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COCINAR ES COMO ENAMORARSE

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Osmundo Pérez Piedra, uno de los primeros trabajadores de la Bodeguita del Medio, atesora vivencias memorables que acontecieron durante su faena de más de medio siglo en el reconocido centro gastronómico.

Texto y foto:
MARÍA LUCÍA EXPÓSITO GONZÁLEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana. 

Cada persona guarda un encanto que la hace única. Tal es el caso de Osmundo Pérez  Piedra, de 79 años, a quien el tiempo no le detiene el espíritu.

“Estudié para cocinero”,expresa y su rostro se convierte en un pasaje al ayer, cuando aún era adolescente. Se advierte en su voz la nostalgia, me invita a sentarme en un costado de contén frente a la emblemática Bodeguita del Medio.

“A los diecisiete años comencé a trabajar allí”, y señala con el dedo a la Bodeguita, “en aquellos tiempos tenía el mismo fulgor que ahora, pero mejor. Aunque sabía de cocina, cuando entré me enseñaron a preparar los platos exactamente como ya lo hacían. Con el tiempo me hice cocinero Chef.

“Pasé cincuenta y tres años trabajando para la Bodeguita del Medio, prácticamente toda mi vida. Fui a Panamá, cuando abrieron la sucursal allá, para enseñarles a nuevos cocineros como preparábamos los alimentos en La Habana. Después me mandaron a México para la misma tarea, ahora allá hay como cinco bodeguitas, y por último para España.

“Muchas veces me preguntaron en el exterior por qué no abandonaba el país, y yo respondía: ¿Y dejar mi Bodeguita?, na’, ¡ella es mi segunda esposa, no la traicionaría jamás!

“Recuerdo que Guillén, el Poeta Nacional que además le dedicó los versos a este lugar, acompañado de su señora venía con frecuencia los sábados por la tarde. Su plato predilecto: casabe, tasajo y chicharrones.

“También tuve el placer de ver a Hemingway, habitual visitante, enigmático, sereno. Él se paseaba primero por el bar, bebiendo lentamente un mojito, sus ojos recorrían todo el interior de la Bodeguita como cuando alguien está en su propia casa.

“Fui quien cocinó para Salvador Allende en su última visita a Cuba”. Osmundo evoca al pasado y rememora con orgullo: “Él entró en la cocina y me dio un apretón de manos, mientras me decía: ¡Ya yo te conozco, porque acabo de comerme tu comida! Todavía está colgada  nuestra foto en la Bodeguita”.

Cada mañana, excepto algunos domingos, “Mundi”, como le llaman sus conocidos, se llega a Empedrado No. 307, entre Cuba y San Ignacio, a la misma hora. Se le ve desde lejos, caminando despacio, con la simpatía y ganas de vivir que le caracterizan, su gorrita de siempre  y su camisa “Yumurí”. “Aunque ya estoy jubilado, aún vengo aquí, contemplo este restaurant, que ha sido indudablemente mi hogar, donde madure y crecí de verdad”, dice.

En el momento de la última pregunta advierto en sus ojos una mezcla de melancolía y dulzura. No puedo evitar en ese instante tomarle de las manos y conmoverme también al tiempo que me revela: “¿Si volviese a nacer?, pues  sería sin duda alguna, el mismo chico de Las Villas que vino desde los diecisiete para La Habana, acogido por la Bodeguita, “Mi Bodeguita”. Sería el joven que se hizo hombre  detrás de un delantal, seducido por la comida criolla. ¿Cómo  cambiar ese pasado tan ameno y las experiencias únicas que el oficio me regaló, las que tengo para contar a mis hijos?”

Al preguntarle cuál es su secreto en la cocina, sonrió como un niño y dijo entre carcajadas. “Creo que cometo un delito, pues el secreto culinario de un chef se guarda hasta la tumba”. Volvió a reír y confesó: “Mi plato por excelencia y el que siempre recomendaba era el aporreado de tasajo. Me gustaba agregarle  vino seco y ron Bacardí. Pero la clave está en el tiempo de cocción, que yo digo que es igual al enamoramiento, lleva su consistencia”.

Pie de foto: Osmundo aún visita la Bodeguita, inundado de recuerdos.



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