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MADAME BOVARY: EN MEDIO DEL PUENTE

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Este trabajo obtuvo el Primer Premio en la categoría de Ensayo en el Forum Estudiantil de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, curso 2006-2007.

ELIZABETH MIRABAL LLORENS,

estudiante de tercer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana.

La novela Madame Bovary, de Gustave de Flaubert, es uno de los más altos exponentes de la narrativa francesa del siglo XIX, y por ese único principio, sería ocioso intentar recoger en un ensayo los pormenores de su validez literaria.

Descubrir las claves del personaje protagónico, ese que es eje en la diégesis y sujeto capacitado para expresar el parámetro de saber, querer y poder, acaso sea uno de los temas más apasionantes sobre el que incita a pensar esta obra. No obstante, es también uno de los más clásicos, de los más antiguos. Emma ha emergido desde su nacimiento, sostenida por la vitalidad y la soberanía de una fuerza narrativa que parece resumir la vida. No es extraño que muchos se hayan acercado a conocerla y que, casi sin excepción, hayan sentido simpatía, lástima, indiferencia, disgusto, amor, lo mismo ha seducido que ha indignado. Pero, por lo general, la campesina normanda se les ha hecho inapresable.

Sólo hay algo en lo que Emma insiste. Su única petición a lo largo de estos siglos ha sido que estemos presentes, incluso cuando la prudencia le ha sugerido soledad. Guiada por una visión subjetiva e individual, decidí intentar descubrirla, hasta en sus horas escurridizas, de más íntimo placer.

Cuando los pensamientos y los sentimientos se asemejan a los hechos en una obra, suele parecer que no ocurre nada, que el lenguaje es el gran pilar de una estructura en la que el estilo es lo esencial. Pero en Madame Bovary acontecen matrimonios, adulterios, bailes, viajes, estafas y hasta un suicidio, pero son, al fin y al cabo, aventuras sórdidas.

Emma es presa de una necesidad de cambio en apariencia egoísta. Intenta forzar los códigos de  su familia, su clase y su sociedad, incitada por problemas que sólo le afectan a ella en una lucha desigual. No repara en los costos de  sus enfrentamientos, no acierta a medir consecuencias y es siempre derrotada por fuerzas superiores. El sufrimiento, el robo y el suicidio, son resultados directos de un sentimentalismo impulsivo y desmedido, de una insubordinación total, de la persecución de una quimera proscrita por todos los poderes "sensatos" que nos han antecedido. La gran aspiración bovariana es alcanzar el placer, no en una reencarnación o existencia prometida, sino durante la vida en tiempo real, marcada por el aquí y el ahora.

Si se lucha por algo que ha sido prohibido con tanta frecuencia, se comprende que la marcha será cruenta, violenta. Y en Madame Bovary hay una presencia palpable de la violencia, lo mismo en su forma física que espiritual. La gangrena y la amputación, el egoísmo y la cobardía, acechan a la heroína en distintos momentos a lo largo de la trama, advirtiéndole de su destino. Desde un principio se distingue un claro contraste entre las apetencias de Emma por un mundo soñado y el telón de fondo de un mundo real.

"Madame Bovary" no es más que la metonimia usada en el nivel discursivo para marcar la identidad o la permanencia. El nombre tiene una función designativa que ayuda a reconstruir un modelo, invadiendo el texto con los elementos ético-políticos de un contexto delimitado por el espacio y el tiempo.

Emma es una joven mujer cuyo físico la distingue. Flaubert quiere hacerla contrastar de una forma flagrante con la granja en la que vive y se vale de una prosopografía que a veces deviene retrato. Describe con detalle cada elemento para conformar un conjunto a su gusto, y  desde las primeras páginas una causa determina las propias aspiraciones de la protagonista y su reacción después de casarse con Charles Bovary. "Lo más bello eran los ojos, que, aunque pardos, parecían negros bajo el espesor de las cejas. Su mirada era franca y de cándido atrevimiento... Su garganta surgía de un blanco y vuelto cuello. Los cabellos, partidos por una raya sutil en dos negros aladares de tan compacta contextura que parecían de un solo trozo y que apenas si dejaban al descubierto la puntita de la oreja, se confundían en la nuca, tras de ondular en las sienes, ondulación ésta que por primera vez observó allí el médico, formando un rodete voluminoso."

