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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

EL DÍA QUE VI GIGANTES

EL DÍA QUE VI GIGANTES

JOSÉ ANTONIO RIGUAL DÍAZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¿Alguna vez ha visto un gigante? Yo vi a dos y lloré de emoción. Fue un 21 de agosto del 2005, tenía entonces once años, pero aún siendo niño, uno es capaz de inmortalizar momentos que marcan la vida.

Ese día, me levanté más temprano. A pesar del fuerte sol que parecía cocinar las piedras, todos estaban en la calle esperando con banderas el acontecimiento. A las nueve de la mañana, pasarían los comandantes Fidel Castro y Hugo Chávez, para saludar al fervoroso pueblo pinareño que los esperaba.

Eran las nueve con quince minutos cuando comenzaron a oírse sirenas y escandalosos cláxones de automóviles que venían en caravana. Se acercan, pensé, y los gritos de la enardecida multitud, parada a orillas de la acera, se hacían cada vez más eufóricos.

De pronto, mi corazón bombeó más rápido, pues a mi poca edad podía entender que aunque en la escuela aprendiera mucho de la Historia, no todos los días tendría la oportunidad de ver, en la calle, a los grandes hombres que la hacen.

Desfilaban autos frente a mí y en cada uno clavaba la vista hacia el interior de sus  ventanillas, buscando a un hombre robusto con boina roja y a uno más alto y delgado con barba de nube. Hombres que solo había visto en televisión, pero que sentía muy cercanos.

Mi sorpresa fue cuando, a la postre, apareció un viejo Jeep verde descapotable, de fabricación soviética, pero que todavía rodaba en Cuba. Encima del vehículo, dos uniformes verde olivo parecían no contener a los vibrantes cuerpos que los poseían, y que más que el atuendo militar, merecían túnicas celestes.

Transcurrieron unos segundos de expectación, de silencio, de euforia, de qué sé yo lo que era esa mezcla de sentimientos que me dominaba. Fidel, como buen anfitrión, le había dado el lado derecho a Hugo Chávez. Con ese hombre a un metro de distancia, yo no podía hacer otra cosa que llorar, llorar como lo hizo mi madre, que no contuvo la alegría en el pecho y gritó: “¡Chávez!” Él la miró y sonriente le gesticuló un hasta pronto.

Se dirigieron al occidental municipio de Sandino, que había sufrido las desgracias de un huracán, a fundar la Villa Simón Bolívar y realizar otras acciones, como parte del proyecto de la Alternativa Bolivariana para la América (ALBA). Dicen que después, allá por San Juan, Chávez quiso hasta conducir. Estuve atento a cada detalle por la tele.

Aunque pasaron casi dos lustros de aquel momento, todavía lo recuerdo como si  hubiese sido hace unos meses, y no me resigno a creer que el líder bolivariano al que clamábamos: “¡Uh, ah, no se va!”, se haya ido. Hasta que comprendí la veracidad de la frase de Vallejo: “Hay golpes en la vida, yo no sé.”

Pero a pesar del tiempo, ni el olvido, ni  los años, ni tan siquiera la muerte han podido borrar de mi memoria, la imagen de aquel día en que vi a dos libertadores triunfantes entre el pueblo; el día que por primera vez en mi existencia, yo vi gigantes.

INVOLUCIÓN

INVOLUCIÓN

JOSÉ MANUEL PÉREZ GONZÁLEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Camino cansado por el Parque de la Fraternidad al terminar una jornada en la que el sol se empeñó burlonamente en derretirme. En la parada, parece como si todos los habitantes de La Habana se hubieran puesto de acuerdo para esperar la misma guagua. Tal vez el cubano es un ser nocturno o le teme al calor del día.

Encontrar el último de la fila es un poco más difícil que descubrir la perdida Atlántida, pero la pericia rinde frutos y me ubico detrás de un grupo de señores color zafiro, con sonrisas de rottweiler y aquejados aparentemente de un mutismo casi total, pues solo emiten unos extraños gruñidos. Apoyado en mi columna, escudriño la masa humana y descubro cuán heterogénea es.

Hay de todo un poco. Los ancianos son mayoría y sus rostros pregonan que ya no están para vender ni maníes, ni periódicos; pero qué pueden hacer si la dictadura de las chequeras le niega el descanso, ya podrán dormir cuando mueran. Unos cuarentones con camisas a cuadros discuten sobre algún texto del Granma, su ciudad no es esta, sucia y arruinada, sino esa tan diferente y paradisíaca reflejada en las monocromáticas páginas del periódico.

