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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

LA FOTO DE UN “LOCO”

LA FOTO DE UN “LOCO”

Texto y foto:

ALEJANDRO BENÍTEZ GUERRA,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

El encuentro ocurrió un sábado del diciembre pasado. Decidí descansar un momento en uno de los bancos del Parque de la Fraternidad. 

Mientras revisaba unas fotos tomadas recientemente, me sorprendió una voz extraña, al parecer, dirigida a mí, que sonaba como de alguien con algo en la boca. 

Al levantar la mirada me encontré frente a un singular individuo vestido despreocupadamente con una camisa blanca, pantalón claro, botas de trabajo, sombrero de yarey y sonrisa sincera plagada de espacios, de la que sobresalía un tabaco apagado que jugueteaba en la barba. Su aspecto general era el de un mendigo o un loco, pero el semblante irradiaba tanta sencillez, que uno se olvidaba del resto y solo veía a un niño que pedía que le dibujaran una oveja.

-¿Disculpe?

-Tómame una foto, dijo mirando a la cámara que tenía en las manos, y se quedó inmóvil.

No sé por qué, le obedecí. Levanté la cámara y sin apuntar mucho apreté el disparador.

 -Otra, ordenó, y repetí la operación.

Me puse en pie y le enseñé la última fotografía. Él asintió en señal  de aprobación. Quiso decirme su nombre, pero sus palabras tropezaron con el tabaco que colgaba de los labios, y no pude oírlas.

-Yo canto y bailo para los extranjeros en el Capitolio, y les cobro por  las fotos. Esa te la doy gratis.

Me dio una apretón de sus manos callosas, y sin esperar respuesta  hizo la vuelta y se fue caminando (o bailando, no sabría decir bien) rumbo al Capitolio, arrancando alguna que otra sonrisa a los que  pasaban por su lado.

“Él está loco”, le oí decir a una mujer cerca de mí. Le  faltó agregar: “Ojalá y todos los locos fueran así”.

Terminado mi descanso, me dispuse a caminar hacia la parada del P11, en la acera del frente al Capitolio Nacional. Al otro lado de la calle vi a mi ¿loco? desconocido, posando para una pareja de piel muy blanca, desconocedora del sol tropical.

Pensé en cruzar y saludarlo, pero al momento desistí. No debía molestarlo en su trabajo, ya bastante había hecho con darme su fotografía, ¡y gratis!

Pie de foto: La foto de un “loco”, y gratis.

DESDE EL OTRO LADO

DESDE EL OTRO LADO

LAURA ALONSO HERNÁNDEZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

La primera vez que llegué a la Facultad de Comunicación fue por las puertas abiertas en la Universidad. Todavía no la habían construido por completo, la parte de atrás estaba cerrada y nada más entré al lobby, me hice la idea de que estaba en un policlínico. Pero, como a todos allí, no me importó mucho el estado del lugar, solo quería escuchar los requisitos de la carrera a la que quería entrar. 

Ahora, como estudiante de primer año de Periodismo, espero al término de la conferencia del profesor Garcés junto con todo el equipo de la FEU, mientras perfilamos los últimos detalles de la gran feria de exposición de carreras, que dará la bienvenida a las interrogantes y ansiedades de cada alumno de preuniversitario.

Todos nos encontrábamos felices, corriendo de un lado a otro, buscando maneras de atraerlos. Comunicación Social en un gran papelógrafo preguntaba cuáles eran sus marcas comerciales favoritas, Ciencias de la Información adornó su stand con un lumínico y Periodismo lanzó un concurso en el que, después de explicarles, escribieran un lead y el mejor recibiría un premio.

Pero lo más importante eran las preguntas que nos hacían:

-¿Cómo son las pruebas de aptitud?

-¿Hace falta una guía?

-¿Cuántas asignaturas tiene la carrera?

-¿De verdad te gusta?

Era un cuestionario que, a pesar de haber sido tan repetido, no te cansabas de responder. Siempre estabas a la espera de que se te acercara un estudiante de nivel medio con los ojos llenos de esperanza, para verte responder con efusividad. Lo mismo llegaban en grupos que solos, te invadían en interrogantes y esperabas a que terminaran para hablar una sola vez.

