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GOLPES A LA TRANQUILIDAD

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GABRIELA SÁNCHEZ PÉREZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

¿Quién no se ha despertado a causa de una música estridente, los ruidos de una construcción, o la algarabía de algunos que, al parecer, desconocen otra forma de comunicarse que no sea mediante gritos? Si ninguna de estas situaciones le ha ocurrido, entonces, considérese afortunado de la vida en la capital cubana.

Cada vez más estos fenómenos sonoros sobrepasan los perímetros del vecindario, y se adueñan del silencio de las calles habaneras en diferentes momentos del día.

Ahora, una fusión de “bocinitas ambulantes” y móviles con potentes altavoces, en manos de los más jóvenes, proponen realizar una caminata al compás de “La dura” y “¡Hasta que se seque el Malecón!”. Mientras, otros que permanecen en casa, parecen obligar a los transeúntes a sus “fiestas públicas” con la instalación de reproductores de audio a la entrada de sus viviendas.

No faltan los retumbes en las paredes de los bafles y martillazos, que guardan toda su potencia durante el día para poner fin a la tranquilidad nocturna y convocar al insomnio de pequeños y adultos. Incluso, hay quienes encarnan el rol de intérpretes e imponen al vecindario el de espectadores en un karaoke que parece no resistir sus  propias “melodías”. 

¿Acaso la reproducción de las canciones a un mayor volumen aumenta su disfrute? ¿O es necesario extender los gustos musicales a todo el barrio?

Si bien es cierto que los sonidos constituyen componentes elementales en el decursar de la sociedad, la muestra de tal principio no precisa el estallido de una guerra sonora entre acordes y bullicios que logre perturbar las faenas de los oyentes.

La conservación de un nivel acústico adecuado en cualquier circunstancia constituye una cuestión de respeto y consideración a los que nos rodean. Sin embargo, para algunas personas las normas elementales de la convivencia y la educación parecen permanecer en el olvido cuando escuchamos “el cuéntame de tu vida” de quienes prefieren entablar una conversación desde la acera hasta el balcón de un edificio.

Asimismo, la falta de rigor de las autoridades y el desconocimiento de la población de regulaciones como la Ley 81 del Medio Ambiente y el Decreto Ley 141/1988 que penalizan esas indisciplinas, contribuyen a su incremento en la sociedad.

Además, muchos ignoran las afectaciones que puede ocasionar la exposición a estos fenómenos; de ahí que las reacciones ante las demandas de los vecinos pocas veces resultan favorables y terminan convirtiéndose en actos de incomprensión que no solo perjudican a sus colindantes, sino también a ellos mismos.

Según los estándares de la Organización Mundial de la Salud, la escala máxima admisible para el oído humano es 60 decibeles (dBA), lo que confirma el exceso acústico –más de 90dBA– en situaciones como fiestas, utilización de los claxon de los vehículos y reparaciones durante el horario nocturno.

No obstante, los ejemplos en los que el ruido supera las paredes de una instalación son múltiples, al igual que las consecuencias. Sus efectos van más allá de sensaciones auditivas desagradables, pues el insomnio, las alteraciones en las conductas, y el desgaste psicológico constituyen algunas de las principales secuelas.

Aun cuando nada impide alegrar las jornadas al ritmo de la música,  ni reparar las averías de un inmueble, los horarios en que se realizan y la magnitud de esas acciones sí resultan aspectos importantes para reflexionar, pues todos tenemos derecho al respeto a la tranquilidad.



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