Para matizar, unas muchachas exuberantes y poco abrigadas parlotean animadamente, en las escuelas gratuitas de nuestro país no aprendieron cómo ganarse la vida; pero para su suerte, la profesión más antigua del mundo no requiere maestro, solo estómago. No faltan en la fila los siempre alegres travestis cuyo número aumenta más que las tímidas unidades del PIB nacional.

Llega la guagua y me mal acomodo donde puedo. A mi lado, una señora octogenaria con unos bellos ojos azules espera por otra, nada octogenaria, que le dé el asiento, pero esta no parece tener esa intención. La pobre vieja está de pie y yo giro la mirada a otro lado por vergüenza.

En el lugar donde dejo descansar la vista encuentro a mis amigos los rottweiler,  quienes, esforzando sus maltrechas cuerdas bocales,  les gruñen a las muchachas unos piropos probablemente bellos, pero que suenan horribles. Comienza un pequeño Waterloo, pues las damas, sin conocer la limitación de los caballeros, han entendido mal y disparan con todo el fuego de sus cañones una sarta de improperios no clasificados por la Real Academia.

Entran los travestis en acción y sus palabras son todavía más ácidas. Algún que otro manotazo se suelta, el asunto no se puede quedar así, alguien debe ser golpeado para lavar el honor, si existe en medio de tanta miseria. Doy vuelta y descubro un oasis en el azul de los ojos de la señora aún de pie. Algo me dice que en sus tiempos la gente era muy diferente.

Me bajo en la próxima, si voy a ir al infierno será cuando muera, no en este transporte endemoniado. Mientras camino, me pregunto si los cubanos estaremos involucionando o si es que la historia nos ha erosionado. Recuerdo una frase martiana: “El vino de plátano es agrio, pero es nuestro vino”. Una vez más tiene razón el Apóstol, ¿pero habrá necesariamente que retomar este vino? ¿Hasta cuándo?

EL PEOR AMIGO DEL PERRO

EL PEOR AMIGO DEL PERRO

ADIEL GUEVARA RODRÍGUEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Hace algún tiempo leía un breve escrito en una revista sobre la  perrita Laika, el primer ser vivo en orbitar la Tierra. Mi reacción al conocer el destino final del animal, lanzado a lo desconocido, estuvo motivada en parte por mi confeso amor hacia los perros y, por otro lado, debido a la casualidad de que una de mis mascotas coincide asombrosamente en nombre y aspecto con el heroico can.

Su sacrificio se inscribe por derecho propio como uno de los más crueles y útiles de la historia pues, demostrando la posibilidad de supervivencia en las condiciones del espacio exterior, impulsó posteriores ascensiones humanas. Igualmente, permitió vislumbrar el desprecio empozado en el corazón humano hacia la vida del que se considera “el mejor amigo o instrumento del hombre”.  

Su sinuoso periplo comenzó cuando desandaba las calles de Moscú en busca de la comida del día. Tres años de edad y apenas seis kilogramos de peso parecieron ser los requisitos buscados por los hombres que la recogieron con el fin de incluirla en el programa espacial soviético. Originalmente la llamaron Kudryavka (Rizadita), después Zhuchka (Bichito), y luego Limonchik (Limoncito), para finalmente bautizarla con un nombre, hoy conocido mundialmente, pero de fugaz permanencia en su memoria.

La juventud y el vigor que llenaban el cuerpo de la peculiar aprendiz de astronauta fue cediendo ante agotadores encierros forzados, de hasta 20 días, para adaptarse al reducido espacio disponible en su futura nave. Quizás todo hubiera sido diferente si un caprichoso mandato no hubiera obligado a los científicos que la atendían a terminarle en cuatro semanas el pequeño objeto metálico que la llevaría a las estrellas. “¿Por qué tanta prisa por el 40 aniversario de la revolución bolchevique?”, “No estará listo”, “La vamos a sacrificar”, eran los rumores que sus menudas orejas lograban captar.

Un fría mañana, sintió cómo su entrenador, por quien comenzaba a sentir un tímido cariño, la cargaba para acomodarla en un sitio estrecho y familiar. ¡Era su nave! Con una limpia mirada de confianza posó sus ojos en aquel que la adiestró por tantas horas, pero el rostro humano desvió la vista para ocultar el remordimiento por lo que iba a hacer. Su conciencia lo reprochaba porque el satélite saldría hacia el Cosmos sin posibilidad de retorno para el animal, por su improvisada confección. 

