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EL GENERALÍSIMO FUE UN PADRE AMADO

EL GENERALÍSIMO FUE UN PADRE AMADO

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Raúl López

Es muy difícil ahora imaginarnos a Máximo Gómez llevando a sus hijos a la escuela en la mañana, recibiendo una citación para una reunión de padres o recogiendo en el fin de curso el certificado de notas de sus pequeños. Pero esos documentos existen y es una belleza en la vida de un hombre que en la medida que piensa en Patria, lo hace también en familia y en los hijos.

Porque hay un Gómez que en el período de tregua juega en el piso con Itica, la última de las hijas llamadas Margarita (habrá que perpetuar el nombre hasta que sobreviva), niña a quien Panchito le disputa el amor filial; un Gómez que prepara todos los días un catecismo a los hijos, en el que habrá mucho de su experiencia personal; un Gómez que educa a la prole en la lectura de buenos libros; un Gómez que con Laíto toma cerveza en un bar de Honduras y habla de problemas cotidianos, incluso hasta del atractivo que ejerce el joven en ciertas muchachas del lugar donde vive. Así nos llega el hombre de toda la Guerra de los Diez Años, el militar que dirigió la Invasión de 1895: sin charreteras, sin sombrero, sin machete, sin botines. Simplemente en casa.

Eso cuenta el máster en Ciencias Históricas Antonio Álvarez Pitaluga, profesor de la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología de la Universidad de La Habana, quien desde los tiempos de estudiante atesora datos que finalmente verán la luz el próximo año en un hermoso texto que llama La familia de Máximo Gómez (Editora Política).

Asevera que la figura de Gómez no ha sido suficientemente reflejada por la historiografía y que los investigadores han vetado a El Viejo la posibilidad de estudiarlo como un hombre común, capaz de reír, de llorar, de enojarse con sus hijos y la familia, y de tener ciertos placeres corrientes. Sin embargo, "fue un hombre que tuvo la capacidad de amar en el transcurso de la vida y, a la par de ser héroe, combatiente y revolucionario, fue también padre y hombre como cualquier otro".

En total tuvo 16 hijos, hasta donde puede probarse documentalmente. Ignacia y Laíto Gómez, y Francisco González le llegaron muy joven, fuera de matrimonio, en República Dominicana. En Cuba, con Bernarda Toro en una unión matrimonial que se consagró a lo largo de 35 años, vinieron 11; y en la década de los ochenta, le nacieron Antonio Romero y María Teresa Tavel.

"Es un hombre que educa a sus hijos como lo hicieron con él, y era en la época: una formación autodidacta donde la primera instrucción que se recibía, la de aprender a leer y escribir, la de conocer la Cartilla, corre por la familia que tiene una función educativa y da preponderancia a los valores apegados a la moral.

"Para Gómez los valores esenciales son el espiritual y el de la humildad. De ahí una familia que en gran pobreza material, es de una inmensa riqueza espiritual, y esta se convierte en el signo con el que guía su vida".

Sin embargo es una familia, un padre, una esposa, que sufren por la pérdida de cinco hijos. Los primeros Margarita y Andresito murieron de inanición durante la Guerra Grande, en medio de las asperezas de la manigua; los segundos también Margarita y Andrés, fallecen en la tregua fecunda, por problemas de salud; y el segundo Francisco, el Panchito que prefiere caer al lado de su general, Antonio Maceo, en la bravura del combate de San Pedro. Y a pesar de ello, Gómez no renuncia, no deja de hacer revolución, no se desprende de sus ideales y, a costa precisamente de ser y saberse un jefe imprescindible, no pide un centavo.

Sobrevivirá a toda penuria el resto. "Pero ese padre no funciona sin una madre ejemplar. Manana tendrá su terreno de dominio en el hogar, mientras Gómez lo encontrará en los campos de batalla. Es un complemento que permite darse la mano en la educación de los hijos, y tan buena fue esta, que una vez fallecidos ambos, los vástagos fueron consecuentes en su veneración y en no traicionar sus principios".

Y el historiador afirma que casi todos murieron en Cuba después de 1959 por razones que pudieron ser diversas, "pero que les llevó a echar el resto aquí, excepto Clemencia, quien falleció en 1921, y el tercer Andrés, desaparecido en viaje de negocios a Alemania, y como en toda novela nunca se supo de él".

De los que tuvieron larga vida cita a la tercera Margarita, fundadora de las Milicias Nacionales Revolucionarias, de la Federación de Mujeres Cubanas y los Comités de Defensa de la Revolución, al frente de la Vigilancia en su organización de base en el reparto capitalino de Fontanar.

"Gómez se preocupó muchísimo por sus hijos. Existen cartas donde le expresa a su esposa la preocupación que siente por no ser capaz de desarrollar un buen papel, de no cumplir cabalmente con la dirección de la independencia de Cuba, en tanto necesita de la opinión de sus hijos. Esto quiere decir que la polea educativa de los padres a los hijos, en el caso del Generalísimo funciona al revés: la descendencia influye en la obra del padre y lo pone en el compromiso del ejemplo personal que les va a legar", añade Álvarez Pitaluga.

Hay una anécdota que retrata en cuerpo y alma al líder indiscutible: en medio de la Campaña de La Reforma, y cuando ya han muerto José Martí y Antonio Maceo, él está al corriente del matrimonio de su hijo Maxito. "Se preocupa constantemente por la familia, una familia que para la generación del 68 y del 95 será un símbolo del independentismo". Y otra: cuando regresa a Cuba en 1899, tiene una vida hogareña y es habitual que en casa se siente con los suyos los domingos, comparta sus vidas y asista a los bautizos de los nietos.

De entre sus hijos, Álvarez Pitaluga resalta su vínculo estrechísimo con Fernando Urbano, quien condiciona su vida al padre y está a su lado siempre, en relación muy bella, cual lazarillo. "Panchito es el que llega más alto en el plano político porque muere en los campos de San Pedro, pero los demás, desde sus propias edades y lugares donde estén, hacen proselitismo, revolución. Hay que borrar el mito historiográfico de que la familia son tres individuos -Gómez, Manana y Panchito-. Los hijos de ambos son 11, más otros parientes que entran y salen, y todos comparten un mismo hogar e igual ideario".

"Pienso que Gómez es un ejemplo de padre por varias razones, entre las primeras, porque, a pesar de la pobreza, de la humildad en que vivieron todos, nunca educó a los hijos en el trueque de valores materiales a costa del prestigio personal. Nunca lo hizo y prefería, parafraseándolo, andar con los fondillos rotos que pedir dinero".

Para Álvarez Pitaluga una frase de Silvio Rodríguez puede definir a este hombre amado por sus hijos: "Yo me muero como viví".

A HURTADILLAS CON FERNANDO PÉREZ

ELIZABETH MIRABAL LLORENS Y CARLOS VELAZCO FERNÁNDEZ,

estudiantes de tercer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana  

Esta entrevista mereció el Premio Nacional de Periodismo Cultural Monchy Font, que entrega la UNEAC a periodistas menores de 30 años.

Ese domingo se levantó poco después de las cuatro de la tarde. Las dos últimas madrugadas las había consagrado, junto a su equipo, al rodaje de Madrigal, película cuyo estreno será en mayo próximo. Pero esto es solo un elemento de actualidad en la entrevista. Lo que realmente nos interesa de Fernando Pérez es conocer lo que dice "el creador" que se las ha ingeniado para abrir las mismas puertas de Cervantes: la lectura, la imaginación, la curiosidad y la libertad.

Cara a cara luce más viejo de lo que aparenta en las fotografías, aunque posee un cierto desgarbo que le sienta muy bien. Alto, enjuto, (preferimos que los lectores no evoquen ni por un instante la imagen del Quijote), Fernando es siempre intranquilo en el set de filmación.

De cuando estaba en la universidad recuerda que era un finalista a la hora de entregar los trabajos. Aunque los tuviese en la mente, era la pesadumbre de no sentarse a escribir. Después, a lo mejor, los hacía de un tirón. Claro, siempre cumplía, sacaba buenas notas. Pero cuando le mandaban a leer un texto, se ponía a leer otro. "A los espíritus creativos no les gusta la obligación", se justifica. Cree en el rigor, pero no en la Academia. "Las cosas académicas pueden convertirse en rutina."

Dicen que usted es tímido. Otros, sin embargo, piensan que con una obra como la suya no necesita hablar tanto, ¿con cuál criterio se queda?

Soy tímido. Y no me gusta hablar mucho. Soy un hombre de pocas palabras, porque siento que a veces no logro expresar en palabras, lo he dicho siempre, lo que es mi pensamiento. Tengo amigos y colegas que lo logran, y me quedo asombrado de esa fluidez, de esa capacidad... Son capacidades que se tienen o no. Y he percibido con el paso del tiempo que me siento más cómodo cuando me expreso por imágenes. Esto no quiere decir que no me comunique con los demás. Tengo mi propia manera de comunicarme, y a veces uno se comunica sin palabras. Hay días en que soy muy fluido hablando conmigo mismo y con la gente que me rodea. Lo que sí es cierto es que desde niño, y sobre todo en mi adolescencia, la timidez ha marcado mi carácter y prefiero escuchar a tener que hablar. Siempre he dicho que hay cosas que se sienten y que expresarlas en palabras es muy difícil. A veces una mirada dice más que una frase. Así es como soy.

Un director de cine es una fusión de muchas profesiones, muchas sensibilidades o cualidades. ¿Cuáles son esenciales para usted?

Son esenciales para mí, y el hecho de que lo sean para mí no quiere decir que sean esenciales para todo el mundo, porque no creo mucho en las reglas, en las leyes que devienen fórmulas. He acumulado experiencia en mi trabajo como creador, como cineasta, y mi lenguaje cinematográfico lo he encontrado allí. Eso lo decía Almodóvar. Uno se encuentra en lo que quiere decir y ahí halla su lenguaje cinematográfico; no es que exista un lenguaje cinematográfico que uno deba aprender. Uno encuentra el propio.

Lo primero que debo tener es el sentimiento de la película que quiero hacer, ese sentimiento lo tengo que sentir. Cuando va naciendo la idea y se va desarrollando, lo voy conformando, definiendo. Es esencial. Luego, escoger bien a los colaboradores y saber escuchar, pero escuchándose uno mismo también. Muchas veces uno tiene que tomar decisiones y decir "por aquí es el camino, por aquí voy...", a pesar de las múltiples opiniones y argumentos que con razón puedan ser posibles vías. Pero uno tiene que escuchar también: he tenido colaboradores que han conformado la película que estaba en mí.

