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Isla al Sur

Comentarios-Trabajos docentes

¿VALGO MI PESO EN ORO?

¿VALGO MI PESO EN ORO?

YOHANDRA MARÍA PORTELLES QUEVEDO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

“Quien lleva mucho por dentro, necesita poco por fuera, pero, quien tiene poco por dentro, necesita mucho más por fuera”, dijo una vez José Martí; no obstante, al parecer, hoy los jóvenes valoran en mayor medida el aparentar que el ser, y nuestra sociedad no está exenta de este fenómeno, pues las nuevas generaciones incrementan a diario su preocupación por la apariencia física y el peso corporal.

Si bien es cierto que importa mucho la impresión visual y debemos ocuparnos y preocuparnos por lucir lo mejor posible, son estereotipos universales difundidos por medios de comunicación masiva en sociedades consumistas, que se convierten en patrones para los jóvenes.

El modelo de la mujer extra delgada se ha hecho notar en los últimos tiempos y ha soslayado el prototipo que estaba de moda hasta la década de los ochenta o, tal vez, hasta finales del pasado siglo, para dar paso así, por las buenas, o por las malas, a una proliferación alarmante de los trastornos alimentarios, mucho más recurrentes ahora en este sector tan vulnerable.

Estas enfermedades, originadas por factores biológicos, psicológicos, familiares  y sociales, constituyen una de las causas más frecuentes de alteraciones orgánicas, y hasta nerviosas en las personas desde 14 y hasta 40 años de edad, como grupos etarios más vulnerables, según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Son la bulimia, la anorexia y la vigorexia los más conocidos y peligrosos.

Las bulímicas experimentan ataques de voracidad, seguidos por vómitos, para contrarrestar la ingesta, mientras las anoréxicas pierden peso al seguir dietas muy estrictas y emplear  conductas purgativas.

Sin embargo, la vigorexia puede presentarse como la práctica excesiva de deporte o el comer de forma compulsiva para engordar, manifestado en los hombres, fundamentalmente.

A diferencia de lo que muchos creen, en nuestro país es alarmante el por ciento desde niñas hasta mujeres adultas afectadas por alguno de estos trastornos: han sido diagnosticadas tres de cada 10, pero la mayoría de ellas no acuden a los especialistas, ni lo reconocen frente a la familia, por temor a ser juzgadas o vergüenza de su actitud, y así lo demuestran estudios del Centro Nacional de Promoción y Educación para la Salud (CNPES) del MINSAP.

¿Acaso valemos lo que pesamos en oro?, porque si ese es el caso se debería engordar, y no enflaquecer; lo cierto es que para adelgazar es posible hacer ejercicio físico, acudir al nutriólogo, o mantener dietas balanceadas, pues si bien la delgadez extrema constituye un riesgo para la salud, la obesidad también lo representa.

Incluso a la hora de buscar pareja es complicado para aquellas muchachas un poco pasaditas de peso; el rechazo de algunos, la crítica de otros, mucho más fuerte a partir de la secundaria básica, son las causas que pueden llevarlos a asumir estas conductas orientadas en detrimento total de la salud.

“Ser lindos” es un término relativo, de acuerdo con los parámetros tenidos en cuenta para clasificarlo: ¿por qué la mujer delgada en extremo es más bella que la llamada llenita? Se debería buscar entonces un equilibrio entre la perfección funcional y la belleza.

Nuestra Dora Alonso, en su libro El caballito enano, dijo: “El mundo es ancho para los valientes. Que nadie llore por ser grande o chiquito, por ser flaco o gordo, o por feo; por parecer distinto a otros. Cada quien tiene un sitio en el mundo…”  

La adecuada orientación familiar, las buenas relaciones con los  compañeros y la confianza de cada quien en sí mismo, pueden ser los muros más infranqueables frente a estas obsesiones con la apariencia, que de forma inevitable cambia al pasar los años, pero no constituye en exclusiva carta de presentación si no va acompañada de bondad y cultura, cualidades para hacer crecer sin restricciones ni dietas.

