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UNA VIDA DEDICADA A LA EDUCACIÓN Y LA CULTURA

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Alberto Granado Duque, director de la Casa de África, habla sobre su labor y trayectoria profesional.

Texto y foto:
DANIEL CHANIVECKY KOKUIN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Hijo del luchador revolucionario argentino, amigo del Che Guevara y de Cuba y de quien heredó el nombre, el profesor de Geografía, Alberto Granado Duque dirige el Museo Casa de África y puede dar fe de la unión indisoluble entre lo educativo y lo cultural, tras 33 años de trabajo en ambos sectores. Una tarde de domingo accedió a dialogar sobre su vida en La Habana.

-¿Argentino?

No. Nací el 9 de enero de 1957 en la ciudad de Caracas, Venezuela, hijo del bioquímico argentino Alberto Granado Jiménez y de la enfermera venezolana María Duque, a quien mi padre había conocido cuando empezó a trabajar en un leprosorio en ese país.

-¿Cómo obtuvo la nacionalidad cubana si ninguno de sus dos padres la tenía y usted nació en Caracas?

En 1981, cuando iba a una misión internacionalista, decido adoptarla voluntariamente, ya con mi mayoría de edad, pues Cuba había sido el país que me había dado toda mi formación de forma gratuita y había vivido desde niño aquí por voluntad propia.

-¿Cuándo y por qué su familia viene a Cuba?

El 21 de marzo de 1961 mi padre opta por venir aquí a reencontrarse con su amigo Ernesto “Che” Guevara y contribuir a la formación de profesionales de la salud, teniendo en cuenta la existencia ya de un nuevo régimen revolucionario y el éxodo de un gran número de médicos hacia el extranjero.

-¿Cómo era la relación entre su padre y usted en aquellos tiempos?

Siempre fue muy apegada. Él veía a la familia como el núcleo fundamental. En el caso mío personal no era sólo una relación de hijo y padre sino también de amigos. Era una persona con gran visión y admiración tanto por las personas con carácter histórico, como también por los jóvenes.

-Qué le contaba su padre de la relación que tenía con el Che?

Muchas cosas. Siempre me hablaba de él como Ernesto, hombre de carne y hueso. Así lo trató de dar a conocer a las futuras generaciones. Decía que era mejor no endiosarlo y trataba de humanizarlo, de que se viera al ser humano con muchas virtudes.

Los viajes por América Latina fueron idea original de mi padre, quien soñaba con eso. Ellos se conocen porque –según él me contaba-,  Ernesto se relacionaba con mi tío más pequeño cuando estudiaban juntos en el bachillerato, y un día comenzó a visitar la casa de mi abuelo en la ciudad de Córdoba.

Allí empiezan a tener relaciones. Los unían dos aspectos aparentemente antagónicos, la lectura y el deporte. Mi padre era entrenador de un pequeño equipo de fútbol rugby americano. Quisieron viajar para primeramente conocer su Argentina natal, en la moto de mi pariente, la “poderosa segunda” como la nombraba.

Se comprometió con sus padres a concluir las trece asignaturas de la carrera universitaria que cursaba después del periplo regional, y debido a eso, a lo largo del trayecto dedicó tiempo a sus estudios, además de conocer la naturaleza, museos e inquietudes políticas de la gente.

Todos esos relatos fueron “mis cantos de cuna”, ya que los oía una y otra vez.

-¿Por qué y cuándo decide estudiar una carrera universitaria pedagógica?

En diciembre de 1967, cuando empecé a vivir con mi padre aquí en La Habana, en medio de transformaciones del sistema educacional cubano. Cinco años después opté por incorporarme voluntariamente al Destacamento Pedagógico “Manuel Ascunce Domenech”, al terminar el décimo grado (cuando aquello ese era el último año de la secundaria básica).

-¿Y cuáles razones lo motivan a especializarse en la enseñanza de la Geografía?

A mí me gustaba la naturaleza, la exploración, los viajes (como los que di con mi padre) y la espeleología, además de mi acercamiento con el gran geógrafo de Cuba, Antonio Núñez Jiménez, con quien fui a cavernas y realicé investigaciones de la materia.

-Qué recuerda de la época en que era estudiante universitario?

Una época muy bonita. Cuando yo lo era participé en diversas actividades: marcha de las antorchas, caminata de los 62 kilómetros...

-¿Caminata de los 62 kilómetros? ¿Cómo era eso? ¿Recorrían esa distancia realmente?

Fueron recorridos de los estudiantes universitarios desde zonas alejadas de la capital, por ejemplo, Ceiba del Agua en la actual provincia Artemisa, hasta la Plaza de la Revolución, visitando diferentes lugares históricos, todo eso asociado a fechas importantes.

-¿Qué otras cosas hacía?

Estudiar, trabajar, ir a conciertos de grupos de moda en esos tiempos como el Moncada... Momentos alegres y trascendentales en la vida. La universidad siempre marca a todos los que pasan por ella.