Por un momento te das cuenta: –“Ese soy yo, hace un año nada más”. La misma admiración y el mismo recelo hacia la persona que ya está encaminada en los estudios de la profesión que un día deseas ejercer.

Sin embargo, la pregunta más difícil de responder vino de una madre que no podía esperar que su hijo llegara a la casa para contarle cómo le había ido.

-¿De verdad crees que vale la pena?

Mi respuesta no pudo ser otra: “Estoy nada más en la primera parada de un camino largo y aún no sé lo que me depara el futuro, pero, sí le puedo responder algo que ya habrá escuchado, todos los días disfruto de la vida universitaria al máximo y todos los días me enamoro un poco más de la carrera que escogí”.

DIME CUÁNTO VENDES Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

DIME CUÁNTO VENDES Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

DENISSE MACHADO TABOADA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La atención al cliente está en falta, casi tanto como las jabitas en las tiendas y las muestras en las perfumerías. La repetición de las malas experiencias nos ha hecho desarrollar una mentalidad de víctima, donde el victimario es la indolencia de los trabajadores del sector del comercio.

Como el sábado es el día de la semana perfecto para salir a buscar la comida y los productos del hogar que son necesarios, me dispuse, con zapatos cómodos y el dinero que pude reunir en el bolsillo, a  salir a caminar La Habana.

Primero fui a La Cibeles, cerca de N y 25, porque había escuchado que allí sacaron papel sanitario. Al llegar, me acerqué a la cajera, quien conversaba con otro dependiente, para preguntarle por ese producto.  No dio señales de que me hubiera escuchado. Luego del plazo prudencial para incitar una respuesta, le repetí mi interrogante. Ella, mirando a través de mí como si no me viera, negó con la cabeza.

-¿Está segura? ¿Ni siquiera el mexicano?, insistí.

-Mira mami, si quieres papel vas a tener que ir a buscarlo a México, me respondió irritada.

Acto seguido se ladeó nuevamente hacia su interlocutor, dándome la espalda. Molesta por su actitud, pero víctima de la necesidad, decidí de todas formas comprar algunas cosas para no perder el viaje.

Un rato después, sorteando vendedores de pasteles y cremitas de leche, intenté entrar en la ferretería del Focsa, pero uno de los  dependientes me detuvo y me indicó que no podía pasar con mis bultos.

Me sentí confundida por las medidas de seguridad, innecesarias en un lugar donde tres dependientes cuidan un espacio de cuatro por cuatro metros cuadrados, especialmente cuando todos los productos están amarrados a los estantes por una brida, sin contar con la bañadera o los juegos de piezas de baño que adornaban el piso.

Fui en busca del guardabolsos preguntándome si realmente los que establecen las reglas pensaban que alguien podía llevarse el lavamanos o la taza del inodoro en una jaba. Una vez allí, una señora me explicó que no se hacían responsables de ningún objeto de valor, dinero, joyas, documentos, tabletas, memorias y teléfonos, nada electrónico.

Haciendo inventario del contenido de mi bolsa me di cuenta que tenía que sacar más de lo que quedaba dentro y resultaba en la práctica imposible cargar con todo en mis manos. 

Decidí que realmente no valía la pena y ya cansada opté por mi último destino: la tienda de cosméticos en el sótano del Hotel Nacional. Cuando llegué, la vendedora, una señora de mediana edad, sostenía una conversación telefónica. Acostumbrada a ser invisible, simplemente me dispuse a esperar a que concluyera su charla para que me atendiera, pero ella rápidamente colgó el auricular y me preguntó:

-¿En qué puedo ayudarla?

Asombrada le dije que no tenía que colgar, pues yo solo estaba mirando. Ella me dijo seriamente que sí era necesario y ese era su deber.

No encontré allí el champú que buscaba, pero hallé respeto y profesionalidad. Salí de la tienda con las manos vacías, pero con la sensación de que para los servicios en Cuba todavía hay esperanza.