Antes de partir, los asesores del experimento, mitad científico y mitad político, untaron en su cuerpo una solución de etanol, y pintaron con yodo las partes del pelaje donde llevaría extraños sensores para vigilarla. Vibraciones, fuertes sonidos y una abrumadora soledad serían las sensaciones que recordaría del despegue que agrupó tantas personas a su alrededor tras un cristal.

Inmersa ya en una gran oscuridad, solo interrumpida por pequeñas luces titilantes, su jadeante respiración le reveló un calor nunca antes experimentado en su soviética patria. En la Tierra, se informó de un fallo en el sistema de control térmico y el trágico desenlace de aquella historia no parecía lejos. ¿Cómo Laika podría imaginar que sus dueños habían planeado igualmente sacrificarla con comida envenenada? El estrés por sobrecalentamiento adelantó el trabajo.

Las diversas teorías de rescates extraterrestres o de su adopción por el titán Atlas, con la que diversos escritores negaban la muerte de Laika, era un necesario bálsamo para los que, como yo, aman a los perros. Justo antes de terminar de leer el texto de la revista, dos patas irrumpieron las ensoñaciones y mi mascota, de igual nombre y aspecto que la protagonista de estas líneas, me recordó con sus ojos la inocencia de un amigo que no espera ser traicionado. Tales pensamientos se complementaron con la incisiva frase final de Yuri Gagarin en el relato que decía: “Todavía hoy no sé si yo soy el 'primer hombre' o el 'último perro' en volar al espacio”.   

UN VIAJE PARA SENTIR

UN VIAJE PARA SENTIR

LINH NGUYEN HOAI,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
 

En la vida de cada persona existe al menos un viaje que no se puede olvidar. Tal vez por haber sido divertido, impresionante, triste o lleno de decepción. En cualquier caso, el viaje es la experiencia maravillosa que nadie niega. Nos trae diferentes visiones de los lugares, nuevos sentimientos y  conocimientos de la realidad.

En 20 años de vida, he visitado la Ciudad Prohibida y La Gran Muralla  China, el Templo de Angkor Wat de Camboya y algunos lugares cercanos del sudeste de Asia. Estos sitios me aportaron muchos conocimientos interesantes sobre grandes culturas del mundo. Pero todas estas experiencias solo son  históricas o culturales. Si no hubiese venido a  estudiar a Cuba, no tuviese oportunidad de ir a Santiago de Cuba y quizás no conociera la realidad de este país y no comprendiera de lo que soy capaz de lograr.

La primera noche del viaje hacia esa oriental provincia fue horrible. Cientos de personas se empujaban unas a otras para entrar en la estación. Sin embargo, el tren se retrasó. Después, los estudiantes de tercer año de Periodismo, los de otra facultad y yo, esperamos en vano bajo el sol abrasador durante mucho tiempo. Fue una prueba dura de paciencia y determinación para mi corta vida.

Conocía a Cuba como un país que tiene muy buena educación, pero que ha sufrido las agresiones de los Estados Unidos durante mucho tiempo y donde casi todas las ciudades no han cambiado desde los años noventa. Cuando llegué a Santiago de Cuba pude comprobar esta realidad, me encontré con una ciudad antigua y al mismo tiempo disfruté de la tranquilidad que se respira fuera de la capital.

Santiago no es sólo conocida como la cuna de la revolución cubana, además cuenta entre sus atracciones con maravillosas montañas, especialmente el Pico Turquino, que tiene la altitud de 1 974 metros sobre el nivel del mar.

Subir al Turquino fue difícil, pero nos ayudó para probar nuestra resistencia. Hay 12 kilómetros entre el principio y la cima y aunque parece fácil, más  de la mitad de los 102 estudiantes se rindieron en los tres primeros  kilómetros. Yo llegué hasta el décimo y me sentí muy orgullosa de este logro.

Había una casita, o más comprensible, una parada pequeña para los alpinistas. Cuando estaba allá, entre las nubes,  sentí el aire fresco de las montañas, empecé a recordar todo lo que había pasado y medité con mucho cuidado. Fue el tiempo más tranquilo de mi vida.

Sin embargo, el viaje no fue como me lo había imaginado. Hubo algunas cosas inesperadas, pero nada es perfecto, al menos tuve la oportunidad de disfrutar la belleza de la naturaleza cubana, aprender la diferencia entre las provincias, estudiar más sobre la revolución y conocer sobre mi vida. ¿Es estupendo, no?

