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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

UNA FLOR CAMBIÓ MI ACTITUD SOBRE CUBA

UNA FLOR CAMBIÓ MI ACTITUD SOBRE CUBA

PHUONG VU LAN (OLIVIA),
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Hoy, cuando iba a la Facultad, vi a una niña de primaria que caminaba junto a su mamá y tenía un marpacífico rojo en el pelo. Aquello me hizo recordar la historia del hombre que, con un ramo de flores, cambió mi manera de entender la vida en Cuba.

Todo comenzó el viernes de una semana en que había estado lloviendo y parecía que jamás terminaría la tormenta. Como siempre, me levanté temprano, fui a la parada para esperar una guagua que me llevara a la Universidad. Aunque ese día hacía dos meses desde mi llegada de Vietnam,  todavía era una extranjera en la mayor isla de Caribe. No me adaptaba el ambiente de un país desconocido y, quizás por eso, odiaba mi vida nueva.

Al salir de la beca, noté que un anciano estaba siguiéndome. En ese momento, me extrañó y tenía algo de miedo, porque nunca lo había visto antes. Llegamos a la parada y el hombre se quedó. Cuando finalmente llegó la guagua, busqué en mi bolsillo una peseta para pagar el paisaje, pero no pude encontrar nada. Entonces, sin que yo dijera una palabra, el desconocido pagó por los dos.

Nos montamos en la guagua, el hombre se puso cerca de mí y me regaló una flor para disculparse  por haberme seguido y explicó que le había resultado curioso ver una asiática en Cuba, porque había ayudado a llevar alimentos a Vietnam durante la guerra contra los estadounidenses.

Me dijo que tenía la costumbre de regalar flores a las personas, pues lo había aprendido de su madre. También compartió que esta costumbre familiar le hizo feliz, aunque el número que se dan todos los días no es mucho. A la fecha, hacía solo un año de su jubilación y desde entonces se dedicaba a cultivar el jardín de su casa. Ha regalado ya casi 1 000 flores.

Luego, me contó que entre las personas a quienes les regaló una flor, mujeres, ancianos, muchachos…, normalmente los niños estaban más contentos que los demás. “Es verdad””, yo le creí, porque ahora la sociedad está tan llenas de peligros escondidos que tenemos dudas, a veces miedo, al recibir una cosa rara de un hombre extraño. Los pequeños son los más inocentes, siempre expresan el sentimiento real que tengan en ese momento.

El hombre se llama Toscanito. Conservaba algunas fotos con amigos vietnamitas del tiempo que estuvo en mi país. Estaba muy contento, pues hoy conocía a una vietnamita en la isla de Cuba.
El tiempo se fue muy rápido. La guagua se paró, yo bajé y me despedí de él amistosamente. La ojeriza contra Cuba de repente desapareció. Todavía estaba lloviendo, pero me sentía mucho mejor, tal vez feliz con algo de sorpresa, como si hubiera hablado con un viejo amigo.

Hace dos años llegué a Cuba, pero hasta hoy, nunca he podido olvidar la historia de ese día. Por un gesto sencillo, un hombre agradable me regaló una flor y cambió mi manera de entender la vida. Cuba cambió desde entonces.

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

WENDY GARCÍA MARQUETTI,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Tenía cinco años en el primer viaje a Guanímar que recuerdo. Partí con mi familia en un camión, por una carretera destruida, dando brincos por los baches, cansada de ir parada, pero tenía una sonrisa que no dejaba duda de que estaba ansiosa por llegar. El olor, que hoy evoco como un tanto fuerte, indicaba la llegada, pero la alta vegetación del canal no dejaba ver más allá. Las casas, todas de madera con techo de guano, se disponían una al lado de la otra, como un barrio cualquiera, solo que a orillas del mar.

Estaba en un sitio donde no había peligro de perderse y no dependíamos de mamá y papá para ir al agua. Por aquel entonces, como ahora, yo era la más pequeña. Todos me cuidaban, pues no sabía nadar y entristecía cada vez que mis primos se iban sin mí a jugar al “cogío” en el canal o el pocito frío. A veces íbamos al puentecito de Nivaldo, caminábamos hasta el arenal, nos tirábamos del puente o, simplemente, nos sentábamos en el muro a jugar. Nadie encontraba raro que los niños hiciéramos cosas así, los mayores lo habían hecho cuando tenían nuestra edad.