ESPERA QUE DESESPERA

ESPERA QUE DESESPERA

JOSÉ MANUEL PÉREZ GONZÁLEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

-Mamá, no puedo más. Hace rato te estoy diciendo que tengo ganas de orinar.

-Aguanta un poco, mi niño. Tu tío ya casi llega y el baño está a una legua de aquí.

-Parece mentira una situación tan absurda. Ni siquiera venir a esperar a mi hijo da gusto. A mis setenta y siete años llevo dos horas de pie, debajo de este puente, con un sol que me va derretir el metal de la cadera falsa. ¡Dios mío, qué cosa tan surrealista!

Es la conversación de una familia, acaso la mía, mientras aguarda la llegada de un familiar en la Terminal III del Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana. Después de las remodelaciones, quien no viaje, no entra.

Ignoro la razón por la cual se decidió dejar permanentemente esta medida que en un principio se anunció solo para los seis meses de duración de las obras. En la noche, frío; durante el día, calor; si llueve, agua y así, los que esperan están sometidos a todas las inclemencias de nuestro caprichoso clima tropical, guarnecidos solo por un puente que, como no está concebido para servir de techo, mal cumple su improvisada función.

En esta nueva realidad, recibir a alguien se convierte en una experiencia terrible, una verdadera espera desesperante. Despedir es todavía peor, las horas previas a la salida del vuelo no pueden compartirse con los seres queridos.

¿En un país que tiene tantos corazones divididos por las aguas de todos los océanos del mundo por qué empezar a separar las familias antes de lo estrictamente necesario? ¿Acaso las madres no tienen derecho a estar unas horas más con sus hijos antes de entregarlos a la hostilidad normal que trae implícita cualquier tierra extranjera?

El Aeropuerto Internacional Juan Gualberto Gómez, de Varadero, fue primero en la aplicación de esta modalidad, pero el caso no resultó tan estridente porque la mayoría de los usuarios de la terminal matancera son turistas extranjeros, además, por allí el tráfico es mucho menor.

¿Qué pensarán los 2,5 millones de personas que llegan a Cuba por la terminal habanera y encuentran a esa masa humana hacinada en un portal sin la comodidad más mínima? ¿Qué primera impresión estamos dando al mundo si entre nosotros no nos tratamos fraternalmente?

Preguntas sin respuestas que se acentuarán si esos mismos visitantes caminan por la Habana adoquinada de Eusebio y ven la cara de desprecio de los vendedores cuando sus compatriotas se acercan a uno de los timbiriches llenos de baratijas que valen como el oro del Perú.

Apartando lo espiritual, dado que ya no está muy de moda, por la parte económica tampoco veo la utilidad de la medida. Quienes consumen no son los que llegan, ellos solo quieren dejar atrás aviones, registros y todo el papeleo. Tampoco los que se van, están muy tensos para eso. Compran los que esperan, invierten el tiempo y el dinero, por supuesto, en recorrer tiendas y cafeterías, pero si se quedan fuera nada de esto pueden hacer.

Como la fe es lo último que se pierde, aún confío en llegar un día al aeropuerto y poder entrar porque no entiendo que el gobierno haya invertido diez millones de pesos convertibles en hacer una obra tan sofisticada para ser disfrutada solo por quien tenga pasaje. Basta con la carencia de buenos tratos de no pocos de los trabajadores de nuestra Aduana para, además, agregarle otra mancha, a mi parecer, totalmente innecesaria.

VIDEOJUEGOS: DOS CARAS DE LA MONEDA

VIDEOJUEGOS: DOS CARAS DE LA MONEDA

MARIANA BAFFIL LEÓN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación
Universidad de La Habana.

La década del sesenta del pasado siglo no solo constituyó una explosión en el ámbito musical con el surgimiento de Los Beatles, afamada banda de rock que hizo bailar y disfrutar a nuestros padres, sino que estuvo marcada por la aparición de un aparato electrónico que revolucionaría el mundo del entretenimiento: el videojuego.

