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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

TIERRA DE NECIOS

TIERRA DE NECIOS

NELSON GONZÁLEZ BREIJO,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Imposible no sentirse orgulloso de ser cubano por estos días. En cualquier parte, no importa donde estés ahora. Impresiona todavía el rostro del niño en los hombros del padre; la señora del sombrero de guano con los dos cuadros alzados: Fidel en uno y en el otro el Che, como si no se le cansaran los brazos; los jóvenes saltando, cantando, riendo; la gente que desborda alegre la plaza. Parecen de otro mundo.

Entonces pienso más allá, en este enredo al que llaman Aldea Global, donde la libertad parece solo una palabra; la justicia, una utopía; y la esperanza, un defecto. En donde la existencia suele pasar sin dejar huella, o convertirse en una carrera interminable para desentrañar a tiempo el sentido de la vida. Donde la sociedad parece ser de nadie, porque solo unos pocos deciden. Es el mundo de esos pocos.

En medio de ese mar frenético encuentro esta gente, esta isla llena de historias fabulosas. Para algunos, un raro vestigio de los regímenes comunistas; a juicio de otros, un ejemplo de supervivencia a la guerra fría.

Debo aceptar que es un lugar extraño. Aquí se nace con cierta vocación para sucesos decisivos, con algún valor insólito que emerge ante los desafíos, y una capacidad inimaginable de resistir. Hay quien afirma que somos un pueblo de necios.

También dicen que hemos cambiado en los últimos años -es cierto. Sería descabellado pretender mantenerse iguales a generaciones anteriores en contextos tan diferentes. Hay valores que, de tanto ejercerlos, se han fundido en la personalidad del cubano y ya forman parte indisoluble de nosotros. Hay otros que hemos dejado atrás entre limitaciones y estrecheces, y que hoy urge recuperar sin detener el paso.

En eso vamos, cuestionándolo todo. Aprendiendo –y aprehendiendo- de nuestros padres. Señalando lo vago y estéril que vemos. Con modestia. Construyendo sobre lo viejo a la medida de nuestros sueños. Revolucionando como se puede.

Me vienen a la mente otra vez las imágenes del Primero de Mayo. Pienso. Me parece que nadie más que los cubanos podrá decidir el futuro de esta tierra. De los niños que aún sonríen entre picardía e inocencia. De los jóvenes emprendedores, profundos, que se resisten a la banalidad globalizada. Y de otros, de otros tantos que ofrecen un consejo amigo sin conocerte, y que abren puertas cuando lo más fácil sería levantar muros. ¿No son acaso razones suficientes para seguir?

MEMORIAS DE CUBA SOCIALISTA

MEMORIAS DE CUBA SOCIALISTA

JESÚS ADONIS MARTÍNEZ PEÑA,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¿De dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?: he aquí los cabos sueltos del misterio humano. Extremos opuestos velados por una misma oscuridad; los indicios definitivos del “ser o no ser” shakespeareano o, tal vez, la impugnación de tal disyuntiva, aún demasiado fácil, y el alumbramiento de la esencia del hombre-paradoja, esclavo y señor de un ser y no ser perpetuo. Las estaciones última y primera nos están vedadas, pero… ¡tremendo empacho trascendentalista! ¡Basta ya de juzgar a Shakespeare y de tanta otra impudicia que olvida al Mono, pariente mío desde las clases de Ciencias de la Primaria! 

Lo dice otro inglés, Darwin: yo vengo del Mono, por las rutas de mi madre y de mi padre. Pero aquí también falta un eslabón, así que elijo otra ciencia para rastrearme: la memoria, sin Magdalena, ni Proust para escribirla. ¡Lo siento!

Esgrimo la cuerda del pasado, que habitualmente se pierde al pie de un juguete antiguo o alguna voz familiar. Desando. Me detengo en un lugar especial. Mi pueblo. Regreso desde mi pueblo, ¡me gusta llamarle así! He venido, re-andando, hasta aquí. Escribo.