LAZOS EN LA DISTANCIA

LAZOS EN LA DISTANCIA

WALKIRIA JUANES SÁNCHEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Un mensaje reveló ante mis ojos lo que esperaba hace mucho tiempo: por primera vez supe de ti. Cuál es tu color favorito, qué helado prefieres o simplemente cómo estás, siempre me lo preguntaba. Es paradójico saber que venimos del mismo lugar y ni siquiera nos conocemos.

Yosi salió de Cuba con solo cinco años y nadie le preguntó si ese era su deseo. Nuestro padre dio el permiso a su mamá para llevárselo a República Dominicana con el sueño de darle las oportunidades que aquí no tendría. Los mayores decidieron “por su bien”.

La madre se casó nuevamente y fueron a vivir a los Estados Unidos. Debido a las diferencias con su padrastro, mi hermano mayor decidió irse de la casa con solo 15 años. Él no tenía residencia legal en ese país, y esto lo obligó a conseguir trabajos clandestinos y a vivir en las calles hasta alcanzar la mayoría de edad.

Tiempo después recibimos unas fotos suyas y una carta donde hablaba de la boda y la hija que había tenido. Mi mayor alegría fue el final de la misiva donde escribió: “salúdenme a mi hermana, estoy loco por conocerla”. Es el recuerdo más hermoso que guardo de nuestra historia.

Cuando él abandonó la Isla yo no había nacido. Lo poco que conocía eran las historias que los adultos contaban y, cómo su imagen, guardaba en la memoria el vago recuerdo de unas fotos que mi abuela paterna conservaba.

Papá murió dos años después. Desde la cama del hospital soñaba con volver a ver a su hijo. Nunca pasó, Yosi aún no estaba legalizado y no podía viajar; por problemas económicos pudo hacer una sola llamada, pero era muy tarde.

Hace pocos meses recibí un email, mi hermano había encontrado mi correo electrónico y estaba interesado en contactar conmigo. Comenzamos a comunicarnos periódicamente y entonces le pregunté: ¿quieres volver a Cuba? Una semana después me respondió: “No sabes cuánto deseo regresar, dentro de poco te voy a conocer”.

La textura de su piel, el tono de su voz, el primer abrazo o una buena conversación son recuerdos que familiares y leyes me ha impedido tener. Una oportunidad para saber quiénes somos, a lo que aspiramos como personas, la inocencia que perdimos de tanto sufrir es todo lo que pedimos.

Imagino el día de nuestro encuentro, cuando las fronteras de la distancia que nos separa sean 90 millas ajenas a nuestro cariño, cuando pueda decirle de frente lo mucho que quería conocerlo. Tal vez la experiencia no supere mis expectativas, pero será un sueño convertido en realidad.

Los lazos filiales son cadenas imposibles de romper. El olvido es utopía en materia de encontrar a los hermanos. Vivir en la ausencia de quien puede ser tu apoyo y tu alegría, es pasar por el mundo sin compartir lo que sentimos. La familia es el mayor de los tesoros.

¿ALICIA EN EL MUNDO DE LAS DROGAS?

¿ALICIA EN EL MUNDO DE LAS DROGAS?

DAHOMY DARROMAN SÁNCHEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Alicia se despertó a la mañana siguiente. La claridad la cegaba y sentía un estruendo en las sienes solo justificable si su cerebro hubiera crecido el doble en 24 horas y estuviera pugnando, casi con libre albedrío, por salir a respirar.

No sabía dónde estaba ni cómo había llegado allí, hasta que su hermano mayor, quien la acompañó toda la noche, le esclareció que aquel lugar tan iluminado para su gusto era el Hospital Pediátrico de Centro Habana. Entonces, empezó a recordar… o más bien a ser golpeada por escenas dispersas de aquel trauma psicodélico.

Horas antes yacía inconsciente debido al consumo simultáneo de alcohol, pastillas y cannabis, una planta más conocida como marihuana. Los gritos de quienes intentaban reanimarla cuando se desvaneció sobre los peldaños de la escalera, desgarraron la imagen que todos tenían de ella como una quinceañera inocente que poco tiempo atrás correteaba entre las rosas del jardín.

Ella decidió que aquella era la fórmula para sepultar la traición del “príncipe azul”, otro conflictivo muchacho con un grueso expediente de delincuencia familiar, varios tatuajes en la piel y una progenitora que se vendió como pelele sexual mientras el cuerpo se lo permitió.

