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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

MI BARRIO

MI BARRIO

AILÉN RIVERO HERNÁNDEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Mi barrio es mi casa. Siempre que no tengo donde ir, él me está esperando, inmóvil, complaciente, como mi madre.

Cuando no tengo nada que hacer, me siento a observar la vida que se desenvuelve en su escenario, un escenario en el que yo también he sido un personaje toda mi vida.

Ahí están mis amigos de siempre, mi familia, la vecina que es como la abuela que no tengo siempre, mi primer amor, y gran parte de mi vida y de mi misma.

Parece que el tiempo no hubiera pasado cuando me veo en sus calles en fotos de hace cinco o diez anos atrás. El color de las casitas se ha tornado de rosados a amarillos como un camaleón que se pinta del color necesario para cada situación.

Adornadas de helechos las fachadas se han transformado como he crecido yo, tratando de seguir siendo siempre los mismos.

De niña, los chicos jugaban pelota en las calles mientras las chicas observaban cómo los jonrones destrozaban las ventanas de todos. El juego siempre terminaba en castigo para los “bandoleros” y alguna enemistad entre las madres defensoras ante los fatales vecinos afectados.

De adolescente, los chicos observaban entonces desde el punto de reunión de las tardes, la esquina. Como ahora, las chicas jugaban a conquistarlos en un juego más complicado que la pelota, que rompería corazones en vez de ventanas.

Yo también tuve una ventana rota, un corazón roto en la corta vida que he experimentado desde mi barrio. Mi calle es el teatro de gran parte de mis experiencias.

Me da miedo pensar en un día no volver a mi calle otra vez. O en no poder regresar cuando quiera a esconderme en su energía protectora. Quisiera, aunque me pierda, poder regresar siempre, para sentirme a salvo.

El barrio es un pedazo tan íntimo de tu vida, tan personal, que no eres el mismo si hubieras crecido en otro lugar. Mi calle, con sus baches, sus chismes, su música a veces impertinente, es mi lugar seguro, mi  refugio.

EL GUARDIÁN DE LA BAHÍA

EL GUARDIÁN DE LA BAHÍA

EDUARDO PÉREZ OTAÑO,
estudiante de tercer año de Comunicación Social,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Camina el transeúnte por la avenida Malecón. Entran y salen los barcos con sus cargas de siempre, con el mismo andar de cualquier otro día. La Habana despierta, trabaja, se agita y duerme una vez más. Y él ahí: tranquilo, calmado, paciente, vigilante.

Desde su rincón mira a la ciudad de mil historias, de infinitos olores, de incontables realidades. Mira y calla como solo saben hacer los grandes. Aprecia allá todo lo humano e imperfecto de una Habana que se renueva y reconstituye, que se dispone a nuevas cabalgatas.

Y sufre, como todos, los avatares del tiempo, de ese maldito que no da tregua a nadie. El salitre lo inunda como un mal más, el viento, la lluvia y la intemperie no dan tregua. Todo es soportable menos el desconocimiento del transeúnte, del barco, de La Habana.

Solo en un rincón se distrae. No le importan los que pasan una y otra vez y no lo ven. Perdona a quienes lo han olvidado. Todo lo perdona.

Cual guardián de una bahía que es suya, la protege con desmedido placer. Fiel a su legado sigue allí, sin importar la hora o el día, velando, protegiendo, confiando.

Es entonces cuando La Habana, aunque no lo vea, se siente más tranquila. Sus brazos abiertos, su rostro complaciente, sus ojos que ven todo, allí donde se esconda, hacen de esta una ciudad un poco más acompañada. Y el guardián seguirá ahí. Ahora rejuvenecido, remozado, quizás con más compañía, tal vez menos solo.

Esta bahía podrá seguir con él sin importar los tiempos, incluso más allá. Para unos continuará como el guardián que siempre ha sido, para otros se erige como el sublime protector de una ciudad que le agradece, aunque no lo note.

EN LA CIMA DE SER CUBANA

EN LA CIMA DE SER CUBANA

RITA MARÍA CAMBARA CASTILLO, 
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Son las dos de la mañana. Una voz da el de pie a un albergue de treinta y cinco personas. Casi nadie ha dormido. Todos estamos nerviosos porque hoy nos espera una meta que requiere fuerza y valor.

Recogemos nuestros depósitos de agua, las mochilas livianas, mucha comida y chocolates. El grupo agotado se dirige como zombis de un lado hacia el otro. Desayunamos y adentramos a los ómnibus que nos trasladarán hacia el objetivo.