El autor justifica con la belleza de Emma, sus costumbres refinadas y burguesas, la posición de subordinación de su esposo, el cariz de los romances con sus amantes y el desprecio que experimenta por la vida provinciana. Pero la conducta de esta dama no tiene en el físico su único determinante. La educación que había recibido, los libros leídos, la música que escuchaba, los grabados que contemplaba, su vida en el convento, hechos contados a través de  relatos ulteriores, contribuyen a estructurar un entorno psico-social que da origen a la propia forma en que Emma se reconoce. "¿Es que iba a ser eterna aquella vida miserable? ¿Es que no iba a salir nunca de ella? ¡Sin embargo, ella valía tanto como las que eran felices! En el baile de la Vaubyessard había visto duquesas de cintura menos fina y de facciones más ordinarias que la suya, y ello hacíale revolverse contra la injusticia de Dios."

Emma sobrepasa las tempestades internas y externas como un bergantín con vistosas velas, pero sin anclar, salvo cuando enferma y muere. Sus esperanzas cambian de meta y el afán por un vizconde con quien se topa en un baile, da paso luego a la obsesión por la ciudad de París, como un símbolo, un núcleo real en el cual fusiona por un tiempo sus añoranzas.

Los personajes secundarios se caracterizan en dependencia de la proyección que tengan hacia el personaje-eje: Rodolphe es un profesional de la conquista; León, un novato, un amante débil y cobarde; Charles Bovary representa la vulgaridad burguesa; el farmacéutico Humais; la hipocresía y el comerciante Lhereux, el oportunismo más sórdido.

Pero Madame Bovary como ente independiente está detenida en mitad de un puente que es símbolo del espacio y el tiempo. En el inicio de este largo camino de tránsito, aparece inmersa en el tedio de la campiña normanda, convencida ya de que Charles Bovary es lo menos parecido al galán que sueña, porque "la conversación (...) era llana como una acera... No sabía nadar, ni manejar las armas, ni tirar la pistola..."; pero aún espera al príncipe azul, con absoluta confianza en la existencia real del hombre añorado. "Ignoraba cual fuese el azar que la favoreciera (...) Pero todas las mañanas, al despertar, aguardaba que ello sucediera..." Se pregunta "¿Por qué me habré casado, Dios mío?", pues su matrimonio deja de ser una decisión acertada para transformarse en un paso equivocado, un intento fallido, un obstáculo para continuar buscando ese hombre real, gallardo, valiente, que ha sido educado con firmeza y refinamiento, que sacudirá su vida, desencadenando el más arrebatador de los romances.

El autor establece una disimilitud insalvable entre Emma y su esposo. Presenta a estos dos personajes haciendo notar los rasgos que los diferencian y encuentra en esta absoluta desemejanza el motivo para provocar "el interior apartamiento" entre ambos.  Mientras que Charles "era dichoso y no sentía preocupación alguna" al poseer "para siempre a aquella preciosa mujercita, a la que adoraba", Emma pensaba que se había equivocado:   "a la luz de la luna (...) recitaba a su marido todas las apasionadas rimas que sabía (...); pero tras esto, [ella] continuaba tan tranquila como antes, y Charles no parecía ni más enamorado ni más conmovido".