Mi vecina llegó cianótica a la sala de terapia intensiva y solo después de un rato apareció la “laboriosa” madre, aquella que siempre está ausente, y que deja, junto a un fajo de billetes, las responsabilidades de la casa a su primogénito. La señora juraba cobrárselas al traficante en lugar de preguntarse dónde estaba ella en el instante decisivo y de enfrentar los problemas familiares aceptando, primeramente, que estos existen.

De nada sirvió el esfuerzo materno por encubrir el escándalo, endilgándole el desmayo a “antihistamínicos prescritos por el médico ligados con un poquito de licor”. ¿Cómo pudo no percatarse de que tamaña desgracia era producto de la ineptitud y el descuido, porque qué hace una chiquilla de 15 años consumiendo bebidas alcohólicas?

¿No hubo alguien que pudiera guiarla en la compleja etapa en que el peligro es el imán más potente y en la que nos sentimos confundidos, y excitados por experimentarlo todo? Contrario a la opinión de los vecinos, la joven no quería suicidarse –aunque no sería extraño considerando la cifra existente de púberes que lo ha intentado- y solo reclamaba un poco de la ayuda necesaria para atravesar esa marea de autodescubrimiento y conformación del yo propio.

El camino a seguir por los padres oscila entre la acción y la prevención para apartar a sus hijos de la peligrosa vía de las drogas. Hoy no son raras las Alicias que recurren al abuso de farmacodependientes como vía de escape a sus conflictos, sobre todo dentro de familias disfuncionales, sin percatarse que este es solo un escape momentáneo, y que el sentimiento de soledad retornará cuando los efectos del trance se esfumen.

Adolescencia… solo un eufemismo para nombrar a la incertidumbre y a la tentación. Al final del día, la madre supo discernir que la solución no es perseguir al vendedor anónimo, sino hallar la vía más certera para apoyar y comprender a los hijos. Ese, es el deber de todos los involucrados en el pleno desarrollo de un inexperto ser humano.

DOMINGO EN UNA HABANA INQUIETA

DOMINGO EN UNA HABANA INQUIETA

ANIA TERRERO TRINQUETE,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Para saber de La Habana, más allá del centro histórico y el concurrido Vedado, hay que recorrer ciertas calles de barrio un domingo en la mañana. A mí las caminatas semanales hacia los repasos de Matemática me enseñaron, como mínimo, una ciudad diferente llena de insólitos contrastes.

En un garaje hay una iglesia desmontable. Y digo desmontable porque solo es iglesia los domingos a la hora de la liturgia. Allí comparten vecinos que creen en Dios y en la Biblia y si pasas cerca de las diez, los sorprenderás recitando un salmo introductorio. Curiosamente, justo al frente, en el portal de una casa ensaya con una persistencia admirable un grupo de ópera. Los caminantes que como yo atraviesan la calle a esa hora quedan atrapados entre dos fuegos donde el canto de una soprano experta se mezcla con el tono apagado de las plegarias.

Más adelante me topo con un mercado agropecuario en plena actividad. Al fin y al cabo es domingo y las mujeres que trabajan toda la semana aprovechan para reabastecer los vianderos, sobre todo si corren los primeros días del mes, en los últimos el salario escasea. Estoy pensando que si una feminista más extrema que yo lee la oración anterior, quizás termine insultada: ¿qué es eso de que las mujeres salen a comprar? Pero señores, por mucho que nos duela, Cuba arrastra rasgos machistas todavía bien arraigados… Pero eso merece otra crónica.

En la cuadra siguiente unos niños montan chivichana (tengo que preguntarle a mi mamá si las chivichanas se inventaron en el período especial o existían desde antes). Rápidamente me identifico con la única niña que se divierte con las carriolas de madera, a lo mejor ya la consideran la “marimacho” del barrio. Mi hermana y yo éramos así. Jugábamos igual con una muñeca que con un trompo y no nos arrepentimos: tuvimos tremenda infancia.

De pronto: “…vendo perchero, jarro de aluminio, palitos de tendera, escoba, haragán, recogedor, toallitas pa’ secarse el sudor, cloro, desincrustante, cazuelas, sartén, flores plásticas, agua bendita, aromatizante…”  ¡De verdad que en esta Habana se vende de todo! Pero, ¿cómo pueden hablar tanto sin detenerse a respirar?