No había horarios de comida y el mejor momento para tomar un baño era bien temprano o entrada la tarde. La leyenda de un barco hundido podía asustar, pero llegar nadando hasta él representaba que dejabas de ser un “peque” para convertirte en un valiente.

Mi abuelo contaba que durante los dos meses de temporada, buena parte del pueblo se marchaba hacia la playa y por ese período de tiempo todos vivían como familia, se ayudaban. Los chicos olvidaban preocupaciones, tareas e, incluso, el televisor. Eso no impedía que se divirtieran, hicieran maldades, se comportaran como niños.

Las fotos cuentan una historia. Los vestigios de sencillez se escapan del papel y hay a quienes, como yo, nos sacan lágrimas recordando a los que no están, o los momentos que reflejan. Mi niñez está en ellas, instantes donde mi familia estaba entera y solo importaba reír para tomar la foto o divertirnos a lo grande.

Pero como todo lo que empieza tiene que terminar, los años felices acabaron cuando los ciclones Charlie y Gustav arrancaron de raíz muchas casas junto a memorias guardadas desde los años 60. Hoy solo quedan espacios vacíos que recuerdan partes importantes de la vida de algunos.

Unos cuantos quioscos con comida no compensan que no podamos bañarnos en el pocito frío porque ahora ahí es donde bañan a los animales, el antiguo lugar para estas actividades ya no existe y, como consecuencia, tampoco es recomendable nadar en el canal. Además, el agua ha avanzado tanto que ya no existe el puentecito de Nivaldo.

Las escaleras del puente se pierden por períodos y es bastante complicado encontrar aquel rincón donde los pequeños podían disfrutar en el litoral sin que sea un peligro. El muro desapareció en algunos pedazos y al arenal ya no podemos llegar, el mar reclamó un trozo de tierra y no existe camino hacia allá. Los hombres que pescaban en lanchas, ahora prefieren probar suerte desde la orilla.

Esta playa alquizareña con nombre indio era más visitada que Cajío, su vecina güireña, pero hoy la memoria de un paisaje alegre, una época estupenda, queda en la mente de pocos. El tiempo no ha sido bueno y, actualmente, solo cobra algo de esperanza cuando llega la etapa vacacional. Ahora nada más queda recordar porque no parece haber posibilidades de recuperar “lo que el viento se llevó”. 


 

EL VIAJE

EL VIAJE

MONICA LEZCANO LAVANDERA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No fue una decisión fácil. Llevaba años en la disyuntiva de encontrar su lugar verdadero. No era aquí, definitivamente. Hizo lo que pudo, pero sus sueños no cabían dentro de estas fronteras.

La vida era muy complicada para Elsa. Él nunca la apoyó, pero las ganas de crecer de ella pudieron más que la razón. Temía al peligro, desaparecer entre las olas de un mar inmenso era una posibilidad, pero su padre ya había mandado el dinero para el “viaje”. Todo estaba arreglado, menos su corazón. La venció la tentativa de una última oportunidad, y  se lanzó hacia la oscuridad del océano; el futuro la esperaba.

Después de dos días sonó el teléfono: “Llegué bien, ¿cuándo vienes?”, él no respondió. Las ideas se le trastocaron, cada vez era más fuerte el deseo de estar allá. Habló con su madre, pero no lo entendió. La llamada de Elsa empeoró todo: “Resolví con el dueño, sales el martes”, él cerró los ojos y tragó en seco, no atinó a nada más.

Caminó por las calles del pueblo para despedirse de sus recuerdos. Visitó a sus amigos, pidió perdón y volvió a la casa. Buscó la mochila más grande y reunió la ropa imprescindible. No tuvo mucho tiempo para pensar, el arreglo era para esa noche y si no llegaba a la hora pactada, no saldría del país. Aprovechó la oscuridad y se fue. “Mami, te quiero”, dijo antes de cerrar la puerta por última vez.
Los mosquitos eran el menor problema. Estaba rodeado de “pasajeros”, pero se sentía solo. No estaba feliz por su decisión, mas Elsa lo encontraría del otro lado del mar. La noche más larga de su vida apenas comenzaba. La incertidumbre lo atrapaba entre los matorrales, mientras los llantos de los niños que esperaban el mismo destino se hacían más fuertes en el eco del vacío.

La lancha no llegaba, pero no podía abrir las puertas al pánico. Elevó el volumen de su reproductora y se sentó a esperar, ya no había vuelta atrás. Las olas rompían contra la arena con una fuerza inigualable y el cielo se tornaba rojizo. “¡Están aquí, apúrense!”, gritó el jefe.

