Blogia
Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

SI FUERA UN HOMBRE DE PAJA

SI FUERA UN HOMBRE DE PAJA

EDUARDO PÉREZ OTAÑO,
estudiante de segundo año de Comunicación Social,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuenta el poeta que la vida es un sueño y los sueños, sueños son. Hoy he preferido soñar como la única forma posible de escapar a esta realidad que nos aplasta como a insectos, que se nos presenta llena de imprevistos, de metas a cumplir, de barreras a sortear.

He decidido creerme un hombre de paja, como aquel que acompañó a Dorita en busca del Mago de Oz, como aquel que quería un cerebro y por ello se empeñó en la magia como única solución. Y como en la aventura infantil, me obstino en buscar respuestas y soluciones que al parecer requieren de poderes especiales.

Si fuera un hombre de paja viviría ahí, a la vera del camino, sin otra ocupación que espantar pájaros, que disfrutar la lluvia y el sol, el día y la noche, la luna y las estrellas, del verde del campo, de la reconfortante tranquilidad de ser... un desconocido o al menos un ser poco importante.

Si fuera un hombre de paja no tendría compromisos ni obligaciones. No pertenecería a una sociedad que impone más reglas y obligaciones y deberes y compromisos y tareas y responsabilidades… y trabajo, que beneficios y alegrías.

Si fuera un hombre de paja no tendría que preocuparme por comer ni por dar de comer a otros, me bastaría con la satisfacción de un poco de yerba seca para recomponer la delgadez o alguna que otra descompostura.

Si fuera un hombre de paja no tendría que cumplir con las leyes sociales: adiós a los buenos días, a las gracias, a los permisos, adiós a los problemas derivados de una mala interpretación, de una palabra equivocada o no dicha a tiempo, adiós a las incomprensiones y a las ofensas.

Si fuera un hombre de paja no tendría que estudiar todos los días o preocuparme por la economía, la política, la religión las guerras que se suceden en el mundo, por las buenas y malas nuevas que llegan de cualquier parte. No tendría que depender de la televisión para hacer mi propia vida.

Si fuera un hombre de paja no necesitaría de medicinas y más medicinas para curar un leve catarro. Tampoco requeriría vacunas, sueros u operaciones. No padecería fiebre ni dolores, tampoco indigestiones.

Si fuera un hombre de paja no sufriría el mal de falta de tiempo, pues tendría todo el que quisiera al no tener obligaciones. Viviría un poco más mi vida de simple hombre de paja apartado en un rincón, sin leyes ni reglas, sin más obligaciones que vivir mi vida de simple guardián inmóvil.

A veces quisiera ser un hombre de paja al menos por unos segundos, sin deudas con quienes me rodean, sin dependencias, sin ataduras, sin límites para pensar y hacer y decir y creer.

Y como hombre de paja algún día volvería a la tierra que me dio el ser: feliz de haber sido yo, un simple hombre de paja sin más deseos que el de servir, sin más logros que el de haber sido fiel a mi función, sin más méritos que el de haber vivido allí, a la vera del camino, sin más pretensiones que la de volver, quizás en otra vida, convertido en lo que soy.

Mas como dice el poeta: la vida es un sueño, y los sueños, sueños son.

RAÍCES Y TRONCO DE UNA HISTORIA DE AMOR

RAÍCES Y TRONCO DE UNA HISTORIA DE AMOR

MARÍA CARLA O´CONNOR BARRIOS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuentan que un guarda vecinos de madera tejida coronaba el muro que separaba las casas de Marcelino y Emilio, quienes, sin conocerse, habían emigrado por la misma fecha dejando atrás Candamo y La Reguera en la lejana Asturias, cuando los leyendas de viajeros sobre las bellezas y bondades de la isla de Cuba no dejaban de escucharse en las tabernas pueblerinas.

Los más jóvenes, sin pensarlo dos veces, llenaron sus jolongos con la poca ropa que por aquellos días tenían, abandonando la sucia y  curtida por la labranza de la tierra.