Desde el comienzo, la acelerada evolución de estos dispositivos, a la par de las tecnologías y las sociedades, no ha  cesado. Así como no ha dejado de atraer, con nuevas e ingeniosas propuestas, a millones de personas en todo el mundo, que hoy pudieran concebir su casa sin techo, pero no sin uno de estos adictivos artefactos.

La oportunidad que brindan a los más pequeños de ser protagonistas en un mundo virtual, de acercarse a la informática desde edades tempranas, de desarrollar el intelecto, la concentración, la búsqueda de soluciones a ciertos conflictos, la capacidad de memoria y la promoción del conocimiento de determinados idiomas y materias, son algunas de las razones que explican una cifra de clientes tan abrumadora.

Sin embargo, la temática de los videojuegos, entiéndase estos como todo tipo de juego digital interactivo ya sea en computadora, videoconsolas u otro soporte, ha sido abordada mayormente desde una perspectiva negativa, lo que ha causado gran polémica.

Fuera de los beneficios antes mencionados, no podemos obviar que muchas veces se convierten en una especie de droga, pues al volverse imprescindible para sus consumidores, pueden provocar perjuicios incalculables como los problemas visuales, a causa de dirigir la vista constante y sistemáticamente hacia la pantalla, y el aislamiento social, ya que los niños prefieren explotar sus habilidades en ese mundo y olvidan relacionarse con sus amigos.

La apropiación de comportamientos incorrectos debido a juegos versados en temas racistas, machistas y violentos, también es muy frecuente; no obstante, las actitudes agresivas asumidas por los jóvenes no siempre son provocadas por ese tipo de diversión, sino por la forma en que se aproveche el tiempo de interacción y por el contexto que rodee a la persona.

Si la familia dedica el aprendizaje en la infancia y la adolescencia a fomentar el interés por otras formas de entretenimiento más sanas y  consigue balancear la educación con el ocio, puede lograr que estos no ejerzan una influencia negativa. Asimismo, la escuela debe tener un papel activo en cuanto a propiciar el vínculo entre compañeros y el trabajo en grupo.

Los videojuegos deben analizarse como las dos caras de una moneda: por una parte el valor de los beneficios y por otra los perjuicios, pues es lógico pensar que, mientras los de contenido educativo contribuyen a la formación en general, los que presentan temas violentos también van a influir, de algún modo, en el desarrollo de la vida social.

De nosotros depende que, tanto niños como jóvenes, encuentren en la interacción con el entorno natural la mejor forma de pasarla bien, de manera que los videojuegos sean solo una herramienta que complemente su tiempo libre y no una nueva forma de vida donde puedan hacer y deshacer con solo pulsar un botón o mover una palanca.

LA DANZA EN CUBA: ENTRE EQUILIBRIO Y DESBALANCES

LA DANZA EN CUBA: ENTRE EQUILIBRIO Y DESBALANCES

JOSÉ ERNESTO GONZÁLEZ MOSQUERA,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Por estos días la Escuela Nacional de Ballet (ENB) vive un ajetreo poco común. Sempiterna se alza su sede habitual del Paseo del Prado para recibir durante dos semanas cerca de 1 200 participantes -entre alumnos, maitres e investigadores danzarios- de Estados Unidos, Brasil, Argentina, Italia, Sudáfrica, y 10 países participantes al XX Encuentro Internacional de Academias para la Enseñanza del Ballet.

El evento se perfila cada año como el espacio donde confluyen diferentes actitudes para comprender e interpretar la danza, toda vez que permite el intercambio metodológico-académico entre maestros e intérpretes, en torno a la técnica y el estilo cubano del ballet y los caminos que sigue la danza hoy en el mundo.

Como piedra angular se compone un programa con clases magistrales y talleres: de Metodología de la Enseñanza, a cargo de la directora de la ENB Ramona de Saá y de José A. Candia; el Taller de Crítica Danzaria, el Concurso para jóvenes Críticos de Arte y Diseñando la Danza junto a los nuevos medios audiovisuales.

El encuentro permite complementar los saberes teóricos abordados en cada sesión,  con galas artísticas para el despliegue técnico e interpretativo de los participantes.