“Llegamos, caballero, que nadie se separe”, decimos todos bajo la leve luz de la luna. Hace un poco de frialdad aquí en  la costa sur oriental y ahora estamos muy lejos de la ciudad del fuego.

El reloj justamente marca las cinco de la mañana. Comenzamos la jornada y como hormiguitas nos seguimos los pasos sin perder el ritmo, alumbrándonos con las escasas luces de una linterna. El suelo está muy rocoso y aún hay un largo camino, mientras la gente se grita entusiasmada y eufórica.

Es mi primera vez. No me puedo imaginar el alrededor, solo siento los olores de la madrugada y la noche ciega cohíbe de disfrutar de un entorno incierto.

Un pie delante, una mano en el bordón, echando ganas y energía sobre el suelo. “¡Kilómetro tres!”. Ya llevamos dos horas en ascenso. “No perdamos la calma, solo faltan ocho para llegar a la cima”. Realmente el numerito me parecía inalcanzable, pero la experiencia merece la pena de ser vivida porque un cubano no puede privarse de respirar el aroma de las nubes del pico más alto de nuestra nación.

Durante la hazaña muchos perdemos los deseos de continuar. Las piernas a veces nos traicionan y resbalamos con miedo a caer hacia un nivel desconocido. Sin embargo, la empatía entre todo el grupo es un motor impulsor para no darnos por vencidos en el camino y demostrar que en equipo todo es posible.

La naturaleza de la Sierra Maestra luce sus más admirables y sorprendentes bellezas. Desde la vista sobre las nubes de un mar desconcertante e infinito admiramos a hermosas aves de la nación como el tocororo y el cartacuba, además, el olor a valle húmedo, aromas exóticos y a suelo fangoso, todo un paraíso a tres kilómetros  de altura.

Diez de la  mañana. Aún cuesta arriba. El pico Cuba nos abre paso con majestuosidad. Desde allí una amiga exclama: “Miren, ese es el Turquino. Ya falta poco”.

Más de cinco horas y “Turquino, ello aquí”.Con muy pocas fuerzas los cuerpos se desploman hacia el suelo. Nos abrazamos y nos besamos. Hemos llegado a lo más alto, estamos en el clímax de Cuba. Estar junto a Martí es encontrarse más allá de los sueños, de la historia y demostrar que la unión vale porque esta es la cima de ser cubana.

UN ABRAZO INFINITO

UN ABRAZO INFINITO

YUNIEL LABACENA ROMERO,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Hay días en que te recuerdo, es cierto, como también es verdad que nunca pude darte un apretón de manos, ni besarte, ni encontrarte al llegar a casa, ni sentir ese calor paterno. No ha hecho falta, como decía la poeta Anne Sexton, “no importa quién fue mi padre. Lo importante es quién recuerdo yo quién fuese”.

Bienaventurado quien ha tenido la fortuna de estar junto a ese ser querido durante toda la vida, y dichoso el que lo tuvo poco tiempo, pero lo disfrutó con intensidad. Doloroso haber crecido sin ese abrigo protector por circunstancias del destino, pero esos también advierten el placer de compartir el homenaje a los padres en su día.

Cuando este junio el almanaque volvió a señalar la fecha del tercer domingo, recordé a todos esos que han demostrado que la paternidad es un regalo divino de la vida que colma las expectativas de cualquier hombre, una satisfacción indescriptible capaz de superar en magnitud a otros éxitos personales o profesionales.

Y aunque las distancias nos separen les puedo asegurar que papá siempre está ahí. Aplaudiendo cada uno de nuestros logros y sufriendo los sinsabores que la existencia nos imponga, como perenne consejero ayudando a discernir entre el bien y el mal.

Abiertos también están sus brazos, y sus ojos sensibles se endurecen cuando se necesita una lección. Ahí está papá como celoso guardián de nuestros pasos, cultivando nuestra inteligencia, mostrando el sendero de un porvenir luminoso y enseñándonos a vivir en el reino de la sinceridad.

Y aunque pudiera aparentar ser severo, tosco…, esa imagen se pierde ante la pureza y dulzura internas. Por ello es en vano la amenaza de “prepárate cuando venga tu papá”.  Él escuchará las quejas con supuesto disgusto, pero recordará su infancia y se dirá: “Es tan inquieto como yo cuando tenía su edad”.

