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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

CAMINANDO POR JESÚS DEL MONTE

CAMINANDO POR JESÚS DEL MONTE

KARLA CASTILLO MORÉ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Si las arterias son las encargadas de llevar la sangre oxigenada al corazón, ¿qué lleva hoy la arteria Diez de Octubre al corazón de La Habana? Pues nada sano, solo suciedad y tristeza. ¡Cuánta belleza, creatividad y laboriosidad del pueblo habanero ha desaparecido por el paso del tiempo, el abandono y el descuido!

Un habanero de principios del siglo XX, que conoció esta avenida en todo su esplendor, si caminara hoy día por ella no la reconocería. Los lugares emblemáticos han desaparecido y los que no, están en ruina o han cambiado su función.

En un recorrido hipotético desde Agua Dulce hasta La Palma encontramos el primer punto emblemático: el cine Florida, ya en ruinas. Caminando por aceras dañadas y portales en peligro de derrumbe damos con la esquina de Toyo, marcada hoy, más que por su popular prestigio por la panadería que aunque todavía existe solo es una sombra de su pasado, por un portal apuntalado en precario equilibrio.

Llevaría miles de páginas seguir por esta ruta y describir todo lo bello y funcional que en su momento fueron lugares que han desaparecido como los cines Apolo, La Palma y Tosca, la tapicería Capri, bazares, tiendas, el Gran Cinema, el copelita de la Víbora, sastrerías, zapaterías y otros muchos talleres familiares.

La tradición e historia de esta avenida es conocida por personas que ven con añoranza su antiguo esplendor. No es Diez de Octubre la calle donde realizaban la venta de muchos productos comestibles, ahora en extinción, tampoco se percibe en ella el aroma del pan o el café recién tostado. Solo es ya una calle que vive en la sombras del ayer.

 

EL MEJOR HOMBRE DEL MUNDO

EL MEJOR HOMBRE DEL MUNDO

MARIANA BRUGUERAS MÁS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
 

Parece mentira que a punto de cumplir 19 años esté pensando en querer huir del tiempo implacable, o volverlo atrás y empezar por el principio. Ese tiempo que en casi dos décadas cuenta tantas anécdotas comentadas en fiestas entre amigos y familiares. El que guarda uno de los recuerdos más bellos e imborrables de mi vida. El del beso, la caricia y protección cálida. El inalcanzable abrazo y sonrisa. El de sus gestos, que solo vuelve a mí a través de fotografías.

Fue el único abuelo que conocí y lo idolatraba. Era normal, de esos que se babean por sus nietos y hacen cualquier tipo de caras graciosas o favores inesperados. Gordito, de bigote, espejuelos grandes y no muy alto que digamos; era una copia más vieja y perfecta de mi papá. Solía ser muy carismático y natural. Podía ver los campeonatos de boxeo desde Francia o acostado en el piso de su casa. Fue, para mí, el ideal.

Cuando murió, entre lágrimas y sollozos, mi mamá me dijo algo que no he olvidado hasta hoy: uno debe evocar los momentos felices de la vida de aquel que ama y no está. Jamás podré eliminar la imagen de ese día. A veces aparecen flashazos claros, nítidos como pintura fresca. Trato de no dejarme vencer por las lágrimas tantas veces escapadas y cuando pienso en él, intento hacerlo como siempre lo sentí: alegre y cariñoso.

Jugaba conmigo a las princesas y los disfraces si hacía falta, me acurrucaba cada fin de semana cuando lo acompañaba en su casa y contaba las mejores historias para dormir. Miraba a través de mis ojos y era capaz de virar el mundo al revés para consentirme. Todavía me veo en su sala –quizás llegaba a ser más alta que su rodilla-- y  lo imagino llamándome “Ricitos de Oro”. Claro que estoy bastante segura de que la del cuento de los osos no era ni la mitad de “maldita” de lo que yo con cinco años.