Por supuesto, ni Combray, ni Yoknapatawpha, ni Santa María, ni Macondo. CPA Cuba Socialista, en el “Camino del Cuajaní”: eran los pintorescos apelativos del asentamiento extra-urbano a donde las estrecheces en casa de mis abuelos nos habían confinado a mi madre, mi padrastro –de estreno por aquellos días - y a mí. El hijo del asfalto hueco y las tejas coloradas de la ciudad de Pinar del Río -protagonista eterna de cierto cuento de hadas- desembarcaba, a los cinco años, en el único pueblo que tuvo alguna vez.

“Mamá, ¿ya yo soy un guajirito?”, señalando algunos arañazos en las rodillas, tras la primera escalada a una mata de mango y dos o tres yerbazales transitados; y mi madre llorando. Aquello fue una desfloración.

El camino era largo, pero mi pueblo solo abarcaba una pequeña extensión, algunas decenas de casas en filas a cada lado de la carretera; detrás, “los quimbos”, viviendas de madera, planchas de cinc y piso de tierra pulimentada, donde negros y blancos vivían la inercia de los noventa tocando su tambor -¿o ponían un bafle?-, dándose buches, sonriendo, procreando y buscando cada amanecer el sustento de los suyos. Lo demás era la bodega, el Consultorio Médico, el Círculo Social y la campiña de Cuba Socialista.

En mi pueblo todo era único, no porque abundaran las maravillas, sino porque faltaba el espacio para segundas cosas. Si había más de uno, era porque había muchísimos: árboles, perros con guasazas, gallinas, pollitos, aunque no tantos huevos… ni tantas gallinas, pensándolo bien. Para nosotros, los chiquillos, nada venía en pares, excepto los zapatos y las medias.

Había, por ejemplo, una loma, en la que volé de mi carriola y casi pierdo mis dos únicos dientes de aquella época. Una vega, y era la del viejo Secundino; allí jugábamos a la pelota con bolas de trapo, hasta que el viejo aparecía por el left field, gesticulando y escupiendo amarillo por el tabaco, y nos perseguía porque le pisoteábamos el pasto de sus tres vacas flacas; era una vega inmensa. También había una laguna, “una cochinada”, como decía mi madre –que una vez también dijo “Marianado”-, en la que un día fui buzo por accidente: era espléndido bambolear los pies a dos metros del agua, pero aquel gajo estaba flojo. 

La bodega era un animal mitológico, lleno de colas, en ocasiones para un solo producto. “No quiero colao en la cola del pescao”, advertía una pared, pero allí nunca vendieron pescado, así que… El Consultorio, memorable por las zafras de los diez millones… de penicilina que me enganchaban en las nalgas cada vez que tosía dos veces. Ya sé que exagero, pero para mí aquello de inyectarme era un grave problema de salud.

“La institución cultural por excelencia” del pueblo, era el Círculo, que a mí siempre me pareció cuadrado, por lo que, creo, soy el verdadero descubridor de la cuadratura del círculo, al menos, del Círculo Social. Las noches allí eran memorables, decían, porque iban todas las jovencitas muy arregladas, a bailar con la música grabada, a ver películas o a oír a los improvisadores, entre quienes brillaba Yasser, un precoz repentista al que, por cierto, le caí a trompadas una tarde en que “los grandes” nos enguantaron las manos para que boxeáramos. Nunca visité nuestro Coliseo, hasta que no fui un poco más grande, porque yo era buen gladiador, pero no “cantaba nada”, lo admito.

Sin embargo, llegado el momento, allí vi Manos torpes y, a la semana siguiente, Mis manos son más ágiles que el viento, una saga que me tuvo disparando dardos con una cerbatana –mi boca era la rápida- para cualquier lado, hasta que rompí no recuerdo qué cosa y enseguida me rompieron a mí la cerbatana en las canillas. También vi, por primera vez, una telépata de verdad -porque nadie memoriza tantos números de identificación, ni tantos nombres con Y-. Una noche, un mago durmió a su ayudante y la acostó perpendicularmente sobre un cómodo escobillón enhiesto en medio del escenario, sin apoyo visible: era una hermosa composición de Mujer con escoba, una imagen que nada me barrerá de la memoria.