Por eso, papá siempre está ahí a pesar de las diferencias y del tiempo. Gracias por “ese blando consejo, plática amiga, suave regalo, tierno reproche”. Gracias por ser ante todo hombre con corazón, por ser amigo y confidente. Gracias por tu hombro y tus manos firmes, por ese amor en silencio que bien has dado.

 

SANTIAGO: UNA VOZ QUE YA NO ESTÁ

SANTIAGO: UNA VOZ QUE YA NO ESTÁ

GABRIEL GARCÍA GALANO,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Conocí a Santiago Feliú gracias a mi hermano, un estudiante de Medicina y pichón de trovador, quien un día me dijo que debía escuchar a “un tipo genial”, a sabiendas de que yo detestaba la música en español y mucho más la trova…, a no ser que fuese Silvio Rodríguez.

Fui adentrándome en el universo de aquel hombre, del que mis padres no sé porque no tenían una buena opinión, quizás por su porte hippie. Pero bien sabemos que la imagen no hace al hombre y una primera impresión, por mucho que defina, no lo es todo. Así que decidí ponerme a escuchar algunas de sus melodías a ver si de veras era tan conocido como decía la gente, como me insistía mi hermano.

Entonces descubrí que era él quien me despertaba todos los días a las seis y treinta, al inicio de la programación, al compás de Esta mañana  y con el sonido de su armónica acompañado del fantástico bostezo de café. Constaté que era verdad: mientras la gente se arremolinaba por todos lados en sus rutinas y odiaba madrugar, despertaba en la mañana con ganas de seguir.

Me salvó de paso cuando creí que todo estaba perdido o me encontré atolondrado en el vaivén de la Vida y hasta me lo encontré ambientando la decepción de Lázaro Vargas y otros en un documental de Ian Padrón, dedicado al equipo Industriales. Siempre me había gustado aquel Bolero, pero no sabía quien era el autor. Un amor que ya no está…, nunca mejor dicho en aquel momento del deporte capitalino. Quien me lo diría…, seguro que era industrialista.

Con él quise transformarme para ser su Amigo dibujo, solo por intentar experimentar lo que sería ser un caracol y degenerar al mismo tiempo en garabatos o qué se yo. También pedí Alto al fuego tratando de llegarle a los talones a su voz en una tribuna allá en la Lenin en mis tiempos de estudiante preuniversitario. Y todo aquello, confieso, sin tener la más mínima idea de quien era él.

Definitivamente Santiago Feliú había estado a mi vista más de lo que yo pensaba. Tal vez, con su Noticiero, descubrí mi vocación por la carrera de Periodismo, a pesar de que mi trabajo se iba a limitar a hacer que el mundo entrara en casa y despertara a los demás sin una noticia buena, o con todas excelentes. Al final yo sería el único cuerdo, buscándome la paz por dentro.

Entonces regreso a Esta mañana y me entero de que Santi, ¡ay!, La vida te ha abandonado a tus cuarenta y once años. Me dejaste, como a cientos, con las ganas de disfrutar de ti el sábado 15 en la Fábrica de Arte Cubano. Pero no te preocupes, de tu voz continuará floreciendo la canción. Donde quiera que estés me acompañaras como a miles de cubanos, que responderemos a ese pedido que le hiciste a Bárbara de “no me dejes ir”.

Santiago Feliú, sé libre dondequiera que estés y descansa en paz convencido de que tu música no morirá contigo. Ahora es que está empezando tu leyenda. Nos veremos algún día por ahí, al doblar la esquina.

AMAURY EL BÁRBARO

AMAURY EL BÁRBARO

DARÍO ALEJANDRO ALEMÁN CAÑIZARES,
estudiante de primer año de Periodismo,  
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

Siempre he vivido en el mismo vecindario, un mar de hierba verde fusionado con el asfalto de la solitaria avenida y los bloques de aislados edificios. Pero mi barrio es, sobre todo, los vecinos. De entre ellos recuerdo al joven Amaury, todo un personaje de los alrededores cuando yo apenas usaba pañoleta.

Le conocían por “El bárbaro” -un epíteto al estilo del mítico Conan- , sobrenombre que él mismo se inventó y, para reafirmarlo, se lo tatuó en su antebrazo izquierdo. ¿Quién le iba a decir que, diez años después, su gesto se había convertido en moda? Otra de las costumbres que inició fue la de aquel ritmo incipiente que hoy conocemos como reggaetón. Se ganaba  así el título de  innovador.

