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¡33 AÑOS EN LA MISMA ESCUELA!

¡33 AÑOS EN LA MISMA ESCUELA!

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Juvenal Balán

Melany está en preescolar. Se acerca a Raúl y le pregunta: ¿Cuál es tu gusto preferido? Él le dice que los niños, pero ella rectifica, e indaga: No, ¿cuál es el color? Entonces el Director contesta que el azulito.

-El mío es el morado.

-Pero me han dicho que tú no vienes a la escuela temprano.

-Sí, me gusta venir por la tardecita para estar al lado tuyo.

Raúl Núñez Iglesias está cumpliendo este año su curso número 33 al frente de la escuela primaria Mártires del Segundo Frente Oriental Frank País, en el municipio capitalino de Plaza, y ya se le pierden en la memoria las veces que ha subido la empinada loma que va desde la Avenida 26 hasta el centro docente, en un trayecto de gozo continuo, ante la perspectiva de encontrarse con sus "amigos", esos pequeñines que dan contento a su vida.

Se inició en 1961 como maestro de montaña en la Brigada Frank País, y no le son ajenas las serranías de Arroyo del Medio, Soledad del Palmar, Jarahueca y La Caoba, en Santiago de Cuba, ni las de Buey Arriba, en Granma, o las de Rancho Mundito en Pinar del Río, como tampoco la estancia en la escuela rural de Pueblo Nuevo, en Artemisa, La Habana.

Y como si fueran poco las lejanías, hasta en las misiones diplomáticas de México y Japón impartió clases en una permanente entrega, con fe martiana, para hacer de la escuela sitio "útil y sabroso".

Hasta los 19 años no pensó ser maestro. Un día de 1961 llegó el llamado de la Revolución y dejó la tintorería del tío: "No hubo que intervenirla, él la entregó porque toda la familia se incorporó a diferentes tareas de aquellos primeros años. Yo me hice educador mediante los diferentes planes de maestros populares, y es una decisión de la que siempre me he sentido feliz".

Los niños salen al receso y no se escuchan timbres estridentes. "No hacen falta, basta decirles qué hay que hacer. No me gusta tampoco hablarles alto, solo indico algo y todo marcha sobre ruedas". Entra al salón Osmel, de quinto grado, y Raúl lo presenta: "Él es mi amigo". Detrás llega Luisito, le da la mano y lo abraza. El Director me cuenta que está en segundo grado: "¿Sabe?, un día me dijo que me quiere hasta el cielo".

Para este hombre que no piensa en la jubilación ni jugando hay premisas esenciales para un buen trabajo. Primero, hay que querer a los niños y sentirse a gusto con la profesión, pero también se requiere de organización, de atender y relacionarse con la comunidad porque ella da vida a la escuela, y hacer del colectivo un hogar al que todos acudan con amor y deseos de ser creativos.

No le gusta la palabra "exigir" como mandato. Y es que la aplica con el buen sentido de las personas inteligentes: convencer a los demás de lo que hace falta, de la necesidad de superarse, de dar excelentes clases, de venir temprano, de que en torno a los niños crezca el alma de la escuela.

"Dicen que el trabajo del maestro no se paga con nada, y no es verdad, sí se paga. Mire, cuando uno los ve pasar de grado, representar en un acto, declamar una poesía, todas esas cosas conmueven, y confieso que a veces se me va una lágrima. También los padres, con cariño, reconocen nuestra labor."

Y muy en especial recuerda a tantos alumnos que ya tienen sus hijos en la escuela y hasta en la Universidad, y él continúa llamándolos "Germancito" o "Lachy", porque en las estancias del cariño quedaron con el uniforme rojo y blanco impregnado de olores de tiza y pizarra. Y están, muy queridas, Silvia González, Yamilé Fernández, Anidia Trillo y Yaiselys Rodríguez, todas alumnas que votaron definitivamente por el antiguo y noble oficio de educar y volvieron a las aulas de la Mártires del Segundo Frente Oriental Frank País.

Vanguardia Nacional del Sindicato de la Educación y merecedor de las medallas Rafael María de Mendive y Por la Educación Cubana, Raúl se siente protagonista de las tres revoluciones que en el sector se han producido: "Y aunque esta me cogió ya viejo, no me quedé detrás. En dos semanas aprendí Computación, y cada día me actualizo en los nuevos programas que se aplican en la primaria. No se puede dirigir si uno no sabe lo que tiene que medir, si no se está preparado".

Al cabo, le pregunto qué le depararon estos 33 años como director de escuela. Raúl Núñez es hombre de palabras llanas y solo contesta: "Los niños son encantadores". 

"Solo tenía como arma mis ideas"

"Solo tenía como arma mis ideas"

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Aldo Mederos

"La habanera" estaba perdida. A la alfabetizadora rubia se la habían llevado desde el lunes 17 en la mañana y ya, miércoles 19, todavía no aparecía. Donde había moscas, los campesinos escarbaban porque creían que ella estaba muerta y por los bateyes de Playa Girón, en aquel abril de ataque mercenario y de victoria revolucionaria, el tiempo era preciso para velar a los caídos en el fragor del bombardeo.

Duró poco la angustia. Patria Silva Trujillo salió del armario donde la escondieron buenas gentes que fueron a avisarle de que la querían de rehén. En aquel instante que hoy se le aparece como un fogonazo en el tiempo, oyó a un compañero decir: "Ella es de los brigadistas que busca Fidel". Entonces, supo que tendría todas las horas de su vida para contar la historia de aquellas 72 horas.

CIENAGA EN LA MEMORIA

Había llegado a la Ciénaga de Zapata en marzo de 1961 como brigadista piloto, como llamaron al primer grupo de 30 estudiantes que fueron a construir la experiencia de enseñar a leer y escribir a los campesinos, a levantar el censo de analfabetos, a probar los faroles y la efectividad de la cartilla, a conocer cuántos maestros se necesitarían por bateyes, cuántos alumnos podría asimilar cada uno, y también a hacer labores de salud pública contra el parasitismo. Era la avanzada de lo que después se aplicaría en todo el país, durante la épica Campaña de Alfabetización.

Tenía 19 años, vivía en el Vedado en un cómodo apartamento, presumía de más de un enamorado, estudiaba el tercer año de la Escuela Normal para Maestros de La Habana y era allí una de las más entusiastas organizadoras de la Asociación de Jóvenes Rebeldes.

"Pero me fui casi sin permiso, porque papá no estaba en la casa. Mi abuela me arregló rápido el uniforme de miliciana que fue el que primero vestimos, y partí en ómnibus desde Ciudad Libertad. No me importaba lo que dejaba detrás porque era una necesidad urgente del país el ser cultos para ser libres como nos inculcó Martí, y en aquella época de efervescencia sin límites, solo ese pensamiento bastó para llenarnos de una absoluta fidelidad a una causa que representaba un beneficio colectivo. Estaba orgullosa de hacerlo".