Era “lo real maravilloso” de Cuba Socialista, allá en los noventa: noches cuajadas de mechones de “luz brillante” en cada portal y las estrellas mirando atónitas; “botellas” para ir a la escuela, a un ómnibus ausente de distancia; el agua de pozo, “libre de gérmenes patógenos”; “almácigos copudos”, como los de Martí, pero atravesados por la cerca pirle del patio; coros de ranas en las cunetas; niños manejando tractores, caballos; lentos viejos en bicicleta, a los que se podía adelantar con apurar un poco el paso…

La Habana es otra cosa. Cada mañana, me despierta un claxon o algún frenazo histérico en la avenida, que se alarga, gris, bajo el balcón de mi presente.  

 


 

ALITA DE CUCARACHA

ALITA DE CUCARACHA

MAYDELIS GÓMEZ SAMÓN,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Mi calle es más que un basurero de platicos con salsa de tomate y queso despedazados a lengüetazos por los perros. Es más que esas botellas –fanáticas del dominó y la forma de terminarse el juego- ahora rotas. Es más, dudo que en la Luna haya tantos cráteres como aquí. Pero, cuando cae un chin-chín, mi calle es idéntica a la Tierra, casi las tres cuartas partes de agua. ¡Dichosos aquellos que logran cruzar de un continente a otro sin salpicarse en el océano!

A esta cuadra debo mucho, gracias a ella incursioné en la ficción. Las composiciones sobre mi casa o el barrio hablaban siempre de lugares perfectos. Y los finales, siempre parecidos: “A lo lejos escuché mi nombre, era mi mamá que me llamaba para ir a la escuela”.

Así pasé esos años, inventando cuentos, pintando mi realidad. ¡Qué cosa bonita iba a sacarle al barrio para contar en la escuela! ¿De quién iba a hablar…? ¿De Santa Cruz y sus panes con jamón, de la ponchera, de los juegos de las niñas en la cuadra o de mi solar que se caía en pedacitos…?
Hoy ya no invento historias. Hablo de mi realidad –maravillosa- sin avergonzarme, aunque Belén no ha cambiado mucho.

Santa Cruz ahora se dedica a la cocina italiana. Pizzas y espaguetis para todos –todo el que tenga diez pesos-. La ponchera se convirtió en un próspero negocio. No hay bicitaxi en la Vieja Habana que no haya pasado por ahí.

Y mi solar sigue cayéndose. Dice mami que el día menos pensado nos cae arriba y que cuando eso esté por ocurrir hay que salir corriendo para la única parte de la casa hecha de mampostería. A veces me imagino el lugar en ruinas y nosotros en la cocina, iluminados –puede ser con el sol o con un bombillo que no haya perecido en el derrumbe- para darle a la escena un toque angelical, divino.

Antes pensaba que era el fatalismo del 405, todos los lugares marcados con ese número eran solares. Mi teoría parecía cierta. Después conocí que en Playa y el Vedado también existen esos tres dígitos.

Ahora sé que soy afortunada. Vivo en un ala de la cucaracha. Detestada por muchos: “No sé cómo pueden vivir en un cuarto de tierra”. Admirada por otros: “A pesar de todo no se muere, se acaba el mundo y sigue ahí”. Y, por supuesto, venerada por algunos amantes leales a “ese bicho”. Mi bichito, mi Viejita, mi Habana. Y yo, en una parte de su cuerpo.

En esta alita –derecha o izquierda, según la posición política de cada quien- conocí la bobería del amor adolescente. Entrar en la cuadra y ver si estaba allí, buscar cualquier pretexto para pasar por delante de su casa. Me miraba –eso creía yo-. Pero con el uniforme amarillo no logré nada. Solo se fijó en su vecina de al frente cuando la poción mágica de la beca hizo efecto. Demasiado tarde.

Aquí he aprendido palabras y cosas que nadie dice, pero que todos conocen. En este barrio el seis puede ser una jicotea, el quince un perro y el veinticuatro una paloma. Aquí entendí que la insistencia de los vecinos por tener antenas no era con el propósito de mejorar la señal de Cubavisión.

