Blogia
Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

CIENFUEGOS, ES LA CIUDAD…

CIENFUEGOS,  ES LA CIUDAD…

CINTHYA GARCÍA CASAÑAS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En mayo de 2011 llegué por primera vez a Cienfuegos, mejor  conocida como La Perla del Sur y tierra del gran Benny Moré, pensaba cuando recorría los 245 kilómetros que la separan de La Habana. Luego de casi cuatro horas de viaje, el paisaje se tornó de verde espeso a azul claro. Se divisaban ya los primeros destellos de una bahía excepcional.

Recuerdo nítidamente mi primera impresión de Cienfuegos: en un largo malecón, no tanto como el habanero, no había ni una sola lata arrojada al mar, ni un papel, por más mínimo que fuese en el suelo. Me explicaron que los trabajadores de comunales eran muy eficientes, y que las personas tenían más conciencia, por supuesto, respetaban la labor de los anteriores para mantener limpia la ciudad.

Muy pocos lugares visité entonces, pues me disponía a ir a  una zona rural, más intrincada, pero pude apreciar la arquitectura ecléctica de la ciudad, y el contraste entre edificios modernos y antiguos, de decoración neoclásica. Entre ellos, el castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, terminado de construir en 1745 para la defensa de la bahía, y el Palacio de Valle, ecléctico, con predominio del estilo gótico y que ha devenido uno de los símbolos de esa urbe.

Dos años después, vuelvo a visitar sus calles anchas y rectas, unas de las de mejor trazado en Cuba. Aunque la limpieza continúa impecable y los habitantes igual de gentiles, esta vez, con más calma, me detuve en cada rincón de sus paseos y parques, para disfrutarlos y sentir su esencia.

El centro histórico, declarado en julio de 2005, Patrimonio Cultural de la Humanidad, tiene como eje el Parque José Martí, antigua Plaza de Armas, en el cual se levanta una réplica del Arco de Triunfo, única en el país.  En sus alrededores hay relevantes edificaciones del siglo XIX, tales como la iglesia de la Purísima Concepción, decorada con bellos vitrales franceses; el teatro Tomás Terry, con sus impresionantes frescos, y el Palacio Ferrer, otrora Ayuntamiento colonial.

La principal arteria de la urbe es la avenida del Prado, construida a principios del siglo XX, donde la estatua del Bárbaro del Ritmo da la bienvenida a sus visitantes y no hay quien resista tomarle una foto y hasta cantar los pegajosos  coros entonados por el Benny.

Esta es la imagen que se lleva el viajero de la localidad sureña. Pero, con una sola visita, captar la esencia de la ciudad es un esfuerzo inútil. Más allá de la combinación de viviendas de fachadas corridas, con edificios monumentales, en la urbe abierta al Mar Caribe hay un secreto oculto, todo el que la vista queda prendado de sus calles, y se despide con un hasta pronto.

VIVIR EN AZUL

VIVIR EN AZUL

DARÍO ALEJANDRO ALEMÁN CAÑIZARES,
estudiante de primer año de Periodismo,  
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Si me dijesen que nombrara los mejores años de mi veinteañera existencia, diría que los que estuve en la vocacional de La Habana, esa que todos conocen como “la Lenin”. Recuerdo que para entrar allí toqué la puerta de cuanto repasador de Matemáticas particular me recomendaban. Nunca fui adepto a los números, pero tuve que resistir aquellos cálculos infernales.

Una vez conocí los resultados de las pruebas de ingreso, entré en histérica alegría al ver realizada una aspiración que me acompañaba  desde que la pañoleta azul colgaba de mi cuello.

Azul fue también mi uniforme y los enormes pasillos de los distantes edificios que formaban la Lenin. Llevaba en mi hombro izquierdo, como si de un estandarte se tratase, el monograma rojo con libros, engranajes y átomos que me presentaban como alumno del centro.

¡De mis compañeros, ni hablar! De encontronazos y discusiones, terminábamos como hermanos en las buenas y en las malas. Recuerdo a Ernestico, a Rolando, a Manolo y a Kasperski, a quien apodamos así porque, según las niñas, era “tan feo y excéntrico que ni los virus le entraban”.