Cuando la protagonista mira en sentido contrario, aún detenida en ese largo puente, el porvenir se le muestra indescifrable e incierto, "con una puerta cerrada al fondo". Ya no tiene a qué aferrarse. Ha fracasado. Rodolphe la ha engañado. La heroína no ha podido vencer la prueba glorificante, su carencia aún está en disyunción con el objeto de valor. La huida ha sido frustrada porque el amante sobreviene villano, impedimento, barrera. El salvador que la rescataría de un espacio para comenzar a ensayar la vida en otro, se ha esfumado. Ni galope, ni pueblo de pescadores, ni casita a orilla del mar. Sólo queda el polvo.

Es entonces que Emma se arropa con el lenguaje para disimular el inmenso vacío de que es presa. La palabra es su gran arma, "un laminador que prolonga todos los sentimientos". Hay una especie de pacto, de acuerdo con León durante un segundo encuentro. Ambos han cambiado. Ella ha cometido el primer adulterio. Él conoce la vida citadina. La que desea ser seducida le revela las claves para la conquista al seductor. Ella sabe lo que busca y decide no perder el tiempo esperando un ideal imposible. Prefiere simular y tener, que desear y aguardar por siempre. El discurso amoroso no es portador de un sentimiento sincero, sino un artefacto retórico cuyo objetivo es la conquista del otro. Si el lenguaje para Emma sirve para encubrir un vacío, una carencia existencial, podría pensarse que persiste en el fondo de la novela de Flaubert un mensaje que quizás ha pasado inadvertido. El decir y el sentir no tienen por qué corresponder, la palabra ya no sustenta al sentimiento, sino que lo enmascara y lo hace parecer lo que en realidad no es. Detengámonos, por ejemplo, en el análisis del concepto bovariano del amor. "El amor -tal creía ella- debía presentarse de improviso, con grandes estruendos y fulguraciones, como tempestad celeste que se desencadena sobre la vida y la trastorna, y arrastra como secas hojas las voluntades, y hunde en el abismo y por completo los corazones." El amor es definido utilizando un símil. Establece así una relación de homología que entraña una relación de analogía con una metáfora. ¿Se subsana en este caso la incompatibilidad semántica entre elementos que, a pesar de aparecer identificados, pertenecen a realidades ajenas? Creo que no. No es fortuito esta manera de definir. La metáfora es una construcción para nombrar lo innombrable. Hay un juego con las palabras, sobre la base de que ellas sirven para denominar lo exterior y de que a cada "cosa", ya sea objeto o sentimiento, le corresponde un nombre, pues sólo entonces puede haber comunicación. Se hace imposible definir el amor mediante una comparación retórica con una metáfora que en sí misma está ausente de significado. Flaubert reafirma que la palabra es falsa porque es hueca. ¿Podría pensarse que Madame Bovary no siente el amor porque no sabe qué es o que la palabra carece de significado, pero el contexto es verdadero? Quizás Emma cree que tras las metáforas expresivas del amor se encuentra una realidad que intenta reproducir desesperadamente en ella misma. A fin de cuentas, el mundo ha sido construido también verbalmente. De cierta manera, lo que no puede ser nombrado es como si no existiera. Es lógico que piense que todo lo nombrado puede definirse y tiene una base real.