Quizás esta alita pase a la posteridad o como tantas otras sea llevada al hormiguero. Tal vez allí pueda decirle a Carpentier (que en cubano sería carpintero y en el dialecto de mi barrio veintinueve): “Tenía razón, mi realidad –aunque venga con patas y a muchos les de asco- es maravillosa”.

 

 

DESPIERTOS EN UNA NOCHE DE VERANO

DESPIERTOS EN UNA NOCHE DE VERANO

EILEEN SOSIN MARTÍNEZ,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Mientras el Royal Ballet de Londres bailaba su primera vez en Cuba, la señora  a mi lado comía alegremente sus rositas de maíz (crosch, crosch, crosch!!). Dos metros más allá, un muchacho inmisericorde fumaba un soberbio tabaco. La pareja de enfrente se besaba sin pudor, como los bailarines en el pas de deux. Todos estaban con “vestuario inadecuado” y en “posturas incorrectas”, todos con la suerte de haberse quedado afuera. Gracias a “la magia de la televisión”, la escalinata del Capitolio se había convertido en una versión postmoderna del anfiteatro griego.

Al comenzar la función pululaba la envidia en suaves tonos de verde: los del teatro, desde sus asientos aterciopelados, hacían estremecer con aplausos la famosa araña… y uno ahí, en aquel gigantesco sofá de piedra.
Luego llegó el consuelo, pensando que al menos ningún editor-cirujano había recortado lo que estábamos viendo, y que si los bailarines parecían perfectos, es porque en realidad lo son.

Además, aquí nadie te dice que el uso de cámaras de foto y video está strictly forbidden, y a falta de programa, está la voz de mujer generosa que anuncia quiénes van a bailar qué, con música  y coreografía de quién.

“Gozamos”, como dijera Carlos Acosta, incluso de los errores de lo camarógrafos y de los problemas en la transmisión. Aunque extrañábamos la acústica, el aire acondicionado y hasta el polvo del teatro, muchos descubrimos que nunca habíamos visto el ballet con el aire fresco, ese que despeina a niñas como Pilar.

Junto a los fieles estaban los faranduleros y los bohemios, vecinos que vinieron “a ver qué hay”, niños que se enamoran en voz alta de las bailarinas, y hasta quien salió a tomar cerveza y terminó arrastrado por el espectáculo y al multitud.

Para no quedarnos con las ganas, todos aplaudimos con furia y suspiramos hondo cuando parecía que algún premier danceur  iba a caerse.

Con los últimos aplausos, los técnicos vuelven a encender las luces que apuntan hacia este respetable público. Los camarógrafos nos graban (la memoria gráfica, que le dicen). Vuelven los aplausos y otra vez las luces, como cualquier vanidoso que se quitara el sombrero.

Afuera, la ciudad ni se enteró. Siguen los transeúntes, los almendrones, los bombillitos de colores del Payret, los P -no sé cuanto con su rodar y rodar-, alguien que a estas santas horas se afana limpiando un balcón… Las pantallas, ahora en blanco, se parecen a las que dejaron ver los juegos del Clásico Mundial de Béisbol. Tal vez sean las mismas de tantos conciertos en esta isla cantante y bailante. Esta gente tal vez sea la misma que canta, baila y ve la pelota.

TIEMPO PARA UN “TE QUIERO”

TIEMPO PARA UN “TE QUIERO”

MARTHA ISABEL ANDRÉS ROMÁN,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No sé de dónde sacan la firmeza, ni de dónde les llega la fuerza que cada mañana los hace enfrentar la vida sin temores, con la complicidad íntima de quien conoce todos sus secretos. Pero día tras día los veo saludar al mundo con una sonrisa, mientras dejan en el camino un trozo de amor.

Detrás de la nívea cabellera está la sabiduría insustituible de la experiencia; detrás de los ojos limpios, la profundidad de quien ha visto mucho; detrás de las palabras pausadas y susurrantes, el consejo preciso; detrás de los pensamientos distantes, un alma henchida recuerdos.  