Con su graciosa pachanguita de playa para no quemarse la cabeza, su andar particular al estilo de un futbolista retirado y su extraña forma de mover los largos dedos de las manos, fue el mejor abuelo que se pudiera pedir. No supe todo lo que le gustaba hacer, a dónde solía ir o su deporte favorito. El recuerdo de su olor y voz me faltan. Pero reconozco que consiguió formar una familia preciosa, de fuertes convicciones y amor para repartir. Que su felicidad más grande fue esa.

Prefiero quedarme con la idea perfecta de que así son los abuelos. Pueden convertirse en superhéroes de la noche a la mañana, ir con escudo y lanza hasta el infinito y más allá, con tal de complacer cualquier tipo de petición. O quizás transformarse en maestros de la Enseñanza Superior del Alma, impartiendo lecciones de vida para el futuro. A veces también en la manta de dulce hablar y ternura melódica. Son como ángeles protectores que transitan y comparten nuestros días, posiblemente los más felices, para alegrar la estancia de sus pequeños en este planeta.

COMPLEJO DE PETER PAN

COMPLEJO DE PETER PAN

ALEJANDRA ANGULO ALONSO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Rompían las siete de la mañana y mientras algunos salían a abrazar su día, yo terminaba mi noche. Con el maquillaje corrido, el cabello despeinado, la ropa incómoda y los tacones homicidas en una mano, arribaba a casa.

Esa noche cerramos capítulo. La tan esperada fiesta de graduación llegó y partió con el mismo impulso. Ahora, la vida florecería diferente. Separados, ya no seríamos los mismos. 

Para cuando mis amigos y yo cumplimos 18 años, habíamos vivido a toda prisa, al menos eso pensaba en aquel momento. A nuestro grupo, unido desde la niñez en parrandas y descalabros, le parecía imposible el hecho de que, terminada la graduación, tomaríamos disímiles caminos. 

Cansados de ejercitar el musculo gris en los exámenes, arribamos temprano al lugar de siempre. Si las paredes de la casa de Leila hablaran, contarían la primera vez que nos maquillamos, el primer beso, el primer trago y muchas otras primeras veces.

La celebración arrancó usual. Música a todo volumen, ron sobre la mesa y el familiar ruido de las bolas de billar. Para nosotros, noche calada de juerga, sin embargo, la nostalgia rasgó el ambiente.

La fiesta cayó en una especie de letargo posanestésico y por más que tratamos de ignorar el hecho inmediato de nuestra separación, la realidad nos chocó en las narices.

Entrada la madrugada, la certeza insoportable de que la Universidad puede separar a amigos sempiternos, nos rompió el corazón. Y no sé si fue la pasadera de tragos o el efecto traidor de la  melancolía, lo que nos condujo a cerrar un pacto para el resto de nuestras vidas.

Aquella muchachada que venía junta desde la pañoleta azul, decidió llevar a las palabras lo que hace tantos años sabía que era una verdad irrevocable: no cederíamos al divorcio.

Esa tibia quimera recuperó el natural optimismo de todas nuestras fiestas, sin empañarlo con el fantasma del tiempo. Luego, poco a poco, se fue aquietando aquel dolor interior y asistimos serenamente a la extinción de esos pueriles arranques.

Aquella celebración pasó de gris a rosado y detuvimos el lloriqueo porque el futuro es innegable y, por más que quisiéramos, no se puede  seguir viviendo con complejo de Peter Pan.

POR SUERTE, BEETHOVEN ERA SORDO

POR SUERTE, BEETHOVEN ERA SORDO

YAIMA MALAGÓN FRANCHI-ALFARO.
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¡Por Dios con esta bulla no puedo escribir!

Resido en el apartamento 13 de la beca ubicada en F y Tercera, Vedado, pero en el edificio de al lado, vive un muchacho baterista, quien escoge las horas más inoportunas para ensayar.

Hace un tiempo me encontraba a medio camino en un comentario que escribía, cuando el irresistible sonido del vecino truncó mis ideas como a una pirámide al hacerle un corte geométrico.

“El niño tiene que estudiar, vive de eso”, me dijo su madre.

“Mire usted, yo viviré de escribir y no vengo, ahora que soy estudiante, a sentarme con la laptop a la sala de su casa. Dígale a su hijo, por favor, que no vaya con la batería a la mía”, le respondí.

