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COSIENDO LA HISTORIA

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De tierra eslovaca llegó a la Isla una artesana peculiar. Nada le ha permitido despojarse de su arte. En Cuba encontró el amor, construyó una familia y halló la inspiración que, aún hoy, la protege de la muerte.

Texto y foto:
KRYSTEL ASPILLAGA ROJO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Con el vientre cargado del fruto de su amor por un cubano llegó a nuestra tierra hace 45 años la eslovaca Katarina Pedrosová. «Fue una larga travesía en barco, en la que por poco pierdo el embarazo. Poco antes de embarcar, mientras buscaba los alimentos en conserva que llevaría, una gitana me persiguió. Quiso decirme el futuro varias veces, al parecer tenía visiones de males próximos. No sé. Lo cierto es que durante el viaje, que duró varios meses, me dieron unos dolores muy fuertes, y estuve en reposo. Mi hija Alicia, la mayor de los tres, nació aquí, en La Habana.

«De mi tierra traje conmigo la pasión por la artesanía y un montón de recuerdos que siempre me acompañan. Soy de padres húngaros y nací en Eslovaquia. Ahí viví los sucesos terribles de la Segunda Guerra Mundial y aprendí, entre otros oficios, la costura en todas sus modalidades. De pequeña me detenía a ver las piedras de los ríos, sus colores; me encantaban los colores y dibujaba mucho. La  artesanía viene de la niñez, aprendí a coser, primero a zurcir, gracias a mi madre que me dio la tarea de hacer las medias a los varones y que quedaran bien. Yo hice mi vestido de bodas y de  graduación».

Así  me contó, Katarina Pedrosová, una ilustre mujer que descubrí recientemente, gracias a una amiga que comentó de su existencia. Toqué a la puerta de su casa en El Vedado capitalino, donde todavía comparte los infortunios y las alegrías con el mismo cubano que siendo joven conoció.

Ahí estaba ella, de estatura mediana, cabello blanco y piel de cera. Sus ojos transparentes parecen no haber envejecido. La mirada y la palabra denotan madurez, fuerza y experiencia y por momentos intimidan.

El encuentro transcurrió en el comedor. Sobre la mesa los adornos navideños que cada año, por esta fecha, realiza con esmero. A un lado, la máquina de coser, la primera que encontró a su llegada a Cuba y que ha utilizado desde entonces. «Es aquí donde hago gran parte de mis artesanías», dijo. En las paredes cuelgan unos platos antiguos rusos y eslovacos, confeccionados a mano, que tienen gran significado para ella, sobre todo los de su tierra natal. “Son parte de mi historia”, comenta mientras le cose el sombrero a un Santa Claus.

«La navidad es muy  importante para mí. Cuando la guerra, todo estaba destruido, yo tenía cinco años y era la hermana mediana, pero recuerdo que no le temía a nada. Mi padre era pastor protestante. Una vez llegó un hombre del ejército alemán y le dijo que tenía 24 horas para enterrar a sus muertos. Salimos de la casa y encontramos un bosque, allí había un lugar con condiciones para el entierro. A mi padre lo llamaban para ese trabajo, pero el no cobró nunca, tenía que ser que de buena voluntad le dieran algo. El guardabosque alertó a mi papá que teníamos que salir rápido porque nos buscaban para matarnos. El buen hombre brindó refugio en su casa.

«Estando ahí, los muchachos que éramos entonces, salimos a jugar con la nieve y mi papá, para alegrar el momento, nos preparó una sorpresa. Encontramos en esa casa prácticamente vacía, en aquel ambiente interrumpido por el ruido de las bombas, que al explotar estremecían el suelo, un árbol de navidad adornado solamente con velitas»…

Una lágrima se guarece en su mejilla. «Demasiados recuerdos», dice. “Ese día tomamos leche de vaca. Fue la mejor navidad que he tenido. La navidad hay que celebrarla siempre, siempre, siempre,  en los buenos y malos momentos”.

Con un español casi perfecto, Katarina evoca pasajes de su vida. «Llegué a la artesanía por necesidad. Todos los días tenía que tejer, hacía cuatro mangas de abrigos al mes. Esto era importante para comer y vestirse. Mis primeros zapatos me los compré a los 15 años. Mi mamá decidió que fueran de talla más grande “por si te crece el pie”. Así era nuestra vida. De niña aprendí también la jardinería y trabajé, gracias a mi papá, con las colmenas de abejas. Fueron tantas cosas, las enseñanzas de mi vida vienen de las necesidades. Mientras que los niños de hoy no tienen obligaciones, solamente deben estudiar y divertirse».

Katarina tiene 75 años, tres hijos y un montón de nietos. Estudió en Europa dos carreras universitarias (Geología e Ingeniería Civil) y domina varios idiomas, entre ellos húngaro y ruso. Cuando cose parece brotar de sus manos una especie de luz, que debe ser magia. Gran parte de los adornos que hay en su casa fueron confeccionados por ella.

-Usted es miembro de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACCA). ¿Qué trabajos realiza y con qué técnicas?