Primero montaron las mujeres con los niños y un señor de unos 70 años. Después fue su turno, tiró la mochila en la embarcación y subió con trabajo. Estaba mojado porque tuvo que nadar para llegar hasta allí. El lugar era pequeño, se acomodaron como pudieron, pero no iban contentos.

Era una lanchita moderna, no había peligro, todo saldría bien. El cielo se ponía cada vez más feo y la marea no se estabilizaba. Los niños sentían náuseas, a pesar del esfuerzo de sus madres, vomitaban dentro del espacio compartido. Era desagradable continuar así.

“Estamos a mitad del camino. Lo sé porque no es mi primera vez, hace dos años lo intenté, pero me enviaron de regreso”, le susurró el anciano. Él tenía miedo, aunque no lo demostraba. Las nubes se convirtieron en una lluvia incesante. El viento lo empeoró todo.

El oleaje crecía y se empeñaba en aliviar la carga de la “nave”. Los niños se agachaban para no caerse. Las mochilas ya estaban en el agua. Algo más grande flotaba, pero no se podía distinguir en la oscuridad.

Para el amanecer, habían arribado a la costa. “¿Estamos completos?”, dijo el dueño, pero no le respondieron. A unos metros, Elsa esperaba ansiosa, estarían unidos otra vez y podrían planificar juntos el futuro. Corrió a la lancha, lo buscó y encontró una sorpresa: él no llegó.

LA NOCHE MÁS TRISTE

LA NOCHE MÁS TRISTE

LISANDRA AGUILAR WONG,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Entró al cuarto despacio, silenciosa. Dejó caer sus húmedos labios en el calor de mi piel. No dijo más palabras que “te amo”, y salió de la habitación, ya sin importarle la torpeza de sus pasos, con el puño en el pecho y los ojos lastimados por la soledad que viviría a partir de ese momento.

En la mañana desperté, la llamé con ilusión de devolverle el beso que sentí en un falso sueño. Corrí hacia su cuarto, pero me detuve, en ese instante recordé el día anterior cuando ella y yo hablamos de cómo comportarme y de lo fuerte que debería ser. Volví a la realidad y di vuelta, pero no, no estaba ahí: mamá se fue a otro país, y ahora, ¿qué debería hacer?

Aquel día, la casa parecía entender el vacío en cada uno de nosotros, las habitaciones eran demasiado grandes y un silencio abrumador rompía la costumbre de las risas. Papá estuvo a mi lado, contaba historias para darme fuerzas. En aquel entonces era muy pequeña, no comprendía las cosas con claridad, pero vi en su rostro una tristeza insuperable por los meses que jamás volveríamos a recuperar.

Mi abuelita permanecía en un rincón, esperando la llamada aliviadora. Al instante, sonó el teléfono, fue hacia él. -Mami, llegué bien-, por esas palabras, según recuerdo, abuela dejó caer una lágrima que aún no sé si alivió su espíritu, o acabó entristeciéndola más. -Estoy en un lugar muy bueno, ¿la niña está ahí?

Me veo como si hubiese sido ayer, corrí con un salto en el corazón. Hablamos bastante, hasta que le cedí el puesto a papá. Luego, él me dio las buenas noches y conversamos sobre la necesidad de estar juntos para enfrentar futuros desafíos. Con su abrazo cubrió mis lágrimas, y solo recuerdo haberme dormido cuando lo hizo él.

Los siguientes días transcurrieron sin novedad, de la escuela para la casa, y a estudiar. Visité lugares de nuestra preferencia con papá, pero siempre la felicidad era incompleta, temíamos algo, volver allí sin ella.

Existieron momentos en que la necesitaba demasiado, pedía a gritos su presencia, los pocos minutos de las llamadas telefónicas no alcanzaban para contarle, a la mejor amiga, al modelo de mujer a seguir, cuánto la quería.

Conservé en mi mente los ratos cuando la vi sonreír, con eso y el apoyo de los que me amaban, pude salir hacia adelante. Recuerdo con certeza cuando fui a buscarla al aeropuerto tras el término de la misión, yo estaba tan emocionada, saltaba sin dirección alguna para verla a través de la baranda. Los próximos meses fueron de festejo total.