En la Ciénaga, los muchachos se dividieron en dos. Uno para la zona de Jagüey Grande y otro directo a Aguada de Pasajeros. En Playa Girón quedó el grupo de control. A ella la enviaron al batey Viradero, y Virginia, una campesina que fumaba tabaco y sabía leer y escribir, la acogió en su humilde casa.

"El primer día fui a alfabetizar a las seis de la tarde y me cerraron la puerta del bohío porque la familia se levantaba a las tres de la madrugada a hacer carbón y no tenía tiempo para atenderme. Al siguiente me presenté a las cuatro, y después me involucré emotivamente con ellos, con el cuidado de los hijos y sus problemas. Pero Virginia es mi personaje especial por todo lo que me brindó y por su valentía para enfrentar la vida. Nunca la he podido olvidar".

DE VIRADERO A VERDE OLIVO

Cuando en Viradero todo marchaba sobre ruedas, a Patria la llamaron a Playa Girón, a cubrir el puesto de una compañera enferma: "Por eso la invasión mercenaria me encontró allí. El domingo 16, Ana María Hernández, la maestra de la escuela, y yo, hacíamos el censo de analfabetos del batey Verde Olivo donde estaba asignada.

"Como esperaba el regreso de otro brigadista que andaba de patrulla, pude ver cuando comenzaron las luces de bengala y el tiroteo. Le dije a Ana María, ¿y qué es esto?, y nos fuimos a la casa de las Milicias donde ya estaban los constructores de la zona turística. Cuando llegamos, me hablaron de invasión y pedí armas, pero no había. Nos fuimos entonces a la casa-escuela y al querer avisar a los campesinos para que evacuaran la playa, nos fue imposible porque ya estábamos rodeados y nos gritaban que saliéramos. Fui la primera en traspasar el umbral y me identifiqué como revolucionaria. Eso valió para que me separaran y me dijeran que era una fidelista fanática".

De ese momento en adelante, los recuerdos le vienen a Patria como imágenes superpuestas, a veces flachazos de lo que considera una noche tenebrosa. Se da sus descansos para hilvanar una memoria histórica que eslabona el encuentro con el político de los mercenarios; la escapada hasta llegar a los constructores presos y gritarles enardecida: "¡Patria o Muerte, no se rindan!"; el enfrentamiento con el comandante Yeyo y el confinamiento en un cuarto junto a otros invasores en los que vio la pinta del miedo porque sentían cerca la derrota: "Entonces no quise morir, ya presentía el triunfo".

De ahí, llevaron a las mujeres hacia un muro rompeolas y las cacimbas sirvieron de refugio: "Así vimos cómo los mercenarios se peleaban entre ellos para montarse en las lanchas y escapar. El martes completo estuvimos dentro del agua, mi ropa, rota, y los espejuelos perdidos. Todo lo recuerdo como en una nebulosa. El miércoles, tarde, sin haber comido nada durante todo ese tiempo, es que me dicen en la playa que los mercenarios me quieren como rehén".

-¿Por qué cree que se salvó?

"Por dos cosas: una, Ana María no me dejó sola ni un instante. Otra, la coyuntura que a ellos se les dio con la derrota. De no ser así, hoy no lo estaría contando porque yo me les encaré, les grité, los reté con la fuerza de mis convicciones. Hubo momentos que creí me iban a asesinar".

-¿Cuál es el saldo al cabo de más de 40 años?

"El orgullo de haber participado en la gesta de Girón y combatido sin armas, solo con mis ideas. Eso fue hermoso, aún cuando me dejó para siempre profundas secuelas psíquicas. La Campaña la pude hacer hasta junio porque caí en schok y este degeneró en neurosis traumática. Estuve hospitalizada varios meses. Incluso, yo fui una de las testimoniantes cuando el proceso de la Demanda del pueblo de Cuba al gobierno de Estados Unidos por daños humanos".

Mujer fuerte, valerosa, así podría definirse a esta cubana que no quedó detenida en el tiempo y se hizo maestra, investigadora pedagógica, licenciada en Historia, directora de escuelas primarias, asesora de Psicopedagogía, metodóloga, inspectora, primera subdirectora del Palacio Central de Pioneros Ernesto Che Guevara, secretaria del Consejo de Atención a Menores de Ciudad de La Habana y jefa del Grupo de Desarrollo del municipio Plaza de la Revolución, donde se jubiló porque la presión arterial le jugaba demasiadas malas pasadas. Sin embargo, continúa en el avatar diario, desde cualquier puesto, pues siempre se siente querida y respetada.

-¿Está satisfecha?

"No, porque siento que todavía puedo hacer muchas obras para la Revolución, por eso sigo".

-¿Deseos?

"Que la nueva generación valore la historia que le antecedió. Que Fidel viva mucho tiempo más".

-¿Se siente protagonista?

"Lo soy, pero no la única. Mi historia pudo sucederle a cualquier cubano y estoy segura de que la hubiera asumido como yo. Pero los verdaderos héroes son los muertos, de eso no me cabe duda".

Viví para contarla

Viví para contarla

MARIO JORGE MUÑOZ LOZANO

Tipo de entrevista: Imaginaria o de ficción

Estás jugando al plagio con uno de mis títulos, diría el dueño de los mejores cien años que ha vivido Latinoamérica, si tuviera la posibilidad de leer el texto. Pero fueron seis horas tan intensas que para mí, alumno de tercer año de la Facultad de Periodismo, aquel encuentro con el Premio Nobel de Literatura (1982) se convirtió en uno de los acontecimientos más grandes de la vida.

Él caminaba por el bullicioso Coppelia, uno de los lugares más variopintos de la urbe capitalina. Sí, porque desde hace más de tres décadas, la Catedral del Helado es la vidriera de los más disímiles sabores de La Habana: fresa, chocolate, enamorados, trabajadores, vainilla, almendra, guajiros, extranjeros, coco, mango, policías, jineteras, menta, malta, excéntricos, vagos, naranja, guayaba, madres, niños, mantecado, almendra, becados, reclutas...

Sitio de estudios, amores, proyectos, rupturas. Increíble todo lo que se ha urdido en sus cientos de metros cuadrados. Siempre vi a Coppelia como una orilla atractiva, tentadora, para la pesca de personajes exóticos. Corazón del realismo mágico que destila a cántaros esta urbe caribeña. Que le pregunten a Senel Paz, Titón, al Caballero de París. Sí señor.

Pensé que García Márquez andaba a la caza de una nueva historia. En ocasiones me he preguntado cómo en tantos años de amistad con prominentes hijos de este archipiélago y de vivir un tiempo en Cuba, periodista tan sagaz no ha hecho fuente de su obra a esta Isla, laboratorio ineludible de utopías, fantasías y muchas locuras.

