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EL NOMBRE DE UNA ÉPOCA

EL NOMBRE DE UNA ÉPOCA

MARTHA ISABEL ANDRÉS ROMÁN,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El férreo representante de la Inquisición vuelve a levantar su mano acusadora. ¡El monje que se rinde a los caprichos de la carne y del demonio, la mujer que lo provoca, el hombre justo que los defiende! ¡Todos a la hoguera! ¡Sus almas arderán en el fuego purificador porque han manchado el nombre de la Iglesia, porque han cometido una herejía tras otra y eso se paga con la muerte!

Pero el fuego no devora las almas, sino los volúmenes; no incinera la carne, sino el papel. La biblioteca imponente, cárcel de la historia del mundo, dueña del pasado y del presente, se vuelve víctima de sus propios secretos.

Guillermo de Baskerville demuestra su verdad, esa verdad que es humana y no demoníaca, mientras el joven Adso se adueña de escenas que lo acompañarán hasta el final de su existencia.

Todo eso, y muchísimo más, hay en El nombre de la rosa, el libro del italiano Umberto Eco que trasciende las fronteras de los géneros creativos convencionales para fundirse en una combinación de suspenso, pasiones humanas, historia y época.

En medio de la vorágine comunicativa diaria, en un mundo dominado por grandes medios, en una sociedad de la información donde hechos tecnológicos como la televisión e Internet enlazan cada extremo del mundo, una obra como El nombre de la rosa es un reto a la memoria y un testimonio incalculable del camino que ha debido recorrer el hombre para llegar hasta la contemporaneidad.

Toda la Edad Media se siente sintetizada en la obra de Eco: eclesiástico poderío y aspiraciones espirituales, relaciones de propiedad basadas en un feudo explotador, “asechanzas demoníacas” y actos de herejía, constantes penas terrenales en espera de una redención divina después de la muerte…

La trama podría parecer la de cualquier novela detectivesca. El astuto Guillermo, una especie de Holmes o Poirot medieval; su novicio Adso, el Watson que lo acompaña y narra sus descubrimientos. Pero El nombre… rompe los esquemas de cualquier encasillamiento para convertirse ella misma en un género.

Un monasterio benedictino en la cima de una colina, dos monjes franciscanos que llegan con anticipación a una esperada reunión, y el asesinato de uno de los ilustradores de la abadía, son los hechos que sirven de apertura a todo el texto. A medida que fray Guillermo investiga y analiza, todas las pistas conducen a un lugar común: la biblioteca.

De allí parecen provenir todos los misterios. Cada una de las muertes que se suceden en la historia gira en torno a este espacio y a un libro cuya existencia es negada. La pesquisa no resulta tarea fácil, pues el sitio, laberíntico e inexplorado para todos los monjes, únicamente es conocido por el bibliotecario y su ayudante, y solo el primero de ellos sabe de los ejemplares encerrados en los inmensos estantes.

¿Es casual que sea este el lugar escogido por el autor como escenario de su obra? ¿Por qué la biblioteca y no la Iglesia, o la sala capitular, espacios frecuentados a menudo por los monjes? En la Edad Media, etapa caracterizada por el analfabetismo y la ignorancia, donde los focos de conocimiento eran los centros monásticos, la biblioteca era el sitio donde las pocas personas con educación tenían acceso a libros, a obras antiguas y modernas, a las distintas ramas del saber.

Para llegar hasta la solución de los hechos, Guillermo se encuentra con un grupo de personajes que son fiel retrato del momento histórico: el jorobado Salvatore con su confusión de lenguas y su pasado hereje; el ciego Jorge y su negación de la risa; Bernardo Gui, encarnación de la santa e inclemente Inquisición que tanta sangre cobró en nombre de la “justicia divina”.

Y la mujer, la mujer también es un personaje en la historia, una mujer sin nombre que no fue una sino muchas mujeres. Una mujer que fue mujer y pueblo oprimido, que fue la muestra de que la nada existió en la tierra y tuvo rostro femenino. Aparece como principio y fin de males lujuriosos, como negación del amor carnal, como muestra de que allí donde el hombre común no tenía derecho a la educación o al pensamiento, la hembra no tenía derecho ni siquiera a la existencia.

En la obra está la mujer, y también el pueblo al que ella pertenece. Es cierto, ya no es el pueblo esclavo del Egipto faraónico o los romanos conquistadores. Pero ahora es un pueblo que vive oprimido por una sociedad donde Iglesia y señores feudales se arrogan la potestad de apoderarse de su trabajo y las relaciones de vasallaje mantienen al ser humano sumido en la miseria material y mental.

Por eso las escenas de El nombre de la rosa no podían ser más reveladoras: de un lado, largas filas de campesinos traen provisiones a la abadía; del otro, la casa de Dios les arroja sobras que después han de disputarse en lucha animal. ¿Mientras? Los debates de los señores clérigos se centran en la supuesta pobreza de Jesús, y en la interrogante de si la Iglesia tiene o no el derecho de ser una institución enriquecida.

Más allá de elementos formales que hacen de El nombre de la rosa un producto de alta calidad, lo cierto es que la mayor riqueza de la obra está, no en ser la imagen de una época, sino en ser la época misma. Apoyado en la maestría narrativa y el conocimiento histórico profundo, Eco consigue detener el tiempo actual, montarnos en la máquina del tiempo de Wells, y hacernos sentir la aureola mística del Medioevo.
 


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