Juntos íbamos a la recreación de los jueves, hacíamos las tareas educativas limpiando dormitorios y pasillos, nos fugábamos a cubículos prohibidos para compartir con nuestros amores de adolescencia, y en conjunto también estudiábamos tirados en el piso enlozado de los baños hasta las cuatro de la mañana para los exámenes del día siguiente.

El ochenta y cinco era un número fatal, una cábala pagana que indicaba el suspenso y la respectiva expulsión del centro. El treinta y ocho, sin embargo, era el símbolo de nuestra graduación, una insignia que aparecía pintada con los más inverosímiles diseños en casi todas las paredes de la escuela.

En la oscuridad de aquel supuesto bosque que llamaban “de la Amistad”, fumaba furtivo los prohibidos cigarrillos que con cautela escondía en los bolsillos más recónditos de mi maleta y consolé a más de una amiga que se iba allí a llorar sus penas, lejos de los demás. En lo alto del trampolín de la piscina vacía hicimos nuestras improvisadas peñas con los afortunados que sabían tocar guitarra y así cantamos hasta a la Luna.

Estando a mitad del segundo año, mi corazón me dio señales de peligro, empeñándose en que no tuviera un día tranquilo sin desmayos o agitaciones. Las salidas de la beca a turnos médicos fueron acrecentándose hasta que un galeno dictaminó que era perjudicial mi estancia en la Vocacional. El exceso de carbohidratos por el puré de papa que nos daban por arroz y la falta de atención médica en el centro podían costarme la vida.

Me marché, ocultando las lágrimas para no parecer débil. Desde el retrovisor del auto dejé para siempre a aquellos edificios toscos y azules que una vez me dieron la bienvenida. Temí también que mis amigos se olvidaran de mí. Maldije mil veces a mi corazón, pero después entendí que no estaba del todo enfermo, puesto que no es tarea fácil soportar a todo ese “piquete” de la Lenin en él.

 

LAS MANOS DE TAM

LAS MANOS DE TAM

NGA TRAN THU (NINA),
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Aquella noche de febrero Lan no pudo dormir pensando en lo que había hecho. Por más que se empeñara en creer que estaba equivocada, su intuición le decía que a ella no le iría tan bien como a las amigas que la incitaron. Unos meses más tarde lo comprobó: las náuseas tocaron a su puerta y sus períodos del mes no llegaron. Estaba embarazada.

No sabía a quién recurrir. Sus padres, como casi todos los vietnamitas, defendían la idea de que un hijo fuera del matrimonio era un deshonor para las familias, y más aún tratándose de una muchacha joven. Las cosas empeoraron cuando se lo comentó a su novio, quien rápidamente dio la espalda y dijo que no quería saber nada de ella ni de la criatura.

Su mundo se derrumbaba. Pensaba que junto a su pareja podría enfrentar la dificultad de tener un bebé antes de la boda, sin embargo, no fue así. No podía contar con nadie, ni siquiera con sus amigos, que ahora la reprochaban como a todas las madres solteras. La idea del aborto era la única que rondaba por su cabeza.

Ante sus escasas opciones fue al médico, pero no podía abortar sin el permiso de sus padres porque era menor de edad, así que no le quedaba otra cosa que hacer: tendría al bebé. En su casa, al ver el crecimiento de su barriga no tardaron en notarlo, y cuenta que, además de los gritos de su papá, la palabra que más recuerda es Adiós.

Al acudir a personas mayores solo fue juzgada, y en la escuela, que más tarde tuvo que abandonar, le hablaron de lo peligroso que podía ser un embarazo en la adolescencia, pero nadie le dio una posible solución a su problema.

Sin sitio adonde ir, vagó por las calles buscando refugio, haciendo cuanta locura fuera posible para sacar el peso de su interior y no traer un niño al mundo a pasar trabajo. Se drogó varias veces, intentó suicidarse, pero no consiguió eliminar su existencia.

-Quiero dormir, me dijo un día. Dormir para vivir en un sueño y nunca despertar.