Pero ahí estaba -vestía una elegante guayabera blanca-, paseándose, confundiéndose entre el aroma de la Rampa y los apremios de la cotidianidad. Y yo persiguiéndolo como un enamorado sabedor de lo inevitable del choque, pero no de cómo modelar aquellas primeras y tan difíciles palabras. Temeroso de una negativa, de un "lo siento, acaso desconoce que no doy entrevistas".

Sin embargo, no podía echarme atrás. O en buen cubano, no debía asumir la presunción del hombre del cuento del gato. Así que le fui arriba. Ante tal adversario, acostumbrado a la persecución de reporteros y paparazzis, ya había decidido que mi mejor arma debía ser la sinceridad, o sea, esgrimir la inocencia de mis veinte años. Parapetado detrás de uno de los tantos árboles de la calle 23, exactamente a la entrada de la Agencia de Información Nacional, aproveché que el escritor frenó unos segundos para disfrutar el ritmo cadencioso, increíble, de una bella criolla.

-Gabo (de acuerdo, después comprendí que fue una frescura llamarlo con tanta confianza), mi nombre es Mario, soy estudiante de Periodismo, y me gustaría hacerle algunas preguntas, si no fuera una molestia. Imagino que su tiempo libre está bastante ocupado.

Todo fue muy rápido. Lo tomé por sorpresa. Y todavía no había respondido cuando le solté una andanada de razones: que si con la misma edad que yo, más o menos, él había encontrado el camino de la escritura, luego de volver, por primera vez, a Aracataca (el mágico Macondo); que si impartía conferencias en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en las afueras de La Habana; en la cátedra Julio Cortázar, de la Universidad de Guadalajara; en Madrid, París... y no pasaba por nuestra Facultad de Periodismo; que ya conocía de su rechazo total a los cuestionarios, pero hacía mucho tiempo que no compartía sus vivencias con la prensa cubana...

Ahora recuerdo y pienso que lo asusté. En su cara advertí el atolondramiento. Y no era para menos, casi lo estaba regañando. De pronto, levantó las manos: "De acuerdo, me rindo, tengo tiempo, ¿para dónde vamos?", dijo.

Quedé sin palabras. Decenas de pensamientos pasaron en ráfaga por mi mente: imaginaba ya cómo aparecería en el aula, mostrándole al profesor Hugo Rius y a mis compañeros -en especial a Olivia, Maricel, Faviola... ¡Mujeres!- el resultado de mi conversación ¡exclusiva!, con uno de los más grandes escritores del planeta. Entraría a formar parte de las "grandes ligas" de la entrevista, junto a Juan Marrero, que nos fascinara narrando su encuentro con Alexei Mereziev, el piloto sin piernas de Un hombre de verdad; al lado de la colega Marta Rojas, quien había conocido a Ho Chi Minh; del ilustre Orlando Castellanos que con su Formalmente Informal guardara para la posteridad la voz y el pensamiento de grandes personalidades de la vida nacional y extranjera...

Por suerte, desperté rápido de aquel orgasmo mental -qué sería de la Humanidad sin ellos. Revisé: grabadora, agenda y bolígrafo estaban en el bolso. Interrogantes sobre su vida y obra sobraban. Pero, ¿adónde podría invitar a un ser humano que ha desfilado por los más refinados salones del mundo? Estudiante al fin, hasta el mes entrante, cuando mi madre me entregara la siempre esperada remesa, mis bolsillos estarían huérfanos. Al parecer, él se dio cuenta. Porque me invitó a acompañarlo. Explicó que había decidido aprovechar unas horas libres para pasear, tomar el aire tranquilo y seductor del Malecón.

-No sabe usted cuánto se lo agradezco. Será una oportunidad única- le dije aún apenado.

En el breve trayecto por la Rampa le hablé de nuestra escuela de Periodismo, las asignaturas que recibíamos. Se interesó en conocer cómo y cuándo comenzábamos a publicar en la prensa, de nuestro vínculo con los medios, si compartíamos con los viejos colegas.

Bajábamos ya por la Rampa. Luego de una larga explicación y no pocos encontronazos con gente que lo reconocía y le pedía autógrafos, hicimos un alto en las inmediaciones del Pabellón Cuba. Se quedó mirando hacia el edificio de enfrente, donde radican las oficinas de Prensa Latina. Él había sido uno de los primeros corresponsales de la agencia en Nueva York. Comenzó a hablar; por un momento olvidó que me encontraba a su lado: "los que me despidieron sin darme siquiera el pasaje de regreso hoy viven en Miami. Es curioso, mi relación con Fidel casi surge de ese pleito. Juré que no volvería a Prensa Latina hasta que Fidel me lo pidiera personalmente. Y no me lo pidió. Pero nos hicimos amigos. Ahora, cuando estoy en Cuba, la que discute con Fidel es Mercedes (esposa del escritor), y en la cocina, con un ‘porque te he dicho que eso no lleva tanto picante', o ‘porque no cortes así las cebollas y deja de una vez la sartén'. A Fidel le encanta cocinar".

Lo escuché en silencio. Compartía sus pensamientos. Pasó un vendedor de maní y aproveché para agasajarlo. Aceptó, aunque no sé si por amabilidad o porque hubiera recordado que él también fue un estudiante sin un centavo en el bolsillo. Traté de provocarlo:

-Me acabo de leer su autobiografía Vivir para contarla -le dije-. Y, sinceramente, la primera parte me enganchó mucho, está contagiada por ese alo místico de una vida muy cercana al Macondo de Cien años de soledad, pero más adelante, en la medida que pasan los años y se empieza a enredar su vida con premios, personajes famosos, se me hizo menos interesante la narración. Quizá fue que la distancia en el tiempo le permitió fabular, enriquecer los primeros recuerdos, mientras que los sucesos más cercanos se enfrentaron a la diabólica objetividad de mantenerlos aún frescos en la memoria. Seguro que dentro de un tiempo narre de manera distinta lo vivido en estos últimos años. ¿Dio a leer el texto a sus amigos como hace siempre?

-Siempre cuento lo que estoy escribiendo a mis amigos para ver qué efecto produce, pero después puede ser que al fin lo cambie todo -respondió. Habíamos reanudado el paso. Caminaba despacio, recordaba.

-¿Con Cien años de soledad sucedió así? -le pregunté. Estábamos a unos metros de la añeja cinta de concreto que se extiende por el kilométrico litoral habanero, protectora de la ciudad ante la ira destructora del mar, asiento de enamorados, familias, románticos y pensadores.

-A Álvaro Mutis (un amigo) le contaba la historia cuando preparaba Cien años de soledad. Estaba extasiado con la idea. Cuando tuve el primer capítulo y se lo di a leer, me dijo furioso: "eres un hijo de p..., esto no tiene nada que ver con lo que me contabas, ahora he quedado mal con mis amigos a los que les había dicho otra cosa".

"Con Cien años de soledad, me solté el moño. La tierra podía ser una naranja, un galeón español podía naufragar en el medio de la selva y los gitanos del circo podían traer los últimos adelantos de la ciencia".