Al decir de la Doctora De Saá, el rigor es alto. La Escuela Cubana de Ballet no cree en medias tintas ni segundas oportunidades. Bien es sabido que el ballet es un arte riguroso, con dificultades físicas y poco tiempo de vida profesional sobre las tablas, por tanto, la exigencia personal debe ir in crescendo.

El Encuentro de Academias permite lucir la cantera, nivelar y detectar errores, descuella cuestionamientos en torno a la salud de la danza cubana en la actualidad y figura complementos en torno a los retos del clasicismo.

Innegable el nivel alcanzado; pero los tiempos no son iguales. Tras la pérdida física de Fernando Alonso (2013) y de dos de las Cuatro Joyas ( Mirta Plá -2007- y Josefina Méndez -2009-); luego la partida al extranjero de Loipa Araujo y Aurora Bosch, de las denominadas Tres Gracias (Amparo Brito, Marta García y Rosario Suárez), de la punzante generación moderna (Alihaydée, José Manuel y Joel Carreño, Carlos y Jonah Acosta, Yolanda Correa) y tantos otros; tras la ruptura entre la academia y la compañía, no pocos temen el tambaleo del crecimiento coreográfico, estético y técnico de una escuela hito en la historia de la danza mundial.

En torno al Ballet Nacional de Cuba, principal expositor de la Escuela Cubana de Ballet en el mundo, y espacio neurálgico hoy, giran tendencias centralizadoras que desembocan en un pobre crecimiento coreográfico moderno (el estanco en torno a los grandes clásicos es palpable incluso para el público), los nombramientos no se componen por los patrones calidad-tiempo y las indisciplinas internas del cuerpo artístico permean la calidad de las presentaciones.

Por supuesto, estamos hablando de una sola compañía en el país; sin embargo, al ser la más conocida fuera de Cuba pudiera desembocar en un descenso apreciativo por parte de la crítica especializada y el público internacional.

Por suerte, la base está sentada y el relevo sigue pujante. Un nombre se repite por estos días: Fernando Alonso. La labor y sapiencia del Maestro de maestros para orquestar una metodología cubana de bailar -peculiar ante la rusa, la francesa, la danesa y la italiana- se respira en cada pasillo, salón de ensayo o clase del palacete de Prado; cuando una bailarina hace un giro o una pareja realiza un pas de deux.

Fernando bien supo exprimir las cualidades danzarías de Alicia (Alonso) y la virtud coreográfica de su hermano Alberto, para acentuar en la danza la musicalidad del cubano, para imponer el género en el baile: el hombre que se vea más varonil y la mujer que luzca su femeneidad con gracia, para que el virtuosismo vuele y la interpretación convenza.

Así se enseña hoy la danza cubana y se reconoce su impronta como la quinta gran escuela de ballet en la historia de este arte.

Ha dado grandes nombres tanto para el Ballet Nacional de Cuba (principal compañía del país) como para otros conjuntos del Mundo. Cubanos danzan hoy en el Royal Ballet de Londres, la Ópera de París, el American Ballet Theatre, El Bolshoi ruso, y en cuanta compañía clásica exista.

Hoy se dice fácil…, hoy existe escuela sólida, compañía y bailarines reconocidos en medio mundo, y maitres de prestigio.

Consecuencias latentes del prestigio y la necesidad de superación personal y artística. La emigración, el sentido diaspórico de la danza y la universalidad que han alcanzado los bailarines cubanos, y por transitividad la Escuela Cubana de Ballet, son factores que median en la formación de la nueva generación de danzantes en la Isla. 

Hace dos meses cuatro estudiantes cubanos arrasaron en el Concurso Internacional de Ballet de Sudáfrica; no han terminado aún sus estudios y ya llenan de gloria a su escuela y país.

Se aprecia su depurada técnica, la interpretación convincente y apegada a los diferentes estilos (romántico-clásico-neoclásico), el nombre de su compañía y el prestigio incólume de su escuela.