Además, en las distintas etapas uno tiene que crear, no con alegría, alegría no es la palabra, pero sí con disfrute, con deseos de hacer las cosas. Creo que uno no es cineasta las doce horas que está filmando, sino que uno es cineasta las veinticuatro horas del día. Y eso es vivir: vivir el cine. Se comienza a ver la vida a través del cine y el cine, entonces, forma parte de la vida de uno.

Hay otras, pero estas son las que me vienen a la mente.

¿Considera que en sus películas hace crítica social?

No. De la palabra crítica, a partir de un momento dado, empecé a dudar, porque fui crítico de cine, y uno puede tener una actitud crítica frente a las cosas, pero del término crítica se ha abusado mucho. Yo digo: "¿Es que hago cine para criticar?" No es mi objetivo. Hago cine para crear, para comunicar. Y después, "¿qué es lo que define lo que yo quiero decir?" ¿Es la crítica? No. Es tratar de expresar la complejidad de lo que te rodea, la complejidad de tus sentimientos y de tu visión, y la complejidad de la vida, porque parto del presupuesto de que el arte no puede ser esquemático. Hay otros lenguajes y otros discursos que pueden permitirse el esquema, o la reducción, o el didactismo. El arte enfrenta las contradicciones y la complejidad de la vida y la ambivalencia de las cosas, no puede consistir en dar moralejas. Y esa es la creación artística que me planteo. Y, por supuesto, cuando tú complejizas estás sacando aristas de la realidad que no tienen por qué ser las modélicas, ni las que otros lenguajes u otros discursos te exijan.

No digo: "voy a hacer esto para hacer crítica". Incluso, he sentido que hay obras no solo cinematográficas, que se quedan en el acto de criticar y no profundizan, no van más allá. Para mí eso tiene menos valor. No soy crítico de nada, me siento partícipe y comprometido con mi pensamiento y con el ejercicio de mi opinión y mi visión del mundo.

Según Oscar Wilde el sentido de toda cosa hermosa creada está por lo menos en el alma de quien la mira y en el alma de quien la creó. Suite Habana gustó a un público no acostumbrado a esa manera de hacer cine, a la ausencia de diálogo. ¿Qué hay del alma de Fernando Pérez en Suite Habana que coincide con lo que está en el alma de todos nosotros?

Para mí, Suite Habana fue un gran reto. Estuve muy inseguro durante el rodaje y con el temor de que el espectador cubano no se sintiera reflejado de alguna manera en la película. Primero, por el carácter del cubano, que es más extrovertido. Yo estaba dando aristas de su intimidad a partir de códigos que no son los que habitualmente se utilizan, pero que creo forman parte del cubano también.

Ahora me aparto un poco de la pregunta: Con Madrigal estoy tratando de hacer una película bien abstracta, bien abstracta..., fuera de todos los códigos que aparentemente puedan definir y definen la cubanía. Pienso que aún más allá de esos códigos, Madrigal va a ser una película más cubana que cualquier otra, aunque sea una película abstracta. Porque la cubanía es lo que decía Fernando Ortiz, un sentimiento inefable, eso no se puede clasificar. Se puede estudiar, investigar, expresar, pero no clasificar.

Y en Suite Habana creo que lo que puede mover el sentimiento que hay en mí y en el habanero y en el cubano, es común, es lo que nos une: el amor por lo que nos rodea aun cuando la mirada pueda tener complejidades de sentimientos y sentimientos contradictorios.

Es lo mismo que me pasa a mí cuando salgo a caminar por las calles de La Habana. Siento que formo parte de una gran familia. Hay gente que no conozco, y, de pronto, hablo con ellos y soy uno más... Y ese sentimiento de ser uno más y de compartir la realidad que uno vive y sentirse responsable de ella, con todo lo que está y no está, creo que es lo que une a los espectadores y a mí en Suite Habana. Fundamentalmente es eso: el amor a lo que es uno junto con los otros. Es lo que siento.

El personaje de Elpidio Valdés de su película La vida es silbar ¿es el héroe cubano de fines de los 90?

Absolutamente. Le pusimos Elpidio Valdés precisamente por eso. Elpidio Valdés tiene una madre que se llama Cuba, ya ahí estamos jugando con la alegoría. ¿Qué es lo que pasa con este Elpidio de los 90? No es el personaje modélico, no es la imagen de Elpidio de finales del siglo XIX. Es otra caracterización de la realidad y de la evolución de la realidad; y cómo ese Elpidio no modélico puede ser marginado, puede ser no entendido, puede ser apartado de la sociedad por las mentes que prefieren una imagen modélica de la misma. Esa era la contradicción de Elpidio. Pero el Elpidio de los 90, a pesar de sus propias contradicciones, ama a Cuba. Y está ahí. Y la quiere. Solo quiere que lo dejen silbar a su manera.

¿Qué palabras lo hacen desmayar?

No quisiera nunca actuar por miedo para preservar la libertad. La libertad es una palabra que no me hace desmayar, pero si sintiese miedo de ejercer mi criterio, su mención me provocaría ese desmayo. Hay otras, pero esa fue la que me vino a la mente.

¿Cuáles rasgos de los personajes de sus películas conservaría consigo?

Una de las constantes que he ido sintiendo poco a poco en las películas que he hecho es que la mayoría de los personajes, aun cuando no logren lo que han soñado, al menos han luchado. A mí siempre me gusta citar una frase, creo que es de Freud: "Soy un hombre feliz. Todo en la vida me ha sido muy difícil". Eso es algo que define a los personajes de mis películas y es un rasgo que quisiera mantener en mi vida también. Nada me ha sido fácil, pero eso me hace feliz: luchar, vivir. Y hacer.

¿Existe la película de su vida?, ¿la ha hecho o está aún en su cabeza?

Cada vez que voy a hacer una película, pienso que es la película de mi vida. Y todas las que he hecho las he hecho con ese sentimiento. Entonces las miro en el tiempo y son mis películas. Ojalá pudiera hacer muchísimas más. Ya tengo sesenta y un años. A veces me pongo a pensar en cuántas películas me quedan por hacer. Y digo: "coño, ¿me quedarán dos, tres...?, ¿cuántas?". Ahora estoy filmando y cada vez que voy al rodaje, me canso muchísimo, porque ya no es la misma vitalidad de cuando yo tenía veinte, veintiún años. Pero me siento feliz, y me dan ganas de filmar ya, después de que termine esta. Filmar otra, y otra, y otra..., pero no depende de mí. Uno hace las películas que puede, no las que quiere. Pero sí sé que cada película que haga intentaré hacerla como si fuera la película de mi vida. Nunca haría cine por otras razones. Creo que hago cine por empeño, por tratar de ser pleno y porque me gusta hacerlo.

Fernando, usted ha sido traductor de ruso, crítico, incluso actor, pero ser cineasta es, sin duda, lo que más le gusta. De no haberlo logrado ¿qué otro camino hubiese querido seguir?

Músico. Soy un músico frustrado. Ni sé cantar, tengo un oído pésimo para la música, soy patón, pero la música me llena mucho, cualquier tipo de música. Es una forma de expresión artística que puede lograr cosas muy misteriosas. Incluso, algunas de mis películas han surgido escuchando una música. Por ejemplo, ahora en Madrigal estoy utilizando una canción y se la hago escuchar a todos los que están trabajando en ella y les digo: "ese es el sentimiento de la película".

¿Qué película ajena que le hubiera gustado dirigir?

Ah... ¡Tantas! Ahora estaría loco por haber hecho cualquiera de las películas de Lars von Trier. Cualquiera. Es un visionario. Está más allá. Siempre hace una película distinta a la otra. Y hace lo que nadie hace, lo que nadie ve. Otra película que me ha obsesionado últimamente es Mulholland Drive, de David Lynch. Creo que es una de las pocas películas que ha logrado expresar el flujo de pensamiento de una mente disociada. La he visto como cinco o seis veces. Y, luego, en la historia del cine, tantas películas: Ocho y medio, de Fellini; Vértigo, de Hitchcock. Sería una lista interminable. Y van a surgir más películas. He vivido tantas vidas como películas he visto. Eso es algo que el cine tiene. Al menos para mí.

 

LOS FÍSICOS TENEMOS UN PROBLEMA GENÉTICO: EL OPTIMISMO

LOS FÍSICOS TENEMOS UN PROBLEMA GENÉTICO: EL OPTIMISMO

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ,

Foto: Aldo Mederos

En 1961, cuando trabajaban en la Universidad de Columbia, los norteamericanos Leon Max Lederman, Melvin Schwartz y Jack Steinberger concluían una importante etapa de investigación en sus vidas. Sin embargo, no fue hasta 1988 que tuvieron una llamada del rey de Suecia para decirles que era un excelente hallazgo científico y, ese mismo año, recibieron el Premio Nobel de Física por una serie de experimentos que permitieron descubrir una nueva partícula del núcleo atómico.

Al cabo, el doctor Lederman dice que no le importa si el reconocimiento les vino en el momento oportuno o tardíamente: "Personalmente ya tenía muchas medallas, y cada noche me toma unos 25 minutos pasarlas todas de la chaqueta del traje, al pijama". Sonríe y retoma el punto: "A veces requiere tiempo entender el significado de un descubrimiento".

Desde hace mucho dedicado a promover la enseñanza de las ciencias, tanto en niños y adolescentes como en profesores de Física de la educación primaria, cuenta que el programa que se aplica ha posibilitado la graduación de unos 4 000 docentes, y que los exámenes de los estudiantes demuestran que estos aprenden de una manera espectacular. Entonces, resume: "Cuando el profesor entiende, puede enseñar".

Le pregunto acerca de cómo hacer hoy más atractiva la enseñanza de la Física y qué transformaciones reclama a tono con los tiempos modernos esta disciplina, entre las más "bravas" de las científicas. Pero escatima particularidades y va más allá en el análisis porque, en su opinión, el principal cambio es que las personas comprendan más que nunca antes la necesidad de un mejor entendimiento de las ciencias, y debe ser así porque en el siglo XXI el potencial de estas y de la tecnología para mejorar la condición humana es enorme, pero también es grande para dañar a nuestra especie.