Hablaba de la famosa obra como si se tratara del amor de su vida. Escuchaba a El Gabo y me arrepentía de haberlo llevado conmigo, quizá hubiera podido convencerlo para que impartiera una conferencia en la Facultad.

La bella vista y el sabor de un aire distinto nos recibieron en el Malecón. Buscamos un lugar donde acomodarnos para recibir la grata fragancia de la mar -para mí es hembra-, y compartir su música, a veces contaminada por el rugir de autos que volaban a nuestra espalda.

García Márquez callaba, como si intentara descifrar los acordes de tan bella sinfonía. Aproveché para preguntarle acerca de sus sentimientos por la escritura.

-No hay una mayor felicidad en la vida que escribir -contestó sin pensarlo mucho-. El orgasmo no vale nada (reímos). Tiene su interés, claro, pero no como cuando uno está escribiendo.

-¿Y le resulta fácil hacerlo? -se había generado una atmósfera rica para las confesiones.

-Al principio, antes de sentarme a escribir, vomitaba el desayuno. Me sentaba porque lo único que quería era escribir. Pero el problema de la página en blanco es absolutamente real, y es aterrador.

"Cuando era joven e inexperto, leí un reportaje, ahora muy conocido, que le hacían a Hemingway, creo que en el París Review. Allí contaba cómo lo resolvió".

Hizo una pausa para reflexionar. Pensé que era el momento propicio para desenvainar la grabadora o mi libreta de apuntes. Pero temí que se rompiera el hechizo, que se perdiera el ambiente de intimidad logrado. No lo hice.

Sabía que detrás del relato sobre el genial novelista norteamericano me hablaría de su eterna receta: la de comenzar por escribir las mejores ideas para entrar en calor. "Si después no sirve, lo botas -aseguró-; pero ya está empezado. Y a la mitad del camino, cuando va surgiendo mayor identificación y uno comienza a escribir como si alguien le estuviera soplando, no te levantas; sigues con el principio del día siguiente antes que el brazo se enfríe. Al día siguiente, empiezas en la cola del anterior".

-¿Cuál es el mejor lector? -volví a la carga.

-El que me hace la burrada de leerme en una noche. Lo odio, porque él se despacha en unas horas lo que a mí me costó años escribir. Pero me encanta el haberlo podido atrapar al punto de obligarlo a no dejar el libro hasta el fin.

-En su obra ese éxito tiene que ver mucho con la ficción...

-Lo esencial de la ficción no es lo verdadero -advierte-, sino lo verosímil. Inventar la vida, eso es una maravilla.

"En Cien años de soledad, cuando José Arcadio Buendía, el joven, va a buscar a Pilar Ternera para su debut sexual, yo sé muy bien lo que sentía. Estando en Bogotá, en el internado de la escuela secundaria (por 1944, a los 15 ó 16 años), yo tenía una novia que vivía con sus padres, en una época en que no se hacían esas cosas. Los padres de los costeños, cuando partíamos a Bogotá para estudiar, nos hacían dos advertencias: cuidarse de la pulmonía -Bogotá está a una altura en que conocen el frío-, y no embarazar a una cachaca, que es como les dicen a las bogotanas. Eso les pasaba a todas las hijas de dueños de pensión.

"Además de la novia de mi edad, yo tenía otra, casada, que vivía con el marido, los padres y las hermanas en una de esas casonas de antes donde todos los cuartos rodeaban un jardín, en Sipaquirá, un lugar famoso en Colombia por su moral estricta. Ella me avisaba cuando el marido se iba de viaje y me invitaba por la noche a su cuarto, que era el último de la casa. Me dejaba la puerta de calle sin tranca y yo tenía que atravesar por un pasillo el cuarto donde dormían los padres, el de la hermana casada que dormía con su marido y sus niños, y otro cuarto que se usaba como costurero. De entrada, pasaba muerto de risa. El problema era a la salida, exhausto, asustado. Salir era terrible. (Sonaron nuevas carcajadas).

"Para escapar del internado me descolgaba por detrás, mientras los compañeros me ayudaban con la condición de que les contara después. Lo que ocurría en el cuarto era como un temblor de tierra, igual que para José Arcadio. Era yo el que decía no soy capaz, pero cómo hago para no ir".

-Es evidente su pasión por los recuerdos de familia. Además, pienso que es una gran suerte para un escritor haber vivido esas historias.

-Empecé a contar con lápiz; antes de poder escribir inventaba historias dibujando. Eso hice cuando el abuelo me llevó a ver una función del mago Richardine, que le cortaba la cabeza a su ayudante. Quedé deslumbrado. Lo dibujé sobre la pared en la casa de Aracataca. Creía que era un dibujo absolutamente realista (igual que cuando escribo). Pero al verlo otra vez después de muchísimos años, el mago monumental que había quedado en mi memoria medía solo cincuenta centímetros. Y era imposible darse cuenta si cortaba una cabeza y a quién.

"Barranca era el pueblo de mi abuelo donde mató a un hombre en una riña de gallos. (Como José Arcadio Buendía en Riohacha.) Durante una de mis vueltas por La Guajira, en los años 50, cuando iba a vender enciclopedias, un señor me dijo: Usted es nieto del coronel Márquez, yo soy nieto de Prudencio Aguilar, entonces su abuelo mató a mi abuelo. Al principio me asusté, pero el hombre era amabilísimo. Resultó ser un contrabandista con gran sentido del honor. Llevaba siempre un fajo de billetes para el guardia de aduana. ¿Y si un día no te lo recibe?, le pregunté. No voy a tener más remedio que matarlo, contestó, porque lo que gano es para la educación de mis hijos".

-A pesar de los más de 30 años transcurridos luego de escribir Cien años de soledad, aún no logra zafarse de ella. Es como un matrimonio. Y no es para menos, supe que fueron 18 meses sin hacer otra cosa que escribir.

-Durante tres meses no salí siquiera a la puerta de la casa. Uno de los problemas que tenía para resolver por esos días era cómo hacer desaparecer a Remedios la Bella, que en la realidad de Aracataca se había ido con un hombre cuando ya tenía nietos. En el pueblo, eso no se decía porque a la familia le daba vergüenza. Explicaban, en cambio, con toda seriedad, que un día se había volado. Y así resultaba más creíble que la verdad.

"En esas estaba cuando miré por la ventana hacia el patio y vi a la chica que ayudaba en la casa colgando unas sábanas durante una tarde con mucho viento. De esa forma salió Remedios del libro, se fue volando aferrada a las sábanas furiosas de truenos."

Mientras hablábamos, se acercó una pareja de guitarristas que propuso tocarnos algunas canciones a cambio de unos pesos. Le pusieron la tapa al pomo cuando presentaron el menú: Los Buquis, Pasteles Verdes, Pimpinela, Juan Gabriel... Y la Guantanamera, para complacer peticiones, algo que no podía faltar "porque siempre nos la piden".