Por si sola la Escuela Cubana de Ballet podría formar hoy una compañía con sus estudiantes. El Encuentro de Academias para la Enseñanza del Ballet sirve de termómetro, promueve solidez y avance desde la exigencia, el trabajo diario y el reconocimiento.

Sin embargo, aboga por el diálogo artístico con el resto de las compañías, en especial con su génesis: el Ballet Nacional de Cuba. Falta esperar la respuesta.

La balanza se inclina en favor de la esperanza. Los balletómanos de hoy y de siempre aplauden desde el escepticismo. Ponen sus ojos en los jóvenes -como la sociedad toda lo hace en cada espacio social- como camino revitalizador del legado y el trabajo de Fernando, Alicia y Alberto.

 

LA CARGA MÁS PESADA

LA CARGA MÁS PESADA

SUSANA GÓMEZ BUGALLO,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuatro hombres me miran y yo no puedo hacer nada. Al parecer, ellos tampoco. Solo me observan y parecen verse entre sí para decidir cuál de los cuatro se atreve. No quiero saber de ninguno. ¡Llevan tanto tiempo mirándome y no actúan!

Al fin uno se rinde. Y se pone las gafas. Ya no tendrá que soportar que yo vea cómo me mira. Otro crea su propia salvación: se dispone a dormir. Aunque esté acabado de despertar y no tenga una gota de sueño, esa es una escapatoria perfecta para huir de la incómoda situación.

Solo quedan dos. Uno abre un libro que podría estar al revés sin que él se percatara porque no le está prestando atención. El otro es más fuerte que todos. Me sigue mirando sin decirme nada. Al parecer no tiene que inventarse excusas para disimular su falta. No me habla porque no quiere y eso no lo avergüenza.

Ya no quiero sus palabras porque ha pasado demasiado tiempo y cuando algo se siente de verdad no tiene mucha paciencia para expresarse. Pero sería una pequeña salvación de sus conciencias si al menos intentaran algo. Aunque claro, supongo que sería un gran peligro correr el riesgo de que yo acepte su propuesta. ¡Es un largo viaje en guagua para hacerlo de pie!

Cuatro hombres me miran y no es solo hoy. A veces el número varía, pero sigue la misma situación: me miran (como harían con cualquier otra mujer) sin decir nada.

Cuando tengo el privilegio de un asiento, no suelo demorarles mucho la agonía. Soy quien entrega feliz mi puesto a la embarazada o a la mujer con el niño. También a un señor mayor. Entonces pueden surgir pequeños gestos de los cuatro hombres. Pero ya no hacen falta. El tiempo pasó. La campana del ring de los valores hizo ¡gong! y han perdido la pelea. 

No creo que las mujeres seamos inferiores a los hombres y portemos en el rostro un cartel de ¡Soy débil, soy mujer, merezco el asiento! Pero son tan hermosos los gestos solidarios con aquellas personas que los necesitan.

Ni siquiera opino que sean los hombres los únicos obligados por el deber de ser corteses (aunque por casualidades de mi vida son los protagonistas en esta historia). Muchas mujeres me han observado también desde la comodidad de su silla sin brindarse a sostenerme algo de lo que llevo en mis manos.

No quiero la ayuda, de verdad. Soy joven y solo llevo un bolso con libros. Pero esa señora de allí, la que carga dos jabas, va a ver a su esposo al hospital y está cansada. Hace días que no duerme de tanto ajetreo. Se le puede ver en el rostro. ¿No se han percatado?

Parece que no. Quizá sí, pero es mejor cerrar los ojos ante la situación. Y por dentro, ¿no molesta la conciencia? A veces de pie llego menos cansada porque no tengo que soportar la carga más pesada: la de la indolencia.

¿TIENES ALGUIEN QUE TE QUIERA?

¿TIENES ALGUIEN QUE TE QUIERA?

DARIANNA REINOSO RODRÍGUEZ,
estudiante de segundo año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“¿Tienes lapi-lapicero?”… “¿ Tienes tinta en el tintero?” , repetía Carlitos en las manos de su madre, sentada en el P-2. Y yo, contagiada con su ritmo, en mis pensamientos, interrogaba al ómnibus.