Sin percatarse, cargaron también con la nostalgia por el terruño que siempre los acompañó a pesar de agradecerle a la vida aquella decisión de lanzarse al mar y fondear en una de las costas del Caribe.

La Habana, su puerto y la esperanza los recibieron en el recién nacido siglo XX. Los cubanos de entonces andaban inconformes, iracundos, porque tras vencer en la manigua después de 30 años de lucha al más fuerte ejército colonial de la época, el gobierno de los Estados Unidos les arrebató la victoria y con ella, la añorada independencia.

Nada de eso les importaba a Emilio y Marcelino, sólo querían triunfar y echar raíces. No hay que culparlos por ello.

Carmen Julia y María de Jesús fueron las criollas con que compartieron sus vidas. La primera, una mujer adelantada a su tiempo, divorciada y enfermera obstetra por título, pero por práctica, comadrona de los más humildes que requerían sus servicios a cualquier hora del día o de la noche, en los pequeños poblados aledaños a la villa de Guanabacoa.

María se parecía más al modelo de esposa y madre de entonces. Sólo tender las camas de los siete hijos y acomodarles las ropas en sus diferentes espacios, merecía un sueldo especial, a pesar de haber aportado la pequeña fortuna heredada de sus padres que Marcelino multiplicó varias veces.

Emilio y Marcelino tuvieron la altura de trasmitir a su prole los valores de decencia y agradecimiento al país que sin ser su Patria, les dio cobija sin pasarles la factura por ser coterráneos de aquellos que cinco siglos antes la habían conquistado, esclavizado y saqueado.

Por azares del destino, la vida de esos dos asturianos emprendedores y laboriosos se entroncaron, gracias al amor que desde los nueve años y hasta la muerte se profesaron Haydeé y Manolo, sus primogénitos: mis bisabuelos.

Ellos, a diferencia de sus hermanos, no recorrieron a la inversa la travesía de sus padres, cuando en 1959 tomaron la decisión de que era este y no otro, el lugar donde criarían a sus cuatro hijas.

Esos son mi tronco y mis raíces: los que me permiten escribir hoy sin haberlos conocido a todos, pero a quienes imagino a la sombra de aquella enredadera de picualas roji-amarillas, que arropaba por igual los patios de las casas de Marcelino y Emilio, separadas por un guarda vecinos tejido de madera fina.

NO TODO LO QUE BRILLA…

NO TODO LO QUE BRILLA…

DANIELA HERNÁNDEZ GARI,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
    

Transcurría el mes de abril, el calor era sofocante y las pruebas de ingreso a la Universidad se aproximaban a velocidad vertiginosa.

Como cada martes por la mañana, bajaba las escaleras de un edificio pequeño al final de Obispo, donde recibía repasos para el examen de Español. Me incorporé a la calle principal, inundada de pregones, solos de guitarras y olor a comida.

―¡Daniela! La repentina mención de mi nombre hizo que virara el cuerpo en dirección a la escandalosa voz.

Antes que pudiera reaccionar, estaba apresada en el abrazo de una joven de gran estatura que no paraba de decir mi nombre intercalado con preguntas. Volví a la realidad y di un paso atrás ya desconfiada.

―¿Vas al trabajo de tu papá?, preguntó después de superar su confusión inicial ante mi actitud. ―Me dijeron que te fuiste al pre de Regla. Vamos, que te acompaño. Yo voy a la parada de la 27.

Tomó mi brazo y continuamos el camino. Al principio estaba a la defensiva, pero a medida que avanzábamos y ella rememoraba los días de nuestra aparente amistad, empecé a encontrar familiaridad en su voz y gestos, pero su cara me era desconocida.

La joven vestía unos tacones, en mi opinión innecesarios, debido  a su estatura. Un vestido blanco pegado al cuerpo y bolso gris en el brazo. Era mulata, con unos rizos negros que llegaban un poco más allá de los hombros, maquillaje sencillo, excepto en sus labios donde había derroche de rojo.