¿Pero, y en el medio del puente, qué surge? La crisis. Se produce un cisma en la vida del personaje principal, a tal punto, que este halla en la evasión la posibilidad de recuperarse. Es su enfermedad el pretexto idóneo para escapar de ese gran nudo narratológico que significa la huida frustrada. Ya con anterioridad, Emma aspiraba a la gloria que Charles Bovary alcanzaría tras operar al camarero de Yonville. Mas, ese efímero desplazamiento queda tronchado y provoca la ruina del médico. Y la de ella. Por lo tanto, cualquier equilibrio es imposible. Madame Bovary se mueve entre los extremos: uno que ya vivió y otro que desconoce, pero que descubre pronto. No hay vuelta atrás. La opción es avanzar y no encontrar salida. El ritmo de los acontecimientos impone escoger la evasión total, atravesando un camino donde a cada paso progresa la degradación. Este va a ser el resultado final de la búsqueda. La desorientación no viene dada por el laberinto típico. La salida es clara y recta. Emma ya sabe que "la lluvia forma charcos en las azoteas de las casas cuando las canales están obstruidas", es decir, un torrencial ordinario puede que parezca  una tormenta. Niega entonces la posibilidad de encontrar a su ídolo. Se enfatiza la idea en el texto porque ella está convencida de que no puede ser hallado lo que no existe. El imposible o "adynaton" domina como figura de pensamiento después de la incisión que marca un centro psicológico. "No era dichosa, no lo había sido nunca. ¿De dónde procedía aquella insuficiencia de la vida, aquel instantáneo derrumbarse de las cosas en que se apoyaba...? Pero si en alguna parte existía un ser varonil y hermoso, una naturaleza valerosa, llena al par de exaltación y refinamientos; un corazón de poeta, encerrado en un ángel, con liras de aceradas cuerdas, que le entonara epitalamios elegíacos, ¿por qué ella no había de encontrarlo?¡Oh!¡Qué imposible! Nada, por lo demás, valía la pena de ser buscado: todo mentira. Bajo la sonrisa se oculta el bostezo de aburrimiento, la maldición bajo la alegría, el hastío bajo el placer, y los más sabrosos besos sólo dejan en la boca el anhelo irrealizable de una más alquitarada voluptuosidad."

Podría pensarse en Madame Bovary como un personaje romántico, pues no puede evitar un constante deseo por huir y la persecución infatigable de un imposible. Existe un "choque dramático entre el yo (subjetivo) poético y el mundo (objetivo) que le circunda". (Díaz Plaja citado por Aguirre, 1987:89) Pero la solución del conflicto bovariano no es la evasión radical. El suicidio para Emma no es la salida airosa a un mundo mejor. Representa sólo la posibilidad de escapar sin pretensión de llegar a un sitio más placentero, porque ella no cree en la dudosa promesa de la vida deseada en el más allá. Impulsada por las deudas y un catastrófico derrumbe de sus últimas ilusiones, muere convencida de que no existe lo que su imaginación, aficionada a la mentira, ha construido. La sobrecoge el espanto al cerciorarse de que "la verdad agradable" es una burda pintura. Se cansa de demandar sensaciones. Flaubert mezcla y confunde en un mismo personaje la sombra y la luz, lo sublime y lo grotesco. No concibe la coexistencia aislada de los contrarios y decide ponerlos en un mismo personaje, pero no en armonía. Emma es un personaje ambivalente, que se debate entre la frialdad y la astucia, y la emoción y el sueño con lo exótico. Charles halaga el ramo de violetas que el amante le ha regalado a su esposa tras haberla poseído. El muchacho que ama en silencio a la mujer inalcanzable, tan recurrente en la novela-folletín del siglo XIX, lo vemos representado en Justin cuando llora ante la tumba de Emma. La mujer fría y a veces despiadada que ha sido ya tantas veces gozada, se niega a venderse en el último momento, aun cuando está al borde de la ruina. Pero no podría hablarse de un romanticismo íntegro en la novela, sino de un romanticismo cosido a retazos, complementado.

Flaubert toma una realidad construida a trozos y la termina, añadiéndole los fragmentos ausentes, desalojados por la fantasía romántica. No excluye esa zona humana, donde nada es ni tan repulsivo ni tan adorable.

Mas, la ambivalencia de Emma trasciende el carácter y llega hasta el género. ¿Se esconde acaso un deseo por ser hombre tras esa apariencia de la amante devota?