LOS OJOS DEL CORAZÓN

LOS OJOS DEL CORAZÓN

ARLET CASTILLO GONZÁLEZ,
estudiante  de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Con extrema delicadeza y simulando a través de sus brazos el suave movimiento de una  ola,  saludó a su público desde el primer balcón del teatro. Allí estaba, elegante como siempre, lucía un  sobrio traje rojo que complementaba el habitual pañuelo de la cabeza. Su presencia transformó el sosiego de la sala. Todos de pie  aplaudían emocionados al tiempo que voces unísonas gritaban “¡Alicia, Alicia!” No era un sueño, realmente era Alicia Alonso, quien esa noche acudía al Teatro Nacional para presenciar la puesta en escena del ballet Don Quijote.

Una melodía de instrumentos de viento dio la bienvenida al reconocido Ballet Nacional de Cuba. Alicia, desde su asiento, observaba, pero esta vez con otros ojos, los del corazón. Así sentía cada movimiento e imaginaba la escenografía, el vestuario y a todo su público acaparado por la exquisitez de la compañía. Perfección y entrega acompañaban más que nunca al elenco porque esa noche bailaban para su paradigma, para la gran maestra.

Y allí sobresalía la joven Viensaig, impecable en sus movimientos, como si Alicia reencarnara en ella. Parecía volar con cada salto cuan ave libre en el mundo. “Ella va a llegar lejos, va a ser grande”, comentaba una espectadora impresionada por la destreza de la bailarina.

Se trataba  de una velada mágica, de esas que se vuelven indelebles en el imaginario de quien la presencia. El final ya todos lo esperaban. De la mano de Viensaig la gran Alicia salió al escenario, sin dudas, el momento culminante de la noche.

La estrella saludó una vez más al público. Al verla, comprendí que no había criterio más acertado que el de  Dulce Maria Loynaz para calificarla: “Una luz que se mueve, leve, ondulosa y casi traslúcida”.

Y es que su grandeza no solo radica en los éxitos profesionales y el talento innato que posee para la danza. Alicia demostró con su presencia que el ballet es más que destreza y juventud, es una fuerte pasión capaz de sobreponerse a los años y que aún con los ojos del corazón se puede apreciar y sentir.

UNA ESCUELA, MIL RECUERDOS

UNA ESCUELA, MIL RECUERDOS

DACHELYS  ALFONSO LEAL,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No hay adornos de más, solo los bancos de concreto pintados de rojo en forma de semicírculos al borde del pasillo central, denominados en el argot de los inquilinos “tuercas”, combinados con las macetas que incrementan la abundante vegetación del lugar donde se encuentra el edificio.

En la entrada reluce una hilera de tres pisos de aulas, “el docente”, de donde provienen los satisfactorios resultados que ostenta la escuela multipremiada en concursos nacionales de Física, Química, Biología y Matemática, y que ha mantenido el total de aprobados en las polémicas pruebas de ingreso a la Educación Superior durante los últimos tres años.

Hacia el centro del pasillo, al lado izquierdo, queda el comedor, y al derecho, la plazoleta, a la cual le sigue la extensa área de formación que se convierte en punto de encuentro para el matutino, las noches de recreación, la tradicional fiesta de disfraces de fin de año y las reuniones colectivas.

Luego, otro inmueble, este de cuatro pisos, donde también hay aulas y, además, los dormitorios colectivos (unos para varones y otros para hembras), escenario de los mejores “picnic” del mundo, generalmente los lunes, día de entrada al pase.

Al final, después de descender unos anchos escalones de cemento, hay dos canchas: una para básquet y otra para fútbol; no obstante, ambas sirven para cualquier inquietud deportiva.

Al lado de ellas, en un sitio casi escondido por la vegetación adherida a la alambrada que lo rodea, está la piscina, que a pesar de las solicitudes de los estudiantes para que la reparen, continúa en el olvido, pues “No hay recursos económicos para ello”, como siempre dicen.

Una arquitectura nada peculiar para las escuelas de beca en el campo, destinadas, a partir del 2010, solo a Institutos Preuniversitarios Vocacionales de Ciencias Exactas u otras especializadas.