Los despedimos para hacerle mejor caso a una vendedora de empanaditas de queso. Estaban calientes, exquisitas.

Mientras comíamos, aproveché para mostrarle al Profe que conocía bastante su historia, de cómo había publicado su primer cuento en un diario de Bogotá y no tenía ni un centavo para comprar el periódico. Luego, fue el segundo, el tercero, el cuarto, cuya publicación fue anunciada en el periódico del día anterior. Pero por el Bogotazo tuvo que mudarse a Cartagena.

Los primeros pasos en la profesión del famoso novelista habían sido tortuosos. Debió comenzar los estudios de Derecho porque su padre quería convertirlo en abogado.

-Pasaba por la puerta del diario El Universal -esta vez no me miraba, hablaba con el mar. El salitre se pegaba al rostro y la espuma de las olas bañaba nuestros pantalones- y un día vi al otro lado de la vitrina un señor solo; entonces me atreví a entrar. Cuando le dije el nombre, se acordó de los cuentos publicados en Bogotá y me tomó.

"En esa época los jefes de redacción eran verdaderos maestros, le corregían a uno las notas con lápiz rojo. Mi primer artículo era todo lápiz rojo. Luego cada vez fue menos hasta que el lápiz rojo desapareció del todo. El periodismo era una cosa estupenda".

Si alguna vez tuve dudas acerca de mi posible apego al periodismo -y las tuve, porque lo que más me interesaba era conocer mundo-, todas ellas quedaron disipadas. Cada palabra de aquel hombre transpiraba un enorme respeto y amor por la profesión.

De sus aventuras en Cartagena saltó a su vida en Barranquilla, donde trabajó en la redacción de El Heraldo. Allí, "la edición cerraba a la una de la madrugada y en la noche dormía dentro del mismo periódico. Me quedaba con el linotipista hasta que cerrara. El ruido a lluvia de los linotipos era ideal para escribir. Ahí escribí ‘La hojarasca'". Entonces, el joven periodista vivía al día; radicaba en un viejo hotelucho que sus amigos apodaron "El Rascacielos", donde las habitaciones estaban divididas por paredes de cartón.

-¡Las cosas que se oían -me dice con mirada pícara-, las voces que se reconocían! Los gobernadores, los funcionarios, ellos todavía no saben todo lo que yo sé. Todo mi equipaje era un pantalón, una camisa y dos calzoncillos. Uno puesto y otro secando. A la mañana, quedaba yo solo con las chicas y les pedía: ¿quién me presta un jabón? Fue en ese tiempo que mi madre vino a buscarme para vender la casa.

-Ha llovido mucho desde entonces -le dije-. Creo que usted no es el mismo desde 1967, cuando se publicara la edición argentina de Cien años de soledad y comenzara una carrera de incesantes ediciones de libros, con tiradas de cientos de miles de ejemplares ¿No cree que tantos ojos puestos sobre cada letra nueva que se le ocurra, se convierten en obstáculo a la hora de escribir?

-A mí, toda la vida se me fue eludiendo obstáculos que me impedían ser escritor. Incluso, cuando ya lo era, hecho y derecho, tenía que vivir de los periódicos, la radio, la publicidad, el cine. Mi padre me dijo, cuando hubo de resignarse a que abandonara los estudios de Derecho: comerás papel.

"Cuando uno se sienta a escribir, tiene que querer ser mejor que Cervantes. No lo será, pero es un buen impulso".

Qué bueno estaba eso. Ya no podía aguantar más. Iba a reventar. Trataba de almacenar en mi memoria las ideas más sobresalientes, que luego me permitieran armar un texto, pero todo lo hallaba importante.

La grabadora, indigna, continuaba en reposo. La saqué del bolso a la velocidad que un cowboy de Hollywood exhibe para desenfundar su Colt. Era la única manera de poder eludir la pena. Le expliqué que no podía permitir que se me escaparan tantas reflexiones interesantes. El Gabo sonrió confuso. Estaba claro que no entendía el porqué no lo había hecho antes. Monté un casete, Song for America, de Kansas -uno de mis favoritos-, a esa hora daba igual, no me pondría a mirar en cuál grabar. Las manos me sudaban. Apreté la tecla REC. No encendía el diminuto bombillo rojo que anuncia el normal funcionamiento del equipo. La vieja Sony no andaba. La revisé, él me ayudó, probé el remedio santo -ideal con televisores y radios soviéticos- de los puñetazos y tampoco dio resultado.

Entonces recordé que llevaba tiempo usando las mismas baterías. Esa debía ser la razón. Así que le ofrecí disculpas, me lancé de la cama al buró -a un paso, en mi apartamento todo está muy cerca-, donde guardaba celosamente un par de baterías nuevas, se las puse a la máquina y volví a acostarme.

Di vueltas y vueltas, conté ovejas, hice ejercicios de relajación. Pero no lograba volver a dormirme. Así estuve hasta las seis de la mañana. El calor, como siempre, era insoportable. Me vestí y algo "depre" salí caminando para la redacción. Debía entregar un reportaje sobre la Casa de las Tradiciones, de Santiago de Cuba, un lugar donde seguro el genial Gabriel García Márquez encontraría buen trigo para sus asombrosas historias.

En lo adelante, pasé días, semanas, acostándome tarde, siempre con la grabadora -con las nuevas baterías puestas, claro, lo de antes no me vuelve a pasar- en la mano. La apretaba para que no se me olvidara. También ahorré algunos quilos para invitarlo a unas cervezas. Han pasado tres meses esperándolo y nada. Camino Rampa arriba y Rampa abajo, regreso al Malecón y no aparece. Teresa me regaña: además de dormir mal, en la madrugada la he golpeado con la grabadora. Ahora el pequeño equipo duerme debajo de la almohada. ¿Se acordará el Gabo que me debe un sueño?

Nota: Los parlamentos de Gabriel García Márquez fueron extraídos de quince horas de seminario, durante tres días, con estudiantes y profesores en la cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara, 1996.

El músico de la Alfabetización

El músico de la Alfabetización IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Centro de Documentación del periódico Granma

Eduardo Saborit murió a los 51 años. Un infarto. Muy rápido, apenas 20 minutos. Un rato antes, le había afinado por teléfono la guitarra a su médico y le cantó, junto con Zoila, su compañera, la hermosa canción de La Bayamesa al sobrino Paquito, para dormir al pequeño. Cuando decidió él mismo descansar, tras la fatiga de un día de habituales ajetreos, colocó sobre la mesita de noche el libro Los fundamentos del socialismo en Cuba.

