conocer el sufrimiento de mi primito de tres años? “Abuelito, me robaron el techo, se me mojó el colchón. ¿Dónde está mi ropa?”

No ha habido desde esa fecha otro fenómeno similar, aunque vivo con el temor de que la historia se repita nuevamente. Muchos no se han recuperado de aquellas pérdidas, y yo no he olvidados las palabras del pequeño que el día de mi cumpleaños me hizo pedazos el alma. Hoy no logro memorizar el nombre de aquel ciclón, y prefiero no hacerlo.

PARA ESCRIBIR UN CICLÓN

PARA ESCRIBIR UN CICLÓN

LUIS ANTONIO GÓMEZ PÉREZ,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Luisito tiene solo 11 años y le encantan los días grises y lluviosos. Quizás su predilección es tal porque, cuando llueve, su maestra es más comprensiva mientras pasa la lista, y como los fines de semana son tan corticos…

Cualquiera diría que a él no le gusta su nueva escuela en Guanabacoa, pero no es cierto; ¡cómo no le va gustar si allá hay decenas de matas de mango y hasta un refugio antiaéreo que hace las veces de pasadizo secreto!

Hoy Luisito no puede ir a clases porque el cielo amaneció demasiado gris y más lluvioso que nunca. Él imaginaba que este iba a ser un fin de semana largo, la voz se había corrido entre todos en el aula: “El jueves viene un ciclón, no hay escuela.”

Esta vez quedarse en casa no es igual a otras veces a pesar del aguacero. Para empezar, nadie fue al trabajo y desde que cortaron la electricidad los únicos sonidos que se escuchan en la sala son los del viento y el radio de pilas. Por el altavoz del artefacto a cada rato un señor repite algo como: “Nota informativa sobre el Huracán Michel.”

A su edad no tiene una idea muy clara de lo que entraña un ciclón, para él solo significa un par de días de descanso extra. ¡Claro, cómo no vive en medio de la ruta habitual de los huracanes!

Luisito se aburre. En la casa nada queda por hacer: macetas recogidas, ventanas empapeladas, agua acopiada para los trajines de la cocina. Tampoco sus juguetes logran levantarle el ánimo, él siente que ya está un poco grandecito para batallas entre soldados de plástico.

Bien pudiera ponerse a leer, le fascinan los libros. La última vez que se quedó en casa a causa de un aguacero devoró las páginas de El último de los mohicanos; pero hoy no tiene deseos.

Ahora Luisito está tumbado junto a la puerta de la calle con libreta y lápiz en mano. Ese siempre ha sido uno de sus lugares preferidos en días lluviosos, pues por una hendija se cuelan el aire y el olor frío de la lluvia y hasta pueden sentirse pedacitos de día gris…

Seguro Luisito vivirá varios ciclones más después de este, algunos iguales de aburridos, otros más agitados, también un par de ellos angustiosos; pero de Michel guardará un recuerdo especial: el agua, el viento, el color del cielo y una hendija quizás más grande de lo normal le revelaron su pasión por escribir. En la libreta, abierta por las páginas iniciales, puede leerse lo siguiente:

Ciclón / Con un viento huracanado / mi lápiz su danza empieza. / Yo, con dolor de cabeza, / la razón coloco a un lado. / Para no quedar mareado / por dar vueltas mientras ando / abro una puerta y, volando, / salen todos mis papeles. / Creo escuchar cascabeles, / seguro estoy delirando.

Clases de contorsionismo / toman verdes señorones, / y las vacas, sin aviones, / las de paracaidismo. / Nada por el cielo mismo / algún que otro cacharro: / un cubo, una olla, un jarro / y un batallón de canciones. / Sin duda estas vacaciones / las termino con catarro.

RÉQUIEM POR LA AMISTAD EN TIEMPOS DE SIDA

RÉQUIEM POR LA AMISTAD EN TIEMPOS DE SIDA

GLENDA CARIDAD BOZA IBARRA,
estudiante de Periodismo, Matanzas.

