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“¿SÉPTIMO ARTE O LA PIEDRA FILOSOFAL?”

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Este trabajo obtuvo Premio en el Fórum Científico 2013 de FCOM, en la categoría de Artículo.

OMAIRY LORENZO ÁLVAREZ,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El  número siete, tal y como lo conceptualizan los matemáticos, constituye uno  de los tantos dígitos que conforma la recta numérica del dominio de los naturales. Por otra parte, en la Química trasciende fundamentalmente por ser la cifra atómica del Nitrógeno. 

Sin embargo, en este gran ecosistema denominado mundo, donde habitamos nosotros los terrícolas, los seres ejemplares en las tareas de nombrar, simbolizar y clasificarlo casi todo -amén de los usos impuestos por las ciencias- el número siete adquiere diversas significaciones.

Entre las convenciones sociales, esta cifra impar se erige como todo un universo por las disímiles connotaciones que posee. Así, son siete los días de la semana, las maravillas del mundo, las notas musicales, las grandes potencias industrializadas, los pecados capitales, los colores del arcoíris… y no menos importante: la “cantidad de vidas de los gatos”.

Dentro del arte no podía faltar entonces, el toque místico del célebre dígito. No obstante, se imponen varias interrogantes: ¿a quién se le ocurrió conectar con el siete a una de las manifestaciones artísticas? ¿Cuáles fueron sus motivos? ¿Por qué concebirle al arte una séptima posición?

Resulta que en la Francia de inicios del siglo XX vivió un hombre llamado Ricciotto Canudo, a quien un día la perspicacia de su pensamiento le hizo dar a luz un concepto, que ha sido inmortalizado hasta el día de hoy: el afamado término Séptimo Arte.

En 1911, este “iluminado” de origen italiano plantea en su texto Manifiesto a las Siete Artes –que publicaría después en 1914- que hasta ese momento “existen seis artes (…) que responden a la necesidad del hombre de crear para sí una experiencia estética que le procure el goce de una vida superior a la vida, es decir un espacio en el que el hombre puede olvidarse de sí mismo en un olvido estético, creando a la vez, para sí mismo, una personalidad múltiple, donde experimentar más cosas de las que la propia vida ofrece” (Ricciotto Canudo y el Manifiesto de las Siete Artes, en http://suite101.net).

La Arquitectura, la Pintura, la Escultura, la Música, la Danza y la Poesía eran precisamente estas seis artes. De la síntesis y suma de ellas surge el teatro, que converge dentro de las artes escénicas junto con la danza. “Pero Canudo, especifica que parte del interés del hombre a la hora de crear la experiencia estética, se basa en la retención de lo efímero, es decir, en fijar las experiencias que nos hacen vivir una vida superior y en ese sentido, el teatro une ambos ritmos de manera imperfecta puesto que al ser un medio esencialmente efímero, le falta la eternidad necesaria de la obra de arte”.

Sin embargo, en los primeros años de la pasada centuria, además de estas manifestaciones andaban en boga por el mundo las secuencias de vistas, donde se colocaba al hombre en movimiento. Tal realidad no fue ignorada por Canudo. Con el nacimiento de este nuevo medio, “aparece entonces el vehículo perfecto donde se sintetizan definitivamente todas las artes puesto que contiene ambos ritmos el espacial y el temporal; es decir, que contiene plasticidad y ritmo, además, cumple con la función de comunión social del teatro, ya que al igual que éste, se exhibe para un amplio número de personas y finalmente contaría también con la función de eternización estética del museo, puesto que la película no deja de ser un objeto acabado que puede mantenerse en el tiempo” (Ricciotto Canudo y el Manifiesto de las Siete Artes, en http://suite101.net).

Dicho de otro modo, el cine con sus características propias de transmitir imágenes con vida, tiene la potencialidad de encuadrar en un mismo plano y a la misma vez toda una conjugación de las demás manifestaciones artísticas. 

En los días en que las salas oscuras solo eran concebidas para abreviar y entretener las horas de ocio de las personas, o sea, como un mero entretenimiento, Ricciotto tuvo la sagacidad de deslindar las fronteras entre las nociones de Arte e Industria. Por tanto, establece un contraste entre los artistas y los industriales del cine, a los que nombra “tenderos”.  

“Si bien los muchos y nefastos tenderos del cine han creído poderse apropiar del término «Séptimo Arte» que da prestigio a su industria y a su comercio, no han aceptado empero la responsabilidad impuesta por la palabra «arte». Su industria sigue siendo la misma, más o menos bien organizada desde el punto de vista técnico; su comercio se mantiene floreciente o en decadencia, según los altibajos de la emotividad universal. Su «arte», salvo algún raro ejemplo en el que el cineasta es capaz de exigir e imponer su propia voluntad, sigue siendo prácticamente el mismo que inspiraba a Xavier de Montépin” (Canudo, Manifiesto delas Siete Artes, en http://www.cinefagos.net/index.php?option=com).

Sin dudas, Ricciotto Canudo, el primer mortal que le estampara al celuloide una categoría tan significativa como Séptimo Arte, pasó a la historia como uno de los pioneros dentro de la crítica y la teoría del cine.

De esta forma, podemos concluir con una idea cardinal: el cine se puede definir como un arte de culminación y síntesis, pues como ha quedado expuesto a través de la óptica del “alquimista” italiano radicado en París, esta manifestación coquetea con las demás expresiones culturales, al tiempo que les confiere una gama más rica de significados.

Entonces… ¿Cuál será en las artes, del uno al siete,…la Piedra Filosofal?

Bibliografía:

Canudo, Ricciotto. Manifiesto de las Siete Artes. En http://www.cinefagos.net/index.php?option=com.

Canudo, Ricciotto y el Manifiesto de las Siete Artes. En http://suite101.net.

Verdone, Mario. Canudo: el crítico cinematográfico. En Revista Cine Cubano, 2006.



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