Sin embargo, hacia finales de mayo algo cambia en el corazón de ese centro docente. Son los muchachos de duodécimo grado que se marchan, orgullosos de haber vencido la meta que representa estudiar en el IPVCE Mártires de Humboldt 7, primero de su tipo en el país, aunque muchos le den erróneamente ese mérito a la también vocacional Vladimir I. Lenin.

Es la graduación XXXV, mas para “la Humboldt” son sus 35 primaveras, orgullosa de que cada año que pasa la familia crece pues, aunque se despidan sus huéspedes del año final, pronto llegarán más, sin que ninguno sustituya a otros.

“La Humboldt” está segura, además, de que esos que se van no la olvidan, es mucho tiempo para borrar. Todos los que hayan pasado por ese punto de la geografía artemiseña retornan: la nostalgia y las raíces de azul les trazan un camino de regreso común hacia su eterna escuela, que los recibe como si nunca hubiesen partido. 

A BORDO DEL TITANIC...

A BORDO DEL TITANIC...

DANIELLA PÉREZ MUÑOA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Viernes por la tarde y el destino final es mi casa. Estoy en medio del camino. El cansancio y el sueño acumulados en toda una semana se apoderan de mí, pero pienso en el momento en que vea por fin los queridos puentes de mi ciudad.

Hace más de una hora que estoy en Alamar esperándolo. De pronto lo veo, se aproxima a la piquera. Imponente navega sobre la vía y surca los baches hasta detenerse el Titanic.

Por supuesto, no se trata de un navío atravesando el océano, sino de algo más interesante, un camión que traslada pasajeros de La Habana a Matanzas.
Todos corremos para alcanzarlo. En ese momento no importan los maletines a cuesta, ni las mujeres con niños pequeños. Oigo a personas pidiendo un poco de cortesía. Otros protestan, porque “aquí el que no empuja se queda”. Los halones de mochila y los codazos prevalecen. Es un todos contra todos.

Al fin, logro subirme y le agradezco al ser divino que lo hizo posible. El medio de transporte no es de los más cómodos, tiene tres filas de asientos delimitados en pequeños fragmentos de madera que ponen en aprieto a los más voluminosos.

Su decorado no se limita al letrero con el original nombre. Las cortinas podrían ser las del matancero teatro Sauto y su interior está lleno de pegatinas como: “Hablar de mi es fácil, lo difícil es ser como yo”.

Me reprocho porque no estaría tan incómoda si hubiera reservado un pasaje en la terminal; o hasta hubiera esperado un  ómnibus en viaje directo a Varadero con aire acondicionado y todo.

Estamos en camino hace más de una hora. Por causa de los controles policiales hemos parado dos veces. La música es estridente y comprende los más disímiles géneros. No sé por qué nadie le dice al chofer que baje un poco el volumen.

El dolor de cabeza y el mareo me están ganando la pelea. Cada vez que nos topamos con un bache la señora robusta de enfrente viene a parar sobre mí, pero por suerte, el camión no se ha hundido como el buque al cual hace homenaje su nombre.

Un rato después, veo a lo lejos una orilla conocida. La travesía ha terminado y pienso en que Leonardo Di Caprio hubiera encontrado en el vehículo material necesario para protagonizar otra película repleta de emociones.

Una semana después estoy allí de nuevo.

-¡Se va el camión! ¡Arriba que me voy! ¡En menos de una hora en Matanzas!

Escucho la última llamada. Subo. Me siento en el incómodo banco de madera y una vez más…

LAS PRIMERAS EXPERIENCIAS EN UNA NUEVA TIERRA

LAS PRIMERAS EXPERIENCIAS EN UNA NUEVA TIERRA

HUY TRINH QUANG,
estudiante de primer año del Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En la vida de cada persona existe al menos un punto de cambio que determine el futuro de ella. Y yo también, luego de terminar el estudio de doce grados, decidí elegir la carrera Periodismo de la Universidad de La Habana, en Cuba.