Los jóvenes deberíamos mirar a los ancianos, más que con respeto, con homenaje y consagración.  Ellos merecen nuestra entrega, no por los cuidados que necesitan, sino por todo lo que tienen para brindar.

Generalmente asociamos a la juventud con el arrojo y la decisión, con la rebeldía y el coraje de la edad. Pero muchas veces olvidamos que ellos, desde su humilde rutina, pueden dar tantas muestras de bravura como los más lozanos rostros.

Lo que ellos hacen sí se llama valentía, se llama levantarse con el sol, preparar el desayuno de hijos y nietos que atraviesan el amanecer con la locura de la puntualidad, y ordenar todo el reguero de la casa después de que pasa ese vendaval matutino.

Eso sí se llama energía: recordar la costura del botón del uniforme, realizar magia en la cocina para “crear” un plato nuevo, hacer largas colas en espera del último producto llegado a la bodega, perdonar un error sin soltar una reprimenda o pedir una excusa.

Los que gozamos el frescor de los primeros años deberíamos mirar más a menudo el rostro de nuestros abuelos, e intentar descubrir, tras la accidentada geografía de sus facciones, una luz intensa que el tiempo nunca apaga.

Deberíamos sentarnos a su lado más a menudo, regalarles un abrazo, colocarles un sonoro beso en la mejilla y reírnos con un gusto tremendo a su lado.

A fin de cuentas, ¿quiénes, si no ellos, son los reyes magos constates de nuestros caprichos, los que malcrían sin importar las consecuencias, los que hacen sacrificios incalculables por librarnos de toda carga, los que, cual hadas madrinas de cuentos infantiles, transforman nuestros problemas en soluciones, nuestros pesares en alegrías?

No es casualidad que de niños nos imagináramos esas hadas como viejecitas sensibles, ni que todos los reyes buenos de las historias tuvieran barba blanca y perfil bondadoso. Es que para expresar la suavidad y el sacrificio, para poner un nombre a la ternura y un rostro a la sencillez, solo hay una palabra precisa: abuelo.

A veces el ajetreo nos absorbe, y el automatismo diario nos obliga a pasar días, semanas y hasta meses, sin que de nuestros labios salga una palabra cariñosa. Pero ellos no se ofenden, nos miran con comprensión, y nos brindan mil te quieros por cada uno que nosotros nos callamos.

Por eso paremos el tiempo, olvidémonos de calendarios y de horas. Pospongamos cada tarea, por importante que parezca, y concertemos una larga cita con ellos. Acariciemos una a una sus canas, hagámosles una deliciosa comida y arreglemos esa pieza de ropa elegante que hace mucho no se ponen por falta de tiempo para repararla.

Mañana…quizás mañana, cuando ya no estén aquí, un vacío incontrolable nos estremezca sin piedad. Entonces no podremos evitar, cada vez que entremos en la cocina, sentir un dulce sabor a arroz con leche, y todavía escucharemos el sonido de las hojas del periódico al ritmo del balanceo de un sillón que tarde a tarde les sirve de nave a épocas pasadas.

Mañana… quizás mañana seamos nosotros los de los pasos lentos y manos temblorosas, los de miradas perdidas en el tiempo, los de sabios consejos para brindar. Quizás mañana seamos nosotros los que nos entreguemos sin condición, los que, desde nuestra ternura y nuestro silencio, también anhelemos un “te quiero”. 

LAS POZAS, RECUERDO DE INFANCIA

LAS POZAS, RECUERDO DE INFANCIA

LILIEN TRUJILLO VITÓN,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El profe dijo: “Una crónica de tu pueblo”, y el hipervínculo se ejecutó rápidamente en mi cerebro. Hablar de aquel Macondo es acudir a mi infancia. Y digo yo: por suerte, desde mis días actuales, pero entonces esta cuasi ciudadana agarraba la felicidad por los bigotes en medio de un cafetal jugando a las casitas. Ese es el sabor que dejan los puebluchos olvidados donde pasan los años y la gente y los cafetales y los recuerdos, siguen siendo los mismos. Para algunos, nostálgica alusión; para otros, irremediable aburrimiento.