"Adelgazó mucho en ese tiempo, apenas paraba en la casa. Un año antes, durante la Campaña de Alfabetización, abuelo se enamoró de ella y la vivió como un cubano que llevaba aquel proyecto en el alma. Siguiendo las orientaciones de Fidel de continuar estudiando, fue fundador del sistema de becas como maestro de la Escuela de Instructores de Arte, allí fue profesor de guitarra", eso me cuenta en una tarde de evocaciones Diana Bello Saborit, nieta del músico emblemático de esa primera gesta en la educación cubana.

Unidos en amistad y trabajo, fue el Indio Naborí, el poeta de la Alfabetización, quien lo vinculó a Celia Sánchez y a Mario Díaz, el coordinador de la campaña. Integró, así, la Comisión de Divulgación: "Se requería de un himno y él compuso, letra y música, el de las Brigadas Conrado Benítez. Era un creador productivo y súbito, y en el anfiteatro de Varadero, el Día de las Madres de 1961, cuando el Comandante en Jefe despidió a un grupo de brigadistas, se cantó por primera vez en público".

De Saborit habrá que recordar el periplo de Oriente a Santa Clara con uno de los dos colectivos artísticos que durante la campaña llevaron nuestro el arte a los brigadistas, sin importar zonas intrincadas, comidas al paso, noches de mal sueño en hamacas y escenarios improvisados a la luz de faroles o de la luna cómplice. De esa etapa, el Jilguero de Cienfuegos y Marthica Morejón lo recuerdan como un divulgador de lo cubano, como un hombre cariñoso, dulce, amable, nunca bravo, amigo, compañero a todo riesgo y con una sonrisa permanente en los labios.

Nacido en Campechuela, desde muy joven integró diferentes grupos musicales. Su primer gran éxito, la radionovela Pepe Cortéz, lo llevó a ser contratado por la antigua CMQ.

Fue un hombre de entera confianza de la Revolución. Cuando el ataque mercenario a Playa Girón, apenas unas horas después, Celia Sánchez le encarga a él y a Naborí "tocar con sus manos" lo que allí había pasado para que vinieran luego a contarles a los propios familiares de los brigadistas cómo estaban los muchachos: "Mi abuelo constituyó un ejemplo para la familia, un compromiso con la nueva vida que se abría, un orgullo. Después de muerto, sigue siendo el bastión de su núcleo", eso dice Diana, entonces una adolescente.

En ese febril hacer, en Ciudad Libertad trabajó en el Consejo Nacional de la Alfabetización. Después vino el Congreso, un corte necesario para conocer cómo se iba comportando la gesta de enseñar. En la clausura del evento, en el antiguo teatro Chaplin, hoy Karl Marx, en el segmento artístico se estrenó Despertar, también de la autoría de Saborit e interpretado por Edelia Ferrer. Fidel pidió que se repitiera. Se cantó dos veces.

Y, por fin, la entrada de los brigadistas a la Plaza de la Revolución el 22 de diciembre de 1961. Allí, multiplicada en miles de voces, se coreó la Marcha triunfal de la Alfabetización, más conocida como Cumplimos.

"A partir de la campaña, y ya para siempre, abuelo vistió solamente el uniforme de los brigadistas. No le importó que concluyera aquel hermoso proyecto, se había entregado tanto a él que no quiso separarse de esa ropa. Así lo enterramos, y abrazado el ataúd con las banderas cubana y de la Alfabetización", rememora Diana.

Ese día de duelo, un grande de la música campesina, Ramón Veloz, lo homenajeó con una corona enorme en forma de guitarra. Sus alumnos de la Escuela de Instructores de Arte recogieron flores de los jardines de la institución y conformaron otra, al tamaño original.

"El músico de la Alfabetización", como le llamó el Indio Naborí, fue hombre de entereza vertical. Por dos veces pusieron en sus manos un cheque en blanco. La primera, cuando en la década de los 50 compuso Conozca a Cuba primero y al extranjero después, y la Compañía ESSO quiso utilizarla para su publicidad. Se negó porque, lo que escribía de su Patria, era para ella y no para comercializarse. La segunda, al triunfo de la Revolución los dueños de Publicitaria Siboney quisieron que emigrara a Puerto Rico. En respuesta, viajó al VII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, en Viena, y a los países socialistas. De ese periplo nació Cuba qué linda es Cuba.

Al cabo del tiempo, Diana tiene pesares: "Su música hoy no es suficientemente difundida y es muy triste que la obra de un hombre como él, patrimonio del país, se vaya apagando. ¿Y quiere que le diga algo: letras como Sin banderas, Cuida tu Patria, Niño cubano y Mi escuelita, tienen hoy total vigencia", recalca la nieta, convertida al cabo en historiadora del abuelo.

¿Y cuál es tu alegría?, pregunto al final de un rápido repaso por la obra de Eduardo Saborit en la Campaña de Alfabetización: "Doy gracias a la vida por dos cosas: haber sido nieta de ese hombre inmenso, y por ser yo misma abuela. Esas han sido mis grandes oportunidades, mis sentimientos más puros".

Garibaldi en La Habana

Garibaldi en La Habana

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Rafael Torres  

¿Estuvo Giuseppe Garibaldi en La Habana, sí o no? Esta es una pregunta recurrente para los cubanos admiradores del gran paladín de la unificación italiana, de quien nuestro José Martí escribió: "(...) De una patria, como de una madre, nacen los hombres: la Libertad, patria humana, tuvo un hijo, y fue Garibaldi...". 

El 6 de diciembre de 1987 en un trabajo publicado en Resumen Semanal (hoy Granma Internacional), se afirmaba: "De igual modo existen datos concretos sobre la presencia clandestina (no podía ser de otra manera) de Garibaldi en La Habana. El patriota Juan Arnao, en su obra histórica, menciona el hecho de que en 1850 el héroe trató de organizar un núcleo de conspiradores en una botica situada en la esquina habanera de San Ignacio y Obrapía, propiedad del español liberal Salvador Zapata, quien más tarde donó dicha casa a la Sociedad Económica de Amigos del País. Estuvo varios meses en Cuba siempre tratando de escapar a la vigilancia de los agentes coloniales". 

Años antes, el 1 de junio de 1982, y a propósito de la presencia de Giuseppe Garibaldi por estos lares, en el Palacio de los Capitanes Generales se develaba una tarja conmemorativa de mármol blanco, con letras caladas, enviada por la municipalidad de la capital italiana.  

Estudiosos del tema se han debatido en el tiempo entre la afirmación y la negación, y la más reciente entrega de esa búsqueda cíclica la propicia el investigador y miembro de la Asociación Nacional de Historiadores de Cuba, Enrique Pertierra Serra (Mantua, Pinar del Río, 1957) con el libro Italianos por la libertad de Cuba, publicado en el 2000 por la Editorial José Martí.  

"La historia hay que probarla con documentos y no hay uno que lo diga, pues cuando la intervención norteamericana los españoles evacuaron los Archivos de la Marinería, los cuales darían el testimonio conclusivo de que Garibaldi estuvo en La Habana. Sin embargo, sí existen evidencias como, por ejemplo, a través de Antonio Meuci conoció a Gaspar Betancourt Cisneros, Cirilo Villaverde y John Anderson, este último negociante de tabaco y simpatizante de la unificación de Italia, quien había estado en La Habana en varias oportunidades y dominaba a fondo la situación política de Cuba. 