Tengo un amigo con SIDA. Hace tiempo lo sabía, pero llevaba años sin verlo, y hoy que ha vuelto, no sé cómo lo voy a enfrentar.

Aún conservo frescos los momentos que compartimos durante la secundaria. De eso hace ya cinco años, pero atesoro la foto en la piscina, aquel día en que sin inhibición alguna, nos abrazamos a Coralita Veloz, y recuerdo también que dobló a los BSB, y a todas mis amigas queriéndolo y él amando únicamente a XXX.

No olvido en todos los apuros en los que se metió y de los que logró salir o de los que lo sacamos. Ciertamente, él no era el típico muchacho tranquilo y estudioso. Tenía sus defectos -como todos-, (quizás un poco más que todos), pero en el fondo, los que lo conocimos y compartimos con él, sabíamos de la grandeza y ternura que guardaba o escondía en su corazón, sabíamos de su necesidad de afecto.

Recuerdo también que hace cuatro años tuvo un accidente y casi se nos muere. Yo estaba en el “pre” con mi amiga XXX (la única que siguió conmigo al terminar la secundaria) y cuando nos enteramos, fuimos a verlo.

Lo buscamos en el hospital Guevara y no lo encontramos. Estaba en el pediátrico, ¡aún no cumplía 18!, y recuerdo que cuando nos vio por el cristal de la sala de terapia intensiva, se nos salieron las lágrimas.

Allí estaban su mamá y algunas nuevas amistades suyas, pero estábamos nosotras y seguramente él no se imaginó que iríamos a verlo, porque nunca supo ni le demostramos lo mucho que valía para nosotras.

Y lo cierto es que no era ningún santo, lo sé. Así como, sé también, que a veces se comportaba mal y hasta quizás traicionó nuestra confianza. Pero nosotros, sus verdaderos amigos, nunca lo rechazamos por eso, y hasta le dimos siempre otra oportunidad, tal vez porque teníamos más fe en él, que la que tuvo en sí mismo.

Aunque, ahora reflexiono y me pregunto: dónde estuvimos cuando adquirió el SIDA; por qué no pudimos evitarlo; dónde estábamos cuando más nos necesitó; por qué no estábamos a su lado cuando se lo informaron.

Sí…, podemos poner como pretexto que la vida, los años, los estudios, que todo nos separó. Pero más que nada…

Nos separamos nosotros porque olvidamos el valor de la amistad y la necesidad que tenemos los hombres de compartir con otros.

Nos olvidamos que a veces la vida nos aleja de la gente buena y luego es muy difícil volver.

Nos olvidamos que alguien necesitaba nuestra ayuda y el ajetreo diario no  nos hizo ver más allá de nuestros problemas.

Nos olvidamos que a veces perdemos la fe y nos hace falta alguien que nos recuerde que siempre hay un motivo para vivir.

Nos olvidamos de JJJ y ahora, queramos  o no, está enfermo, y no encuentro la forma de recuperar todo este tiempo perdido y decirle que para nosotros sigue siendo el mismo.

Solo sé, que de ahora en adelante, intentaré ser la amiga cuya voluntad tenía, pero nunca puse en práctica y aunque esté estudiando lejos y  lo vea solo una vez por semana, estaré al tanto de cómo se siente, de cómo supera esta etapa que sé, ¡superará!, de qué quiere hacer. Sin lástimas (porque no hay sentimiento más hipócrita que ese), solo con la certeza de que un amigo necesita ayuda para seguir viviendo y en mí la tendrá.

Y sé que no temeré preguntarle sobre el tema, cómo lo adquirió y mostrarle que hablar de sus problemas lo puede desahogar, pero más que nada, puede ayudar a otros que viven con la enfermedad e incluso a contribuir a que la gente tome conciencia y se proteja.

Le contaré cómo en la universidad donde estudio se hacen todo tipo de campañas publicitarias para evitar el contagio. Sé que le interesará compartir sus experiencias con los demás, tal vez hasta se nos una.