Creo que es precisamente la nostalgia el nudillo que se me ha engolado en la garganta al escribir sobre Las Pozas. ¡Qué suerte la mía, tengo la nostalgia! A veces es más productiva al ser humano la añoranza del pasado que el repudio insoslayable al pasado que llega hasta el presente por pujanza del destino. 

Añoro, sí, las carreras en bicicleta como entretenimiento colectivo. Si acaso nos faltó hacer un torneo oficial para definir los mejores ciclistas. Aclaro que dentro de ellos no estaba yo, por supuesto. Con las 100 libras que pesaba casi rodaba más yo que las gomas de aquella 26 china. No por gusto tengo en mis rodillas unos cuantos tutús de aquella época.

Sin embargo, a veces miro a los chiquillos del barrio, famélicos todos, con la excepcionalidad de los obesos -siempre hay en los pueblos de campo algún punto relleno cuando miras al conjunto de infantes que juegan en cualquier terraplén-. Los miro una y otra vez tratando de explicarme el fenómeno. ¿Cómo pueden ser felices con tan poco? Mejor dicho: con nada. Pero el subconsciente me detiene antes de llegar a juzgar lo que, después de 15 años, inexplicablemente sigue igual.

También yo fui feliz jugando al escondido en el horario de las aventuras, y no por no tener televisor -aunque era el caso- sino porque el fluido para verlo era un fugitivo entonces. También jugué a las bolas con los varones del barrio, pero no con las “chinatas” de cristal, sino con bolillas de matas.

Bien recuerdo los refrescos que hacíamos con los pétalos de marpacífico, aquel color morado que resultaba de exprimir la flor, nos remitía al refresquito Toki que todos conocemos. Pero ya ven, de infantes curiosos y carentes de modernos juegos, casi pasamos a ser descubridores de una línea de jugos naturales. Cosas de niños que todavía pasan como chispazos por mi mente.

Y me perdonarán los que esperaban que hablara solamente de las viejas “indagadoras” y “desocupadas” de mi barrio, personajes importantes, sin duda; o de la familia de la última casa que de 9 a 9, como rito divino, plantaban su mesa de dominó para pasar el día. Por razones de edad nunca me pregunté cómo lograban subsistir económicamente. ¡Mira que es grande esta Revolución!

Pero, ¿saben qué?, los recuerdos de mi infancia son también una  remembranza, aunque personalizada, de Las Pozas. Y decir mis recuerdos es hacerme protagonista de muchas voces que lamentablemente se quedaron en la otra opción, no tan opcional: la del irremediable aburrimiento.

Y como los recuerdos son de una materia abstracta que solo se puede horadar a golpes de nostalgia, agradezco a la nostalgia que me llevó por tan sublimes recuerdos. Y agradezco también al profesor que en aras de exprimir el sentimiento a pulso de nostalgia, me llevó a este viejo pueblo, pueblo mío, que adoro desde la distancia.

¡LO QUE HACE UN PARTIDO DE PELOTA!

¡LO QUE HACE UN PARTIDO DE PELOTA!

CARLA GLORIA COLOMÉ SANTIAGO,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Gritos. Aplausos. Besos. –Papi, ¿ya ganaron?- Sííííííííííííí.

Entonces también comencé a gritar, a aplaudir y a repartir besos. No estaba ni en el Latino, ni en el Sandino. En el portal-estadio de la casa de mi tía, me encontraba sentada en los banquillos de los que de pelota, nada saben. En aquel portal-estadio había de todo: industrialistas, pinareños, santiagueros, santiagueros que por no irle a Industriales apostaban por Villa Clara, pinareños casados con villaclareñas, y yo. Yo era de las que entendía mejor las Matemáticas que a un árbitro. Entonces solo me quedaba una opción: si mi papá gritaba contento, ya sabía por dónde estaba el juego: los azules iban ganado.

