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COMPLEJO DE PETER PAN

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ALEJANDRA ANGULO ALONSO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Rompían las siete de la mañana y mientras algunos salían a abrazar su día, yo terminaba mi noche. Con el maquillaje corrido, el cabello despeinado, la ropa incómoda y los tacones homicidas en una mano, arribaba a casa.

Esa noche cerramos capítulo. La tan esperada fiesta de graduación llegó y partió con el mismo impulso. Ahora, la vida florecería diferente. Separados, ya no seríamos los mismos. 

Para cuando mis amigos y yo cumplimos 18 años, habíamos vivido a toda prisa, al menos eso pensaba en aquel momento. A nuestro grupo, unido desde la niñez en parrandas y descalabros, le parecía imposible el hecho de que, terminada la graduación, tomaríamos disímiles caminos. 

Cansados de ejercitar el musculo gris en los exámenes, arribamos temprano al lugar de siempre. Si las paredes de la casa de Leila hablaran, contarían la primera vez que nos maquillamos, el primer beso, el primer trago y muchas otras primeras veces.

La celebración arrancó usual. Música a todo volumen, ron sobre la mesa y el familiar ruido de las bolas de billar. Para nosotros, noche calada de juerga, sin embargo, la nostalgia rasgó el ambiente.

La fiesta cayó en una especie de letargo posanestésico y por más que tratamos de ignorar el hecho inmediato de nuestra separación, la realidad nos chocó en las narices.

Entrada la madrugada, la certeza insoportable de que la Universidad puede separar a amigos sempiternos, nos rompió el corazón. Y no sé si fue la pasadera de tragos o el efecto traidor de la  melancolía, lo que nos condujo a cerrar un pacto para el resto de nuestras vidas.

Aquella muchachada que venía junta desde la pañoleta azul, decidió llevar a las palabras lo que hace tantos años sabía que era una verdad irrevocable: no cederíamos al divorcio.

Esa tibia quimera recuperó el natural optimismo de todas nuestras fiestas, sin empañarlo con el fantasma del tiempo. Luego, poco a poco, se fue aquietando aquel dolor interior y asistimos serenamente a la extinción de esos pueriles arranques.

Aquella celebración pasó de gris a rosado y detuvimos el lloriqueo porque el futuro es innegable y, por más que quisiéramos, no se puede  seguir viviendo con complejo de Peter Pan.



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