"La ciencia no tiene valor en sí misma, sino que depende de cómo se usa, y tenemos que establecer un consenso popular de cómo aplicarla para el avance de la Humanidad, para eliminar el hambre, las enfermedades, los lugares peligrosos donde viven muchas personas. Tenemos que aprender a mitigar catástrofes, a preservar el medio ambiente para nuestros hijos y los de ellos; y por supuesto, deberíamos eliminar las armas de destrucción masiva, tanto de las sociedades industriales como de los países que quieren hacer cosas estúpidas con ellas".

Se pregunta qué hace hoy exitoso a un científico: la curiosidad, el escepticismo, el nunca creer historias sin evidencias: "Tener la mente abierta, estar listo para cambiar el punto de vista cuando nos damos cuenta de que estamos equivocados. Cuando observamos la lista, nos sorprende comprobar que es la misma que nos gustaría para un ciudadano común inteligente. Los físicos tenemos un problema genético que se llama optimismo; podríamos usar la ciencia para hacer que avance la Humanidad".

Conoce profundamente a Latinoamérica, por eso no duda en afirmar que en ella hay mucho potencial humano, pero que las condiciones económicas, y también las políticas en no pocos casos, retardan el avance de las ciencias en esta parte del mundo: "Hace falta crear condiciones para que esos científicos puedan desarrollarse en sus propios países.

"Durante mis muchos viajes por estas tierras suelo preguntar por qué no hacen un gran laboratorio latinoamericano donde colaboren todos sus países, porque quizás eso pueda conformar una suficiente masa crítica de científicos y construir uno de los mejores laboratorios del mundo; y en ese mismo sentido, también propongo un laboratorio del Caribe que podría estudiar problemas como la mitigación de desastres."

Reitera que hay mucho potencial en América Latina, pero no muchas oportunidades: "Pienso que las facilidades de investigación que tienen los países industrializados de alguna forma son una herencia de todo el planeta, de modo que, en mi opinión, ellas pertenecen por principio a las personas del mundo que deseen satisfacer sus necesidades de hacer ciencia".

Esta es su segunda visita a la Isla. Durante la primera, en 1999, visitó la Facultad de Física de la Universidad de La Habana y el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladimir Ilich Lenin: "Conversé con los estudiantes; de ese momento recuerdo que quedé impresionado por la calidad de las escuelas y de los profesores; también, por los avances de la Biología. Me gustaría ver a Cuba integrada en la Ciencia y la Tecnología de este hemisferio, pero tenemos problemas y eso está tomando un tiempo demasiado largo; lamentablemente, las relaciones entre mi país y el de ustedes son escabrosas".

Le pregunto sobre cuánto le ha podido cambiar el merecimiento del Premio Nobel. Hombre expresivo, sencillo y de vital modestia, solo responde: "No soy hoy diferente a lo que era antes. Eso sí, he observado que ahora la gente me oye más amablemente". Y después dice con fina ironía: "Tengo la impresión de que las personas creen que lo sé todo, así que soy un experto tanto en problemas de seguridad pública, como en cuán largas deben ser las sayas de las mujeres. Particularmente pienso que tan cortas como sea posible". 

ENTREVISTA A PURO VERSO

ENTREVISTA A PURO VERSO

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Aldo Mederos

Sentado en la mecedora, rodeado de viejos libros, de fotos que atrapan la memoria de la vida, el busto que hiciera Delarra y le regalaran las FAR, medallas y reconocimientos que dan cuenta de una sólida obra en la cultura nacional y a favor de la Revolución y una pintura del quinceañero de Limonar, JoeHz, así transcurren las horas de un día tras otro para el Poeta de la Alfabetización, ese hombre querido y admirado a quien sus padres nombraron Jesús Orta Ruiz, pero que prefirió bautizarse como Indio Naborí, en evocación a los más trabajadores y humildes aborígenes cubanos.  

El rostro le viene iluminado por la entrevista para nuestro periódico, en el que laboró por 30 años. Hablar de la Alfabetización le hace revivir "el punto de partida de la universalización de la cultura que ya hemos logrado", como define a la Campaña, 40 años después de la epopeya en que fuera protagonista y verso portador de una de las más hermosas páginas cubanas porque "borró fronteras entre el campo y la ciudad, entre la mujer y el hombre, entre blancos y negros: contribuyó a la unidad nacional".  

Quiero que cuente vivencias e insiste en retomar sus versos: "En ellos resumo lo que pudiera decirte, los fui construyendo en la medida que sucedían los hechos y se publicaron en la sección Al son de la historia, del antiguo periódico Hoy, y después los compilé en el libro Cartilla y farol".   

Eloína Pérez, la esposa a quien dedicó el íntimo poema Con tus ojos míos, acude precisa a buscar los textos, en una labor auxiliadora por más de 15 años, cuando definitivamente se apagó la visión de Naborí. Canción del padre brigadista recoge el ambiente familiar de aquellos días: "Anda, brigadista mío,/ a las cumbres más remotas,/ vete a bautizar las botas/ con la tierra y el rocío./ Aprende a cruzar el río,/ a salvar monte y pantano,/ que así, llevando en la mano/ la luz que tu bien reparte,/ vas a enseñar, y a graduarte,/ a graduarte de CUBANO".  

Cuando fue asesinado el maestro voluntario Conrado Benítez, el primer mártir de la Campaña, Cuba entera vivió momentos de conmoción y el poeta, pueblo él mismo, escribió: "Se pulió como un diamante/ en su voluntad de acero:/ era de día un obrero/ y de noche un estudiante./ Le dolió el campo ignorante/ más allá de la amargura/ y aceptó la prueba dura/ de ser maestro rural...".  

Me dice, entonces, que la poesía es emoción y tiene que conmover para que florezca entre la gente: "Los creadores siempre hemos estado en todas las batallas de la Revolución" y, al menos él, de pueblo en pueblo, de monte en monte, recorrió la isla echando, como Martí, los versos del alma. De ahí viene a la memoria el Guateque de la Alfabetización, una cruzada que muchos artistas emprendieron desde la localidad habanera de Melena del Sur, primer territorio libre de analfabetismo, hasta El Cobre, en Santiago de Cuba.  

Su poética halló una voz de privilegio, la de la actriz Alicia Fernán, que aparecía diariamente como declamadora en el noticiero Venceremos, de la otrora CMQ: "A ella la llamé La brigadista del verso revolucionario, y me acompañó por todos los lugares, a veces tenía que esperar porque yo terminara un poema y ya de inmediato lo daba a conocer".  

Alicia sonríe jubilosa del tiempo: "Como actriz, la campaña significó vivir plenamente momentos grandiosos de la Revolución. Recuerdo cuando se produjo el ataque a Playa Girón. Naborí y yo nos encontrábamos en el campamento de los brigadistas, en Varadero. Muchos padres fueron a buscar a sus hijos, casi niños, pero ninguno se fue. Mire, hubo un instante en que se levantaron y cantaron el Himno Nacional. No pude menos que recitar un poema y ante aquella efervescencia, varios familiares se quedaron y pidieron un fusil para combatir". 

Naborí no es hombre de andar con silencios. Aporta en toda anécdota algún dato, incluso lleva su preciosismo de viejo redactor a dictar puntos y comas: "También estuvimos con los milicianos en la lucha contra bandidos en el Escambray. Uno no puede temer, no se puede andar solo por donde el peligro no aceche. Participé activamente en la Campaña con profundo amor porque siempre me dolió la ignorancia del campesino y porque como poeta y periodista tenía que acompañarla para que miles y miles de cubanos pudieran después leer y escribir". 

Repaso una amarilla libreta donde guarda recortes de sus escritos en el periódico Hoy. Anoto versos que dan la medida de aquellos días de urgencia, de reclutar para una causa, de convencer: "... Yo iré alumbrando los montes/ con el sol del alfabeto", y otros: "Tuya es mi casa, cubano/ que un día de luz abierta/ apareciste en mi puerta/ con la cartilla en la mano". Y aún unos más: "Por fin, brilló tu alborada/ puntual en todos los retos,/ tierra sin analfabetos,/ que es decir... mejor armada". 

No puede faltar en el recuento el asesinato de otros dos humildes cubanos: "Manuel Ascunce Domenech,/ Pedro Lantigua Ortega,/ yo os veo aquí, del brazo de Conrado Benítez,/ repartiendo cartillas, lápices y libretas,/ acelerando el ritmo de la educación,/ para que Cuba escriba, para que Cuba lea/ los nombres de los mártires del Pueblo/ en la Historia, en el verso y en la piedra". 

Le pregunto por la utilización de mayúsculas en varias palabras dentro de un texto: "Es que las idealizo y así las escribo". ¿Y cuáles fueron para usted los momentos mayores de la Campaña?: "No tengo ni que pensarlo, el dolor por los mártires". 

Han transcurrido horas de recuento en verso y verso, y pido un poema para el final de la entrevista. Y porque en Naborí poesía y comprometimiento político van indisolublemente unidos, Eloína, con solicitud proverbial, acerca de Marcha triunfal del ejército de la Alfabetización, un fragmento: "El BIEN cuesta sangre... Siempre ha sido así/ Los monstruos son crueles en su pataleo./ Ya ves, la batalla ganada por ti/ se abrió con un mártir color de Maceo,/ cerró con un mártir color de Martí". 

SOÑAR CON UN FUTURO MÁS HERMOSO

SOÑAR CON UN FUTURO MÁS HERMOSO

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Este milenio nos llegó con el Año Internacional de la Cultura de Paz y No Violencia, y los Premios Nobel de la Paz redactaron en ese entonces el Manifiesto 2000 para promover tales presupuestos. Más de 100 millones de firmas fueron recogidas con el propósito de, abierta la centuria, entregarlas a la Asamblea General de las Naciones Unidas como documento afirmativo de quienes hoy -y somos todos- estamos responsabilizados con preservar este Planeta Azul.  

Tal hecho me hace recordar un emotivo encuentro con Rigoberta Menchú Tum, en República Dominicana. La líder guatemalteca me concedió una breve entrevista en medio de diversas obligaciones. Ella tenía un motivo: "Usted es cubana, y a los amigos se les atiende con deferencia y especialmente".  

Su hacer fundamental está hoy encauzado a desarrollar e impulsar a naciones, personas y sectores para que se apoderen de la construcción de un nuevo código de ética para un milenio de paz, y ello implica que no hay democracia sin justicia, justicia sin equidad, equidad sin desarrollo y desarrollo sin respeto a la identidad de la diversidad de los pueblos. Para esta mujer, la paz no es solo el silencio de las armas. 