"Otra es que el etnólogo Fernando Ortiz, basándose en datos de la revista italiana Minerva, dice que Garibaldi viajó a La Habana en 1851, en un vapor llamado Saint George, acompañado de su amigo Francesco Carpanetto, con la intención aparente de un viaje comercial a Centroamérica, e hizo escala aquí con documentación falsa. De La Habana continuaron rumbo a Panamá y de ahí a Perú.  

"A su vez, Justo Zaragoza, historiador español nada partidario de la independencia de la Mayor de las Antillas, en su libro Insurrecciones en Cuba dijo que Garibaldi había arribado a La Habana en 1850 en un vapor llamado Georgia. Y la otra es de Juan Arnao, emigrado en Tampa, quien aseguraba el viaje del italiano en 1850.  

"Podemos tener en cuenta, además, que debió permanecer aquí con otro nombre, quizás Giuseppe Pane. Los españoles no iban a permitir su estancia si se presentaba con su verdadera identidad." 

Preciso: ¿sí o no? Y Pertierra toma las bridas del asunto con una rotunda afirmación, para luego analizar el contexto histórico en que se une Garibaldi a la historia de la Isla, después de su llegada a Nueva York el 30 de julio de 1850, y su relación con la Junta Cubana, liderada por el anexionista Narciso López, quien probablemente no contactara de manera personal con el gran paladín. También, extiende la posible fecha de visita a La Habana entre 1850-1851. 

¿Y qué hizo en La Habana? ¿Es cierto que conspiró?: "No lo creo, pienso que vino a palpar el sentimiento de los cubanos y observó que el momento no era el propicio, pues no estaban las condiciones para la independencia".  

No debe haber permanecido solo un día, como afirman algunos investigadores, pero tampoco meses como indican otros: "Garibaldi era una persona muy experimentada, no un aventurero; tenía un ideal y se mantenía fiel a él. Conocer la situación de la colonia requería de cierto tiempo. En aquellos momentos no se gestaba una revolución genuina, independentista, y el italiano no comulgaba con las ideas del anexionismo, eso fue lo que hizo que no estuviera involucrado en los movimientos separatistas cubanos de la época, recuerde que era anticolonialista". 

El 3 de enero de 1869, ya iniciada nuestra guerra libertaria, Emilia Casanova, esposa de Villaverde y en ese entonces secretaria de la sociedad Liga de las Hijas de Cuba, le escribe para que la espada garibaldina se uniera al machete mambí y la causa cubana ganara numerosos adeptos en el mundo. El italiano está inserto en la unificación de su patria y demora un año en contestarle, pero le confiesa:  

"Con toda mi alma he estado con Uds. desde el principio de su gloriosa revolución.  

"No es solo la España quien pelea por la libertad en casa y quiere esclavizar a los demás pueblos fuera. Pero yo estaré toda la vida con los oprimidos, sean reyes o naciones los opresores." 

Y el 22 de febrero de 1870, en una segunda carta, le dice: 

"En otra mía yo manifesté a Ud. el interés que tenía por la libertad de Cuba. 

"Yo soy por los republicanos de España, pero, no, por ese gobierno reaccionario y deseo a su bella patria la total independencia por la cual tan heroicamente pelea."  

En suma, Pertierra mantiene que el Caballero de la Libertad sí estuvo en La Habana porque las pistas están en lo que en su momento escribieron o investigaron Cirilo Villaverde, Juan Arnao, Justo Zaragoza y Fernando Ortiz.  

Quizás en algún archivo español pudiera hallarse la definitiva respuesta.  

Meteorología con rostro periodístico

Meteorología con rostro periodístico

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Ricardo López Hevia 

Si Orfilio Peláez Mendoza se decidiera pudiera escribir uno de los libros de anécdotas más humorísticos de estos tiempos. Y no porque las fabule, sino porque le ocurren los más inusitados percances. Sin embargo, no es ese texto esperado por sus compañeros de la Redacción Nacional de Granma el que vio la luz, sino una recopilación de 110 textos entre sus más de 500 artículos, comentarios, entrevistas, reportajes, crónicas e informaciones que, con la paciencia de una hormiga trabajadora, ha publicado sobre meteorología y las múltiples facetas de esa disciplina en Cuba y el resto del mundo, redactados durante 20 años de estudiosa labor. 

En soporte digital nos entrega Meteorología con rostro periodístico, un homenaje que por el aniversario 40 del Instituto de Meteorología merecidamente hizo ese organismo y la Sociedad Meteorológica de Cuba a este periodista de proverbial modestia, imprescindible en la redacción en los tiempos azarosos de tempestades y huracanes. 

"Orfilio está en Festival", es la frase acuñada cuando la temporada ciclónica se presenta en sus más activos momentos, y mientras el resto de los compañeros sufre por los aguaceros y vientos que reportan desde cualquier lugar del archipiélago, el "Orfi" no se despega de la computadora, llama por teléfono, recibe de primera mano los partes, escribe, y hasta se aventura en pronósticos. Ese es su puesto de mando. 

Producido por CITMATEL en un mes, con enlaces en las páginas web de Granma y el Instituto, el CD proporciona abundante información sobre ciclones tropicales, cambios climáticos, contaminación atmosférica, la capa de ozono, el fenómeno de El Niño, sequías, lluvias provocadas, y hasta las aplicaciones de la meteorología en la agricultura. Cuenta también con una galería de fotos espectaculares, la mayoría de ellas arrebatadas a la naturaleza por los fotorreporteros del periódico y por el meteorólogo Armando Caymares. En suma, una interesante propuesta que divulga de manera popular esta ciencia, y que bien pudiera convertirse en soporte de referencia no solo para especialistas, sino también para estudiantes y curiosos de ese microuniverso del saber. 

Es tanta su pasión por la meteorología (dice que el más remoto recuerdo es el ciclón Alma, el cual siguió en un pequeño mapa escolar a la edad de ocho años), que si uno no quiere verlo disperso y nervioso es mejor dejarlo escuchar el parte de la noche en el Noticiero de Televisión. No importa que esté en el momento más íntimo, en una visita o comiendo. La vida se detiene porque solo es importante el rumbo de los elementos y lo que pueden proporcionar de noticia al periódico. 

Todavía le faltan unos años para festejar la "media rueda" y está en un momento de mayor reflexión, de plena madurez profesional. La multimedia, entonces, es un reconocimiento que le sorprende y conmueve porque "yo solo he querido trabajar bien y cumplir con lo que se me encomienda". También le ha hecho repasar sus textos y ver cuánto ha crecido en la presentación y manera de escribir los reportes. 