Es muy difícil cuando di la determinación de estudio en la Isla, sinónimo de que tuve que alejarme de la protección y gran cariño de mi familia, también separarme de mis viejos amigos. Lo que dejó un enorme vacío en mi corazón y para adaptarme a vivir solo necesito un tiempo indefinido.

Aunque sabía las informaciones sobre Cuba por internet y los periódicos, todavía estaba preocupado por la diferencia de la cultural entre Latinoamericana y Asia, también sobre el clima, la costumbre y los cubanos. 

Después de pasar una ruta de casi diez mil kilómetros de distancia y más o menos 45 minutos en carro desde el Aeropuerto Internacional José Martí, llegué a la residencia estudiantil Lázaro Cuevas. Aquí los primeros sentidos fueron sorprendidos por la acogida afectuosa de los compañeros vietnamitas y el conjunto del administrativo del albergue.

En los primeros días, me encontré con muchos problemas como el cambio de horario, dificultades en la comunicación con los amigos cubanos en el mismo cuarto o el hábito de comer y activar de las gentes en el país caribeño.

En la beca, todavía existen problemas objetivos como la deficiencia del agua, ya que situada en la zona costera del mar, y la mala condición del elevador que dificulta a las personas que viven en los pisos altos. Sin embargo, ninguno es totalmente perfecto. Sintiendo esa esencia, me esfuerzo cada día más para superar estos primeros obstáculos.

Poco a poco, con el apoyo entusiasmado de los nuevos amigos cubanos y vietnamitas, he dejado a un lado las dificultades diarias y me concentro en los estudios de la carrera.

Han pasado dos años desde que aterricé a esta tierra, ahora he crecido mucho más. La vida de aquí me da experiencias valiosas y buena memoria para lo que no puedo olvidar. Espero que con los años restantes de mi estancia, pueda descubrir más de la cultura y la tradición cubanas. 

MI HEROÍNA

MI HEROÍNA

RACHEL MORALES HERNÁNDEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cómo no quererla, cómo no admirar  su ser inquieto, cómo no contemplar el optimismo con que día a día recibe a la vida. Pensé que sería fácil describir a mi «Tita», como cariñosamente la llamaba de pequeña, pero es imposible resumir en tan pocas líneas lo que representa el amor que me ha brindado.

Mi abuela tiene 80 años. Cada arruga representa un mes vivido; cada cana, los impuestos que le ha cobrado el tiempo; cada achaque, el recordatorio de una existencia agitada.

Mi abuela nació durante la neocolonia y solo estudió hasta cuarto grado. No pudo llegar a ser médico como  soñó, sin embargo, con sobresaliente venció la escuela mas difícil, el tiempo. Su gran sabiduría no está en resolver un problema de Matemática, sino en acertar cuándo me equivoco, o cuándo lo haré.

Mi abuela tiene cálculos en la vesícula, pero no hay quien le impida comerse una barra de chocolate, tomarse un cafecito en la mañana o probar los chicharrones el 31 de diciembre.

Mi abuela es la mejor cocinera del planeta. Es el genio del fogón, como a veces la llamo. En ocasiones, con solo dos o tres ajos y una pizca de sal hace el mejor potaje por conocer. ¡Y para qué hablar de los dulces caseros!. Si los marcianos vinieran algún día, no dudarían en abandonar su dieta extraterrestre y mudarse para mi casa.

Mi abuela perdió la visión de un ojo a consecuencia de un glaucoma que desconocía, mas consigue leer mi mente. Es una patrulla que me divisa en las noches sin luna, por el balcón, cuando pasa mi hora de llegada.

Mi abuela luchó contra el cáncer de mama, a tal punto que le hicieron una radical, le dolió, yo lo sé, pero no lo demostró. Su rostro permaneció sereno, porque para ella lo más importante era nuestra tranquilidad.

Mi abuelita, mi abuelita Mercedes Hernández, es mi ángel, mi paradigma, mi heroína de carne y hueso. La mujer que me ha enseñado a creer en mí misma, a luchar por lo que quiero, a no rendirme. La mujer que se levanta día a día con la mirada al frente.