-¿Después de graduarse ejerció alguna vez la profesión?

Sí. Primero me mandaron a cumplir el servicio social en una secundaria básica del municipio Guanajay, en Artemisa, y de ahí pasé a la escuela del mismo tipo Bernardo Domínguez, en el Vedado, donde estuve hasta 1983. En ese año aprobé un examen de oposición para poder ser profesor del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Mártires de Humboldt 7, empezando a trabajar ahí hasta 1994.

-¿Cuáles son sus recuerdos del trabajo en ese lugar?

Inicialmente fui profesor de Geografía y luego subdirector de actividades y de producción (porque los alumnos trabajaban una o dos veces por semana en el campo y con los animales que criábamos). La Humboldt me sirvió mucho en mi formación profesional, dado que conocí a estudiantes con una habilidad extraordinaria para las ciencias y tuve que lidiar con algunos que no daban tanta importancia a la Geografía. Eso me hizo profundizar más en mi ciencia y aplicarla a las otras asignaturas de los educandos. Solamente un pedagogo muy bueno podía trabajar con ellos. Siempre estuve orgulloso de estar allá.

-¿Fueron buenas sus relaciones con los estudiantes?

Me gané el respeto de ellos y tengo la satisfacción de que hoy en día algunos me siguen visitando no solamente de la Humboldt sino también de otros centros donde impartí clases. A veces me convertí en el padre de los jóvenes de otras partes del país.

-Me decía al principio que había ido a una misión internacionalista...

Sí, durante dos años (1981-1983) en la República de Sao Tomé y Príncipe. Son dos islas en el golfo de Guinea. Conmigo fueron además de profesores, especialistas de otras ramas, por ejemplo, la agricultura. Nuestro trabajo consistía en dar clases todo el día en diferentes enseñanzas hasta la técnico profesional. Teníamos alumnos analfabetos e incluso personas que ya sabían leer y escribir y continuaban estudiando con el objetivo de mejorar su grado de escolaridad.

-¿Era linda la isla? ¿Recorrió su interior?

Muy bonita, de origen volcánico. En los fines de semana visitábamos diferentes zonas de ella en excursiones. Solamente había que cuidarse de las serpientes venenosas abundantes, introducidas en el país durante la etapa colonial.

-¿Sucedió algo interesante en la misión?

Una vez decidimos hacer un bojeo a la isla en un remolcador. No nos dimos cuenta que el barco no tenía comunicación con el exterior por su vejez. Escogimos un domingo para el viaje y en medio del trayecto, estando en la mitad del recorrido, surge un mal tiempo. La gente se desesperó creyendo estar a punto de morirse y algunos hasta cantaron el Himno Nacional. Pero al final, la tormenta pasó y regresamos a la isla.

-¿Algún otro recuerdo importante?

Unos pocos meses antes de terminar allá, mi esposa, que iba conmigo, salió embarazada y así regresamos. No temí por su salud pues en Sao Tomé había hospitales y médicos buenos, quienes nos podían ayudar.

-Su opinión en general sobre el trabajo desarrollado.

Marcó parte de mi vida, pues quería impartir clases en otro país, como cualquier educador deseoso de transmitir sus conocimientos a los demás. La compañía de mi esposa también me dio mucho placer.

-¿Cuándo y cómo pasa a la Casa de África?

En 1994 encuentro la posibilidad de trabajar en esa institución subordinada a la Oficina del Historiador de la Ciudad.

-¿Cómo lo aceptaron si era profesor y no promotor cultural?

Fundamentalmente influyó mi interés por el tema africano (antropología, influencia de la cultura africana en la cubana, entre otras temáticas) que no había podido desarrollar antes siendo profesor.

Llegué como especialista del museo y alrededor de 1996 asumí la dirección del centro, aunque desde un principio desarrollé el trabajo a partir de aspectos fundamentales.

-¿Cómo se proyecta como director?

Dirijo la vida cultural y académica del museo. Tengo un trabajo muy amplio por la necesidad de mostrar la importancia de la cultura africana y su influencia en la cultura cubana y dar a conocer los lazos históricos existentes entre los pueblos de África y Cuba.

-¿Su familia?

Soy casado, tengo dos hijas. La mayor es ingeniera industrial, y la otra, graduada de Cultura Física y Recreación.

-¿Qué expectativas tiene para el futuro?

Continuar en el museo siendo útil, con mi experiencia pedagógica y transmitiendo mis conocimientos a las futuras generaciones. También quiero que el centro sea más reconocido y terminar el doctorado en Antropología. Creo que uno siempre debe buscar nuevas metas, expectativas para tener una vida más fructífera, y nunca decir “llegué al límite”. El límite lo pone la vida.

Pie de foto: El profesor de Geografía Alberto Granado, en su casa.



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