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LOS HUEVOS FRITOS DE EUFEMIA

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DARIANNA REINOSO,                                                                        
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Arroz blanco. Frijoles negros. Platanito maduro. Solo falta el huevo frito con la yema blanda. Así lo prefiere mi sobrino, para quien soy su chef de cocina. Ernestico dice que preparo los huevos fritos que más le gustan. Y no puedo evitar hablarle de quien merece el crédito: Eufemia, ella sí que hace los huevos fritos más ricos del mundo. Yo solo soy otra aprendiz.

Hace años  pasé ese curso, que no fue solo de cocción. Conozco a Eufemia desde que yo era pequeña y no ha cambiado mucho. Continúa caminando descalza en la casa, con una toallita recostada sobre su hombro o al alcance de la cintura para secar el sudor, espantar algún insecto y apartar del fuego el caldero que lo requiera. Su voz, cordial en la conversación, todavía puede estremecer el monte cuando pretende explorar en los oídos de Manolito, Cuque y Jorge para recordarles que deben recesar de la faena laboral porque el almuerzo está listo. Solo su cabello plateado luce diferente, ahora es más brilloso.

La casa de esta familia corona las alturas montañosas de Soroa. Enclavada en el “pico de una loma”, la ascensión es por una empinada pendiente de tierra que aviva una extraña sensación de escalofrío en los pies. Esos parajes son fértiles para los cafetos que, florecidos, envuelven la serranía en una fragancia afrodisíaca, y con los frutos le entregan un colorido mágico al verde follaje.

Hasta allí llegaban mis padres, con el morral al hombro, durante la recogida cafetalera. Mi hermana y yo, sin una nana disponible, pasamos algunos días en el vientre de la naturaleza. Invadir el territorio de santanillas y mosquitos dejaba huellas irritantes en la piel. Y ante el desbordamiento repentino de las nubes, sin tener dónde guarecernos, las hojas de matas de plátano nos cubrían de los aguaceros.

Entonces la gentileza de Eufemia no se hacía esperar. En su casa acompañábamos la claridad del día. Ella fue nuestra nana por aquellos tiempos. Con ella cuidamos del rebaño de carneros y del ternero enfermo, apilamos el café del secadero y fuimos los custodios principales que impedían el paso a patos y gallinas por el reluciente piso. Nos recompensaba  –por tan importante labor– con mangos, mandarinas, guayabas o agua de coco.

También probamos su sazón. Al calor del carbón, en un calderito, la manteca de cerdo hervía. Solo dos toques con el tenedor eran suficientes para quebrar el cascarón. Con delicadeza ella dejaba caer la clara, sin que se lastimara la yema. La espumadera iba de un lado a otro, enjuagando con la grasa el huevo criollo que ya se vestía con un manto blanco. Tras una última zambullida quedaba listo aquello que provocaba una música y un aroma cautivadores en el ambiente de la cocina.

Luego de cumplir con sus exigencias de higiene, compartíamos la mesa para disfrutar –privilegiados nosotros– de los huevos fritos más ricos del mundo. Ese es el veredicto de nuestro paladar. En ellos, apariencia y sabor se conjugaban: una orla, con rastros de burbujas, adornaba los contornos circunferenciales. ¡Qué crujientes! Y con el punto de cocción preciso lograba yemas blandas, un poco duras o bien tostadas, para satisfacer los gustos.

La gracia con que los sumergía por última vez en la grasa y el rocío de sal con que los cubría al instante de servirlos, hacían de aquel almuerzo un deleite.

Esos serán difíciles de superar, pero creo haber descubierto lo especial del proceder culinario de Eufemia. Había tanto placer reflejado en su rostro por aquello que hacía…Con cariño, hoy preparo los huevos fritos para mi sobrino.

 

 



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