-¿Qué es justamente su concepto de cultura de paz y lucha contra la violencia?  

"Siento que es necesario tomar en serio el tema de la cultura de paz y la lucha contra la violencia, entendiendo ambos como conceptos mucho más amplios, rescatando sus valores perdidos a la luz de la crisis general. 

"Para este milenio he convocado la necesidad de un código de ética de paz, especialmente para condenar el fracaso de la humanidad de que todavía no resuelve los conflictos con el diálogo y la negociación, sino con violencia.  

"Este milenio debe constituir un reinicio en la construcción de un diferente escenario humano desde los niveles locales hasta el mundial. A mi entender, la guerra no es producto de la paz ni la paz consecuencia de la guerra. Justamente he reiterado la necesidad de revalorizar la humanidad y sus bienes, tanto materiales como espirituales, y ojalá entendamos la paz como resultado de la convivencia respetuosa y armónica."

-¿Qué impacto tiene para los países tercermundistas la globalización?  

"Vemos cada vez más la insensibilidad de las instituciones que tienen el poder y los recursos, el mandato secuestrado a su favor, y nos imponen medidas económicas cuando quieren y también sociales para evitar transformaciones y cambios en nuestros países.  

"Me refiero a las comisiones que ponen a los préstamos, los créditos, para los cuales estas naciones tienen que ceder mucho si aspiran a gozar de una gota de confianza por parte de tales potencias. Y no digamos de la carrera armamentista, que ha borrado todo tipo de diálogo y de negociación.  

"Tenemos una profunda necesidad de abanderar, dirigir, orientar e involucrarnos en el tema del equilibrio. Si no lo hacemos, las grandes mayorías seguiremos excluidas y nosotros tenemos derecho, no solo a la memoria histórica, sino también al futuro."

-En particular en América Latina, la globalización barre culturas, historias, tradiciones. Es un área donde el futuro se arriesga.  

"Una de las cosas más terribles es la privatización de los recursos del Estado. A medida que dejamos a este débil, se mina la gobernabilidad y la participación ciudadana.  

"Dejar huérfanos a los Estados de sus propios recursos, coincido que es un riesgo tremendo del futuro. Se ha enriquecido más a sectores selectos y a otros nuevos que se integran a la globalización. Mucha de esa participación es desleal y no respeta en lo más mínimo las normas nacionales.  

"Creo también que la cultura se está vendiendo para que la juventud adopte cualquier cosa como parte de su identidad y socava los valores de esa pertenencia nacional, étnica, cultural, que han sido como un muro muy fuerte para resguardar en sí sabidurías, conocimientos, ciencias."

-En el contexto de la región, ¿cuál es su valoración sobre Cuba? 

"Aprovecho para expresar mi cariñosa amistad con Cuba que, como siempre, la he tenido como un símbolo de resistencia muy fuerte. Creo que su país entró como los grandes que cruzan el milenio, con una real afirmación de sus valores de autodeterminación y de defensa a la identidad.  

"Sé que los problemas con los Estados Unidos son ya de necedad, de capricho, porque hay muchos sectores cada vez más interesados en que cese el chantaje contra Cuba. Su país ha respondido de una manera impresionante."  

Rigoberta Menchú Tum nació en la aldea de Chimel, comunidad continuadora de la cultura milenaria maya-quiché y mereció el Premio Nobel de la Paz en 1992. Ella ha dicho: "El tesoro más grande que tengo en la vida es la capacidad de soñar. En los momentos más difíciles, en las situaciones más duras y complejas he sido capaz de soñar con un futuro más hermoso". 

MANUEL, ETERNAMENTE MAESTRO

MANUEL, ETERNAMENTE MAESTRO

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Aldo Mederos

Solo la muerte de Evelia, la madre incansable en hacer perdurar la memoria del joven, hizo que a 40 años del suceso decidiera romper la porfía del silencio. Le dije que solo quería su visión de hermana, pues la historia de Manuel Ascunce Domenech, el brigadista de la Campaña de Alfabetización asesinado cruentamente por bandas contrarrevolucionarias y devenido ejemplo y leyenda de generaciones de cubanos, es sumamente conocida.

María Dolores Ascunce Domenech, respondió, entonces, que ha sido un tiempo duro para la familia, un tiempo en que nada ha podido suplir la ausencia del muchacho, presente en cualquier rincón de la memoria: "Me pasó algo muy raro. Resulta que al llegar el telegrama a la casa, mamá y yo estábamos haciendo una visita y abuela fue a avisarnos de que algo malo ocurría. Mi tío llamó por teléfono a Trinidad y, cuando regresó, mamá le preguntó si Manuel estaba muerto, y ya no recuerdo más. 

"Lourdes, mi prima, me hace cuentos de lo que sucedió en la antigua funeraria Caballero, en 23 y M, aquí en La Habana; y yo, en blanco. Ni siquiera registro en la memoria la llegada de Fidel a ella, lo único que percibí es que había cantidad de gente, que su entierro fue una concentración de pueblo, de estudiantes, de trabajadores, y dice Lourdes que los brigadistas le ratificaban a mamá su convicción de regresar para continuar la Campaña de Alfabetización. Ya de vuelta a la casa, tranquila, empecé a recordar. Aunque de ahí en adelante, todos llevamos una vida diferente marcada por su ausencia". 

-¿Se llevaban bien? 

"Admirablemente. Nunca tuvimos una desavenencia, estaba al tanto de mis cosas, me protegía. A mi todos me conocen por Marilola, pero él me llamaba Mary y yo, invariable, le decía hermano. Estudiábamos en la misma secundaria básica, la antigua América que hoy lleva su nombre, en Luyanó". 

-¿Se parecían? 

"No. El se parecía en el físico a mamá y yo a papá. En el carácter, mi hermano era más abierto, serio, pero sociable, le gustaban las fiestas, iba a todas aunque no sabía bailar, buen estudiante y compenetrado con sus profesores. No creo que tuviera novia en aquel tiempo. Yo soy trancada, tímida a más no poder". 

-¿Tus padres no se opusieron a que alfabetizara? 

"En un primer momento mamá no quería, pero él insistió tanto que hubo que dejarlo. Lourdes siempre recuerda que mi hermano decía que, si no, se iría sin permiso, porque de todas maneras lo que hacía falta era enseñar. Figúrate que, con 16 años, no se perdía ni un discurso de Fidel y llamaba a mami para que se sentara a su lado a escucharlo."

-¿Qué anécdotas te vienen de pronto a la memoria? 

"Cuando el ataque a Playa Girón, hacía guardias en la escuela con tremenda responsabilidad. ¡Ah!, y cuando se celebró aquel 26 de Julio en La Habana y vinieron los campesinos, como nuestra casa era muy pequeña y no podíamos recibir a ninguno, él se volvió un activista en Luyanó para buscarles lugares donde quedarse". 

-El tiempo pasa y, a veces, la memoria afectiva agiganta a las personas que queremos, ¿te ocurre? 

"No. Manuel es hoy un símbolo para Cuba, pero yo no dejo de recordarlo como un joven normal. Mira, no era regado con sus cosas, pero alguna que otra vez había que andar detrás de él acomodándole algo, aunque no había regaños porque era muy noble. Le gustaba la malta con leche, Radio Enciclopedia, las camisas sobrias, en fin, un muchacho sencillo, como cualquier otro. Era alto, medía más de seis pies, ancho de hombros, muy lindo". 

-¿Pero es que nunca hizo maldades propias de la adolescencia? 

"Cuando iba de vacaciones a Sagua la Grande, donde nacimos, se sentía como un ave a quien le abren la puerta, pues montaba bicicleta a su antojo, hacía guerritas de pelota, cazaba tomeguines a la orilla del río, jugaba a las bolas y hasta nos enteramos hace poco que se tiraba de los acantilados en yagua. Sagua era su delirio y hablaba tanto de ella con los campesinos que alfabetizaba, que ellos pensaron enviar allá el cadáver. Menos mal que mamá llegó a tiempo". 

Jubilada del Ministerio de la Industria Básica, donde trabajó por más de 20 años en la especialidad de técnico en información, la vida de Marilola ha transcurrido casi en absoluto anonimato, tanto, que muchas personas creen que Manuel Ascunde Domenech era único hijo. 

-¿Te marcó su ejemplo como para sentirte postergada en la familia? 

"De ninguna manera, yo siempre fui callada y, después, nunca me gustó hacer de esa tragedia un modo de presentación. En cuanto a mis padres, siempre los comprendí. Ellos tuvieron un hijo querido al que le mataron e irremediablemente perdieron, y se convirtió en un paradigma. Quedé yo, y ellos nunca dejaron de atenderme y darme cariño, pero ya Manuel era una pertenencia del pueblo. Su muerte no ha sido en vano". 

GRAZIELLA

ELIZABETH MIRABAL LLORENS Y CARLOS VELAZCO FERNÁNDEZ,

estudiantes de tercer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana

Esta entrevista obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Cultural Monchy Font 2005, que entrega la UNEAC a periodistas menores de 30 años.

Cuenta que cuando niña, un primero de septiembre de 1939 en la lejana Polonia la obligó a desarraigarse de Italia y de Francia  para apropiarse por siempre de otra lengua y otro sentido de patria en una pequeña isla del Caribe. Seis décadas y seis años después de aquella ruptura, Graziella Pogolotti Jacobson aseguraba  en el Salón de los Espejos del Palacio del Segundo Cabo de La Habana, que desde entonces ningún suceso, por muy distante que parezca en la geografía, le resulta ajeno.

Faltando veinte días para su cumpleaños 75, la Doctora Pogolotti contesta un cuestionario un mediodía de enero sentada tras un gran buró en su oficina de 17 y H. Las casonas del Vedado han conquistado su tenaz espíritu, particularmente laborioso. Pareciera que las privilegia trabajando en una de ellas, en medio de vitrales, esos cuadros solo apreciables con toda intensidad cuando el sol decide.

La disposición del mobiliario en su despacho determina que el visitante, al detenerse frente al umbral de la puerta, vea el respaldo de una silla en la que apenas sobresale una nevada cabellera, que permanece quieta escuchando con atención las últimas noticias del día.

