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LAS HUELLAS DE UN “MILAGRO”

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NAILEY VECINO PÉREZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Aún no perdió su magia la reacción ante la noticia más importante que pueda recibir una mujer: -¡Está embarazada!-. Con ella llegó Susana a su casa, invadiéndola al instante del entusiasmo que provoca la llegada de un pequeñín a la familia. Pero, como la vida navega en la cresta de una ola en constante movimiento, la alegría se agotó pronto.

A las veinte semanas de embarazo, Susana asistió a la habitual consulta para el ultrasonido. Traía una niña, todo con ella iba perfecto. La anomalía se detectó en el organismo de la madre. Una sucesión de exámenes intentaban confirmar la sospecha de los médicos. Pensar en un margen de error era su esperanza, mas nada impidió la respuesta positiva para un tumor en el rectus (recto).

Tener a la niña de ilusión se volvió un riesgo y una batalla constante entre el bando de batas blancas que abogaban por la salud de la madre contra aquel otro que defendía, ante todo, el derecho de nacer.

Susana supo entonces que la sensación de decidir entre una o la otra no era visto solo en películas. Ahora vivía la misma escena, en tiempo y espacio real. Debía encestar el balón a su favor o dejarle el tiro de gracia a la criatura que llevaba en su vientre. Ante la duda, prefirió tirar las cartas al aire y apostó, pero no fue por ella.

Tomada la decisión, quedaba esperar a que el feto se acercara al borde de los siete meses. Aún no estaba preparado, parecía imposible, pero impuso su presencia en un pedacito de este mundo.

Una bebé de dos libras al nacer ocupaba la sala de Neonatología del hospital materno “Ramón González Coro”, su primer hogar. No tenía nombre aún, como “la muñequita” fue bautizada por el personal médico que estuvo a su cargo durante los próximos cuatro meses.

Era el momento de mamá para curarse. Por fortuna, el tumor era pequeño, con sesiones de radio y quimioterapia desaparecería. Para ello debía alejarse de su hija algunas semanas; mas no estaba segura de sobrellevar al riesgo de enfrentar el dolor de la distancia. Pero debía correrlo, porque sabía que el calor de una incubadora no se comparaba con el regazo de una madre.

Había trascurrido siete meses cuando Milagro (al fin con nombre), se despedía de lo que fue su “familia prematura”. Partía al encuentro de unos brazos que también la necesitaban para convencerse de haber ganado la partida de naipes.

Ante un altar, Susana pidió hace tres años por el bienestar de ambas, por ver reencarnar en menudos pies las huellas de un milagro. Nunca imaginó aferrarse tan fuerte a la voluntad de un santo. Aún con fe, las manos de la medicina cubana impusieron su papel protagónico.

Hoy, la niña retoza incansable por los pasillos de la casa, abusando de las ternuras de la abuela hacia su “sietemesina”. Su “mami” recuerda  la historia, afligida, hasta contar el final y deja asomar una sonrisa. Ver crecer el retoño que alguna vez pensaron arrancarle, le enorgullece, aunque reconoce que el mérito no es del todo para ella.

Volver cada año al González Coro en la misma fecha en que la  muñequita llegó a sus salones es la forma de agradecimiento a esos médicos que le salvaron la vida.



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