"Los primeros me son sentimentalmente muy gratos. Mi debut fue una información sobre el inminente azote del huracán Kate, y salió publicada en la primera página de Granma el 19 de noviembre de 1985. Yo había ido a buscar el pan y llovía bastante fuerte cuando compré el periódico. Sentí tanta emoción que se la enseñé a todos los vecinos. Todavía no era periodista, sino archivero del Centro de Documentación". 

No puede sustraerse a los agradecimientos, pero son muchos y le comento que el espacio es tiránico en cualquier soporte mediático. Entonces, entre las prioridades me habla de su padre, el fallecido científico Orfilio Peláez, y de su madre, la batalladora Mariadela, de quienes heredó los dones de la sencillez. 

Y sin que falte, Silvia Diéguez, quien le permite compartir amores con las tormentas de verano: "Me gustan tanto, que una vez caí en un bache y el carro se apagó. No me daba cuenta que el agua estaba a la altura de la mitad de las puertas. No hay como el disfrute de un aguacero fuerte o ver las nubes bajitas cuando se aproxima un ciclón". 

Fundador de la Sociedad Meteorológica de Cuba, miembro de su ejecutivo y vicepresidente del Círculo de Periodismo Científico de la Unión de Periodistas de Cuba, el "Orfi" está de fiesta por este premio al trabajo callado, a la labor del día a día. Quizás sea el momento en que repiense seriamente en escribir el libro de sus anécdotas y también, ¿por qué no?, otro dedicado a la ciencia de sus pasiones.

¡APREMIADO POR EL CIERRE!

¡APREMIADO POR EL CIERRE!

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: OTMARO RODRÍGUEZ 

A los 71 años asume sin arrepentimientos fortalezas y carencias. De las primeras no gusta hablar y deja a los amigos las enumeraciones, aunque precisa que en la profesión ha dado todo cuanto su capacidad le ha permitido, de manera que cada entrega fuera buena y útil para el pueblo, destinatario de privilegio de los periodistas. De las segundas, confiesa que la mayor es no haber elogiado suficientemente el trabajo de sus subordinados: "Cargo, aún hoy, con ese defecto". 

En pocas líneas puede ser esta una presentación de Juan Marrero González, vicepresidente de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC). La bienvenida a un hombre que nació un día cespediano y que durante 48 años no ha dejado de pensar en clave de periodismo para buscar, entender y transmitir la noticia. No importa que haya dejado de ser un comentarista en la línea de fuego del periódico Granma, para él siempre habrá una trinchera desde donde ejercer el oficio de la palabra precisa, orientadora, objetiva y parcializada con su causa. "El periodista busca el equilibrio para ser objetivo, no imparcial. No se puede ser imparcial entre el bien y el mal, entre lo noble e innoble, entre lo justo y lo injusto, entre el opresor y el explotado".

Es la huella que le dejó un grande, Jorge Ricardo Massetti, fundador de Prensa Latina y con quien trabajó desde la arrancada de la agencia en 1959: "Con él aprendí lo que es hacer un periodismo revolucionario, de compromiso". También suma entre sus maestros a Blas Roca, director del periódico Hoy, por su capacidad organizativa. Otros dos impostergables son José Martí y Fidel Castro, cuyas maneras particulares de hacer periodismo ha estudiado acuciosamente. "De todos ellos hay una dosis en mí, y me han orientado hacia dónde dirigirme y cómo hacerlo". 

Es un hombre que confiesa haber estado en el lugar justo y el momento oportuno en algunas ocasiones. Así, a Granma se integró desde las jornadas iniciales de 1965 y solo dejó parcialmente el rigor estresante de un diario en 1994, cuando fue electo Vicepresidente de la UPEC. No obstante, al periódico continúa tributando sus escritos: "Ser fundador marca. Prensa Latina y Granma están en mi corazón". 

Marrero es un profesional de modestia visceral. Casi hay que obligarlo a hablar de sí ahora que está en los 71 años de edad y es, sin duda, una referencia obligada para sus contemporáneos y para las más jóvenes hornadas de periodistas. En síntesis apretada: más de 50 coberturas de trabajo en el exterior, muchas de ellas acompañando al Comandante en Jefe, "fueron días muy tensos, tanto por la responsabilidad de reportar las actividades de nuestro máximo líder, como por las dificultades técnicas en no pocos países desde donde transmitir hacia La Habana no era fácil, y pasaba horas buscando un télex o un teléfono, apremiado, además, por el cierre del periódico". 

Ahí están sus crónicas puertorriqueñas, cuando en 1966 la delegación deportiva cubana en el barco Cerro Pelado reclamó el derecho a participar en los Juegos Centroamericanos y logró desfilar en la inauguración del evento pese a las agresiones contrarrevolucionarias manipuladas desde Estados Unidos; dos viajes a Viet Nam en guerra; el ascenso y descenso de Arnaldo Tamayo, el primer cosmonauta de Cuba y Latinoamérica; y el recorrido de Fidel por África en 1977. En la Isla, dos acontecimientos indelebles: la muerte del brigadista Manuel Ascunce Domenech, noticia que transmitió en los días que reportaba la lucha contra bandidos en el Escambray; y el ciclón Flora, jornadas de profunda trascendencia humana y solidaria para los cubanos. 

En Granma todavía se habla de "la escuelita de Marrero", una manera muy particular de dirigir cuando se desempeñaba como jefe de la página de Internacionales. "En ‘mi escuelita’ se sabía el horario de entrada, pero no el de salida, y el método consistía en exigir por la calidad del trabajo. Yo he sido un jefe exigente y no me duele decirlo porque creo que eso constituye una virtud. En eso me educó Massetti. A esa exigencia se unió que nunca maltraté ni impuse criterios, prefería discutir y hablar con mis subordinados acerca de sus errores, aunque debí elogiar más sus éxitos". 

Ángela Oramas es su compañera en la vida y periodista que comprende las entregas de una profesión en la que no hay paradas. Es, además, una especie de secretaria que le insta a hablar del magisterio ejercido en las aulas de Granma, la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, y en los diplomados de la UPEC; de todo su saber recogido en varios libros y de su hacer en la Comisión Electoral Nacional. 

Milita desde hace 41 años en las filas del Partido, ha recibido la Medalla de la Amistad de Viet Nam, las distinciones Félix Elmuza y Por la Cultura Nacional y el Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida. Si en una situación límite tuviera que salvar algunos de sus cientos de ejemplares trabajos, ¿podría hacerlo con brevedad? 

No duda sobre la urgencia de rescatar tres crónicas: El gordo de Caguas, sobre un puertorriqueño que defendió a la delegación en las jornadas del Cerro Pelado; Diálogo entre Allende y Portocarrero, una conversación entre el líder chileno y el pintor cubano, y La niña Hang, historia de una pequeña vietnamita sobreviviente de la barbarie norteamericana. 

Juan Marrero es de los que profesan la máxima de que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.