Desde mi condición de amiga, no me avergonzaré al decir que tengo un amigo con SIDA; ni me esconderé al darle un beso o un abrazo y contribuiremos juntos a evitar que el VIH se convierta en la pandemia del siglo XXI.

Sé que juntos podremos enfrentar la vida de forma diferente y luchar contra una enfermedad que consume vidas, pero no esperanzas. Tenemos una ventaja a nuestro favor: la amistad.

 

MEMORIAS DE MI ABUELO

MEMORIAS DE MI ABUELO

LUIS ANTONIO GÓMEZ PÉREZ,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Mi abuelo no fue un gran hombre. No era alto ni fuerte, no destacaba por sobre otros abuelos por sus conocimientos de Historia o por haber combatido en la Sierra o en Girón. Mi abuelo era un viejito común.

Leía su periódico por las mañanas, tomaba su tacita de café, llevaba siempre un mocho de tabaco en la boca y otros cabos distribuidos estratégicamente por los ceniceros de toda la casa, según él, “para tener uno a mano a cualquier hora”. Nada, por cualquier lado que uno lo mire parece que era el más común de todos los abuelos.

Al igual que otros ancianos recorría media Habana en guagua para visitar a familiares y amigos, buscaba el pan a las seis y media de la mañana y se las ingeniaba para cargar él solito los bultos del agro y la bodega. El tiempo libre lo dedicaba a reparar los muebles de la casa, y a su mezcla de café y chícharos.

Abo -como yo lo llamaba- era el “contador oficial” de los bienes familiares. Tenía una habilidad para las cuentas como he visto en pocos, además, era el ayudante principal de su hija agrónoma en el cuidado de las plantas del patio.

Solo una cosa guardaba que, ante mis ojos de nieto, lo llenaba de prestigio. Era un papel grande enmarcado en un cuadro dorado. En él se leía algo así como “... por los cincuenta años de servicio...”. Recuerdo que el viejo vivía orgulloso de su diploma.

Un día no supe más del reconocimiento. Para ser exacto, vi a mi abuelo correr escaleras abajo con el papel grande enrollado en las manos. Luego subió, pero la batalla entre unos soldados de plástico no me dejó ver la sonrisa del viejo cuando, en el mismo cuadro dorado, colocaba una ampliación de una fotografía de su nieto de nueve años.

Mi abuelo murió de un infarto. Fue un sábado. Lo vi por última vez el lunes, me estaba recriminando por algunas malas notas. Ese fin de semana volvía de la beca tras una prueba de Historia. Camino a la casa, compré dulces para mi mamá, para él y para mí. Luego, en la puerta, llanto, llanto... Recuerdo que saqué 100 puntos en aquel examen.

CANELO

CANELO

LUIS ANTONIO GÓMEZ PÉREZ,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La Habana.- Nadie recuerda con certeza cuándo fue que llegó al barrio: unos dicen que desde hace cinco años, otros, que en marzo de 2003 cuando aún estaba sin cerrar el bache de la esquina.

En cualquiera de los casos, desde hace bastante tiempo Canelo, uno de los más de 20 mil perros que vagabundean por La Habana, convive con los vecinos de las calles Santo Domingo y Soledad en el capitalino municipio de Guanabacoa.

Según Alejandro González, por el vecindario han pasado varios callejeros, pero este es especial, “todos han tenido algún tipo de cuidado con él”.

A pesar de no haber sido adoptado, Canelo recibe alimentos, atención médica y cobijo ocasional por parte de los vecinos, a cambio, a unos les hace compañía hasta la bodega o el agromercado y a otros los saluda corriendo y agitando la cola cuando regresan a casa luego de una jornada de trabajo.

“No me imagino cómo era la vida de Canelo antes de aparecerse por aquí, seguro se pasaba el día hurgando en la basura y tomando agua de los charcos, o escapándosele al tirapiedras de algún muchacho. Por suerte para él, las canas en el hocico y el lomo le han salido en paz y tranquilidad”, comenta Magalys Noda.