Mientras avanzaba por la vía, parafraseé en mi mente una de las canciones de Buena Fe: “Ella pasa y todos se hacen los simpáticos, desde los más vulgares hasta excelsos catedráticos". Las miradas se dirigían a mi compañera de ruta y consciente de esto elevaba ella la cabeza con orgullo.

Por lo que me contaba, nuestro primer encuentro fue en la secundaria básica. Habló acerca de muchos libros y películas que yo veía en esa época. Confesó que extrañaba muchos los viejos tiempos, pues en la actualidad no encontraba casi nadie que tuviera sus gustos.

Al llegar a la Plaza de San Francisco de Asís,hizo ademán de seguir su camino, no sin antes preguntarme si había seguido el rastro de algunos amigos y compañeros de clase.

Sentí un poco de tristeza cuando se alejó. Esa chica recordaba todo a pesar de los tres años de separación; y yo ni siquiera había podido distinguir su cara y para qué hablar de su nombre.

En un impulso corrí tras ella asustando a las palomas que buscaban su granito de arroz. Tomé su brazo y bajé la cabeza a causa de la vergüenza del olvido.

―Te tengo que ser sincera. No me acuerdo de ti. No quisiera que nos separáramos de este modo sin al menos saber tu nombre.

―¿Era por eso? Es normal que no te acuerdes. Me sorprendió su actitud ante mi falta de memoria.

―Yo soy Ricardo, dijo con una sonrisa.

“SOBREVIVIMOS TODOS”

“SOBREVIVIMOS TODOS”

ARIEL PAZOS ORTIZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Salimos “en caravana” –como alguien dijo entonces-, y a los pocos minutos empezó a pasar lo clásico en esos casos: la competencia entre una y otra.

“Uhh… Uhh. ¡Dale, métele! ¡Acelera!” Cuando la motoneta en que íbamos nosotros quedó atrás, dije que debíamos cambiar para la senda contraria, acelerar y colocarnos delante de ellos. (Habíamos visto la última parte de Rápido y furioso cuando íbamos en la guagua hacia Santa Clara.

-¡Oye! ¿Tú eres loco? A ver si chocamos y nos matamos, reaccionó Daulys Acosta.
Por la carretera de Camajuaní, cuando entramos a la ciudad, Ania Terrero escribía desde la otra motoneta un sms a su madre. “Todo está bien…”, y enseguida recibió de ella: “Te adoro”.

¡Buf! ¡Paff! Cuando buscamos la causa de los estruendos y vimos que unos metros más adelante se arrastraba una motoneta. Esteban, profesor de Ciencias de la Información, se tiró de la nuestra cuando empezaba a frenar y cayó revolcado en la calle. Rápidamente fui tras él y tampoco logré caer de pie.

Corrimos hasta ellos. Tras nosotros se lanzó Daulys, que también rodó por el piso, luego Gabriel García, y ya con el vehículo detenido descendieron Talía Ramos, Liz Armas, Masiel Hernández y Rocío Baró. Cuando alcanzamos la motoneta accidentada, Armando Franco, presidente de la FEU de nuestra Facultad, sin rasguño alguno, ya había salido, pero Duany Hernández, profesor de la carrera de Periodismo en Santa Clara, estaba enredado dentro, con parte de la espalda quemada por fricción, al igual que Eduardo Herrera, a quien le brotaba sangre de alguna parte de la cabeza.

Darío Alemán, con parte de un brazo en carne viva, buscó, en primera reacción, a Zulema Samuel, su novia, quien, con golpes en la cadera, no lograba enderezarse y salir del sitio.  

Mientras, el motor se había incendiado y del tanque escapaba combustible, por lo que advertimos la posibilidad de explosión. Ania estaba levantada, pero con golpes en la cabeza y extremadamente nerviosa. Eduardo, ante la inminencia del accidente, con una de sus manos la sujetó y con la otra intentó agarrar alguna baranda, pero no lo logró y recibió el impacto en su ceja izquierda.