En esos espacios del partido donde no sucede nada -al menos eso creo, porque la gente aprovechaba para ir al baño y tomar café- yo meditaba un poco, y no precisamente sobre lo que podía ser el “center fill”, el “fildeo” y esa cantidad de palabras que no entiendo. ¡Lo que hace un partido de pelota! Hacía tiempo mi familia no se reunía ni gritaba tanto. Mi tía permitió la bulla en casa a pesar de sus achaques. Yo nunca había visto a la vecina del frente besar al esposo. Ese día hubo café para varias rondas.

Y entre los empates y desempates, las alegrías y los disgustos, el café o la falta de silencio, seguía pensando: ¡Lo que hace un partido de pelota! A mi no me gusta el deporte y, sin embargo, la silla me ata. Mañana tengo que levantarme temprano y no logro pegar un ojo. Hasta este momento no me interesaba ir el Latino, pero aunque hoy termine el juego, por estos días quiero ir a ver la estatua de Armandito el tintorero.

Y fue en medio de mi pensar en el béisbol y en la mezcla quizás hechicera del bate y la pelota, en medio de los otra, dale, así, buena, cuando oigo a mi papá: ¡Ese de las gafitas es un loco! Y en medio de los gritos, los aplausos y los besos, me enteré de que Industriales era Campeón Nacional.

A aquella hora de la madrugada ya no podía pensar tanto. Es imposible meditar en medio de una conga que, además, tenía de todo: industrialistas de siempre, industrialistas desde hacía unos minutos, santiagueros, santiagueros que reconocían el esfuerzo de los naranja y el éxito de los azules, esposos pinareños, esposas villaclareñas y yo. Yo, que soy de los que de pelota, nada saben.

ÉL, NO

ÉL, NO

JULIO BATISTA RODRÍGUEZ,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Saramago dejó de respirar, con él, la muerte no tuvo intermitencias. No importaron su Nobel de Literatura, ni el respeto de todos quienes tuvimos el placer de leerlo alguna vez; no importaron los escritos de los cuales ya nunca podremos gozar. La dama de la guadaña tenía trabajo que hacer, y ella nunca espera, siquiera por él.

José, así a secas (mío, tuyo, de todos), porque a los grandes intelectos, más allá de la obligada reverencia, debemos sentirlos  como parte de cada uno, como a viejos amigos. Verlos en cualquier plaza, calle o esquina mezclados con la realidad, esa que les sirvió de inspiración. José nos deja el honor de ser parte de su tiempo, de haber compartido el mismo planeta sin importar las distancias, y nos deja una herencia inmensa a cada cual, sus obras.

Gracias, Saramago. Gracias por enseñarnos a ver claramente, aún en la ceguera; por hacernos comprender que también es posible descubrir grandes contradicciones cuando hacemos un Ensayo sobre la lucidez o simplemente por enseñarnos la naturalidad de morir.

Con esa misma naturalidad acogiste la tuya, con la tranquilidad de quien se siente satisfecho de sí mismo, de quien ha reconocido sus errores y le han honrado por sus aciertos, en tu caso muchos.

Sin dudas dejas un vacío con tu partida de este mundo, no es igual saberte presente entre los vivos (o no tan muertos). Mas nunca nos abandonarás, pues cuando te crean ausente ya te habrás Levantado del suelo y andarás navegando en La balsa de piedra, rumbo a una Tierra de pecado.

Pedir un minuto de silencio por tu memoria sería ofenderla, pedir que cesen las actividades por respeto a un hombre que estuvo activo hasta el final, sería inconsecuente contigo. Lo mejor sería pedir actividad, creación, que las teclas no dejen de ser presionadas por quienes te quisimos de veras, por quienes tenemos la inmensa ambición de parecernos a ti.

La muerte no te pasó el aviso en forma de carta color violeta, para no amargarte la última semana, para no amargarnos con el anuncio. Porque no hace falta sufrir lo inevitable, porque hay cosas que por inevitables preferimos obviar. Pero tú no te preocupes por eso, José, la muerte, esa modesta y pequeña muerte (como tú la describiste) que se ocupa de nuestro fin no tiene poder de decisión para acabar contigo. Pues la real, la todopoderosa y omnipotente Muerte (con “M”, mayúscula), esa definitoria e irrefutable, esa también se enamoró de ti.