Con suerte no durmió para siempre, porque una amiga, al verla pasar un día por su lado, le ofreció ayuda y la llevó a su casa. Cuando le contó lo que pasaba, esta le explicó que existían muchas personas que no podían tener hijos y la remunerarían bien por un niño sano. Ya estaba decidido.

Octubre llegó, y pasó lo que debía pasar. Por el peligro que representaba el parto, le fue practicada una cesárea. Cuando despertó, el niño estaba en los cuneros. Ella no quería verlo. En eso llegó su amiga, hablando de la belleza del chiquitín y de lo bien que le iría con la nueva familia.

Entonces Lan sintió curiosidad: ¿se parecería a ella?, ¿tendría la nariz de su padre?, ¿sería gordo o flaco?, ¿de qué color sería su pelo? Tantas cosas se preguntó en ese momento que pidió trajeran el pequeño a sus brazos por última vez.

Y allí estaba, con una gran cabellera negra sobre su pequeña cabeza, aquella cosita que hasta hace un momento pensaba abandonar y ahora robaba su alma. Los nuevos padres estaban ya en la ventana de la sala de espera. De pronto, como si supiera lo que pasaba, el bebé apretó con su manita el pulgar de su madre y esta sintió que la atrapaba para toda la vida.

-Lo siento, no hay trato. Ahora se cuánto lo quiero, dijo ella con el niño entre brazos. Y volteando hacia la criatura como si esta ya pudiera entenderla, le dijo: Ahora sé cuánto te quiero, Tam Anh*.

*Nombre vietnamita que significa: “No te vayas”.

 

LA VIDA EN MULTIVIRAL

LA VIDA EN MULTIVIRAL

ALAIN MIRA LÓPEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El sonido de la alarma del teléfono me despierta, indica que de no apurarme, no estaré a tiempo en la Facultad y hoy no puedo faltar, pues una colega prometió traerme las canciones de la última producción de Calle 13: “Multiviral”.

Desespero, quedan solo treinta minutos para llegar y aún estoy “Adentro” de mi casa, debo salir rápido, pues la ruta P-2 es inestable, a veces pasa en hora, pero en otras ocasiones no.

El ómnibus se retrasa, me traslado a otra parada y, por suerte, la 174 pasa de forma frecuente, mas, logro subir en ella con el esfuerzo de mil dioses, pues la cantidad de personas que esperaban un autobús era abismal.

Es increíble “El aguante” de los cubanos para mantenernos, al menos, diez minutos apretados como sardinas, soportando un calor sofocante, casi sin poder respirar, y cuando lo haces sientes un olor insoportable de alguien, lo cual te hace pensar que es mejor taparse la nariz.

A la hora de bajar, quienes están en la parada de Bohemia se impacientan por abordar la bestia rodante y no dejan salir a casi nadie, esto pone mi cabeza como una cafetera, pero, en ese momento, oigo la canción que suena en las bocinas de la guagua, “Los idiotas”, por casualidad de Calle 13, y los perdono, pues “todo el mundo tiene un porcentaje de idiotez en su genética”.

Una vez fuera de la 174, “Cuando los pies besan el piso”, una voz interior te dice: “Respira el momento”, y lo haces, disfrutas el aire fresco, más no me detengo, camino dirección a la Facultad, a la búsqueda de Multiviral.

Cada vez estoy más cerca de concluir de forma exitosa la misión, casi no resisto la tentación de sentir cómo la música hace volar mi imaginación “Fuera de la atmósfera del cráneo”, solo la buena música lo consigue, pienso que esta puede lograrlo.

Me siento “Perseguido”, esa sensación inunda mi cuerpo, me volteo y veo una chica con unos “Ojos color sol” muy impresionantes, seguro era del grupo de estudiantes que “Me vieron cruza” la calle, después de salir del ómnibus.

Con algo de pena se acerca y pregunta “si por casualidad tenía en mi poder el último CD de Calle 13” y, aunque no lo poseo, le doy respuesta afirmativa, actué como “Gato que avanza, perro que ladra”, pero, imagínense, debo volver a ver esos ojos, me hacen soñar, “Así de grande son las ideas” de un joven como yo.