Armando organizó rápidamente el auxilio a los heridos por orden de gravedad. En un carro que se detuvo montó a Eduardo y a Darío y los mandó para el hospital provincial con Daulys, Esteban y Rocío. Después paró un carro y en él se montó con Zulema, Ania y Talía. Duany propuso al resto dirigirnos al Partido provincial, en la otra cuadra, y allí conseguimos ayuda de un funcionario que nos trasladó hasta el hospital.

El chofer de la motoneta que se accidentó, había cambiado de senda cuando intentó pasar entre dos coches de caballo: rozó con uno de ellos, se explotó una goma, perdió el equilibrio y cayó sobre su lado izquierdo: una terrible experiencia, pero sobrevivimos todos.

HOMBRE PERFECTO… ¡SÍ HAY!

HOMBRE PERFECTO… ¡SÍ HAY!

MILENE MEDINA MARTÍNEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Allí estaba él, siempre risueño al verme llegar o cuando decía la más mínima tontería. Cualquiera de mis ocurrencias de niña provocaba que una incontenible sonrisa se apropiara de su rostro.

Dicen que las madres son lo más grande que cualquier ser humano tiene, a quienes hay que agradecerles por habernos dado la vida, nuestras únicas amigas y esas que nunca nos traicionarán. Es cierto, pero mis padres, en esta línea, son iguales.

Mi papá también contribuyó a mi existencia. Es mi amigo y se encarga de repetirme desde que soy capaz de recordar que “el único hombre que nunca me será infiel en la vida se llama Antonio Medina”. Hasta hoy su palabra ha sido Ley.

Lo único que incumplió fue su promesa de permanecer por siempre a mi lado, protegiéndome. ¿Cómo es posible que lo haga si decidió viajar a 90 millas para buscar una “mejor vida”?

Durante 18 años se encargó de enseñarme todas las lecciones posibles, mas no fueron suficientes. Es injusto que no haya podido seguir disfrutando y aprendiendo de aquellas charlas nocturnas, de las cuales siempre nacía una moraleja.

Cuando pequeña, noche por noche, antes de dormir, llegaban los cuentos creados por su ingenio; luego la canción “Chamame a Cuba”, no podía faltar y no la cantaba una vez, sino otra, otra y otra, hasta que lograba alcanzarme el sueño.

Nosotros tenemos nuestro propio lema, ese que consiste en repetir cuatro veces el pronombre yo y terminar con un ¡TE QUIERO MUCHO!, prolongado, intenso y cargado de sentimientos reales. Me la enseñó cuando era bebé, y como los Versos Sencillos de José Martí, esta frase de mi padre persiste intacta en mi memoria.

Y sí, me consintió; pero nunca le falté al respecto o ignoré sus reglas. Jamás tuve la mala suerte de esas largas horas de penitencia. Era tan especial conmigo que la forma de agradecerle fue respetarlo en todo momento.

Mi padre no es como el resto, no es aquel que se aleja de los hijos dándolos por error o lanzándolos al olvido como si estuvieran fuera de su vida. La Tierra tiene la dicha de que pertenezca a este planeta y no a otro, y yo la de tenerlo como papá, como mi maestro.

Ahora está ausente. También los cuentos creados por su imaginación, el Chamame a Cuba, los regaños más tiernos, el abrazo y el beso fortalecedores. Solo me queda el recuerdo, y hoy vivo con la nostalgia de tener junto a mí a aquel hombre, que como padre, es perfecto.

FCOM ES VIDA

FCOM ES VIDA

LIZ ARMAS PEDRAZA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Motoneta, según el diccionario de la Lengua Española, la palabra no existe, pero en el argot popular villaclareño lo definen como el medio de transporte imprescindible para la provincia, con una estructura compleja; es decir, la parte delantera es como la de un bicitaxi, la parte trasera como la de un coche de caballo y anda como una moto; para mí, significa desgracia.

Era 15 de mayo. Los estudiantes de la Facultad de Comunicación (FCOM), de la capital, que estábamos visitando la Universidad de Las Villas, habíamos decidido ir a conocer ese día el centro de la ciudad. Nos dividimos y subimos a dos motonetas, porque no cabíamos en una sola.