Me molesté con el joven baterista porque no es posible que él se convierta en un mal augurio de los estudiantes de Periodismo, dificultando la realización de buenos trabajos que salen de intensas madrugadas desde cada uno de los dormitorios.

A raíz de esto, me pregunto cuántas sinfonías hubiera dejado de componer Beethoven si no hubiera sido sordo. Al menos en mi edificio, es preferible serlo. No obstante, el ruido de cada noche, siempre alrededor de las 11:30 pm resulta el infortunio en la cena de conocimientos de un futuro periodista, hora en la cual los ángeles prácticamente comienzan a dictarme, o mejor dicho, a gritarme frase a frase para escribir los artículos.

Ya han transcurrido varios meses desde aquel incidente y al parecer el ruido de “al lado” a diezmado un poco, pero no pasa aún inadvertido. Sólo tengo deseos de escuchar en las horas de desvelo y redacción, el silbido del viento y esas cosas de las que hablaban los escritores antes de que se inventaran los vecinos escandalosos y los edificios de microbrigadas con sus finísimas paredes.

Probablemente, tampoco alguien pueda leer lo que dejo sobre estas líneas, porque algún ruidoso ha hecho que pierda la concentración… por suerte y con sinceridad, Beethoven era sordo.

LA ESTRELLA QUE NO PUDE ALCANZAR

LA ESTRELLA QUE NO PUDE ALCANZAR

LAURA MERCEDES GIRALDEZ COLLERA, 
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,  
Universidad de La Habana.  

Las leyendas cuentan que las estrellas son las almas de las personas que murieron. Mi abuela dice que para quienes vivimos, existe en cada una de ellas un ángel guardián. Por ello, cuando deseo algo con todo el corazón, miro al cielo esperando el socorro de mi espíritu celeste.

A los seis años, pedí tener un hermano varón como mi vecino Adrián y bañarme en alguna piscina. Un día cualquiera de julio de 2002, el sol anunció su tardía aparición cuando ya tenía planes de ir al Centro Recreativo Villa Guamá con mi papá y sus compañeros de trabajo.

Al despertarme vi a todos en el baño. La casa siempre fue un sitio de hormigas locas, en aquella ocasión, mi mamá era la reina del hormiguero…

Escuché, mientras me estaba vistiendo, que mis padres visitaban al doctor de mami desde hacía nueve meses. ¡El nuevo miembro de la familia quería nacer!
Ya en la villa todos trataron de complacerme, Raidel, amigo de papi, comenzó las gestiones para que su hija y yo nos bañáramos en la piscina.

Mientras tanto, recorrí el lugar. No recuerdo mucho el paisaje, pero imágenes de la hierba fresca y el olor a tierra mojada, aún permanecen en mí. Desde la distancia mi mente todavía dibuja el pequeño techo cubriendo el espacio que sin paredes nos sirvió primero de estancia y luego como resguardo ante la tormenta que sobrevino.

El día nació sin ganas, como quién sabe fatal su llegada. La lluvia arremetió con fuerza contra la visita. Todavía con nubes grises en lo alto salimos hacia los columpios en forma de barco o avión. Creía darle la vuelta al mundo, estiré la mano para alcanzar una nueva estrella que brillaba en el cielo, pero fue inútil.

El regreso a casa de abuela fue silencioso. Raidel no consiguió el ansiado permiso, pero lo reconfortante fue que todavía faltaba un sueño por cumplir.

Tía Agnerys asumió la tarea de recogerme; durante el trayecto me explicó cómo había trascurrido el día para el resto de la familia. Supe entonces quién era el lucero que horas atrás intenté alcanzar y no pude.

En ese instante me pregunté: ¿Cómo querer a alguien que no tuvo la oportunidad de aferrarse a la vida? ¿Cómo llevar en mi mente el recuerdo de unas manecitas que no me pudieron abrazar, de los ojitos que nunca me vieron, de las mejillas que no besé, de la dicha negada por el destino de escuchar “Tata” de sus labios?