En el tintero no, pero en las paredes resaltan los “jeroglíficos” o “caligráficos mensajes” como “Yanisleidy la vainilla”, “El pitufo de la flan” o  “Lázaro Oscar, el menor de  San Miguel”. ¿Y qué más tienes? En las  paredes, huellas de zapatos y agujeros de varias dimensiones: allí donde estaba el tornillo que sujetaba el tubo que ya no está, o  donde hubo uno de los que aseguraba  la bocina que todavía existe. Más allá, en aquel hueco, quedaba una de sus compañeras.

Hasta el propio Newton, que no conoció los P, podría imaginar qué pasa cuando una curva o un frenazo inesperado -fuerzas externas según el científico- rompen la inercia de los pasajeros de pie, quienes apenas encuentran de dónde sujetarse. Parte del piso ya no es tan resistente y tiene orificios en los que se fijaron los asientos que una vez existieron; de los que quedan, varios están quebrados.

El acordeón, dañado,  no emite su mejor melodía: tiene atascados varios papeles y esconde una lata Tu-kola. Algunas lámparas se ausentan y el polvo cubre cualquier lugar. Mientras abordan los pasajeros por la primera puerta, una persona que no abandonó la ruta durante la parada que hizo unos metros antes, golpea la última e intenta forzarla para abrirla.

“¡Abre la última! ¡Chofe, la última!” Y se escucha la descarga de sus puños sobre la inofensiva pared. Se abre e invaden la puerta varias personas que intentan subir como pueden. Muchos ni  siquiera abonaron los 40 centavos. No faltan los maltratos físicos y verbales de unos con otros. Calor. Hace mucho calor. Este es un escenario común, en mayor o menor medida, en las rutas de ómnibus de la capital.

Y si ejemplificamos situaciones negativas relacionadas con el comportamiento de los pasajeros durante el arribo al carro y del chofer que intercambia palabras de fuego con el público, que conduce sin cordura o cuyo cigarro envuelve de nicotina el ambiente frente al cartel que prohíbe fumar… no terminaríamos pronto, porque aunque muchos minimizan la realidad con la frase “el transporte está malo”, es un tema que tiene suficiente  tela por donde cortar.

Cuando el transporte urbano –importante eslabón de los engranajes de la sociedad- no funciona bien, es evidente el descontento de la población. En la ciudad deben transportarse más de un millón de pasajeros, pero la situación del parque automotor no permite cubrir esa necesidad.

Relacionado con esto, la revista Bohemia del pasado 20 de abril describe las condiciones de los paraderos de la urbe, en los que 495 ómnibus que no ruedan hace algún tiempo. De los 900 que conforman el sistema de transportación de pasajeros, solo el 45 por ciento (405 ómnibus), con variaciones en la frecuencia de viajes, ofrecen el servicio. Situación que no deja de agudizarse porque de la impaciencia en una parada, en la odisea del abordaje, a flor de labios escapa “cada día está peor”.

Es real, los ómnibus ya tienen varios años de explotación transitando por  calles con baches -o, mejor dicho, por baches con calles-. Llevan un excesivo número de pasajeros, lo que, aparejado al inadecuado respaldo de piezas, contribuye a la poca sostenibilidad del transporte.

Conocemos que el bloqueo obliga a realizar la mayor parte de las inversiones en Europa, lo cual encarece el flete, complica el trámite y dificulta la adquisición de piezas de repuesto. Pero no pretendo escribir un manual de explicaciones económicas.     

También la indisciplina social, la sobreexplotación del parque automotor y la falta de cuidado de los vehículos por parte de los propios choferes y la población en general, con hechos vandálicos incluidos, tienen un papel preponderante en el progresivo deterioro que conspira contra la calidad del servicio. Y la responsabilidad atañe a cada ciudadano, que al final de la cadena resulta el más perjudicado.

¿Un asiento roto? Ahí se rasguñan confecciones textiles o la piel con un pellizco hasta que, finalmente hay que quitarlo; otra persona más se adiciona a las que van de pie o se acumulan en el pasillo.