Entre risas y fotos transcurrió la mitad del viaje. Claro, nadie pudo augurar lo que ocurriría cinco minutos después. El chofer de la motoneta en la que iban mis compañeros, parecía contagiado con nuestro entusiasmo y decidió acelerar el paso; entonces se encontró en su camino un coche de caballo que le impidió continuar…: chocaron y se escuchó un estruendo.

Todo ocurrió en segundos, segundos que viraron al revés a la motoneta, pero también el día. Yo me quedé petrificada, tratando de divisar a algunos de mis amigos. Quienes iban conmigo gritaban asustados. El profe Esteban no lo pensó y se tiró, literalmente, con la moto andando, para rescatar a los otros.

Cuando llegué al lugar del accidente, ya estaban todos fuera de la moto; sin embargo, los gritos seguían. Miré al lado, y encontré a Eduardo con la cara ensangrentada exclamando: “¡Olvídense de mí y ayuden a las niñas!”

Ania estaba en shock, no parpadeaba, no se movía. Ella tenía un golpe en la cabeza. Zulema estaba parada en el mismo lugar, repitiendo constantemente que no podía caminar. Darío, tenía el brazo derecho en carne viva, pues estaba quemado, debido a la fricción con la calle. Mientras, Armando, que también iba en la moto del accidente, se miraba asombrado, solo salió con pequeños rasguños en algunos lugares del cuerpo.

Todos nos dirigimos al Hospital Provincial de Villa Clara donde fuimos muy bien atendidos. ¿Los resultados del accidente? Eduardo tiene siete puntos en la ceja izquierda; Ania, tendrá que vivir, al menos por cinco meses, con un hematoma interno en la cabeza; Zulema no podrá caminar tramos largos como consecuencia de una contusión en  la espalda lumbar y Darío se quedará con parte de Villa Clara en su brazo, gracias a las marcas que dejará la quemadura.

El resto nos llevamos un gran susto y buenas amistades. Muchos concientizamos la importancia de estar unidos y olvidar las diferencias en momentos como esos. Algunos se dieron cuenta que tenían vocación de enfermeros, otros de psicólogos, de maestros, de excelentes dirigentes. Todos fuimos uno, y entendimos, que FCOM, más que una bonita construcción, más que un estado del alma, es vida.

CUANDO ME ACERCO A LA FRONTERA

CUANDO ME ACERCO A LA FRONTERA

DINELLA TERESITA GARCÍA ACOSTA,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Hay quien cruza la frontera de México con Estados Unidos todos los años. Yo cruzo otra todos los días.

La ropa los delata. El andar y la mirada también. Hoy no tienen qué servir en la mesa, pero el ron y el dominó para jugar en la noche, bajo la única luz que funciona en la calle, están garantizados.

Un solar en la esquina. Tres hombres discuten sobre pelota en el más puro lenguaje popular, mientras una maestra da repaso de Matemática en el portal de la casa.

Al cruzar la pequeña avenida, unos niños juegan fútbol en la calle, con una pelota desinflada y descosida, y una portería construida con hierros hallados en los escombros. Se siente la música. Mujeres y hombres bailan haciendo gala de sus raíces africanas.

El hedor y el polvo de las callejuelas, hechas más de tierra que de asfalto, anuncian la llegada al punto fronterizo. Las casas se suceden unas a otras, aprovechando al máximo cada espacio, para proveer de oxígeno a los 10 habitantes por cada nueve metros cuadrados.

Lo que pudiera llamarse el bisnieto del río Bravo es el área para cruzar la frontera. Bisnieto no solo por la diferencia de tamaño, sino también porque el agua no se toma, es empleada por los nativos para tirar sus desechos y ofrendas religiosas.

Desde la punta del puente se puede ver del otro lado, la nueva construcción de dos pisos y columnas de mármol, en tanto el dueño saca del garaje el Mercedes del año.