Algo sucedió después, los escuché hablar del futuro. Nuevamente sentiré ese beso esperanzador, la casa volverá a ser grande y vacía, no estaremos los tres a la hora del paseo y, otra vez, no se llenarán las sillas de la mesa del comedor. Unos pasos me despertaron en la noche, abrí los ojos y vi los zapatos del hombre más amado, los labios de mi padre se aproximaron a mi frente.

RELATO DE LOS DÍAS

RELATO DE LOS DÍAS

JORGE YACER NAVA QUINTERO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Amar es padecer el tiempo
y el espacio con ternura.
                                      Pablo Neruda

Aunque el alba despunta ya sobre el horizonte, en la densa oscuridad del cuarto nada anuncia el comienzo del día. Casi invisible en la penumbra, Mariano espera sobre la cama que suene el despertador para romper el ritual del insomnio y dar por iniciada la jornada. A las siete de la mañana la alarma deshace el silencio  y el anciano de 75 años se levanta lentamente, toma el pantalón de la cabecera de la cama y, tras ponérselo, se interna en el baño.

Después del aseo matutino y las acostumbradas heridas producidas por la cuchilla de afeitar, el hombre bebe una taza de café, se pone la camisa y sale de la casa para buscar el periódico. Al regresar, deja la prensa sobre la mesa del comedor. Nada le impide ahora dedicarse al jardín.

Sus manos, fuertes como raíces de un roble añoso, sujetan la guataca y con paciencia desbroza la maleza que crece entre las flores. La experiencia guía el intento de sacar las malas yerbas sin cortar las plantas, porque cuando se les daña cuesta mucha labranza hacer que otras crezcan en su lugar.

Con finos hilos de agua, riega los marpacíficos, los nomeolvides, las maravillas y las rosas. A todas les multiplica el rocío y les quita los pétalos y las hojas muertas para que abonen la tierra. No tiene olvidos, maravillas ni mares que le hagan desatender sus flores. Ha hecho suyo el oficio de cultivar.

Desde el jardín ve los niños cuando van a la escuela o juegan en las calles; los jóvenes ansiosos por descubrirlo todo en un instante que no nos alcanza sino para comenzar; y las parejas que llevan entre los brazos promesas de amor eterno o la certidumbre del cariño moribundo por la monotonía. Es testigo y víctima de la muerte de las horas, los días le saben más a ayer y menos a mañana.

Cada tarde coloca rosas en el florero, bajo la fotografía de una joven que el tiempo ha difuminado en el papel, sin lograr que en su memoria la mirada de ella deje de ser el cristal de aguas claras donde él asoma el alma. Siempre reza allí una oración dedicada a ese recuerdo, ante la soledad, más omnipotente que el dolor de la espina o la fe del relicario.

Su rutina es la del jardín, la gente, el retrato… y el periódico, porque también le gusta tratar de descubrir la vida entre las palabras impresas. Y en la noche, este relato no fue diferente. Mariano, antes de ir a dormir, tomó el periódico, se sentó en uno de los sillones del portal y cuando creía haber leído todas las hojas, descubrió en el centro de la última página un titulaje que resumía la esencia de su cotidianidad. Escrito en gruesas letras negras podía leerse: 14 de Febrero, día del amor.

CRÓNICA DE UNA NIÑA ADULTA

CRÓNICA DE UNA NIÑA ADULTA

MARIANA BAFFIL LEÓN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Ya casi amanece. Camila tiene 14 años y para ella otro día no es igual que para el resto de los niños. La luz del sol llega a brindar nuevas oportunidades, nuevos amigos, nuevos juegos; pero para ella solo simboliza nuevos clientes, nuevos billetes y, eso sí, nuevos sueños, aunque estos no puedan hacerse realidad tan fácilmente.

La jornada comienza con un grito fuerte y lejano de una mujer que dice ser su madre. La voz la manda a prepararse y a buscar su propio desayuno. Camila aún con el cuerpo cansado y el rostro soñoliento, sale a la calle y vuelve a encontrarse con un mundo que ya conoce, pero en el que desearía no haber vivido.

Como siempre, se detiene frente a la tienda de juguetes y mira la muñeca vestida de princesa, con lazos, pelo brillante y espléndida sonrisa, con la que sueña hace mucho tiempo. Observándola se sumerge nuevamente en un universo de fantasía que, a pesar de actuar como mujer, todavía conserva en su mente de niña.

