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UN CONCIERTO DE AMOR A DOS VOCES

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LISDANYS ALFONSO RIVAS,

estudiante de primer año de Periodismo,

 Facultad de Comunicación,

 Universidad de La Habana.

¡Sábado 11 de junio! Se abría lánguido el telón del teatro Carlos Marx y una ola de aplausos estallaba. Aunque la vista desde la segunda planta se debilitaba, mi sentido de la audición era inquebrantable. Asomaba la voz Haydée Milanés, tenue y simultánea a la armonía entre las cuerdas y la percusión. Luego, en la justa mitad del interludio musical, su padre ya conquistaba la escena, y desde todos lados retumbaba: ¡Pablo, Pablo!

Mas no fue solo la inmensidad del escenario con sus luces teñidas de colores cálidos, ni la vibración de las guitarras en manos de Raúl Verdecia y Roberto Gómez, o el compás de la tumbadora de Guillermo del Toro, fueron las voces esplándidas de dos seres estrechados por algo más artísticamente mágico que la sangre. Y uno frente al otro intercambiaban miradas y daban forma a la música, que por momentos era jazz y otras veces trova.

Mientras escuchaba a Pablo tocar la guitarra me invadían los recuerdos inolvidables de su juventud junto a Silvio Rodríguez y Noel Nicola, fundadores del Movimiento de la Nueva Trova Cubana. Ya no era necesaria aquella melena encrespada que a finales de 1960 adornaba su cabeza y que el transcurso del tiempo había debilitado hasta no quedar rastro de ella. Verlo sentado en el escenario, burlando la inmensidad del teatro con la proyección de su voz violenta y tierna a la vez, al igual que una de sus canciones, era disfrute suficiente para la devoción de todos.

En aquel concierto, Haydée Milanés homenajeaba a su padre, interpretando algunas de sus más importantes composiciones recopiladas en la nueva producción discográfica titulada Amor: Haydée Milanés a dúo con Pablo Milanés. En medio del excelente repertorio desfilaba la inolvidable Yolanda, El breve espacio en que no estás, Para vivir, De qué callada manera y Si ella me faltara, canciones que removieron la memoria de muchos en apenas un instante.

Luego de dos horas que aunque parecieran fugaces se eternizaron, un sentimiento de angustia me invadió de repente al presentir que se acercaba el final. Haydée y Pablo se abrazaban, agradecían la presencia de todos, presentaban a los músicos instrumentistas y otra ola de aplausos imponía su estridencia. Padre e hija abandonaban el escenario y cada vez se hacían más invisibles a los ojos. Aunque no tuve una flor para regalarles, y mi aplauso y mi voz desaparecían entre la multitud y la distancia, lancé como agradecimiento un suspiro de admiración tan fuerte como su propio canto.



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