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MIRIAM

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A propósito del cumpleaños de la Doctora Miriam Rodríguez Betancourt, profesora de Periodismo durante más de … años, y a quien justamente el gremio llama La Infinita.

HUGO RIUS,
Profesor y periodista de PL,
Cortesía para Isla al Sur.

De ninguna manera puedo afirmar que lo mío con Miriam haya sido un amor a primera vista.  Pero si así fuera, ¡qué!

Lo que sí puedo proclamar rotundamente es que fue una amistad a primera vista, o al menos un deseo de amistad, con lo que felizmente la vida me obsequió con uno de mis tesoros más preciados.

A los dos nos juntó el afán de imprimirle una formación universitaria al periodismo que ya ejercíamos, la una en la radiodifusión, el otro luego de una precoz y atrevida experiencia como corresponsal de Prensa Latina en el Oriente medio. Con tales bagajes fuimos en pos del intento de formación periodística más serio y por lo tanto perdurable de la Universidad de La Habana, y del país entero.  Ambos nos sometimos en 1965 a la entrevista individual con Aurelio Martínez en el ICR, en la que el entrevistador nos abrumó con su locuacidad indetenible y apenas los entrevistados con alguna suerte contábamos con espacios para emitir monosílabos.

Con certeza que nos cruzamos en un aula del cuarto piso de la Escuela de Letras, en una hora decisiva, pero sin cabezas para repararnos mutuamente, tensos como estábamos para cruzar el rubricón de aquel magíster tribunal de ingreso integrado nada menos que por Mirta Aguirre, Vicentina Antúnez, y si la memoria no me falla, por Isabel Monal.

Aceptados finalmente, e iniciados en las encantadoras e inolvidables sesiones introductorias a cargo de Mario Rodríguez Alemán, resultó muy fácil distinguir a Miriam, quien acudía noche tras noche vestida de miliciana y ocupaba invariablemente la segunda fila a la izquierda, siempre a la izquierda, de la mesa del maestro.

Cierto poeta innombrable deslizaba algún chiste a costa del recurrente atuendo, que si un día su portadora dejaba de asistir al curso, el uniforme llegaría solo y se acomodaría en el pupitre elegido.  Ya en el curso regular, optó por venir de paisana, pero ya la miliciana se le había posicionado por dentro y  hasta la eternidad.

Los chistes abundaban entre aquel heterogéneo y cuasi folklórico grupo pioneril, hasta el punto que se llegó a sembrar la infundada sospecha de que el también poeta y condiscípulo Luis Marré le había dedicado su libro de trajinado título “Los ojos en el fresco”. ¡Qué tipo tan fresco!

Para ser justo y preciso, no fue su aspecto externo lo que más llamó la atención, sino el calibre de sus preguntas e intervenciones, hermeneúticas, epistemológicas, axiológicas, ontológicas, peripatéticas, y hasta escatológicas.  Bien pronto se pudo divisar la académica que llegaría a ser, una académica a mano, de a pie, sin pujos, petulancias  ni pesadeces, SOBRE TODO UNA ACADEMICA POR Y PARA EL PERIODISMO, vocación palpitante en su alma, como el alma de la Bayamesa.  Eso, además de convertirse en  la profesora infinita reconocida por nuestro más prestigioso entorno mediático contemporáneo.

Otro rasgo que distinguió a Miriam dentro de aquel variopinto conglomerado fue su sentido del humor, un humor inteligente, agudo e incisivo, de diversos registros que se le buscaba con verdadero deleite, tanto en lo coloquial como a la hora de colocar pie de fotos traviesos en los murales que se levantaban.  Todavía recordamos risueños aquel que le dedicó a la buenaza Conchita: Se busca, si la cuquean muerde.

A ello hay que sumar sus naturales despistes que desde que la conozco han devenido para mí, y creo que no sólo para mí, en graciosas e hilarantes piezas antológicas, capaces de despejarme sombras, en las horas más agobiantes, y que bien merecen todo un simposio de la alegría. ¡Cómo olvidar el ejercicio del rumor organizado por el profesor Castro, sellado por Miriam con un relato que nada tenía que ver con el incidente inicialmente transmitido de boca a boca.

Con humor soportó el descubrimiento de que se llama además Justa, y no sé por qué tanto me atribuyeron ese hallazgo y su divulgación. ¡Injusticias de esta vida!

En una ocasión como esta no puedo eludir el recuerdo de Clara Hernández, esa criatura auténtica y desbordante, que estaba llamada a ser una reportera de primera fila si la vida se lo hubiera permitido.  La última vez que estuve con ella, casi en víspera del fatal accidente, nos encaminábamos hacia el comedor de la Universidad e inevitablemente hablamos de Miriam, quien me parece que por entonces se encontraba en la Isla de la Juventud. En medio de la jocosidad compartida, se me ocurrió decir, “allá debe estar haciendo gala de  su habitual melopea”.  De inmediato Clara estalló en una estrepitosa carcajada, y cuando apenas se calmó abrió una libreta para escribir la palabra. No sé si tuvo tiempo de hacerle, a costa de la referida expresión, una de sus acostumbradas  bromas a Miriam.

Cuento la escena, que conservo vívida en mi memoria, para significar el tipo de admiración afectiva que se instauró respecto a Miriam. En particular entre sus fans más allegados de entonces tan diversos como Clara, la jacarandosa Bertica, la reflexiva y a ratos gruñona  Minerva, el imaginativo sin límites, Carlitos Piñeiro, y la combativa Denia García, entre otros muchos más.

Recuerdo también una noche en que coincidimos en una ruta Marianao-Lisa que yo había abordado en el borde de la heladería Copelia, y coincidimos en aquel asiento trasero que constituía un baño turco rodante, sin paralelo. Miriam, ni corta ni perezosa me formuló una crítica, una justísima crítica.  Y yo estoy convencido que fue desde ese momento que mi amistad compañera hacia ella se hizo incondicional, porque las amistades y compañerismos inquebrantables no se forjan de la complacencia y el disimulo, sino de la crítica leal y transparente, para aprender y crecer como seres humanos.

También pienso que gracias a esa incondicionalidad que los aquí presente hace tiempo conocen o sospechan, ella me pide cuantas veces se le ocurra, lo posible y lo imposible en el deleitante ejercicio de la docencia.  Y siempre me esfuerzo por responderle con mucho placer y sana complicidad. A ella le debo incontables experiencias transmitidas y compartidas,  y sobre todo, las pláticas inteligentes, agudas y lúcidas sobre lo humano y lo divino, invariablemente sobre una base de entendimientos  humanos, éticos, ideológicos, políticos y estratégicos.

También le agradezco que soporte mis defectos y mis chistes muchas veces pasaditos y pesaditos.

Y siempre terminamos regresando a nuestras primigenias aulas compartidas. Tal vez gracias a ello nos congratulamos de mantener miradas juveniles frescas y hasta traviesas sobre la vida y sus aconteceres más diversos, aunque reconociendo que nos sentimos unos muchachones atrapados y sin remedio en unas cajas gastadas.

Gracias, Miriam Justa, te amo.

10/07/2009 02:13 islalsur #. Entre colegas


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