Una mano gruesa le toca bruscamente el hombro y le pregunta el precio, no de la muñeca, sino de su cuerpo. Ella deja de pensar y siente que el pecho se le comprime. Ya sabe lo que quiere decir esa pregunta. Con un tono triste y apagado responde lo pactado con su madre. Cuando se dio cuenta, ya estaba montada en un auto que como tantas veces la llevaría a un lugar desconocido, pero en el que sabía qué hacer si quería comer algo en el día o no ser apaleada por quien la esperaba en la casa.

En un cuarto oscuro, la misma mano que antes le tocó el hombro ahora recorre violentamente su cuerpo. El tiempo, más lento que nunca, no termina y Camila siente caerse en un abismo que aún no entiende, ni quiere entender. Solo espera ansiosamente a que llegue el fin de esas caricias mustias y mecánicas que encuentran en su piel una forma de diversión o, tal vez, placer.

Mientras los movimientos responden a una rutina que ya se hace repugnante e insoportable, la mente vaga por el mundo ilusorio que ella misma ha creado y donde se refugia hasta ver otra vez la luz del sol.

De repente, tuvo el valor de hacer lo que hacía mucho había pensado: escapa. Y de tanto correr imagina que está donde, de seguro, vive la muñeca de sus sueños. Un sordo disparo demuestra que no va tan lejos como cree. El cuerpo flácido de la niña cae cual hoja en otoño sobre el suelo, que pronto se tiñe  de rojo.

El nuevo día ya despunta, pero para Camila no significaría más una jornada llena de dudas y sueños frustrados. Frente a la misma tienda de juguetes, una muñeca de carne y hueso, pero sin vestido de princesa ni lazos, yace sobre la acera. Solo queda de fantasía una leve sonrisa dibujada en su rostro que significa, quizás, la esperanza que aún guarda de vivir en un mundo donde las niñas parecieran muñecas y no juguetes de monstruos humanos.

NO ES EL HELADO, ERES TÚ

NO ES EL HELADO, ERES TÚ

ZULEMA SAMUEL DEL SOL,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Sábado en la tarde, Juan deja su casa con el aburrimiento usual. Es joven y aventurero o al menos eso presume, por lo que los fines de semana dentro de las cuatro paredes de su apartamento en Marianao le causan terror. Como muchos jóvenes, se dirige al Vedado, terreno libre desde hace mucho de los asedios de corsarios y piratas de la época colonial, y designado en 1950 como centro de La Habana.

El muchacho resuelve combatir el calor con  algo frío y barato. Es universitario y el día del estipendio está lejos en el almanaque. Termina inclinándose por la opción más cercana: Coppelia, ese proyecto concebido para la familia cubana en 1966, un amplio espacio de recreación sana en medio de la concurrida Rampa.

Entre la estructura con forma de araña y “patas” de hormigón armado, se levantaron árboles, paredes anchas, mesas y sillas. Sobre los cimientos de un antiguo hospital, un centro turístico y posteriormente El Nocturno, se erigió la Catedral del Helado. Juan, ajeno a tanta historia, camina sobre el sudor de seis meses de obra, se recuesta en la esquina trazada por tres arquitectos, calculada por diez ingenieros y disfrutada cada día por miles de cubanos.

El joven observa las esquinas del centro, todas le recuerdan alguna etapa de su vida. Ahí, donde ahora se sientan dos señores a conversar, venía con sus amigos a planificar trabajos prácticos. En la cancha de al frente conoció a Lucía, la novia del pre. Y tantas otras escenas menos importantes, días de aburrimiento, hambre, sed; días tristes, alegres, soleados, oscuros; días de Coppelia.

De repente, todo tenía que ver con la Catedral del Helado. A su mente acudían los segmentos de películas como Fresa y Chocolate, anécdotas familiares, crónicas de Ciro Bianchi, comentarios de Leonardo Padura, las críticas de sus amigos sobre el servicio a los clientes. Cada tema empezaba y terminaba en ese espacio de 21 y L.

Tuvo miedo al pensar en su actual degradación. Donde antes se ofertaban 26 sabores en 13 variantes diferentes y bolas de helado que parecían bolas, no cubiertas rellenas de aire saborizado, hoy se vive otra realidad. Sin, embargo, al contrario de lo que el resto piensa, el alma del lugar nunca ha sido el helado sino los visitantes: las familias, los locos y los cuerdos. La variedad no reside en los sabores sino en la multitud, en las conversaciones más diversas, en los reencuentros.