Al fin llego al aula, como era de esperarse, mi colega no falló. Velozmente, copio las canciones, al terminar enciendo el reproductor y, al oírlas, siento la magia de la melodía y la letra juntándose en fascinantes acordes. De pronto comienzo a volar en el limbo creado por la música, más, aterrizo, aún tengo una cuenta pendiente.

Con rapidez, salgo y los ojos más bellos jamás vistos se acercan por el pasillo con dirección hacia donde estoy parado; ahora, el apenado soy yo. Le ofrezco un audífono, quiero que se quede conmigo, y lo acepta. Multiviral tiene magia, me parece evidente, está en la vida cotidiana.

 

AÚN VIVO

AÚN VIVO

NGA TRầN THU (NINA),
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuando era niña, vivía una vida intranquila. Los estudiantes en mi aula no me gustaban. Pensaban que yo tenía una vida mejor que ellos porque mi mamá era profesora de Literatura y que ella tenía mucho dinero, pero de verdad no era así. Yo lloré mucho y pensé que un día no podía más.

Poco a poco, mi vida ha cambiado para mejor. Tengo la suerte estudiar en Cuba, una isla bonita. Pude aprender otro idioma y conocer la cultura. Tengo muchos amigos aquí y también vivo con las mejores amigas.

La vida no es como un dulce sueño, siempre es difícil para todo el mundo. Yo tengo problemas en mi aula. Las asignaturas en el segundo semestre son complicadas y no entiendo mucho porque no domino bien el idioma.

Tengo miedo con la profesora. Es bonita y responsable con su trabajo, pero un poco sería. Siempre, ella quiere que los trabajos sean perfectos, pero para mi es un poco difícil porque soy una estudiante extranjera, hay muchas cosas no entiendo mucho.

Pienso que necesito estudiar mucho y trabajar bastante. Tengo una anécdota muy interesante en la asignatura Periodismo Impreso. Escribía una crónica sobre mi vida con muchas cosas, pero mi profesora pensaba que yo no la hice sola porque mi trabajo era perfecto en la redacción y que aún no podía hacerlo por las dificultades que presento con el idioma. Me duele mi corazón y lloré por ese pensamiento. Pude comunicarme con mi mamá por un momento porque estaba triste y solitaria. Aún así, padezco todavía un dolor, una amargura y una soledad extraña. Pero quiero ser una chica valiente.

Ahora, yo estoy haciendo una crónica nueva. Mi corazón palpitaba cada vez más fuerte. Es muy difícil, pero es posible y puedo salir bien para ir a mi país en las vacaciones. Quiero hablar con mi mamá mucho porque ella es como una gran amiga, como mi destino.

Me gusta una frase de Publilius Syrus: “Ningún hombre es feliz si piensa en si mismo”. No es fácil confiar los asuntos del corazón a cualquiera. Yo extraño a mi familia mucho.

¿Puedo cambiar mi destino? Es una tarea larga y necesita tener mucho tiempo. Necesito estudiar bien y el trabajo es como una solución mejor para mi vida.

Ahora, estoy muy feliz y contenta porque tengo amigos, un amor grande, nuevas esperanzas. Quiero lograr muchos progresos. Estoy muy satisfecha con todos mis deseos. Gracias a todas las ayudas de los profesores y los amigos cubanos, estoy mejorando. No sé lo que me deparará en el futuro, pero con voluntad todos pueden cambiar su destino. 

EL NIÑO INVISIBLE

EL NIÑO INVISIBLE

LAYDIS SOLER MILANÉS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana. 

Alfredo tenía la cara roja y no paraba de sudar. Sus ojos estaban fijos en el papel escrito que sostenía con las manos temblorosas, si miraba hacia adelante, tendría que enfrentar a los rostros curiosos de los casi 300 estudiantes de la escuela primaria. Todos ellos permanecían allí, algunos atendían al matutino, otros conversaban disimuladamente.