A Amaury podía considerársele el rey de los alrededores. Los hombres le temían y las muchachas le amaban. Era líder indiscutible en las discusiones de la esquina y, a su vez, el mejor anfitrión a la hora de hacer escandalosas fiestas embriagadas de alcohol. Sinceramente, creo que la historia se equivocó al ensalzar tanto a Atila y a Eric el Rojo para dejar a un lado a mi vecino, de quien todos aseguraban que era “un salvaje”.

El apelativo más sorprendente era “el animal”. En mi mente de niño jamás pude entender a ciencia cierta qué significaba aquello. Tuve que madurar para comprender bien esas expresiones populares, pero por el momento, solo pude interpretar que Amaury tenía genes equinos, porque de vez en cuando gritaba en los bajos de edificio: “¡Yo soy el Caballo!”

Un día dejó de sonar el reggaetón de madrugada y todos se extrañaron. La figura del vecindario había desaparecido. Recuerdo los comentarios de la gente, quienes se alegraban de no tener que soportar la bulla de aquellas fiestas, ni aguantar la prepotencia del muchacho. Según comentarios, una discoteca fue el escenario donde, defendiendo su areté de bárbaro, dejó gravemente herido a otro “salvaje” como él con la navaja que siempre llevaba en los bolsillos. La prisión pasó entonces a ser su nuevo hogar.

Recuerdo a Amaury, aunque en verdad son las anécdotas de quienes le conocieron bien las que lo mantienen vigente en mi memoria. Durante un tiempo se ausentó de las lenguas de la gente, hasta que llegó la noticia de su salida en libertad. Aquello revivió de nuevo el tema, como si le hubieran apresado una semana antes. Los vecinos especulaban: “¿Estará más delgado o más fuerte? ¿Cuántos tatuajes más tendrá? ¿Se acordará de mí, su amigo? ¿Volverá a hacer sus populares fiestas?”

El mito de ese personaje volvió a la imaginería popular de los edificios del barrio. A mí, lo que me gustaría saber es qué dirá Amaury cuando vea a su reggaetón amenazando en convertirse en el ritmo nacional, que nadie puede vivir sin sus escandalosas fiestas, el surgimiento de otros “bárbaros” en la zona y que la violencia es objeto de culto. De seguro se asombrará cuando le reciban, no como un salvaje, sino como un héroe.

CRÓNICA DE UN PRIMER AMOR

CRÓNICA DE UN PRIMER AMOR

LEANNY VISTEL PÉREZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de comunicación,
Universidad de La Habana.

No recuerdo bien cuándo llegó a mi vida, solo sé que mi madre lo trajo un día  a casa y  lo presentó. Quizás suene trillado y algo cursi, pero fue amor a primera vista. Algo en él me atrajo, tal vez sus enormes ojeras, guardianas de un pasado triste del que nunca ha querido hablar. A lo mejor, fueron sus ojos amarillos y pequeños, similares a los de un animal nocturno de la oscuridad, o tal vez  su mirada de cachorro indefenso.

El día en que me declaró su amor había regresado de la escuela un poco triste. Estaba en la sala, sentado en una silla, con una enorme sonrisa. Pasé sin saludarlo. Me detuvo. Tomando mi brazo,  preguntó: -¿Qué te pasa? Colérica, le contesté que todos tenían un amor, y yo estaba sola, sin nadie que me  quisiera, y por eso se burlaban de mí. Me miró sin entender nada. Entonces, le conté que había tenido un amor hace mucho tiempo, pero que había muerto. Se levantó de la silla, sonrió, y acariciando mis mejillas, dijo las palabras que cambiarían mi vida: “Yo seré tu amor por siempre”. Desde aquel día, nunca más volví a llamarlo por su nombre.

A partir de ahí comenzó nuestra gran aventura. Junto a él, conocí el maravilloso mundo de la lectura cuando depositó en mis manos, un libro que cambió mi  personalidad: Corazón. Comprendí el valor de la amistad y aprendí la fórmula para cultivarla. Bautizó mi periodo menstrual como la niña terremoto, por sus devastadoras apariciones mensuales. Me enseñó que ser pobre no es un delito, sino una bendición porque nos libra de las miserias humanas. Gracias a él, me enamoré de las voces de Gilberto Santa Rosa,  Polo Montañés y la deliciosa música de los 80, con la que -confieso- le soy eternamente infiel.

No obstante, nuestra historia de amor no ha sido un cuento de hadas. No hemos tenido exactamente una relación de rosas y claveles. Hace cuatro años nos divorciamos y comenzaron a separarnos más y más kilómetros, hasta volverse casi 900.