La escasez de tornillos…Cada vez hay menos de ellos y más agujeros o espacios de tubos, lámparas, rejillas, bocinas vacíos. La pedrada que destrozó el cristal de una ventanilla o el parabrisas –y que pudo lastimar a alguien- es motivo para restar un carro -¡otro más!- de circulación por varios días y noches.

La cuenta no da y los ómnibus tampoco. Pero… ¿tienes alguien que te quiera? Usted, ellos, yo. Sí, nosotros, los que utilizamos el servicio. Procuremos un escenario digno de quienes somos los protagonistas. Solo demanda de nuestra parte un comportamiento civilizado.

El pedazo de tela kilométrica cuya textura es del tipo “problemas con el transporte”, si la ajustamos a la medida que a cada quien corresponde, la distancia se reduce y el servicio puede resultar más satisfactorio.

Actuemos pronto para no llegar tarde.

 

¡QUE LOS TÍOS VUELVAN A ESTAR VIVOS!

¡QUE LOS TÍOS VUELVAN A ESTAR VIVOS!

YUNIEL LABACENA ROMERO,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Hace días emprendí el camino cercano al parque infantil que tantas veces cuando niño disfruté en compañía de mi madre. Y ¡qué lastima!, cuando pasé cerca del tiovivo -ese aparato que produce un mareo inevitablemente y fascina a los más pequeños-, el tío estaba muerto.

Como un terreno abandonado, cubierto de hierbas y trastos viejos, estampas de lo que fuera un parque infantil, así pudiéramos describir a muchos de estos espacios que con el tiempo su conservación parecen estar, como dirían los más viejos, a la buena de Dios.

Y lo digo con total seguridad. El de la artemiseña comunidad Ramón López Peña, donde vivo, es reflejo exacto de estas líneas. El sitio, necesario para el desarrollo integral de los infantes y de la propia localidad, posee sus columpios desarmados, cachumbambés desarticulados, y la hierba ha invadido cada área donde antes se levantaba un equipo.

Diversas indisciplinas sociales o hechos vandálicos también se han ocupado de dañar el espacio. Basta apreciar la canibaleada cerca perimetral. Pero, sin duda, la soledad, el olvido y la falta de sentido de pertenencia son el mejor amigo de los destructores y despreocupados de siempre.

Después que un parque se destruya no debe existir una persona que vele por su cuidado. ¿Por qué destinar un presupuesto a algo que no cumple objetivo? ¿Vamos a custodiar ahora que no se lleven el terreno? Eso sería inútil.

La salida no es encogerse de hombros. Debemos velar por el cuidado de este espacio y sus aparatos, pero la responsabilidad no es solo de la familia, alguien más debe defenderlos: Servicios Comunales, es el primer responsable de proteger estas instalaciones, aunque los ciudadanos contribuyan.

El llamado a la conciencia de todos no debe quedar en terreno de nadie. Y hay que adoptar medidas que impidan la impunidad. Se hace imprescindible la unión de los factores en la comunidad, las instituciones estatales y las familias para que esos rincones de la alegría sean un alivio y no un problema para la vida.

Seguro estoy que si estos espacios fuesen lo que años atrás, evitaríamos que los niños salgan a las calles, o tengan que ir lejos a jugar a la pelota, montar algunos aparatos o sencillamente correr y brincar como todos hicimos a esa edad.

Aunque este es un tema constante, puedo aseverar que llueve sobre lo mojado, pero desde hace varias décadas sin solución alguna. Esto no es un rompecabezas difícil, solo requiere voluntad administrativa y manos a la obra de parte de todos.

 

¿VIVIR ES ELEGIR O ELEGIR ES VIVIR?

¿VIVIR ES ELEGIR O ELEGIR ES VIVIR?

KIARA GONZÁLEZ ESCOBAR,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Hace algunos años vi esta película por primera vez, luego de que transitara por bancos «piratas» y se comercializara clandestinamente el CD que reunía la banda sonora del filme. Volverla a ver, me condujo a escribir estas líneas.