Él integraba la última fila de alumnos parados en la pequeña plazoleta que servía como escenario para los actos públicos de la institución escolar. Estaba oculto, nadie se fijaría que se encontraba en ese sitio hasta que llegara su turno para hablar. Era uno de los momentos, en que quería volverse invisible.

Una niña rubia de pelo largo comenzó a recitar un poema con buena entonación. Los demás infantes la miraban. Los alumnos conmemoraban el aniversario 117 de la caída en combate de Antonio Maceo. Algunos sostenían carteles con fotos del héroe.

Alfredo esperaba, ya no leía la hoja, estaba pensando en cómo llegó a participar en esa actividad estudiantil a pesar de ser tan tímido. Estaba seguro que cuando le tocara intervenir tartamudearía o se quedaría mudo frente a toda la escuela. No quería arruinar el acto que con tanto amor habían ensayado la maestra y sus compañeros.

Recordaba el día anterior. Aquel martes llegó a la colegio temprano. Conversó con los únicos dos amigos que tenía en el aula. A ellos también les gustaba leer novelas de aventuras.

A la hora del recreo, fue al área deportiva y se sentó en un banco a dibujar tranquilamente. Plasmó en el papel dragones y barcos piratas con la maestría de un niño de diez años. Los alumnos corrían de un lado para otro jugando al fútbol o a la pelota. Hacían mucho ruido, Alfredo interrumpió sus bosquejos y los miró. Parecían alegres, pensó que a él no le interesaban los deportes ni encontraba divertido relacionarse con tantas personas, se preguntó por qué era tan diferente a los demás; como otras veces, se sintió solo.

Una sensación de tristeza lo invadió hasta el final del receso. Cuando entró en el aula, la maestra estaba pidiendo voluntarios para el matutino. La mayoría levantó la mano y él junto con ellos. No quería ser menos, debía participar al igual que los demás. La profesora lo señaló con el dedo, se demoró en mencionar su nombre, a pesar de ser uno de sus mejores alumnos, pues sus notas eran excelentes, le costaba trabajo recordarlo, es que el muchacho hacía muy poco acto de presencia. Luego  lo nombró y le asignó las palabras que diría en el acto.

Ahora estaba allí, de cara al público expectante. Faltaba poco para el momento. Respiró hondo, pensó en Maceo, el héroe al que homenajeaban. Debía seguir su ejemplo y ser valiente, perder un poco esa timidez que le impedía tantas cosas. Alfredo se secó el sudor de la frente con el revés de su mano, ya apenas temblaba. Desde aquella fecha estuvo más seguro de sí mismo. Caminó hacia adelante, alzó la vista, y comenzó a hablar.

PASAJE A LA SENSIBILIDAD

PASAJE A LA SENSIBILIDAD

IRELYS SERRANO ACOSTA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El día apenas comienza y ya el sol calienta las anchas calles de la capital, mientras la multitud inmersa en la rutina se dirige con prisa hacia el trabajo.

Después de tanto andar, llego a la Terminal de Ómnibus de La Habana con el único propósito de comprar un pasaje para Pinar del Río. Pido el último y me incorporo a la extensa cola.

Al cabo de 10 ó 20 minutos, la fila continúa estática. Pasa por mi lado una de las trabajadoras con el rostro angustiado; la reconozco por el uniforme. ¿A dónde irá? Debe tener alguna emergencia para abandonar así el puesto de trabajo. Le deseo suerte y que pueda resolver su problema, porque ante todo debemos ser humanos.

La espera se extiende, el reloj marca las 10:00 am y la gente, debido a la ausencia de techo y asiento, comienza a inquietarse. “¡Pero qué lentitud!”, “¡Esto nada más que se ve en Cuba!”, son algunos de los criterios emitidos.

El sol comienza a arder en mi piel y el sudor corre apresuradamente por la espalda. La misteriosa puerta blanca que se observaba a lo lejos permanece cerrada.

El agotamiento ataca y para combatirlo decido acercarme al mural de información. Ya aburrida de mirar el mismo papel, corre una brisa y mueve una hoja que indica en letras negras: “Se vende pasaje para viernes 15 los miércoles, jueves y en horas tempranas del viernes”.