«Ahora hago de todo con la tela: carteras, manteles, cortinas... Con la técnica del parche, hago cuadros de parches, también con él  simulo el vitral. Aplico el batic, una práctica que necesita de tintes y cera de velas y del panal de abejas para poner en los cuadros de tela y así hacer el dibujo. Hice un Che utilizando el batic y otro cuadro dedicado a los Cinco Héroes, el cual obtuvo premio durante una exposición realizada en el poligráfico del periódico Granma. La obra tiene cinco esferas  grandes de color rojo, cosidas a mano; aquí también empleé la técnica del batic… Esas esferas representan las barreras a derribar por la prensa, para que el caso de los cinco cubanos antiterroristas llegue con claridad y veracidad a todas las regiones del mundo.

«Ese otro cuadro, el del violín, también es hecho a parches. Nació de la partida de mi hijo hacia Canadá debido a los éxitos que tuvo en la gira. Él es violinista y por eso utilicé el instrumento. Tengo también dos hijas que no viven en Cuba, pero él es el menor y muy apegado a mí. Cuando supe que se iba, cosí llorando cada parche.

«¿Ves esa lámpara de arriba?, le tejí la pantalla, lo que cubre el bombillo, también esos tapices para adornar los sillones, las paredes y los muebles de la sala. Es que me gusta decorar la casa con mis trabajos. También hago collares aprovechando elementos de la naturaleza, uso cristales, piedras del mar, ramas y hojas secas de los árboles».

-¿Cómo conoció a su esposo?

«Es una historia muy larga. Resulta que por el sindicato gané unas vacaciones en un hotel. Era muy joven. Tenía solo veintitantos años y compartí esos días junto a una pareja mucho mayor que yo. Mi madre me avisó sobre la apertura de las matrículas para las mujeres que querían estudiar la carrera de Ingeniería Civil. Me sentí desesperada porque debía prepararme, pero allí no tenía libros para estudiar. Estos amigos ayudaron mucho en ese momento de euforia. Decidí presentarme a los exámenes de ingreso sin prepararme, aunque poco después supe que las pruebas no eran hasta el próximo año, en ese momento sentí alivio porque tenía más tiempo y por tanto podía disponerme mejor.

«Después de unas semanas en el hotel, encontré a un joven cubano, bailamos, conversamos y nos enamoramos, él estudiaba en mi país, luego nos casamos y salí embarazada. Un día me dice que tenía que irse para Cuba a terminar la carrera  y vine con él».

La llegada de Odalys, una amiga, fue el pretexto para detenernos en la conversación y preparar un té caliente (hacía mucho frío) que acompañamos con una mermelada de frutabomba con piña, riquísima, hecha por ella misma. Sabía a compota de zanahoria y su textura semejaba la del membrillo. <>, expresó. Supe entonces que la cocina es otra de sus especialidades y que tiene una despensa con alimentos en conserva que cada año elabora.

-¿Cuándo aprendió a conservar los alimentos?

«En mi país, durante la guerra, mucha gente hacía todo en conserva, recuerdo que teníamos como un cuartico y en él alimentos que se mantenían a 5 grados sobre cero y se almacenaban hasta la próxima cosecha, entre ellos, papa, col,  zanahoria, perejil y otros. También hacíamos vino de manzana y de uva. Además, aprendí a deshidratar hongos comestibles, los recogía en los bosques. Ese era un paseo que me fascinaba.  Deshidratar es una forma de conserva y se puede hacer con las cebollas y las manzanas. Cociné desde niña porque mamá tenía una enfermedad llamada el síndrome de las manos y los pies fríos. Era un problema circulatorio y yo tuve que aprender. Me paraba en un banquito porque yo no llegaba bien a la estufa (las de allá son mucho más altas). Desde entonces me encanta cocinar».

-¿Ha vuelto alguna vez a Eslovaquia?

«Sí, he viajado en tres ocasiones y cuando estoy allá  vuelvo a vivir momentos agradables, recuerdo mi infancia y juventud. En Eslovaquia todavía tengo personas a las que quiero, un hermano, una tía y una gran familia por parte de mi madre, que me crió. Solamente pude estar una vez en casa, el último lugar donde estuvo papá con nosotros; cuando pasé fue desastroso, porque encontré que se desplomó, aún quedan restos, por ejemplo se mantiene el jardín “encantador” lleno de arbustos, rosas y plantas de uva. Ese jardín siempre fue así: de terreno amplio y muy fértil. Recuerdo, al estar allá, a mamá cosiendo, entre otras cosas, sus tapices, aún conservo dos de ellos, son esos verdes que, por cierto, tengo que arreglar. De regreso a La Habana siento nostalgia, pero Cuba me acogió  bien, hay gente muy buena».

Conversando con ella comprendí que el dolor de una vida difícil es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. La suerte casi siempre es fortuita. Katarina entendió que lo único que se consigue en la vida sin esfuerzo es el fracaso.

«Quiero seguir trabajando, ahora me siento mejor de salud, no pretendo romper récords, quiero hacer cosas que le gusten a la gente, quiero enseñar para que aprendan este arte, no solo por el valor económico, sino porque ayuda al espíritu, estimula, recrea. No le temo a la muerte, ¿a la pelona? No, ni pienso en eso, he estado al borde de ella en dos ocasiones»…

Katy, como la nombra cariñosamente su familia, ríe todo el tiempo y se burla de la muerte: «Todavía tengo fuerzas para seguir viviendo porque quiero continuar cosiendo mi historia».

Pie de foto: Recuerdos, obra de Katarina, dedicada a su hijo menor,  confeccionada con la técnica del parche.

 



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