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UNA MUJER SIN MIEDO

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Encuentro con Hilda Hernández Hernández, una luchadora de fe inquebrantable por la Revolución Cubana y sus precursores.

Texto y foto:
DANIELA HERNÁNDEZ GARI,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Vilma Espín y Celia Sánchez, mujeres que engrandecen la historia de Cuba, son sin duda «flores autóctonas de la Revolución», como calificaría Armando Hart, dirigente del Movimiento 26 de Julio a la segunda en varias ocasiones. Durante la lucha revolucionaria florecieron miles de ellas en la sierra y el llano, cada una con historias llenas de sacrificio que quedaron grabadas en cada pétalo y arraigadas al suelo que tanto adoraban. Su condición de féminas se convirtió en su estandarte.

Entro a la casa una mujer que forma parte del jardín de la lucha cubana, tiene la sonrisa de niña curiosa y una caja que sostiene contra su pecho, por la que puedo vislumbrar fotografías de tiempos pasados, pero cercanos e inolvidables para Hilda Hernández Hernández, combatiente de la Sierra Maestra que porta con orgullo el grado de Teniente. Al preguntar su edad me disculpó por la interrogante que es considerada el terror de muchas mujeres, pero ella se muestra orgullosa de anunciar que celebró nueve décadas el pasado 13 de abril (2014).

-¿Cómo comenzó su historia?

Nací en Caibarien, Las Villas. Mi padre era isleño, tenía negocios de carbón y estábamos bastante bien, pero después se trasladó al Central Narcisa, ahí conoció a Jesús Menéndez. Mi casa era visitada  por él, Eduardo Chibás, Carlos Rafael Rodríguez y Blas Roca. Estudié en la Escuela de Monjas, pero me expulsaron porque yo era muy bellaca y un día le quité la toca a una de ellas porque quería saber lo que tenían las monjas en la cabeza.

-¿Cuándo se integró al

Movimiento 26 de Julio?

Mi hermano Heriberto se incorporó con su amigo Marcelito Salado. Fue entonces cuando hice contacto con el Movimiento. Toda mi familia comenzó a repartir bonos junto con Julián Sánchez, miembro de la lucha clandestina. Mi papá y mi hermano donaron en conjunto cinco mil pesos a la lucha.

-¿Cuál era la función de los bonos?

Figúrate, era el trabajo político con las personas que estaban de acuerdo con la ideología revolucionaria, no le íbamos a vender un bono al que estuviera a favor de la opresión que existía.

-¿Cuál fue el paso decisivo para

unirse al proceso revolucionario?

Unos guardias se mudaron al frente de mi casa, un negro que le decían Tatica y un blanco, Ransel. Parece que nos chivateó una de las amantes que tenían. Habíamos ido a repartir los bonos y le cayeron atrás a mi hermana Graciela, pero ella brincó una cerca y se escapó. Mi mamá estaba parada en la puerta para que los guardias no entraran. La empujaron, le dieron culatazos con los fusiles y le perforaron el páncreas. Estuvo algunos meses en el hospital, pero el médico dijo que ya no se podía hacer nada y no la operó.

Registraron la casa completa y no encontraron los bonos, estaban en la alacena, entre unos vasos de cristal. Me tuve que ir para La Habana. Heriberto en esa época se había unido a Camilo en Yaguajay. Recuerdo que un día visité la casa de Pedrito Berejías y tuvimos que salir huyendo por el techo porque los guardias nos siguieron. De ahí fuimos para Camagüey, después para Santiago de Cuba y de vuelta.

-¿Cómo llegó a la lucha armada?

Por mediación de otro compañero, conocido de Marcelito Salado. Ingresé a la Columna 13, Ignacio Agramonte, al mando de Víctor Mora, eso fue por septiembre de 1957. El grupo de mujeres que subimos a la sierra tuvimos que cruzar por los montes y pedir botella a los carros haciéndonos pasar por limosneras. Curábamos a los heridos, éramos mensajeras, cosíamos los uniformes de nuestros compañeros, en fin, hacíamos de todo. Pasamos horas horribles.

-¿Cómo era la vida en la sierra?

Óyeme, allá si pasamos trabajo, no había comida, teníamos que tomar agua de los charcos, sin baños y soportábamos a duras penas la menstruación. Para qué extenderme tanto si la historia ya está hecha. La hicimos y me duele mucho que algunos no sepan apreciar nuestros sacrificios, antes no teníamos escuelas, ni hospitales gratuitos y era normal encontrar cada mañana gente golpeada y asesinada de la noche anterior en el medio de la calle por los esbirros de la tiranía. Recuerdo que una vez me cayeron atrás los guardias y fui golpeada, pero me soltaron porque pensaron que era una mendiga, andaba siempre toda ripiá.

-¿Participó directamente

en alguna batalla?

En un combate, no, pero se formaban los tiroteos y teníamos que estar preparadas, para eso estábamos. Nos trataban de dar un arma a cada una como medida de seguridad, pero algunas veces no alcanzaban para todas e incluso había que entregarlas si los combatientes de las primeras filas no contaban con ellas.

-¿En alguna ocasión se

sintió excluida por su

condición de mujer?

No, siempre dije que a mí nadie me excluía. Como mujer yo tenía que defender la Revolución. Allí estaban Celia, Vilma y mis compañeras. Valía la pena luchar.

-¿Qué ocurrió después del

Triunfo de la Revolución?