Tampoco sus amistades me han simpatizado mucho, sobre todo Nicotina, siempre acompañándolo, sujetando su mano cual si fuese una novia adolescente. La verdad, sentía celos, creía que robaba su cariño e, incluso, que la amaba más que a mí. Cuántas veces le reclamé por ella, y él solo sonreía, sin hacer el mínimo caso.

Pero yo, siempre ahí, cuidando de nuestro amor, igual a las doncellas de historias legendarias, las que esperan al héroe hasta el final,  las que lo perdonan todo.

Ahora estoy un poco preocupada, ya han dicho varios amigos que anda engañándome con una tal Cáncer, de apellido Pulmonar. He notado varias señales: apenas llama, no mira como antes, ni siquiera intenta estar conmigo, solo se dedica a ella, su nueva amante. Sé que voy a perderlo. Esta vez no hay vuelta atrás. Aunque nos une el cariño inmenso que hemos sembrado y cosechado tantos años y no lo biológico, puedo decir que no le temo al futuro, más que perder ese primer  amor, temo perder a mi padre. 

 

UN RECUERDO QUE SIEMPRE TRAIGO

UN RECUERDO QUE SIEMPRE TRAIGO

OANH DINH VAN (OANY),
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Para casi todos los adolescentes, los quince años es una edad muy problemática, la separación del primer novio, discordia con los amigos, dificultades en la escuela...

Yo también, en ese tiempo, tuve situaciones complicadas para una jovencita, me acechó la mala suerte. En desesperación, fui a pedirle algún consejo a mi querido papá, esperé que él pudiera hacerlo. Como siempre, lo encontré ocupado con su trabajo, pero, al oír mi suplica, dejó todo para escucharme.

Cuando terminé, su frente se arrugó, pero no dijo nada. Me llevó a la cocina, sacó del refrigerador una zanahoria, un huevo, un poquito de café y puso a calentar tres cazuelas con agua, cuando esta hirvió, colocó cada ingrediente en una distinta.

Me sentí muy impaciente, no entendí lo que pasaba en ese momento. La tristeza inundó mi cuerpo, “¿por qué cocina con tanta calma?”, pregunté para mis adentros. Al parecer,  leyó mi pensamiento y para tranquilizarme, dijo: “No te preocupes, todo tiene su forma de resolverse, cuando termine, verás cómo aprendes una nueva lección para la vida.”

Al cabo de media hora, sirvió los tres preparados en platos diferentes y dibujó su pensamiento con estas palabras: “Los ingredientes pasan por iguales desgracias, sin embargo, cada cual tiene un reacción distinta. Coge una cuchara y pruébalos por separado y enseguida te darás cuenta de ello.”

Primero, cogí una rodaja de zanahoria. “Está muy blanda…”, respondí. Después, pelé el huevo y tomé un poquito de café: “Huele muy bien. ¿Qué significa esto papá?”, pregunté confundida.

“Ellos pasan por la misma circunstancia, agua a 100 grados de temperatura. Después de enfrentarla, ¿cómo cambiaron? Sencillo, la zanahoria era muy dura, después del proceso, ya no estaba como antes. El huevo, cuando no ha hervido, es frágil, pero luego, el líquido en su interior se vuelve más resistente, incluso, sin el cascarón, mantiene la forma. El café, como por arte de magia, se convierte en una fragancia deliciosa y al tomarlo es muy sabroso, ¿verdad?”

“La zanahoria, en apariencia, tiene mucha vitalidad, pero solo con poquito dolor, se queda sin energías. Si fueras un huevo, empezarías con un corazón precario, sin embargo, después de una separación o de perder el empleo, tratarías de levantarte y eso te vuelve más fuerte… ¿Y el café? Este grano no logra su más rico sabor si no lo pones en agua caliente.”

“La vida también es así, niñita mía, cuando lo más terrible pasa, es el momento de crecerse. Entonces, ¿qué camino escoges, entre los tres, para salir de los apuros?”

Ahora, estudio fuera de mi país, muy lejos de la familia donde crecí. Diariamente, uso un idioma muy distinto al mío. A veces, tengo dificultades muy difíciles de rebasar, pero cuando más paralizada estoy, recuerdo la lección de mi padre. Es muy útil, me demuestra que solo los obstáculos impuestos por la vida, nos hacen madurar y volvernos más fuertes.