Emma desde un principio está limitada, no sólo por su clase, sino también, por su sexo. Por eso desea un hijo varón y se desvanece ante la noticia de que ha dado a luz una niña. Quiere ser un hombre, pues sólo a ellos les está permitidos la aventura y el placer que ella tanto necesita. "La idea de tener un varón era para ella como el esperanzado desquite de todas sus pasadas impotencias. El hombre, al menos, es libre y puede entregarse a pasiones, recorrer países, vencer obstáculos, gustar las más lejanas felicidades". Encuentra en esta aspiración a la masculinidad, una estrategia para combatir su inferioridad. No es casual que en su vestuario siempre incluya algún atuendo masculino; que juegue a ser hombre colocándose una pipa en los labios; que rompa los límites de su sexo e invada el contrario; que asuma posiciones varoniles frente al más mínimo indicio de debilidad de los hombres que la rodean.  Recordemos que desciende de  La Golondrina "ceñido el busto por un chaleco como si fuera de hombre"; que se pasea con Rodolphe "con un cigarrillo en la boca, como para desafiar al mundo"; que es León quien termina convertido en querida escribiendo versos, y que Emma, adquiere poderes para cobrar los servicios a los clientes de su esposo. Es Charles quien se ocupa de Berthe, la hija de ambos. Cuando la niña reclama la compañía de Madame Bovary, es el padre quien le dice que vaya con la criada, que sabe bien que a su madre le disgusta que la molesten.

Emma es un ser distinto, que se duplica para salvar las apariencias y lograr sus deseos, y este gusto por la doble cara, el binomio, persiste en toda la novela. Ocurren dos muertes: una ficticia (la enfermedad tras el abandono del primer amante) y otra real (el suicidio de Madame Bovary); dos bailes: uno que deslumbra a Emma en Vaubyessard, junto a la nobleza, y otro sórdido, caricaturesco, al que la heroína asiste junto a gente del bajo mundo. Emma llega a tener dos vidas paralelas en dos lugares distintos: Yonville y Ruán, y siempre la imagen de un amante soñado incita a la búsqueda de uno real.

Nadie podría negar que Emma es un personaje cargado de erotismo, pero un erotismo que Flaubert supo apenas sugerir para sortear el puritanismo de las sotanas del II Imperio. Sin mencionar ni una sola parte del cuerpo humano, el autor consigue que el lector imagine un acto carnal, valiéndose únicamente de la enumeración de las calles por las que un coche de alquiler se pasea, dando vueltas y más vueltas, sin detenerse hasta la noche. El deseo que experimenta León queda expuesto en la adoración por los guantes de Madame Bovary. La felicidad sexual de Charles al tener por esposa una mujer que jamás soñó, explica en buena medida, su ceguera ante la infidelidad.

Llama la atención cómo, a semejanza de la literatura libertaria del siglo XVIII, el amor está ligado a la religión. El despertar sexual de Emma tiene lugar en un convento. La cita con León, su segundo amante, Madame Bovary la fija en la Catedral de Ruán y León siente con más ímpetu el deseo, mientras su amada escucha la más detallada explicación acerca de las curiosidades del templo.

Flaubert quiso escribir una novela distanciada, objetiva, "que se sostuviera por sí misma". Él es el primero en la literatura del siglo XIX en eliminar la subjetividad del escritor, en borrarse detrás de su escritura. En el fragmento que muestra el uso del imposible, se usa el  estilo indirecto libre que predomina en toda la obra.

Ducrot y Todorov explican que este discurso referido "se presenta a primera vista como un estilo indirecto" ya que "registra las señales de tiempo y de persona que corresponden a un discurso del autor", "pero que está penetrado en su estructura semántica y sintáctica, del discurso del personaje".

El narrador-esa virtualidad creada por el autor/escritor- es quien interpone su objetividad entre el personaje y su dicho, sin recurrir a términos subordinantes, sólo introduciendo la mayor distancia posible entre el lector y el pensamiento.

Este estilo le permite a Flaubert hacer pasar inadvertida la mayoría de las veces esa mediación entre el lector y el personaje, al punto de que a veces logra ahogar la voz de este último. El lector confía a plenitud en que lo referido por ese narrador omnisciente es lo que Emma siente o piensa. Su interior, sus motivos y móviles quedan descritos.