Graziella no tiene puestas las gafas oscuras y al alcance de su mano izquierda está la caja de cigarrillos y el encendedor. Es de las personas que descubre en una "simpática y graciosa tacita de café" el puente ideal para el disfrute de una buena compañía. Ha decidido pasar las horas reflexionando y opta por mantener en secreto sus amores. Concibe a la crítica lejos del castigo y amén de los consejos de gigantes, escogió satisfacer curiosidades propias, sin esperar jamás ni aplausos ni elogios.

Hoy recibe "aplastada" la noticia de que es Premio de Literatura 2005 con una sencillez también aplastante para quienes conversan con ella.

Cuentan que de niña decía que cuando creciera quería ser intelectual...

Realmente no sé, (risas). No recordaba haberlo dicho, lo que sucede es que mucho más tarde me lo comentó Dora Alonso. Decía que ella recordaba eso de cuando yo era niña. Tuve el privilegio de que siempre me gustó estudiar. Estudiar era un modo de satisfacer la curiosidad, y siempre he sido una persona muy curiosa; también desde que aprendí, desde que me alfabeticé me gustó leer. Posiblemente esos factores contribuyeron a que yo definiera esa vocación. También es cierto que me movía en medio de intelectuales y ellos pueden haber constituido un modelo para mí.

¿Cómo se le ocurrió aquella idea de marcar con alfileres en un mapa de Europa el sitio de las batallas de la Segunda Guerra Mundial? Entonces, era pequeña.

Esa no fue una idea mía. Fue una idea de mi padre, que creo que era una idea pedagógica, una manera de enseñarme en la práctica a conocer geografía y a reconocer los datos de la historia, obligarme a estar al tanto de los acontecimientos que sucedían cada día y ubicarlos en el tiempo y en el espacio.

Reconoce en las artes y las letras la expresión más alta de la obra humana. ¿Por qué?

Lo considero así porque en primer lugar la palabra es una de las cosas que define al ser humano y nos separa de los animales, de los cuales descendemos. El gran salto de la especie humana se produce mediante el trabajo de la mano y la conquista del lenguaje. De modo que eso tiene que ver con la historia del hombre y la construcción por parte de la especie humana de su inteligencia y de su espiritualidad. De la misma manera que  desde fecha muy temprana, el ser humano no solamente empezó a fabricar objetos utilitarios, sino que empezó a expresarse a través de imágenes. De modo que la voz, la imagen, el sonido organizado son las más altas expresiones del ser humano.

En su combate por la vida, como intelectual, ¿cómo afinca los pies sobre la tierra?

Creo que afincar los pies sobre la tierra es también una manera de entender el mundo. A pesar de la importancia que tienen los libros, hay algo que no es desdeñable, sino todo lo contrario, que es la experiencia de la vida. Y esa experiencia de la vida dialoga con los libros. Quiere decir que en todos estos años mi manera de poner los pies sobre la tierra ha sido participar socialmente. No me he dedicado profesionalmente a la política, pero la política siempre ha sido un tema importante para mí, pues creo que tiene que ver con la vida de los seres humanos. De modo que en la escuela, en la universidad tuve una participación activa que me ayudaba a poner efectivamente los pies en la tierra. Después eso continuó desde la cátedra, desde la universidad. Posteriormente cuando estuve en el Escambray dirigiendo un trabajo de investigación sociocultural con la Escuela de Letras, tenía que en primer lugar conocer una dimensión de la realidad para mí totalmente desconocida. Yo he nacido y he vivido en la ciudad. El campo para mí era un territorio desconocido y entonces eso significó descubrir esa realidad, conocer en términos muy concretos al campesino, sus problemas, sus conflictos, su manera de ver el mundo y así sucesivamente.

¿Con qué matices recuerda las contiendas electorales universitarias donde intervino y fracasó, según dice, "estrepitosamente"?

La FEU en aquella época se estructuraba de una manera bastante similar a como se hace ahora. Había una instancia de base que aquel momento estaba constituida por delegados de asignatura, de los cuales a su vez salía el delegado de año y de los delegados de año salían los presidentes de las facultades que componían la FEU. Cuando nosotros entramos a la Universidad, mi grupo, entramos en la contienda política y aspiramos a ser delegados de asignatura. Creo que hubo en aquel momento una cierta ingenuidad. Pretendimos dar la batalla únicamente a partir de principios abstractos y desdeñamos el trabajo más directo con las personas, con nuestros compañeros. Nos planteamos el problema en términos de ideas. El resultado fue que obtuvimos únicamente nuestros propios votos, quiere decir que tuvimos la unanimidad en contra (risas). No volvimos a tener aspiraciones electorales, aunque sí participábamos en los distintos comités que tenía la FEU. No abandonamos la participación política, pero bueno, comprobamos que éramos de una impopularidad notable.

Graziella, ¿ha estado usted enamorada?

Sí, claro.

¿Y de quién?

Ah no, los problemas de la vida privada pertenecen a un mundo ajeno a la vida pública.

¿Se atrevería a conceptualizar qué es la crítica?

Siempre he reivindicado en general el espíritu crítico, que a mi entender tiene dos instancias: una, la de mantener una vigilancia activa en cuanto a lo que uno considera mal hecho, tratar de intervenir mediante la palabra o la acción, también la crítica se ejerce en términos de acción. Y esta crítica tiene una segunda parte en la autocrítica, no creo en la autocrítica como una forma de flagelación, sino como una vía para reconocer los errores y tratar de que no le suceda a uno lo que se supone que nos pase a los seres humanos que, según se dice, es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. En lo que se refiere a la vida, la crítica y la autocrítica son vías para tratar de no tropezar dos veces con la misma piedra. Y en ese sentido siempre he tenido la costumbre al final del día de hacer mi pequeño autoanálisis, y por eso titulé mi primer libro publicado Examen de conciencia.

Su libro preferido es La Cartuja de Parma.

Ese es uno de mis libros preferidos, según dije en aquel prólogo, uno de los libros que me llevaría a una isla desierta, pero no quiere decir que sea el único. En ese, en particular, convergen muchas cosas, una de ellas es el diseño de una trama que de algún modo reconstituye las distintas opciones que se le abren al ser humano ante la vida, a partir del entrecruzamiento de los tres personajes fundamentales. Creo, además, que la construcción de esos personajes está lograda de una manera admirable, y esa trama y el acontecer de esos personajes proponen una estructura abierta, le permiten al lector un diálogo muy intenso en la búsqueda de respuestas a los problemas que cada uno de nosotros tiene.

Su padre dijo que en una autobiografía se trata de reconstruir con la mayor precisión posible la trayectoria a fin de captar el sentido de la vida. ¿Usted entonces escribe ahora sus memorias para hallar el sentido de su existencia?

Estoy empezando a escribir mis memorias para entender un poco lo que ha pasado. En la medida en que uno va describiendo se recolocan los temas, se sitúan ante una determinada perspectiva y eso es necesario en un momento dado de la vida, cuando uno ha cumplido una trayectoria. Es una manera de dejar un testimonio muy personal de estos tiempos.

¿Influyó Marcelo Pogolotti a la hora de escribir esas memorias?

Sí, aunque pienso que lo estoy haciendo de otra manera. Él realmente organizó su historia de una manera orgánica, de una manera muy coherente. Yo por lo menos en lo que estoy haciendo hasta ahora, voy rescatando por fragmentos. Vamos a ver lo que sucede al final.

¿Por qué disfruta caminar sin rumbo fijo?

Sin rumbo fijo. Porque eso es lo que te abre la posibilidad de descubrimiento. Si uno tiene un rumbo trazado de una manera muy rígida, pues se autolimita. Tú tienes que dejar un espacio para la sorpresa.

En sus palabras: "Pienso que la base real de la resistencia a la globalización está en rescatar esa posibilidad de que el individuo se reconozca como un ser actuante, un ser quizás frágil (...), pero que desde su fragilidad puede construir un mundo y es capaz de modificar las cosas, no de someterse a ellas." ¿Cómo hace usted para construir su mundo y cambiar las cosas a partir de su fragilidad, si es que es frágil?

Lo que uno no puede ser es megalómano. Debe tenerse una clara conciencia de sus posibilidades y de su alcance real. Trato de modificar las circunstancias moviendo las pequeñas piezas que están a mi alcance y, de ese modo, aunque parezca que no, se van transformando las cosas. Es como un juego de ajedrez, que cuando tú mueves un peoncito estás moviendo todo el sistema de relaciones.

¿Y el retrato en óleo que le hizo su tío político Anatole Dubois cuando usted tenía seis años?

Está guardado en mi casa (risas)

Su amor por la letra impresa nació cuando descubrió la rotativa del periódico El Mundo, pero fue Bruno quien le mostró por vez primera los principios del proceso de impresión en una tipografía con la que hacían invitaciones, obituarios y tarjetas de visitas.

Sí. Lo que sí existe todavía es aquella imprentica, que ya no se usa, pero en ese último viaje estuve allí. Es un lugar pequeñito. Los recuerdos de la infancia están a escala del tamaño que uno tiene, siempre los evoca como algo mucho más grande. Aquello era un local verdaderamente bastante pequeño, con su maquinaria también modesta. Pero ahí está, conservado como un museo porque ya no se usa.  

¿Qué fue de Bruno?

Bruno murió. La última vez que estuve en Italia, y fui a la aldea de mi familia, pregunté por él y había muerto pocos años antes de un infarto cerebral.

Usted ha confesado que compensaba la mutilación de padre convirtiendo la cotidianidad en espectáculo, describiendo todo lo que sucedía a su alrededor. ¿De qué modo ameniza Graziella su camino, su desandar?

Sin que me diera cuenta, eso me ha llevado muchas veces a ver los acontecimientos del mundo, de lo que me rodea, desde esa perspectiva. Lo que produce una relación muy ambivalente porque a la vez soy partícipe bastante apasionada y, sin embargo, siempre tengo mis momentos de distanciamiento en que trato de colocar las cosas en su lugar como si las estuviera historiando o tuviera que estar contándoselas a alguien. 

Durante una época se consideró a los intelectuales una clase ambivalente. ¿Cree que se ha superado esta creencia?