Fue concebido como un  tío vivo inmóvil, donde el visitante probaba lo que fue el mejor helado del mundo, como alardeaban los cubanos, y disfrutaba de los paseos circulares por las callecitas interiores. Estas caminatas se han vuelto leyenda, actualmente varios porteros prohíben el recorrido para evitar posibles escapes a las canchas.

¿Qué pensaría el fantasma de Mario Girona si viera el objetivo central de su obra tronchado por tales simplezas? Juan sonríe al pensar en las pequeñas “adversidades” y le parece extraño cómo la vigilia de los custodios no frustra el tráfico negro de cantinas.

El muchacho se va sin ordenar, no es el hambre lo que fue a matar al Vedado, sino la soledad sabatina y lo logró. Juan volverá al Coppelia, allí encuentra un pedazo de Cuba concentrada, alegre entre complejidades, hambrienta sin estarlo, bullanguera, contradictoria, de chocomenta y guanábana. Un rizado de sabor y calor.

HEREJÍA POR ALFREDO GUEVARA

HEREJÍA POR ALFREDO GUEVARA

CLAUDIO PELÁEZ SORDO,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Fue en mi primer año de la Universidad que descubrí al hombre que se llamaba Alfredo Guevara. Hasta el momento pensaba que lo de Guevara era exclusivo del Che y de aquella enamorada a quien le robé unos besos tres años después de confesarle mi amor. Su Ladrón de Guevara no se me ha olvidado, aunque a veces olvido su nombre que ahora recuerdo, pero me reservo para mantener su anonimato.   

Aquel primer encuentro con Alfredo Guevara sucedió en octubre durante la Jornada por la Cultura Cubana que se realizaba en el Pabellón Cuba. Todo de pura casualidad. Recuerdo que entré en el salón de conferencias y allí estaba él hablando, provocando al público. Diciendo que los jóvenes en cualquier contexto son quienes van contra la corriente. Y es esa una de las frases escritas en la libreta de apuntes de aquel momento, pero que me recuerdo cuando intento ser parte de la corriente.
A partir de aquella casualidad me propuse escuchar a Alfredo Guevara cada vez que hablara públicamente. Nuestro lugar de encuentros fue principalmente el Pabellón Cuba. Yo acudía a cada cita como el alumno que no puede llegar tarde a clases porque sabe que por un minuto puede no entender todo lo que se dice.

Allí le escuché hablar de su amor profundo por aquel joven que admiró y por quien se echó una pistola encima para defenderlo. Aprendí que la única verdad es el camino de la búsqueda de la verdad y que ser hereje es ser revolucionario.

Mientras unos se han dedicado a moldear a la juventud cubana, Alfredo no hacía más que retarla, inquietarla con conceptos irreverentes que no se dan en la escuela, desafiarla con metas inimaginables. Él se mostró más joven que muchos jóvenes, su único impedimento era aquella carcasa envejecida por el tiempo en la que ese espíritu estaba envuelto. De lo contrario, andaría por toda Cuba disintiendo y provocándoles dolores de cabeza a las autoridades más de los que les causó desde su silla de ruedas.   

Recuerdo aquella anécdota del artículo que no quisieron publicarle en uno de nuestros periódicos. Contaba él que después se lo dio a leer a Raúl Castro, quien lo encontró muy publicable en nuestra prensa. Mostraba así a los burócratas que existen hoy solo para cuidar el puesto, sin correr riesgos, sin defender nuevas ideas. 

Escuchando a Alfredo Guevara aprendí a negarlo también. Después de vivir la etapa de deslumbramiento con sus palabras, me llegó el momento donde no coincidía con algunas de sus ideas. Hubiese sido bueno una polémica con él face to face. No por la ya sabida paliza filosófica y teórica que iba a recibir, sino por lo que iba a seguir aprendiendo.  

Pero se ha ido. No me atreví nunca a entrevistarlo porque dicen que además de lo difícil que era conseguir una entrevista con él, había que estar muy bien preparado para asaltarlo a preguntas, de lo contrario, se invertían los roles y la pena podía ser histórica.

Lo escuché todo lo que pude. No estreché su mano, pero sí los libros que recogen sus artículos, entrevistas y polémicas. Más que la mala suerte de ver morir a un Guevara, tuve la suerte de escucharlo. Y con todo lo aprendido de él y que aún queda por aprehender es suficiente para crear a una Cuba cada vez más lúcida.