Los metros que aquí faltan para vivir, allá son parques llenos de árboles en los cuales los niños juegan al salir de la escuela. Las casas parecen salidas de una película, con perro y jardín incluido.

La historia sí tiene vela en este entierro. Un lado surgió como segunda oportunidad de vida para expresidiarios; el otro, como lugar de ocio para los ricachones de los años 50. Pero el tiempo ha pasado y estos barrios del Cerro se han ido mezclando.

En ambas partes, la basura acumulada en las esquinas provoca la misma indiferencia. Oshun visita los hogares. Los más jóvenes comparten aulas y los lazos crecen entre ellos. Unos y otros conviven ante la mirada de los guardias fronterizos. Por una parte, un busto de José Martí y por otra, los trabajadores de un puesto de reciclaje, que pasan el día en la puerta “arreglando el mundo”.

La Bestia, el P16, llega a mi parada. Atravieso el separador de Boyeros. Entro en el Reparto Martí. En 15 minutos estaré cruzando, nuevamente, la frontera con el Casino Deportivo.  

CUANDO LAS NOTAS NO SON SUFICIENTES…

CUANDO LAS NOTAS NO SON SUFICIENTES…

IRIS DE LA CRUZ SABORIT,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Desde pequeña supe que no tenía talento ni para el deporte, ni para las artes, dos esferas de la vida que me apasionaban mucho.

Lo descubrí en las clases de Educación Física, cuando era mi turno de correr, todos se burlaban de mí, y como todo niño, me ponía triste.

Con el paso de los años la situación no fue distinta. Durante la ecuela en el campo una maestra me dijo: “Si es para que tú cantes mejor no hacemos la fogata”; en efecto, no la hicieron. En el último diciembre alguien me comentó: “Para qué insistes en aprender a bailar casino, si tienes los oídos cuadrados y los dos pies izquierdos”.

Pese a lo que he contado, no he dejado de admirar la música y el deporte. Lo que sí tengo claro es que para vincularme a lo que tanto me sigue gustando podría ser periodista. Esa se convirtió en mi meta, en mi sueño. Anhelaba ser quien entrevistara a los futuros campeones, a Shakira y Cristiano Ronaldo, pero no imaginaba cuán difícil sería alcanzar la carrera.

Terminaba el duodécimo grado con un excelente promedio y las pruebas de aptitud aprobadas. Solo quedaba esperar los exámenes de ingreso y el plan de plazas, y con él mi primer disgusto: le habían otorgado a la provincia solo ocho plazas, cuando en el curso anterior eran 23.

Ya todo estaba hecho y la espera me empezó a desesperar hasta que un sábado de junio me dicen en la escuela que el próximo curso estudiaría Microbiología en la Facultad de Biología.

Traté de asumir la noticia con tranquilidad, pero la decepción pudo más que el conformismo. Lloré un tiempo prolongado como si mis lágrimas atenuaran el dolor provocado.

Las vacaciones concluyeron y tras ellas llegó septiembre con Microbiología a cuestas. Nunca me adapté, durante diez meses lloré más que en toda mi vida y me sentí más frustrada que cuando Cuba perdió frente a Corea en la final del béisbol olímpico de 2008. No podía continuar, mi mente estaba bloqueada, no entendía y no quería. Decidí entonces repetir lo que las nuevas generaciones temen al terminar el pre: las pruebas de ingreso.

Gracias a un compañero de las clases de inglés, supe que la prueba de aptitud es válida por dos años. El dato alimentó mis esperanzas y en mayo examiné Matemática, Español e Historia. Una vez más me tocó esperar, pero esta debía ser definitiva.

Un día inolvidable fue el 21 de julio de 2014. Estaba junto a mi prima en la Escuela de Medicina Victoria de Girón, sede de las pruebas de concurso. Embaucada por programas de Televisión Española no pude evitar gritar “¡Ole, ole, ole!” cuando el profesor responsable del otorgamiento de carreras leyó: “Iris de la Cruz – Periodismo”.