El problema no está en los intelectuales. El problema está en ciertos prejuicios que han existido históricamente en una zona de la izquierda respecto a los intelectuales, por distintos motivos. En primer lugar por la procedencia pequeño-burguesa de los intelectuales. En una sociedad clasista, el que accede a la universidad, el que accede a un determinado desarrollo en el campo del conocimiento parte de ese origen, de un origen pequeño-burgués. A eso se une el hecho de que a los intelectuales se les ha considerado muchas veces vacilantes por definición. Sin embargo, no creo que eso haya sido históricamente la situación de los intelectuales en el Tercer Mundo, particularmente en América Latina. A diferencia de lo que sucedía en otras zonas, los estudiantes en nuestro continente han tenido una tradición de lucha, de participación política que fue muy importante en el siglo XX, y que empieza desde el movimiento de Córdoba,  en Argentina en el año 1918, que sigue en Cuba después con Mella, la creación de la FEU y  se mantuvo viva en mi generación. Eso condiciona el que haya todo un sector de esas capas intelectuales que se radicalice y que, por lo tanto, se comprometa. Yo he tenido en algún momento que vencer esos prejuicios, sobre todo cuando era muy joven, pero después en la medida en que he ido madurando y objetivando el análisis de la realidad, pues eso no me ha afectado desde el punto de vista personal.

Según Helmo Hernández, la infancia de Vera en La Consagración de la Primavera está inspirada en usted.   

No soy ella. En La Consagración de la Primavera, yo creo que Vera se inspira, quizás en parte, en la madre de Alejo. No totalmente. Vera es un personaje construido a partir de muchos ingredientes, pero tiene una raíz en la madre de Alejo. Ella  era rusa y por circunstancias de su vida, que no coinciden con las del personaje, tiene que emigrar a otros países, primero a Europa Occidental y después aquí, a Cuba. Me parece que hasta ahí la referencia. No tiene absolutamente nada que ver conmigo. A mí me sucedió algo parecido a Vera porque tuve que desprenderme de varios lugares, pero en lo absoluto Carpentier hubiera pensado en mi historia personal. Carpentier me conoció a mí de niña, desde que nací, y, como suele suceder, él siempre me vio como la niña.

¿Por qué se sintió aplastada cuando se supo ganadora del Premio Nacional de Literatura 2005?

A mí eso francamente me ha sorprendido y no me he repuesto todavía de la sorpresa. Hasta ahora los Premios Nacionales de Literatura han sido poetas, narradores, aunque en muchos casos comparten este ejercicio literario con el ensayo, pero el premio no se les ha dado primordialmente como ensayistas. Nunca me he dedicado a la ficción y tampoco creo tener una obra tan extensa. Mis trabajos están dispersos por ahí. Muchos de ellos no han sido recogidos en libros ni organizados. Esto ahora me ha caído como una tarea. He tenido que ir revisando todo lo que anda perdido a ver cómo se puede organizar.

Fernando Ortiz y José Lezama Lima le aconsejaron en distintos momentos  que se limitara a un área específica de estudios.

Ellos me aconsejaron eso. Creo que posiblemente yo tendría en ese caso una obra más extensa, pero precisamente por esa curiosidad que a mí me ha dominado siempre, por esa sensibilidad por lo que ocurre en el momento, no me he podido sujetar a ese tipo de disciplina. También es cierto que buena parte de mi trabajo y de mi tiempo han estado absorbidos por otras tareas. Por una parte, la enseñanza, la docencia durante muchos años, y por otra, responsabilidades de tipo organizativo en ese mismo campo. En fin, por una infinidad de tareas que no me dieron espacio para que me sumergiera de una manera  prolongada en investigación de archivos, de bibliotecas, que es algo que no me gusta.  

¿Por qué nunca se ha arriesgado a escribir un cuento, una novela?

Una vez intenté escribir un cuento, pero me pareció tan espantoso el resultado, que sencillamente lo eliminé y no volví a reincidir. En ese caso, el espíritu crítico me ha impedido hacerlo. Quizás si hubiera persistido hubiera hecho algo, pero no.

¿No considera que algunas de sus historias solo sean posible relatarlas valiéndose de la ficción?

Quizás sí, pero creo que en la ficción hay no solamente la necesidad de tener algo que contar, sino hay que desarrollar un oficio a través del tiempo y de la práctica. Hay que tener qué contar, pero hay que saber también como se cuenta. Y eso yo creo que no se improvisa.

¿Qué extraña en particular?

En este momento de mi vida, extraño cierta libertad de movimiento. Extraño también ese encuentro con amigos, con compañeros, que se va reduciendo, en la medida que algunos van desapareciendo y también porque las circunstancias hacen que cada cual esté  muy ocupado, muy involucrado en la solución de sus propios problemas y ese tiempo libre para departir, para conversar, se va perdiendo.

¿Cómo ocupa su tiempo?

Actualmente el trabajo es lo que más tiempo me ocupa y es lo que le da  sentido a mi vida. Tengo mi trabajo aquí en la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), mi trabajo literario. Tengo que pensar. A mí me gusta pensar, y la reflexión me ocupa un tiempo. Pensar y procesar, no solo los acontecimientos importantes, sino además los hechos de la vida cotidiana, los detalles, el comportamiento de la gente y eso me llena el tiempo. Escucho música, trato de mantenerme informada con la radio, con la televisión, pero el trabajo es el eje central. 

Hace poco también fue reconocida como Maestra de Juventudes.

El magisterio ha sido para mí una vocación, que se desarrolló a través de la necesidad de dialogar con generaciones sucesivas. Empecé a dar clases muy joven, en aquel momento inicial mis alumnos eran prácticamente mis contemporáneos. Cuando salíamos de clases, pues nos íbamos a pasar el rato, a conversar, a tomar unos tragos. Después, con el andar del tiempo, me resultaron cada vez más jóvenes. Esa vocación de magisterio se compone de generosidad, y al mismo tiempo, de egoísmo, en la medida en que uno va aprendiendo a través de ese diálogo. No se ejerce en una sola dirección. Es lo que he tratado de hacer mientras me ha sido posible: no solamente transmitir conocimiento e intentar abrir caminos, sino también, escuchar y entender.

Padura tras medio siglo de luces

ELIZABETH MIRABAL LLORENS Y CARLOS VELAZCO FERNÁNDEZ,

estudiantes de tercer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana

La novela policial ha sido para él un reto a la inteligencia, a pesar de que, inspirado por Salinger, prefiere transmitir emociones. Por estos días, anda en un combate del que intenta no salir herido. Los poderosos y temibles volúmenes de información recopilados para su más reciente libro, amenazan con devorarlo todo, incluso la emoción. Ha tomado sus precauciones y ha descubierto que lo único que mantiene a raya a su enemigo es la escualidez.

Tras haber recorrido medio siglo, le tranquiliza que Mario Vargas Llosa se sienta inseguro como creador, porque a él le ocurre lo mismo. Sabe que el que lo califiquen como un escritor de policíacos, es reducir su literatura, mas no le molesta, pues sus novelas son, en realidad, falsos policíacos. En cuanto al gusto por las letras, no hace distinción entre autoras y autores. Sólo admite una división en estos casos: la buena y la mala literatura.

Leonardo Padura, como uno de los personajes de su próxima novela, es un hombre que ama a los perros. Por eso, está custodiado por Chorizo y Nata, y siempre filantrópico, satisface el hambre de un tercer can que no le pertenece.

La ansiedad que lo hostiga en las mañanas, cede por completo en las últimas horas de la tarde. Ya no se escucha el insistente sonido de las teclas de la computadora, pero Padura aún está viviendo en la literatura, que caprichosa, lo persigue, lo atrapa y lo domina.

Una sirena hija de Fabelo descansa tras una intensa jornada en el mar y nos contempla desde su quietud en un inmenso cuadro, como salvaguarda de uno de los tantos diálogos que se suceden en las cercanías de la Calzada de Managua. Padura enciende el cigarrillo con filtro como epílogo habitual al sorbo de café recién colado.

Para esas curiosas criaturas que son los lectores de este autor, capaces de inaugurar una cola tres horas antes de la presentación de sus libros, aun cuando no se tiene la certeza de poder alcanzarlos, vaya esta entrevista que en breve comienza.

¿No cree que su éxito se deba en parte a que determinados temas  se aborden en la literatura y en otras manifestaciones mayormente desde una única arista, o incluso que no se traten? ¿No se siente deudor de las zonas de silencio?

La literatura cubana desde los años ´80 hacia acá, y me voy a referir en esencial a la narrativa, que es donde se hace más evidente y donde creo que el proceso se ve con mayor coherencia, ha ido ocupando espacios de la realidad, espacios de la reflexión, espacios incluso del sentimiento, que otras manifestaciones han dejado vacíos. Pienso que sobre todo el periodismo ha ido dejando determinadas zonas intocadas por cuestiones muy variadas, pero fundamentalmente, porque la prensa cubana, y específicamente a partir de los años ´90, ha tenido una perspectiva, por decirlo de alguna manera no hiriente, muy limitada de los fenómenos de la realidad; y no es casual que en estos últimos años la literatura del país se haya ido llenando de personajes marginales, de balseros, de elementos de violencia, de corrupción, y que eso haya tenido un reflejo tardío (o ninguno) en el periodismo. Ha sido evidente que la narrativa se ha anticipado al periodismo en muchos casos. Yo creo que mis novelas empiezan a escribirse justamente en estas circunstancias, yo soy un narrador que empiezo a escribir en los años ´80, participo junto con toda mi generación en una tendencia que se fraguó en esa época, y que consistía en un intento por despolitizar a la narrativa después de una década del ´70 tan politizada. Lo empezamos a hacer de manera inconsciente, pero luego se convirtió en un proyecto, en una intención. Fue abordar temas más cercanos al individuo, que aunque estuvieran en conexión con la sociedad, no se relacionaran directamente con lo social, con lo político, y en caso de existir esa relación, que la relación política quedara en un trasfondo. Fue lo que tratamos de hacer Senel, Miguel Mejides, Sacha, Reynaldo Montero, Luis Manuel García, Abilio, Arturo Arango, toda la generación de narradores que empieza en los años ´80. Eso en buena medida se continuó en los ´90, aunque para ese entonces, hubo como una entrada abrupta de la literatura por una esquina que no había existido en la década anterior, marcada por el quehacer de algunos autores que han salido de Cuba, que han trabajado más el tema político y han ido a dar, en algunos casos, al extremo opuesto de lo que se hacía en los '70, es decir, han vuelto a escribir sobre política, pero con un signo opuesto. De todas maneras, creo que mi narrativa, que comienza con esa intención que aún mantengo (me refiero a que lo político siempre esté en un trasfondo, nunca en un primer plano, incluso cuando sean temas en los que la política influye directamente), ha tratado de reflejar, más que zonas de silencio, zonas de preocupación, por lo menos que tengo yo como individuo, elementos que veo en la vida cotidiana y que no encuentro muchas veces reflejados en otros medios y que trato en alguna manera de evaluar, de analizar a través de la literatura, y digo evaluar, analizar, pero no juzgar, porque no me interesa ese juicio que puede significar aprobación o condena en algún sentido. En mis  novelas siempre queda un espacio para que el lector haga el juicio final sobre lo que se cuenta en ellas.