Al rato, descubrí que en el umbral de la puerta colgaba un cartel que decía: Horario 8:00am-8:00pm. Analizo mis posibilidades: quiero viajar el viernes por la tarde, puedo comprar el boleto el miércoles o el jueves, porque el último día ya se habrá acabado. ¡Perfecto! Sigo leyendo: miércoles abierto y jueves cerrado por fumigación. ¡Ya no es tan perfecto!
El día lanza un bostezo aterrador, quedan unos minutos para la hora de cerrar y faltan delante de mí dos señoras de cabelleras blancas.

Finalmente, el aire frío chocó con mi frente y dije:

-Un pasaje para las 7:30 pm a Pinar.

- No quedan, me contestaron.

-Bueno, para las 8:00 pm, repliqué.

-No, solo hay para las 8:00 am del viernes, escuché.

En ese momento levanté la vista y deseé que aquella voz se compadeciera de mí. De pronto, reconozco el rostro que había visto salir uniformada en horas tempranas de la mañana y más segura aún, le dije: “Es que en la tarde tengo clases y no puedo faltar”.

Como una ráfaga, sin apenas mirarme a la cara, dijo: “Pues vuelve otro día porque el  viernes ya no podrás viajar”.

 

CUANDO VUELA UN ÁNGEL

CUANDO  VUELA UN ÁNGEL

CLAUDIA PÉREZ VILA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Las ropas en maletas y los ojos verdes de su madre empañados por lágrimas que el tiempo borraría, dieron el indicio a una ruptura familiar. Ella, con siete años, escondida debajo de la cama, negó ver la partida del ser que la ayudó a llegar donde estaba y, de alguna manera, está hoy.

Recuerda la despedida de su padre. Un beso caluroso diciendo “adiós, mañana vuelvo a verte”. La noche eterna y el constante insomnio, fueron los más fieles compañeros en ese momento.

Una bicicleta se esfumó en la oscuridad de la noche, y a lo lejos lo veía partir sobre ruedas. Los amigos, la mujer por la que abandonó a su madre y el trabajo, lo estaban alejando cada vez  más de su pequeña hija.

Las calificaciones en la escuela comenzaron a disminuir. Las pocas visitas al hogar y el distanciamiento emocional con su nueva pareja hicieron que el rendimiento académico no estuviera como antes. Los profesores, preocupados, le recomendaron a la madre que buscara ayuda en un especialista.

Disímiles fueron los sicólogos que explicaron el por qué del descenso de peso, la falta de interés por los juguetes y la desmotivación por el piano, instrumento que practicaba entonces. Ellos no tenían otra explicación: necesitaba amor paternal.

Sentada, esperando la clase de Solfeo, pasó un hombre alto, con una bicicleta parecida  a la de aquella noche y supo que no era él, pues no la reconoció. Lo siguió con la mirada recorriendo todo el camino hasta que él volteó la cabeza, hizo un gesto de saludo y continúo su andar. 

En la mañana, al recogerla para ir a la escuela, dijo: “Disculpa, cielo, no te vi, estás convirtiéndote en una mujercita demasiado rápido”. Entonces recordó que el robusto señor de camisa a cuadros del día anterior era su papá.

Sufrimiento maternal y lágrimas escondidas condujeron a la madre a cuestionar su decisión. Le dispuso todo su amor. Luchó como madre y padre, hombre y mujer.

La guerrera del cuento de infancia nunca se fue, el guerrero sí. Las incertidumbres en el interior de una niña que crecía sin el beso de buenas noches o de, “qué tal corazón, cómo amaneciste”, continuaban presentes.

Pocos meses después, la vida empezó a tomar su rumbo nuevamente. Pasó el octavo cumpleaños en compañía de ambos. “Te voy a traer muchos chocolates, muñecas preciosas y una fiesta como la que nunca te han celebrado”, prometía sin cesar. Hoy, en vísperas de su cumpleaños número diecinueve, espera, lejos del hogar, las muñecas, los chocolates, pero sobre todo, el abrazo que reclama a gritos el regreso de su ángel.