En este pasaje -y así sucede en otros muchos- hay una especie de hibridación con el monólogo interior indirecto, pues aunque hay referencias a la situación comunicativa y el narrador se coloca una vez más entre el lector y el personaje, este último es dueño de su conciencia, al punto de que la controla; y razona y reflexiona consigo mismo. Hay preguntas retóricas, exclamaciones e interjecciones, incluso cuando las campanadas indican la hora de partida, Emma se asombra del poco tiempo que ha transcurrido desde que se sentó en el banco y comenzó a pensar. No obstante,  a través de este estilo, la astucia del narrador omnisciente queda recortada, pues existen dudas que se expresan cuando se hacen preguntas. 

En Madame Bovary, hay además un culto al sentimiento, una crítica desde la distancia, no desde la superioridad, a esos modelos racionales impuestos por una elite que determina patrones estéticos, morales, sociales, eróticos.

Cuando Emma asume esa posición desafiante y atrevida propia de un hombre, no lo hace, como en el caso de la madre de Charles, porque no tiene otras opciones. Decide arriesgarse a llevar dos vidas paralelas y compartir el pago de un cuartucho en un hotel de Ruán, como una manera de luchar contra las miserias de la condición femenina. Si hubiese conseguido escapar con Rodolphe y vivir en la casita en un pueblo de pescadores, al mes se hubiera sentido de nuevo asqueada por la pasividad y la quietud, porque detestaba los sentimientos templados "tal y como se dan en la naturaleza", porque no soportaba sentirse apresada, blanda, inerte y admiraba la libertad, la pasión, el poder viajar.

Madame Bovary se percibe como una mujer interesante, con derecho al disfrute erótico no como mera respuesta a la solicitud activa del varón. Por eso, rompe con los moldes de la actitud activo-pasiva de la relación amorosa y se sitúa en el centro de la expresión de los encantos del romance. Pretende autorreafirmarse en una sociedad que sólo la reconoce como esposa o como madre, sabiéndose ella con dotes que no tienen por qué confinarla a estas dos opciones.

Emma es la representación de quien ha decidido precipitarse a los goces de la vida con extravagancia, a saborear el placer, "manteniéndolo con todos los artificios de su ternura", e insiste en autodefinirse y reencontrarse.

La heroína, lejos de recriminarse o intentar ahogar sus pasiones, las alimenta y trata por todos los medios de satisfacerlas, en un asombroso esfuerzo por alcanzar la liberación. Su personalidad mantiene una postura permanente, reapareciendo bajo los más diversos ropajes. Madame Bovary no sólo es perdurable, sino que "es una de las más privativas postulaciones del ser humano, de la que han resultado todas las hazañas y todos los cataclismos del hombre: la capacidad para fabricar ilusiones y la loca voluntad de realizarlas" (Vargas, 1975:43)

Quien asiste al suicidio de Madame Bovary y ve sus dedos crispados en la sábana, los ojos que giran, la lengua antes seductora, ahora salida de la boca, experimenta el gusto por la vida. Es la gran lección, el mayor legado de quien quiso gozar el amor. Todavía no se entiende esa inconformidad, esa voluptuosidad, ese gusto por la carne, ese deseo insaciable que siente Emma y se le juzga aún con dureza o con excesiva condescendencia.

Pero lo magnífico sigue siendo esa posibilidad de vivir a través de ella. La Bovary ignora por completo cuántos hemos sentido el hastío de la vida provinciana, la mordaza de la rutina, la inquietud de quien sabe que miente, el dolor de las uñas que se parten cuando se abre la reja, el alma escapando en el recuerdo, el sabor del veneno, la soledad absoluta cuando se ha decidido no ser, la espera constante de lo desconocido, pero añorado, gracias a que sus intensas y profundas aventuras se extienden y fructifican en quienes, como las burguesas de Ruán, viven según otros deciden que vivan.

 



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