Algunos opinan que ha recurrido a la "ingeniería literaria" para ganar popularidad. ¿Usted qué dice ante eso?

El proceso de crear una estructura me importa mucho. Tal vez por eso sea mi gran predilección por la literatura de Vargas Llosa, por su capacidad de crear universos y de convertirlos en una novela a partir de una construcción muy cuidadosa. En la novela que estoy empezando a escribir ahora asumo dos riesgos fundamentales que se convierten en dos preocupaciones: por una parte, cómo convertir una gran cantidad de información en material literario sin que la información devore a la literatura, y por otra, cómo contar esa  historia, cómo una organizar las líneas argumentales, las voces narrativas, las perspectivas literarias, en pos de una armonía. Creo que el secreto de una obra literaria está en esa armazón interna que uno logre formar. Con mucha frecuencia y por culpa del propio Carpentier se habla de que El Acoso tiene forma de sonata, eso es una gran mentira, no se puede escribir una obra literaria con una forma musical. Es como si dijera que he escrito una novela con forma de casa. Es imposible, pues una novela no tiene paredes, ni cerramentos, ni ventanas; pero metafóricamente es así. Y es lo que ocurre en el caso de El Acoso: Carpentier concibe una estructura interna en forma de sonata. Pudiera decirse que mi próxima novela El hombre que amaba a los perros será como un edificio de  apartamentos, donde cada piso tendrá una arquitectura y un estilo diferentes. Es lo que estoy tratando de hacer al unir tres personajes (Ramón Mercader, Trostky y un personaje cubano contemporáneo de ficción), tres épocas diferentes, tres voces narrativas distintas, tres maneras de ver y recibir la realidad, todo  en una misma estructura.

¿Cuándo ha abordado otras figuras históricas como Heredia y Hemingway en la ficción, se ha sentido amordazado en alguna medida por las fechas, la fuerza de la historia, lo registrado?

Siempre. Una historia real significa un reto para el escritor, porque aunque sea dramática en sí misma, puede que no trascienda de igual modo a la literatura. Salvo muy contadas excepciones, e incluso con una manipulación por parte del autor, funciona este transporte dramático de la realidad a la literatura. Es el caso por ejemplo de A sangre fría de Truman Capote, que es un hecho absolutamente real que él convierte en una "novela sin ficción", como le llamó en su momento. Pero incluso en este caso, Truman Capote fuerza la estructura de la realidad y de la novela para lograr la armonía. Nunca los hechos históricos se comportan de una manera tal que al  transcribirlos a la literatura mantengan esa intensidad dramática de lo histórico en lo literario. Tendrías que tener una novela de dos mil páginas para contar dos, tres años en la vida de un personaje histórico. Por lo tanto, se hace una selección, se escoge lo esencial para transportarlo a la literatura, tratando de no traicionar la historia. La clave de cómo asumir lo histórico desde la literatura la aprendí cuando leí Raíces, el libro de Alex Haley. El autor dice al final que la historia no ocurrió seguramente de la forma en que se narra, pero que según sus investigaciones y sus conocimientos, todo lo narrado pudo haber sucedido así. Es decir, uno tiene que llegar a tener un conocimiento suficiente de la historia como para poder dominar sus claves esenciales y unir lo realmente histórico con lo que pudo haber ocurrido a partir del conocimiento que se tiene de lo real. En ese juego de lo posible y de lo documental está el espacio de la novela.

¿Cuál es el lector modelo de Padura? ¿Escribe pensando en un lector ideal?

Trato siempre de convencer a un lector. Durante mucho tiempo, he escrito pensando en determinados lectores (y todavía lo sigo haciendo) a los cuales no sólo les guste lo que escribo, sino que incluso, les seduzca. Y ese es un reto que me obliga a mantener un nivel alto, porque esos lectores que  yo creo son reales, son personas que existen, conozco sus exigencias, sus gustos y capacidades, y tratar de lanzar lo que estoy escribiendo contra la aceptación de esos lectores, significa siempre irme por encima de un lector promedio. Escribir para un lector promedio no resuelve los problemas de la literatura. Por otra parte, está el hecho de que yo escriba para un tipo u otro de lector, en cuanto a la pertenencia cultural de este. Es indiscutible que escribo para un lector cubano en primer término, que conoce todas las claves o debe conocerlas, de manera que un lector proveniente de otra cultura difícilmente las entienda. Siempre me resulta simpático y también aleccionador, leer, traducidas por editoriales españolas, las novelas del escritor norteamericano Paul Ausper cuando habla del béisbol. Los traductores, como no conocen el juego de pelota, lo transcriben literalmente, y quien sabe de pelota, no entiende absolutamente nada. Eso mismo ocurre con la lectura de determinadas obras mías fuera de Cuba. Hay momentos en que la comunicación con ese lector resulta  imposible, porque no pueden entender la tragedia de un cubano para tomar café, es algo que sólo entiende un cubano. Y como esa, infinitas son las situaciones imposibles de explicar, porque no puedes escribir explicando. La literatura no es el espacio de la explicación, sino de la sugerencia.

¿Por qué cree entonces que sus libros han triunfado más allá de las fronteras cubanas?

Los asuntos que trabajo, a pesar tener un origen local, tienen una comunicación con lo universal. Cuando se habla de violencia, de corrupción, de miedos, de tráfico de influencias, de nostalgia, de desencanto, son temas y sentimientos comunes a todos los individuos contemporáneos y, aunque contextualice esas historias en un ámbito cubano, estas le dicen algo a un lector no cubano.

Ha dicho que la novela policial habla de crímenes, violaciones, robo, y que de alguna manera, lo ha auxiliado como género para mostrar el lado oscuro de la sociedad cubana. ¿Por qué no ha intentado decir lo mismo trascendiendo la novela policíaca? Es más, ¿por qué no ha intentado decir lo mismo trascendiendo la ficción?

La otra forma que tendría sería el periodismo. A lo largo de mi  vida, siempre he intentado escribir periodismo desde una perspectiva literaria (en la cual me siento más cómodo), pero a partir del año 1994, 1995 comienzo a llevar la revista Cultura y Sociedad de la agencia IPS, donde todos los meses publico al menos una crónica. Esas crónicas abordan distintos aspectos sociales en las más diversas manifestaciones. Lo que ocurre respecto a escribir un tipo de periodismo más cercano a la sociedad, primero, es que no tengo el espacio, y segundo, que significaría una inserción en la realidad que siento que me falta, porque cada vez me he ido apartando más del curso cotidiano de lo real. Ahora mismo, he estado un año completo investigando sobre la Revolución de Octubre, la Guerra Civil Española, Trostky en México, Ramón Mercader, la KGB, en fin, he estado fuera de la realidad cubana. Alguien el otro día me preguntaba si creía que tenía el pulso de la Ciudad de La Habana todavía, y le respondí que no, que me pasaba lo que le ocurre a Conde en La neblina del ayer, cuando de pronto se siente perdido en la ciudad. Me ha pasado eso. He perdido los códigos que funcionan hoy en la vida de la ciudad contemporánea, porque me he alejado bastante de ella.

¿Qué significado tiene el que Mario Conde se quede junto a Tamara en La neblina del ayer?

Mario Conde va envejeciendo. Va pasando el tiempo para él, va sintiendo que necesita echar algunas anclas y que mientras el mundo a su alrededor se destruye, él necesita construir su propio mundo, necesita pensar su propio mundo. Y eso de alguna manera se apunta en Adiós, Hemingway, pero lo desarrollo en La neblina del ayer. Está siempre latente la posibilidad de la muerte del flaco Carlos, que es la persona que le concede un sentido de realidad a la vida de Mario Conde. Mario Conde es demasiado soñador y demasiado imposible para vivir en cualquier realidad y él lo sabe. La posible desaparición de Carlos es algo que a él como personaje literario y como individuo de ficción le preocupa, pero para evitar que eso ocurriera, porque sé que la falta de Carlos podría ser la desintegración de un personaje como Mario Conde, tuve que tomar una decisión. Habían pasado los años, Carlos estaba enfermo y con una situación física bastante deteriorada desde las novelas que se desarrollaban en 1989, y ahora daba un salto al año 2003. Así, que les concedí la inmortalidad a Josefina y Carlos, porque significan para Mario Conde la posibilidad de no perder una corporeidad que esos dos personajes le dan, uno por la vía alimenticia, y otro por la vía sentimental.

Mario Conde aspira a escribir una historia sobre la escualidez. ¿Por qué no le ayuda?

Mario Conde ya en Máscaras escribió un relato muy en la onda existencialista de Albert Camus, que es uno de mis escritores favoritos. En algún momento, pienso que es posible que una de las novelas de Mario Conde sea una novela escrita por Mario Conde. He pensado en forzar la realidad literaria a ese punto, de que él mismo sea el narrador de una de sus historias. No me lo he planteado todavía de manera inmediata, pero es probable. De todas maneras, entre el escritor de Mario Conde y las novelas de Mario Conde hay un juego literario que se descubre al final de Paisaje de otoño, cuando no queda suficientemente claro quién está escribiendo, si es el  propio Mario Conde que ha empezado a escribir Pasado perfecto o si es el propio escritor el que lo hace.

¿Ya encontró el recurso para que Mario Conde siga investigando sin ser policía en esas dos o tres novelas que le faltan por escribir?

El problema fundamental era que Mario Conde era un policía tan increíble, tan irreal, que constantemente me resultaba un problema la lógica y la disciplina del trabajo policial para alguien como él. Porque además, no podía permitir que pasara la raya en cuanto a la ética de ese trabajo. Él podía ser indisciplinado, regado, desobediente, pero había un límite ético que no podía pasar, que era el de la corrupción. Y así se le estrechaba el universo de posibilidades a un hombre que no estaba hecho para la policía. Lo había forzado durante demasiadas novelas para que permaneciera en ella hasta que tuve que liberarlo en Paisaje de otoño. No voy a mantener el mismo ritmo al escribir novelas de Mario Conde en el futuro, lo cual me facilitará en algún momento pensar historias que él pueda investigar, en las que él pueda involucrarse desde esa posición de individuo privado.