Y es que si de pregones se trata, nuestro país tiene tremenda historia. Y cómo nos gusta musicalizarlos: desde el clásico Manicero, de Rita Montaner, hasta el reguetonizado ¡…se compra cualquier pedacito de oro!

Continúo el recorrido y veo un par de latones de basura llenos, rebosantes. ¿Será que los domingos Comunales no trabaja? La dueña de la casa de la esquina protesta más que yo. Le dice a su vecina que siempre es lo mismo: la peste inunda la sala. “Así no hay quien viva, mijita”, es uno de sus reclamos subidos de tono.

Entonces, ¿alguien duda que La Habana esconda sorpresas? Para conocerla a profundidad hay que buscar más allá de la imagen turística, detenerse en los detalles más insignificantes. Solo así se puede descubrir uno de sus tantos secretos: gentes de todas partes que se entremezclan y conviven, ajiaco de Fernando Ortiz por medio, en una ciudad tan inquieta que no duerme los domingos.

POR FIN A TU ENCUENTRO

POR FIN A TU ENCUENTRO

YOHANDRA MARÍA PORTELLES,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

Mario Benedetti dijo una vez: “Ocurre que el pasado es siempre una morada, pero no existe olvido capaz de demolerla”; y eso nos ocurre con las abuelas, la mía me dejó en espera de que ella saliera del hospital, concibiendo qué haríamos para recuperar el tiempo que no tuvimos y ya no volveremos a tener.

Dejó una oración, el pelo largo que un día sustituyó por una media vieja y dijo indispensable en una joven, también las uñas largas hechas con plastilina. Suya conservo una virgen, una  canción, la del lunar junto a la boca, por aquello de… canta y no llores; su presencia viva en fotos, su orden, su melancolía, sus detalles, sus bastones y su pierna hueca.

Me preguntaba, ¿a quién esconderé el bastón?, ¿quién contará historias de brujas buenas? Hoy busco sus oídos en el tiempo, no los de acá, sino los del recuerdo, esos que enmarcan mi corazón.

Yo logré, después de cinco años, ir de nuevo a su encuentro, costó muchísimo conseguirlo, pero al fin los convencí para que me llevaran. En medio del silencio podía escucharse solo el cuchicheo de pequeños grupos que, al igual que nosotros, esperaban.

Al fin unos hombres, con agilidad asombrosa, abrieron  la pesada tapa  y comenzaron a sacar una suerte de sacos que dejaban caer con ruido seco. Alguien nos señaló, allí estaba en medio de la calle, en aquel envoltorio, la pierna que quedó de frente, como si quisiera correr a mi encuentro, recordé las tantas veces que luego de entalcar el muñón, ayudé a colocar la correa de esa misma prótesis que ahora tengo delante.

Mamá fue acomodando en una tela blanca los huesos y yo descubrí en aquel amasijo el vestido de rayas rojas y blancas. -¡Qué sucio! Ella que fue siempre tan pulcra y presumida. Allí, en mi fiesta de cumpleaños, lo estrenó, con ese perpetuo olor a violetas, así lo prefiero, el recuerdo vivo en fotos, reflejo de días felices en que nuestra complicidad era mi mayor tesoro.

Papi observó a mami con un dolor infinito en su rostro por donde resbalaban lágrimas, mientras ella roció todo con perfume y talco. Él tomó con cuidado el osario, como si solo al roce de sus dedos pudiera deshacerse, y yo me dije: ¡No es cierto, está en todas partes y no en aquella pequeña caja tan impersonal y fría!

Ahora, a pesar de no verla, el vacío me gana, el gentío abruma, la siento en el alma, en la tibieza del alba helada, en la frescura del sol poniente, la veo como es, fuerte cual espino, suave cual mariposa y dulce, dulce… no por su azúcar de sangre, esa azúcar fea que hizo le amputaran la pierna, durmió sus riñones, y la venció al fin, sino como los cascos de guayaba que comíamos a escondidas y no he vuelto a comer porque ninguno sabe a los que ella preparaba.

Y es que las abuelas son aroma en el viento, ruido en el día, luz  en la incertidumbre, siguen siendo el escape a la fantasía, nuestras eternas confidentes de travesuras, dudas y amores adolescentes, de nuestras preocupaciones de adultos; aunque un día sus corazones exploten de tanto amor y Dios las convierta en Ángeles, llevándolas al cielo para que cuiden nuestras familias. Yo sé que está, por eso al mirar sus fotos, río por todo lo que hicimos, y la dejo ir.