Quizás por causas fortuitas muchos perros, como el del mencionado barrio guanabacoense, han encontrado amparo en hogares o vecindarios, pero, como indica la Sociedad Mundial para la Protección Animal, en el planeta existen 480 millones de canes abandonados a causa de la vejez y la enfermedad, principalmente.

En contraste, cada año los vecinos de Santo Domingo acogen a cuanto callejero se pasee por el barrio, algunos ya se han marchado, otros, como Negra y Vagabundo, hoy comparten atenciones con Canelo; tal vez en agradecimiento estos animales hacen un poco más segura la noche a sus benefactores.


 

EL CONTAGIO

EL CONTAGIO

NELSON GONZÁLEZ BREIJO,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

De pronto te viene a la mente aquella frase medio difusa. Por más que te esfuerzas no puedes recordar de quién la escuchaste. Lamentas la mala memoria y, para consolarte, piensas que pudiste haberla leído en alguna parte, quizás por eso no la asocias con nadie en particular. De todas formas ya no importa. Empiezas a inventariar tus actos, tienes la esperanza de no haberte contagiado. Sabes que no es una enfermedad mortal, pero prefieres mantenerte lejos.

En medio de tu análisis descubres que han pasado juntos un tiempo considerable. Lo lamentas. Piensas que por el bien de ambos, no debió suceder así. Pero qué puedes hacer, ahora mismo deseas estar a su lado. Ya has vivido en otras ocasiones esa extraña necesidad que tanto te cuesta enfrentar, aunque esta vez es diferente. O quizás siempre es diferente.

Comienzas a examinarte. Lo primero que te llama la atención son las ojeras. Están más acentuadas que de costumbre. Caes en cuenta de que no has dormido suficiente en los últimos días, pero intentas mantener la calma. En definitiva, casi nunca duermes las horas necesarias. También has perdido peso, ya alguien te lo ha dicho. El ajetreo diario es la única coartada que compensa la creciente preocupación.

De igual manera ha variado tu estado de ánimo, y te molesta que los demás puedan darse cuenta. Has estado más sensible que de costumbre, tal parece que tu otro yo, ese que de cuando en cuando aparece melancólico, ha decidido quedarse a tiempo completo. El atardecer ahora no es lo mismo, tampoco dejas de ver el mar cuando tienes la oportunidad. Incluso, puedes encontrarle algún sentido a las canciones que antes habrías considerado intolerablemente cursis.

Tantos cambios repentinos han empezado a corroer tu autoestima. Por momentos te sorprendes en medio de la inseguridad. Sientes que no es tu estado natural. Hace mucho que tomas tus decisiones y cualquier cosa que atente contra ello te inspira poco menos que rabia. La sospecha vuelve a hacer presa de ti, ahora con más fuerzas.

No quieres dar brazo a torcer y como última maniobra te dispones a demostrar la transparencia de tu comportamiento cuando están juntos. Craso error. Encuentras síntomas alarmantes, comunes entre quienes viven la enfermedad: la tendencia a filosofar con la mirada, el placer hallado en el jugueteo con las palabras, la nostalgia por cada minuto compartido, la inconformidad, la ayuda más autocomplaciente que generosa…

La ilusión de mantenerte a salvo entra en coma. Aquellas palabras emborronadas que te hicieron maquinar todo llegan íntegras a tu conciencia, como si alguien las hubiese acuñado allí de pronto: «El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas». Crees reconocer el tono de Eduardo Galeano y eso, estas alturas, confirma tu preocupación. 

No tienes armas para enfrentar la sensación que te invade. Sabes que puedes engañar al mundo si te lo propones, pero no a ti. Comienzan a interesarte poco las consecuencias de tu padecimiento y te abandonas a los primeros placeres. Sin más objeción, lo asumes: El contagio es un hecho.