¿Qué hubiese hecho Padura  si como a Alberto Marqués, lo hubiesen condenado a la soledad y el silencio?

Hubiera sido terrible para mí. No escribir me hubiese puesto al borde del suicidio, porque yo no sólo vivo de la literatura, yo vivo en la literatura. Escribir es una parte de mi vida, y yo escribo todos los días de mi vida, todos los días pienso en la escritura, todos los días estoy proyectando algo. Afortunadamente, siempre está la distancia entre publicar un libro y escribir un libro, y esto fue lo que salvó a Marqués, que no podía publicarlos, pero podía escribirlos y los siguió escribiendo.

¿Por qué su fidelidad a Mantilla?

En Mantilla nació mi bisabuelo, nació mi abuelo, nació mi padre, nací yo, si hubiera tenido hijos, hubieran nacido aquí también, y la relación con este barrio no es ya la relación de alguien que vive en un lugar, es la de alguien que pertenece a un lugar, y esa es, fundamentalmente, la relación que yo tengo con Mantilla: una relación de pertenencia. Cuando miro mis propios recuerdos, mi propia vida aquí en el barrio, me doy cuenta de que formo parte de él, como lo forma la calzada, como lo forma un poste de la luz, soy algo que está dentro de la vida de este lugar, por mi propia existencia y experiencia.

¿Cuál es el señalamiento más duro que le han hecho como escritor y que, en alguna medida, ha valorado?

Pienso que los señalamientos más fuertes no se les han hecho a mis libros publicados, se les han hecho a mis libros en proceso de escritura. Yo tengo un grupo de personas, que básicamente ha sido el mismo durante todos estos años, que se lee mis originales en distintas etapas del proceso de creación.  Creo que la más terrible de todas vino de Ambrosio Fornet cuando le entregué lo que en aquel momento era la versión final de Pasado perfecto. A los quince o veinte días ya la había leído y me dijo: "Oye, mira, me parece que este proyecto de novela funciona bien, ahora, cuando tú la escribas seguramente va a mejorar." Lo que yo pensaba que era una novela ya terminada,  Ambrosio lo consideró un proyecto de novela. En aquel momento, eso me destruyó, pero a la vez significó un reto muy grande porque no sabía cómo convencer a Ambrosio de que había escrito una novela. Me empeñé en un proceso de reescritura bastante arduo y complejo en el que creo que se salvó Pasado perfecto. Una lectura a tiempo puede salvar un disparate a destiempo.

¿Cómo se lleva con la crítica?

En general, bien. Ha habido una sola crítica que me ha molestado mucho, porque pienso que se hizo con segundas intenciones. Fue publicada en La Gaceta de Cuba y estaba firmada por Fernando Rojas. En ese trabajo, se elogiaba al libro Los rostros de la salsa y en uno de sus párrafos, se decía que  Máscaras era una novela escrita con trucos, refiriéndose en este caso, a trucos ideológicos, a que era una novela desde una perspectiva ortodoxa cubana, una novela con "mala intención ideológica". Y me molestó mucho, no tanto por el crítico que puede decir lo que desee, y Fernando está en absoluta libertad de decir lo que quiera, sino por la forma en la que se manejó eso en la revista.

¿Qué expectativas tiene con la adaptación de su obra al cine?

Tengo todas las expectativas, pero las esperanzas a veces están al alza, a veces están a la baja. En estos momentos, están a la baja porque varias intenciones de hacer la película han fracasado por la parte económica. No han aparecido suficientes productores, y cuesta mucho trabajo montar un proyecto de película con una novela cubana desde fuera de Cuba. No son historias en las que el ICAIC se haya interesado en participar como productor, si acaso participaría eventualmente como coproductor. Confío en que algún momento se pueda hacer alguna de estas novelas en el cine, incluso algunos guiones ya han sido escritos.

¿Por qué se considera un analista científico de la pelota?

Le decía a Lucía, mi esposa, que me cuesta mucho trabajo ver la pelota con otras personas. Lo hice mucho cuando era joven, iba al estadio con los amigos del barrio, pero ahora se me hace más difícil porque pienso que las personas con las que puedo ver un juego de pelota no tienen la misma cultura beisbolera que tengo yo.

Considero que en la pelota  tengo la misma capacidad  de un ajedrecista profesional, que puede saber veinte jugadas más adelante y predecir qué pieza es la que se va a mover. He analizado, he pensado, he sufrido la pelota, como para poder trabajarla científicamente en mi cabeza y por eso me encabrono tanto con los managers cubanos.

¿Qué encontró por su cuenta al margen la formación académica?

El grupo de estudio del que yo formaba parte en la Universidad fue esencial. En mi aula estaba Alex Fleites que era poeta, yo trabaja en una oficina de la Escuela de Letras con Abilio Estévez que ya escribía algo de poesía y de narrativa, estaban Arturo Arango, Bladimir Zamora, Jorge Luis Arcos. Había una avidez de lectura, de conocimientos y en el fondo, una competencia literaria que me sedujo. Nunca pensé hasta que tuve 22, 23 años que podía escribir algo y lo descubrí por ese deseo de competir con otros compañeros que estaban en la Universidad.

¿Con cuál de sus libros ha sentido mayor temor antes de su publicación?

La novela de mi vida. Es una novela, en la que hice todas las apuestas que podía hacer como escritor, como cubano, como intelectual, y corrí todos los riesgos. Mientras la escribía, sentía una sensación de desgaste, de angustia, y cuando la publiqué, en lugar de sentir que me liberaba, como me ha pasado con otras novelas, sentí que seguía angustiado con el destino de ese libro y con las cosas que decía. A pesar de que Mario Conde, tenga una cercanía muy grande conmigo en cuanto a mis intereses, mi manera de ver el mundo, mis experiencias, la más personal de mis novelas es La novela de mi vida, incluso cuando el que habla sea José María Heredia.

Los personajes son uno de los pilares más sólidos de sus novelas. ¿Cómo los concibe?

Depende de cada historia. Hay condiciones que varían y que modifican la manera en la que ha sido pensado un personaje, la propia historia dramática que uno va a construir, el argumento. De todas formas, pienso que si uno tiene de la realidad o de la ficción un personaje fuerte en las manos, es una garantía. Me refiero a un personaje que transmita dramática y humanamente sensaciones e intenciones, no a que sea poderoso o terrible. Heredia es un personaje fuerte, aunque en la vida real fue un hombre bastante frágil que se equivocaba constantemente al asumirse a sí mismo. Pero insisto en su fortaleza como personaje porque tiene un gran conflicto con la historia. Ahora me pasa lo mismo  con Trostky y Mercader. Son dos personajes fortísimos y tengo que tener cuidado de que no se traguen la historia.

¿Qué les recomienda a los recién graduados que, como usted, están dispuestos a quemar el mundo sin tener un fósforo en el bolsillo? 

Cuando yo estaba terminando el cuarto año de la carrera, había que entregar un listado con los posibles temas de la tesis. En ese listado uno ponía tres, cuatro temas posibles y los profesores que uno preferiría como tutores. Y yo entregué mi papel con un solo tema, porque sabía que iba a escribir la tesis sobre ese tema, sabía que esa tesis me iba a llevar seis meses, ocho meses escribirla y que únicamente iba a invertir seis u ocho meses de trabajo si esa tesis se convertía en un libro. Y así fue. Yo puse como tema El Inca Garcilaso y el origen de la cultura hispanoamericana, después lo perfilé un poco más. Los tutores me preguntaron por qué yo ponía un solo tema y les respondía que quería ese y no otro, no quería que existiera la posibilidad de que me pidieran escribir una tesis sobre Mario Benedetti, o sobre no se quién: yo quería escribir sobre el Inca Garcilaso. Ese convencimiento en que uno tiene que esforzarse y buscar lo que le interesa, lo que quiere hacer, pensando únicamente en ese fin, es muy importante a la hora de llevar adelante cualquier empresa. Hay veces que no se tiene ese mismo convencimiento, pero cuando es posible, hay que defender lo que se piensa, aunque sea una tesis de grado o un artículo de dos cuartillas, porque es la única manera de lograr lo que se quiere. Llegar a lograr lo que uno se propone es algo que no puede abandonar a una persona que empieza.

Tras medio siglo de vida, ¿en qué piensa con mayor ilusión o deseo?

Para mí el futuro se divide en períodos de tres, cuatro años, porque el futuro para mí es siempre empezar y terminar una novela. Mi meta es terminar esta novela que estoy escribiendo ahora, y a partir de ahí, será otro futuro, será otra novela, otro libro, otro proyecto. Y eso me ayuda a vencer la ansiedad. Yo soy muy ansioso. Por las mañanas, todos los días, cuando estoy escribiendo, siento una presión en el pecho. Esa ansiedad se manifiesta porque sé que estoy escribiendo hoy algo que no voy a terminar hasta dentro de dos años y programar las expectativas de uno para que estén contenidas durante ese período, es muy complejo, pero a la vez, programar el futuro en esos plazos hace que esa expectativa de tener que trabajar a plazos aparentemente largos, pero que si los miras en la perspectiva de tu vida, se convierten en plazos cortos, pues me ayuda a regular mi visión de mi futuro. A los cincuenta años, espero lo mismo que estaba esperando cuando tenía cuarenta y siete. En ese entonces, empecé a escribir La neblina del ayer y esperaba terminarla. Ahora espero, cuando tenga 52, 54, haber terminado bien El hombre que amaba a los perros.

¿Qué conserva Padura de aquel flaco inculto con un guante de pelotero en las manos, que era a sus quince años, además de la adicción por la pelota?

Conservo el amor a este barrio, el amor a los perros, la forma de apreciar la vida, el miedo a lo desconocido. No creo que haya cambiado demasiado. Lo principal es algo que en términos cubanos se expresaría cómo "no creerse cosas". Yo no me creo cosas. Pienso que sigo siendo la misma persona con un poco más de suerte y con un poco de resultados por el esfuerzo en un trabajo y por eso siempre digo que estoy seguro de que no soy el escritor más talentoso de mi generación, pero si estoy seguro de que soy el que más trabaja. Y el trabajo al final lo premia a uno. Veo la vida con la misma inseguridad e incertidumbres con que la veía a mis quince años. Cuando tenía esa edad, estaba más seguro que ahora de lo que quería hacer, porque es más fácil jugar a la pelota que escribir una novela.