Sin duda, Habana Blues es una representación verídica y leal de lo que fue y aún es Cuba, y específicamente su capital. Es una película que más allá del guión realista y con buen humor cuenta con una calidad cinematográfica excelente. Puede ufanarse de buenas actuaciones de jóvenes que encarnaron personajes fuertes contradicciones y grandes ambiciones.

Pero, sobre todo, saltan a la vista valores de una sociedad, y se destacan temas universales como la separación de las familias a causa de la migración, fenómeno que no es particular de Cuba, sino que  concierne a muchos países donde sus habitantes sueñan con mejoras y prosperidad.

Ruy y Tito son amigos que han pasado años cantando las melodías de su sueño, añorando algún día convertirse en estrellas de la música. Tito vive con su abuela. Ruy, en cambio, vive con la madre de sus dos hijos, Caridad, una joven que se dedica vender artesanías para sostener la casa. La pareja lucha por la relación gracias al apoyo del grupo de amigos que comparten. Un buen día, aparecen dos productores españoles que le proponen a Ruy y Tito una oferta internacional. Esto provocará que se vean inmersos en un serio dilema.

Caridad se prepara para abandonar el país, junto con sus hijos, y Ruy espera la gira por España que hará que sus esfuerzos rindan frutos. Pero, la situación llega al límite cuando la productora les tiende una trampa y les pide que vendan su alma a una empresa estadounidense que los obliga a dejar y a hablar mal de su país para vender más discos; además, hacerle variaciones a sus letras y así convertirlas en internacionales.

Este filme constituyó el segundo del sevillano Benito Zambrano, quien confesó hacer un homenaje al país que le abrió las puertas cinematográficamente. Zambrano la convirtió en un espectáculo avasallador, sin momentos de descanso, donde el ritmo vertiginoso del hablar cubano acompañado de una música siempre a tono con cada escena, hace que el espectador esté activo y sumergido en una historia capaz de hacerlo soltar, al menos, una lágrima.

¿Quién dice que la música cubana es solo la salsa y el bolero? Habana Blues nos da un paseo por los ritmos que se cosechan en la isla, desde el rock pesado hasta el rock con mambo, sin excluir las fusiones que se puedan ocurrir y que forman parte de una música nacional en evolución.

Ciento treinta minutos dedicados a este drama, coproducción cubano española, nos acercan al secreto de Zambrano, quien sin miedo alguno logra representar con naturalidad una red que atrapa al público que sin darse cuenta hace suyo los sentimientos de los protagonistas.

Seguramente, quien quiera agrupar esta producción la situará del lado de Fresa y Chocolate, una ruptura en cuanto al modo de pensar y libertad de realización. Otros la acercarán a la inolvidable Memorias del subdesarrollo, pues, en Habana Blues, Ruy se queda solo, afianzado en el amor por su tierra; a pesar de la pobreza y la mala vida, encuentra en la opción tomada una vía para ser fiel a él mismo. Deja la posibilidad de hacer realidad un sueño por tal de no convertirse en un esclavo, poniendo en práctica un viejo refrán que dice que «tener hambre no es sinónimo de no tener dignidad».

Merecedora de premios internacionales, Habana Blues inauguró el XVL Taller de la Crítica Cinematográfica en La Habana, hecho que conmovió a muchos, debido a la forma en que trata algunos temas.

¿Cómo un director español es capaz de llevar a la pantalla grande una película de esta envergadura, tan semejante a la realidad? Seguramente fue esto lo que provocó la incomodidad de algunos especialistas en la materia. ¿Acaso un realizador cubano no puede representar esta realidad? ¿No es el cubano el más indicado para criticar nuestra realidad? Precisamente ahí estuvo el éxito de Zambrano. Rechaza la posibilidad de convertir la película en un producto meramente político y  hace una crítica a la forma de vida de muchos cubanos, representando cómo otros son capaces de dejarlo todo por nada y, sobre todo, la voluntad de un pueblo que lucha por salir adelante, a pesar de los problemas que carga sobre sus hombros.

Habana Blues es la muestra de cómo vivir es, sencillamente, elegir.