UNA MISIÓN CASI IMPOSIBLE

UNA MISIÓN CASI IMPOSIBLE

LÁZARA THALÍA FUENTES PUEBLA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Uno de los mayores sueños de una joven provinciana como yo es ir a La Habana. Este anhelo se cumplió cuando supe que iba a estudiar Periodismo.

Conocer la Facultad de Comuni9cación de la Universidad de La Habana fue una experiencia inolvidable, pero nada comparada con la llegada a la residencia “Lázaro Cuevas”, cita en F y 3ra.

“Nunca juzgues un libro por su carátula”, me aconsejaba mami de pequeña, y no se equivocaba.  Así sucedió con la beca. Mi vista se perdió al contar todos los pisos del edificio, costumbre que tenemos los “guajiros” cuando llegamos a la capital. ¡Qué más podría desear. ¡Tenía una casa gratis en el Vedado, por cinco años y con vista al mar.

Cuando dijeron que me tocaba el piso 15, la angustia se apoderó de mí. ¿Y si se rompe el elevador o se me cae algo por el balcón?, pensé. Los ánimos crecieron al saber que la compañera de cuarto era Laura, una antigua conocida del preuniversitario.

Las puertas del elevador se abrieron y la realidad cambió. El pasillo que comunicaba a los dos apartamentos estaba sucio, las paredes necesitadas de pintura y el cuarto cerrado. Coloqué mis pertenencias en la sala. El piso fue mi asiento durante las dos horas siguientes. Una sábana y las maletas fueron mi única compañía.

Nunca me había sentido tan sola hasta que Laura llegó. Su reacción fue parecida a la mía, ambas nos miramos y coincidimos: ¡A empezar este nuevo camino!

Después de tanta espera, llegó otra de las compañeras de cuarto con la llave de mi habitación. Cuando abrimos la puerta nos recibieron algunas “amigas cucarachas” y algo de suciedad. Con un palo como arma y una  escoba, luchamos contra aquella realidad. Costó esfuerzo y noches de desvelo, pero logramos transformar el lugar, al principio casi inhabitable, nuestro nuevo hogar.

Las decepciones se convirtieron en alegrías. La soledad fue despojada por los amigos;  las carcajadas vencieron a las lágrimas y, día a día, la beca fue convirtiéndose en la casa grande de decenas de jóvenes revoltosos.

Dicen que las experiencias y los momentos difíciles te hacen fuerte,   que después de la tormenta siempre aparecen las estrellas, pero estoy segura de que la beca más que un obstáculo, es una permanente escuela.

COLA EN LOS TIEMPOS DE PAPAS

COLA EN LOS TIEMPOS DE PAPAS

DANIELA OLIVA VALDÉS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Ese día todos se apresuraron para ser los primeros en alcanzar al ansiado tubérculo, esperado por tantos meses como lluvia en el desierto. Tiempo antes, cuando corrían los rumores de su regreso a las tarimas, ya entre la familia se fabulaban las posibles recetas. La llegada de la “santa papa” lograba agrupar más personas que una convocatoria de…

No faltaba nadie del núcleo familiar. Algunos llevaron hasta a la mascota para coger 20 libritas más. Tantos años de experiencia haciendo colas, que deberían ser meritorios de un título de “Licenciados en Paciencia” con “Postgrado en Coladera”, no sirvieron de nada cuando la “enardecida” muchedumbre avizoró el “trineo de Santa Claus” con la anhelada vianda.

Algunos ancianos empezaron a sacar los bastones, alegando en su defensa todo tipo de dolencias que le impedían hacer la cola. “Que muchacho más maleducado. Deberías respetar a los viejos, yo podría ser tu abuela. La verdad es que la juventud está perdida”, dijo acompañada de una larga lista de improperios, una octogenaria señora ante la queja de un chico por su atrevido “cuele”. La longeva pretendía persuadir a toda la fila que ese era su lugar.

Entonces todas las personas que estoicamente habían esperado su turno por horas bajo el sol que se empeñaba en derretirlos, comenzaron a acalorarse. Por suerte, la historia no acabó como la “fiesta del Guatao”. Una joven, de esas que la señora tanto criticaba, le cedió el turno con tal de acabar con el altercado en el agro.

