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EN LA CIMA DE SER CUBANA

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RITA MARÍA CAMBARA CASTILLO, 
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Son las dos de la mañana. Una voz da el de pie a un albergue de treinta y cinco personas. Casi nadie ha dormido. Todos estamos nerviosos porque hoy nos espera una meta que requiere fuerza y valor.

Recogemos nuestros depósitos de agua, las mochilas livianas, mucha comida y chocolates. El grupo agotado se dirige como zombis de un lado hacia el otro. Desayunamos y adentramos a los ómnibus que nos trasladarán hacia el objetivo.

“Llegamos, caballero, que nadie se separe”, decimos todos bajo la leve luz de la luna. Hace un poco de frialdad aquí en  la costa sur oriental y ahora estamos muy lejos de la ciudad del fuego.

El reloj justamente marca las cinco de la mañana. Comenzamos la jornada y como hormiguitas nos seguimos los pasos sin perder el ritmo, alumbrándonos con las escasas luces de una linterna. El suelo está muy rocoso y aún hay un largo camino, mientras la gente se grita entusiasmada y eufórica.

Es mi primera vez. No me puedo imaginar el alrededor, solo siento los olores de la madrugada y la noche ciega cohíbe de disfrutar de un entorno incierto.

Un pie delante, una mano en el bordón, echando ganas y energía sobre el suelo. “¡Kilómetro tres!”. Ya llevamos dos horas en ascenso. “No perdamos la calma, solo faltan ocho para llegar a la cima”. Realmente el numerito me parecía inalcanzable, pero la experiencia merece la pena de ser vivida porque un cubano no puede privarse de respirar el aroma de las nubes del pico más alto de nuestra nación.

Durante la hazaña muchos perdemos los deseos de continuar. Las piernas a veces nos traicionan y resbalamos con miedo a caer hacia un nivel desconocido. Sin embargo, la empatía entre todo el grupo es un motor impulsor para no darnos por vencidos en el camino y demostrar que en equipo todo es posible.

La naturaleza de la Sierra Maestra luce sus más admirables y sorprendentes bellezas. Desde la vista sobre las nubes de un mar desconcertante e infinito admiramos a hermosas aves de la nación como el tocororo y el cartacuba, además, el olor a valle húmedo, aromas exóticos y a suelo fangoso, todo un paraíso a tres kilómetros  de altura.

Diez de la  mañana. Aún cuesta arriba. El pico Cuba nos abre paso con majestuosidad. Desde allí una amiga exclama: “Miren, ese es el Turquino. Ya falta poco”.

Más de cinco horas y “Turquino, ello aquí”.Con muy pocas fuerzas los cuerpos se desploman hacia el suelo. Nos abrazamos y nos besamos. Hemos llegado a lo más alto, estamos en el clímax de Cuba. Estar junto a Martí es encontrarse más allá de los sueños, de la historia y demostrar que la unión vale porque esta es la cima de ser cubana.



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