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EL REGRESO DE LOS ELEFANTES BLANCOS

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DAVID RODRÍGUEZ SÁNCHEZ-GALARRAGA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuando solo horas nos separan del inicio de la XX edición de la  Copa del Mundo de Fútbol, la alegría de los aficionados se contrasta con intensas protestas populares debido a recortes presupuestarios y corrupciones internas en el país anfitrión, además del descontento de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) por la imprevisible política brasileña de que el evento se haya convertido en el más costoso de todos los tiempos.

Treinta días de una intensidad televisa solo superada por las transmisiones olímpicas, reflejarán junto otro capítulo de oro en la historia del deporte universal, un inesperado contexto que ha tomado como cenit al capital y no al fútbol.

Protestas y altos costos

Desde la Copa Confederaciones, disputada en la misma fecha pero del año precedente, miles de personas se volcaron a la calles en las principales ciudades del país sudamericano, delatando su inconformidad ante las multimillonarias inversiones que el gobierno estaba financiando para los preparativos del magno evento.

Según un informe publicado por el Comité Organizador en diciembre de 2013, el costo de las doce sedes donde se  disputarán los 64 partidos es de 3 600 millones de dólares, casi cuatro veces más de lo previsto en el año 2007 cuando la FIFA le asignó a Brasil la realización del mundial.

En los inicios, el gobierno brasileño aseguró a su Parlamento que en materia de inversión, la construcción de los nuevos estadios y las remodelaciones de los ya existentes, no excedería  los 1 000 millones de dólares, capital, que en su mayoría sería costeado por el poderoso sector privado. Sin embargo, las cifras  dictadas por los economistas avalan el arduo encarecimiento de las instalaciones, presupuestadas en un cincuenta por cierto por el Estado.

Como exigen los estatutos de la FIFA, un país solo puede ser escogido para sede del más añorado certamen de fútbol, cuando presente, entre otros aspectos no menos importantes, una sólida economía capaz de  costear los multimillonarios gastos que genera el evento.

Brasil presenta esta condición, avalada desde hace algunos años por el estandarte de sexta economía del planeta. Pero la pretenciosa ambición del gobierno brasileño de extender la competición a todos las regiones del país, el quinto más grande del planeta con sus 8,5 millones de kilómetros cuadrados, provocó que en el plan inversionista se tuvieran en cuenta la construcción de cuatro nuevos estadios en las ciudades de Natal, Brasilia, Cuiabá y Manaos.

Una vez finalizado el Mundial, estas urbes tendrán la responsabilidad de mantener activas a las modernas y costosas instalaciones, las cuales no generarán los ingresos suficientes para autofinanciarse porque no tienen equipos locales en la Primera División  de la liga nacional.  Estos estadios se convertirán entonces en elefantes blancos, hijos del Amazonas.

El término “elefantes blancos” se le asignó a varios estadios sudafricanos construidos para la edición precedente del evento, en el año 2010, porque han quedado exentos al desembalaje por la falta de presupuesto para su conservación, comparándolos la citada especie del cuadrúpedo más preciado de África que está en peligro de extinción.

Rodrigo Prada, director de Portal da Copa 2014 que monitorea los avances del Mundial, afirmó en conferencia de prensa  el pasado 2 de junio (2014): “Sobresale la incertidumbre sobre el nuevo recinto futbolístico de la amazónica ciudad de Manaos, el cual alberga una capacidad de 44,500 espectadores, un número superior a la cantidad de aficionados que atendieron los partidos de la liga en esa ciudad durante todo el 2009”.

El economista y profesor en la Universidad de Lima y Centrum Católica, Carlos Urrunaga, explicó al portal Deport.pe Futbol Internacional Brasil 2014, que la FIFA exigió a las autoridades locales desmantelar todo tipo de actividad social o comercial que estuviera a dos kilómetros a la redonda de cada estadio, provocando fuertes protestas populares en oposición a esta medida que recaudará para la federación internacional del deporte y no para el Estado, unos 3,000 millones de dólares en concepto de auspiciadores, marketing y derechos de televisión.

En cable emitido por la agencia de noticias estadounidense Associated Press (AP), el pasado martes 13 de mayo (2014), se expusieron algunos datos referentes a golpes corruptivos que ha sufrido el gobierno del gigante sudamericano. Según mostró el reporte, el estadio de Brasilia, costó unos 900 millones de dólares, de los cuales, 275 fueron probados como excesos de facturación.

Sin embargo, estas opiniones de la agencia norteamericana las negó Claudio Monteiro, jefe de Comité de la Copa del Mundo en la capital, responsable por la supervisión de los proyectos. "Vamos a mostrar que este reporte no tiene base justificando todos los gastos”, afirmó el funcionario.

Sumemos a esta tensa situación económica que ha intentado opacar el deseo de los brasileños de celebrar en su tierra el mayor espectáculo deportivo después de los Juegos Olímpicos, los gastos en la infraestructura de aeropuertos, transportes públicos y hospedajes (2 700 millones de dólares), para recibir a los mil atletas, técnicos y entrenadores de las 32 delegaciones y a más de 600 mil visitantes extranjeros.

A pesar de las importantes ganancias que la FIFA obtendrá con la celebración del torneo, este organismo ha declarado en varias ocasiones su inconformidad con el contexto  previo al mundial, no solo por la imposibilidad del gobierno de frenar las manifestaciones populares, sino por su imprevisión del inconcebible  encarecimiento  del evento, más de 10 000 millones de dólares en total, mientas 16 millones de brasileños, sumergidos en la pobreza extrema, ganan 30 dólares al mes.

Fútbol para mirar

Catalogado por la mayoría de los aficionados como el deporte  más hermoso e impresionante del mundo, el fútbol también sufre la pena de ser un método de manipulación para que un grupo reducido de personas se enriquezcan a diario. 

“El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue”, opinó el  escritor uruguayo Eduardo Galeano luego que su equipo clasificara para el evento en el repechaje del año pasado.

Y así, sumergido posiblemente en el contexto más oscuro de la historia de las citas mundialistas, el deporte de los onces espera paciente la apertura de la vigésima edición de su certamen del orbe.

Se jugará, no lo dude nadie, con el amor y la pasión que caracterizan al fútbol, pero mientras se juegue, millones de brasileños recordarán todo el sacrificio del sector más pobre de su pueblo, atacado por rebajas salariales, aumento de los precios de los productos de primera necesidad, entre otras restricciones presupuestarias  aplicadas por el Estado como única alterna para salvar la Copa del Mundo.

Quisiera equivocarme, pero tal vez los “amados” colosos de gradas serán convertidos por el tiempo y las finanzas en amazónicos elefantes blancos.



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