Ciertas personas mayores creen haber ganado el derecho a ser groseros y descorteses por el simple hecho de ser más viejos. Igualmente, no hay que generalizar ni tachar de maleducados a todos los jóvenes por actitudes de algunos de ellos que sí carecen de cortesía.

“La juventudestá perdida” dicen algunos de nuestros ancianos, sin percatarse que no se trata de la edad, sino de los valores y la instrucción que se adquiere desde pequeños, independiente de la generación a la que pertenezcan. No es cuestión de juventud sino de educación. Bueno, pero eso es filosofía aparte. Lo importante es que la ansiada papa finalmente llegó a la mesa de los capitalinos. Ahora habrá que ver cuánto nos dura el alegrón.

AQUELLA PRIMERA VEZ

AQUELLA PRIMERA VEZ

NÁYARE MENOYO FLORIÁN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad e La Habana.

Casi muero cuando me dijeron que iba hacer las prácticas pre laborales en el periódico Trabajadores. Mi sueño era iniciarme en Granma. Pensaba trabajar con Rolando Pérez Betancourt, mi ídolo en el periodismo cultural, en el diario de mayor tirada y el órgano oficial del Comité Central del Partido. Todos podrían leerme. ¡Qué oportunidad! Pero, llegó el profesor Jesús y dijo que mi ubicación era en Trabajadores. Por poco lo encomiendo al santo, pero ¡qué remedio!, había que resignarse.

Comenzó la pasión. En reunión con los principales directivos del órgano nos dio una calurosa bienvenida un equipo de trabajo realmente maravilloso. Nos distribuyeron por departamentos; yo, por supuesto, fui para Cultura, con mi amiga Milene.

Hicimos nuestra primera cobertura. Ese día, pedimos un fotógrafo y el carro de la redacción. Me sentía cerquitica del Pulitzer. Eran mis minutos de fama. Voy a ser importante, todos van a querer parecerse a mí, y otras tontadas que a veces, solo a veces, una se cree.

No hubo tal transporte, Mile y yo cogimos el autobús mágico, el P-5, que luego de alrededor de una hora en la parada, bajo una llovizna incómoda, paró una cuadra antes y, ¡al abordaje! Para mayor fatalidad habían cambiado la ruta de la guagua y nos quedamos a 20 cuadras del Museo de Bellas Artes, donde era la cobertura: la presentación de un documental dedicado a la vida y obra del pintor Mario García Portela. Llegamos tarde. No conocíamos ni la cara del artista, hasta lo confundimos con un extranjero que estaba en la sala. Sin embargo, redactamos la nota y, según nuestro tutor, merecía cinco puntos.

Fueron pasando los días, algunos mejores, otros peores, lugares de películas, otros no tanto, gente amable y no amable. Chocamos entonces con el mayor problema: Trabajadores es un semanario, y resultaba muy difícil publicar en la edición impresa.

Se me ocurrió una idea: hacer una colaboración para Deportes. Siempre dije que no iba a pasar cinco años en la Universidad para caerle atrás a un grupo de gente sudada a quienes haces una pregunta y responden cualquier cosa. Mas ahí estaba yo, escribiendo un domingo sobre judo. Pero publiqué y mi nombre salió al otro día en un órgano de prensa de circulación nacional.

Fueron 21 días de aprendizaje, mucho Facebook, arroz con pollo frito, caras de telenovelas, pan con pasta y un trato excepcional.

Estuvimos todos tristes cuando el tiempo acabó. No hubo lágrimas, hubiese sido como un adiós, pero no lo fue. En ese instante tuve la certeza de que cuando seamos periodistas, esta será una anécdota nostálgica de aquella inolvidable primera vez. Por eso brindamos por los buenos momentos de la etapa de inserción, o prácticas laborales como le llamamos, por lo aprendido, por las amistades nuevas y la gente conocida. Brindamos por nuestro futuro profesional y por el mundo que tenemos por delante. Brindamos sencillamente por el porvenir.