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UNA MUJER PARA ADMIRAR

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Rosa Helena Gómez, una inspiración para las personas que conocen su vida.

Texto y foto:
MARCELA VÁSQUEZ CORTÉS,
estudiante de quinto semestre de Comunicación Social,
Universidad Cooperativa de Colombia, Sede Bogotá.

En este momento tiene 73 años, pero al observarla no revela su edad. Es una persona sabia, no por sus estudios, pues tan solo terminó la primaria, sino porque la vida ha sido su universidad. ¿Quién más que ella para dar un consejo o un regaño?, sus palabras llegan al corazón no precisamente por su léxico sino por la forma en que las dice: con amor de abuela, madre y amiga. Frases como “hay, mija, el diablo sabe más por viejo que por diablo” son las que la traen a mi mente.

Su vida no fue nada fácil. Ella es campesina de una vereda llamada  Hato Grande, cercana a Suesca, Cundinamarca. Con 15 años de edad abandonó el campo para poder sobrevivir con  su primera hija, en la capital y triunfó a su manera, con mucho esfuerzo. En el transcurso de ese tiempo tuvo sus otros tres hijos: el mayor, Gustavo, luego llegó Diana y después Alex, a quienes sacó adelante sin necesidad del apoyo del padre. Mi abuela es un ejemplo claro de las tantas madres cabeza de familia a quienes se les tiene que admirar.

Doña Rosa Helena Gómez es mi abuelita, casi mamá. Fue la persona que me crió y de quien aprendo valores y es mi inspiración para seguir luchando día a día. Siempre me pregunto que si ella pudo, por qué no yo, que tengo la vida más fácil. Mi abuela está para  alentarme y también para sus hijos y allegados siempre hay palabras de aliento. ES como si cada cada de esta mujer estuviera llena de sabiduría.

Y algo curioso: no estudió gastronomía, pero me atrevo a decir que tiene el mejor sazón que he probado en la vida. Para doña Rosa es una ofensa que se le deje la comida en el plato servida, y cuando alguien se encuentra enfermo y no come, ella dice: “Mijo, enfermo que come no muere”. Son frases tradicionales de las abuelas colombianas, pero aún así solo me recuerdan a esta magnífica mujer que es mi abuela.

Rosita, como muchos la llaman, todavía anda “dando lata”, según ella, pero no se imagina qué sería de todos nosotros, sus hijos y nietos, sin ella. No es psicóloga, pero arregla los problemas en un momento. No es abogada, pero nos defiende a capa y espada. No es publicista, pero le vende un hueco. No es profesora, pero tiene un carisma para enseñar los golpes de la vida sin que duelan tanto. No es profesional, pero es la mujer con más sabiduría que conozco, con más agallas y fuerza para sacar una familia adelante. 



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