Cruzamos La Martera, seguimos para Ciudad Libertad y nos instalamos en Managua. Allí Almeida me nombró responsable de las armas y luego, de la lavandería. Las mujeres pasamos el curso de Enfermería en Mazorra. Un día llegó Fidel y formó los batallones del ejército con sus respectivos jefes, los hombres a un lado, las mujeres del otro. Pasé para la columna Mariana Grajales, que se trasladó para Las Mercedes, pero yo me quedé trabajando con Juan Almeida Bosque y Elsita Montero en el Estado Mayor de la Marina de Guerra. Cuando él se fue para Las Villas, nos querían llevar para allá, pero no fui porque tenía a mis hijos chiquitos. ¿Dónde los iba a dejar? Me quedé trabajando en La Habana con el Comandante Enrique Lussón.

Había compañeros que no tenían donde vivir, entonces recogí a 21 combatientes que dormían en las lanchas o donde pudieran y alquilé dos apartamentos frente a la Casa de José Martí. Yo les lavaba, preparaba la comida y Roberto Sotomayor se los llevó después para el Pico Turquino.

Creo que he hecho mucho por la Revolución, por mis compañeros y compañeras y seguiré haciendo hasta que me muera. Pertenecí a la Operación Mambí Camagüey, como jefa de seguridad de las compañeras que viajamos desde La Habana. Trabajé en El Morro y después pasé al Combinado del Este. Soy fundadora de las Milicias Nacionales y Territoriales, los Comité de Defensa de la Revolución (CDR), la Federación de Mujeres Cubanas y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

-¿Qué reconocimientos ha recibido?

Tengo quince medallas de todos los organismos y condecoraciones de los hospitales en los que he sido voluntaria.

-¿Qué ocurrió con sus hermanos?

José Antonio trabajó en el Hospital de Caibarien. Un día estaba pescando con nuestro primo Evelio por el Cayo Santamaría, cuando llegó una embarcación que se iba pa fuera con 24 personas. Les dijeron que se iban a llevar el barco y a ellos cuando llegara la embarcación del norte. José respondió que prefería morir antes de irse pallá, entonces los amordazaron y amarraron, pero en ese momento llegó la nave que los iba a recoger y los dejaron atados. Los salvaron los guardafronteras y les advirtieron que no fuesen más a pescar por esa zona.

José siguió yendo por allá porque le gustaba y aparte de eso, le daba la mitad al Estado. Él murió un Primero de Mayo, mientras yo desfilaba en La Habana, desapareció después de entregar parte de la pesca. Fueron a buscarlo en una lancha y lo encontraron boca abajo con un golpe en la cabeza. La doctora dijo que murió de un colapso. Heriberto, perteneciente a la contrainteligencia militar y a todo organismo revolucionario que existiera por aquella época, murió de un traumatismo cerebral en el hospital de Santa Clara, a causa de un accidente de moto cuando iba a buscar los cuerpos de los combatientes caídos en Angola al aeropuerto de esa provincia. Graciela no se vinculó a nada y ahora vive por Bauta.

-¿Y sus hijos?

Tengo cuatro, tres varones que nacieron de mi primer matrimonio con Julio Prieto Monteagudo y una hembra del segundo, con Juan Luis Fruto, combatiente oficial de la Sierra Maestra. José Manuel estudió  en los Camilitos  del Caney de Las Mercedes, los demás han pasado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Eduardo perteneció al cuerpo de seguridad de la Refinería Ñico López. Julio estuvo en la marina mercante, viajó mucho, pero siempre regresó porque esta es su patria y tenía que estar aquí defendiendo lo que le correspondía. Rosalina fue combatiente de las Tropas Territoriales y es Técnica en Computación, ahora trabaja en México.

-¿Cuál  es su grado de escolaridad?

Llegué al preuniversitario, pero antes de la Revolución sólo tenía el quinto grado.

-¿Guarda algún recuerdo material

de sus días como combatiente?

Sí, pero mi cuarto se quemó hace unos años y perdí fotos que tenía con Fidel, con Almeida, recortes de periódicos, un símbolo del Partido Ortodoxo, obsequiado por Eduardo Chibás en mi juventud. ¡Cómo llore!

-¿Mantiene el contacto con

alguno de sus camaradas?

Hay una compañera que vive en el Roble, Rosa Tejedor, trabajaba con nosotras como clandestina. Nos llevaba los mensajes y vivía al lado de Fidel, en Birán, Holguín. La general Delsa Teté Puebla, ella me visita y quiere mucho. Se nos murieron Flor Pérez, Pastorita Núñez y Manuel Zamora. Fallecieron muchos compañeros que me querían y yo a ellos. Lidia fue una de las víctimas de Barbados, era aeromoza, nos conocimos en la Mariana Grajales junto con Adabella Pompa y Olguita Clara. Me llevaba muy bien con el Comandante Juan Almeida Bosques y toda su familia. Guillermo García Frías también mantuvo el contacto. Si sigo mencionando nombres te digo el ejército completo.

-¿Se mantiene activa?

Soy fundadora de la Casa de Atención al Adulto Mayor y sigo trabajando con ellos. Cuando hay alguna actividad, me vienen a buscar en carro o en guagua, porque ya no puedo caminar tanto como antes. Voy a las reuniones del CDR y seguiré hasta el fin, hasta que me muera.

-¿Nunca le tuvo miedo al monte?

En defensa de la Revolución, yo nunca he tenido miedo. Cuando las Milicias Nacionales se formó un tiroteo por aquí y fui la primera en llegar. En la tiendecita de ropa robaban, mis hijos chiquitos iban conmigo a perseguir a los ladrones, los cogíamos y llamábamos a la policía. Me acuerdo que al último le echaron ocho años porque rompió una vidriera en una tienda de Regla. He pasado, y sigo pasando trabajo, pero bueno, mi Revolución por delante y lo demás… ya tú sabes.

Pie de foto: Hilda Hernández Hernández, combatiente de la Sierra Maestra, desempeñó una importante labor en la lucha revolucionaria.



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