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Isla al Sur

Crónicas-Trabajos docentes

LA HABANA Y SUS MAMPARAS

LA HABANA Y SUS MAMPARAS

JUSTO PLANAS CABREJA,

estudiante de cuarto año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Nuestra capital, una vez, fue ciudad de mamparas. Los colegios situaban a su entrada un Santiago Apóstol dibujado con vidrio, o acaso exhibían la letras JHC que significan Padre, Hijo y Espíritu Santo. Mientras, las tabernas de la ciudad tenían pequeñas mamparas hechas para que el transeúnte pudiera apreciar la también recortadísima falda de una mujer de la calle, como se decía en aquellos tiempos, y más que su falda el caminante disfrutaba de sus piernas coronadas con una provocadora liga.

La mampara mostraba al visitante en qué calle se encontraba, quiénes eran los dueños de la casa y hasta cómo había que tratarlos.

Sus formas eran infinitas: se transfiguraban en flores, paisajes disímiles, o figuras geométricas. Algunas incitaban a la risa: un marinero ebrio, la mulata que danza, el asno que se niega a caminar.

Gracias a las mamparas el pregón callejero atravesaba las casas de lado a lado. Y el vecino curioso bien se aprovechaba de esta facilidad. No había que tener el oído muy atento para conocer las intimidades de una familia, porque saltaban de mampara en mampara hasta la casa contigua.

Valgan entonces estas mamparas para que usted conozca esta historia.

LISTA DE ESPERA

LISTA DE ESPERA

CARLOS ARMANDO CABRERA GUTIÉRREZ,
estudiante de primer año de Comunicación Social,
Facultad de Comunicación de la
Universidad de La Habana.

346, 347, 348,

Las piernas me dolían y… 349, 350 seguía aquella señora con los gritos que aturdían mis oídos. Yo: impaciente.

351, 352, 353

Los niños gritaban con euforia; los ancianos, con tristeza en su mirada y las madres enloquecidas tenían la esperanza de montar al ómnibus.

354, 355; se acercaba mi número en la lista de espera. Me llega – pensé-, y de pronto la señora de la voz prepotente cortó mis esperanzas, anunciando que la lista de espera para Sancti Spíritus quedaba en el 356. Eran las 4:00 p.m., y el próximo ómnibus saldría justo doce horas después. Resignado con la larga espera, busqué algún sitio para descansar. No había un solo asiento en la vasta sala. Algunos ocupados por paquetes, y otros, por personas. A cada minuto la desesperación aumentaba, el calor se hacía insoportable, el desagradable olor de los servicios sanitarios se filtraba por aquellos ladrillos descoloridos.

Pregones sostenidos merodeaban por doquier: el constante grito de ¡granizado frío!, jugaba con la atmósfera que me sofocaba cada vez más.

Entradas y salidas de ómnibus llenos y vacíos aumentaban la desesperación de todos. Por instante pasaba a ser parte de aquellos que estaban a punto de colapsar por la agonía de la espera, pero las necesidades biológicas reclamaban mi atención a tal punto que me llevaron inconscientemente a la cafetería, perdón, al mejor sitio de todo el lugar: El Rumbo. Todavía sin creerlo por mi escasez monetaria y lo elevado de los precios en moneda libremente convertible (CUC) para un estudiante universitario, me atreví a hacer un bosquejo breve, pero convincente, de los precios, que me obligaron a buscar otro lugar asequible  -lo que no significaba pordiosero-  y  además, que exaltara la identidad de nuestra valiosa moneda (MN).

Cerca de mí encontré la cafetería El Viajero, donde comí una pizza napolitana, nada parecida a las que suelo comer en Cinecittá. Tomé un poco de agua fría; por fin, divisé un asiento y logré alcanzarlo. Me senté, una vez más miré mi ticket: 360…

10:00 p.m., escuché decir al señor del tabaco encendido que se sentó a mi lado. Con la esperanza de poder  llegar a casa, estar con mis padres y disfrutar de las sorpresas que esperaban mi presencia, decidí dormir en la Terminal. Observaba la televisión y dos horas después puse la cabeza encima de la mochila, mis ojos se cerraron, inseguro y desconfiado batallé con el sueño que se volvía el mayor enemigo. Ruidos insoportables se expandían a mi alrededor, pero no fueron obstáculos suficientes para que el sueño provocado por las disímiles tareas de toda la semana en la Universidad me venciera.

Sobresaltado con la algarabía y el ruido de las personas, me desperté. Sentía un dolor inmenso en mi columna vertebral debido a la posición adoptada en el asiento.

4.30 a.m. marcaban las manecillas del reloj y esta vez una voz diferente decía: Pasajeros con destino a Sancti Spíritus, nuevamente se llamará la lista de espera, y esta vez el ómnibus ofrece cuatro capacidades: 356, 357,358 y 359.

Desconsolado, obstinado, cansado y triste por la frustración, decidí caminar hasta la parada de la guagua, no exactamente una Yutong, sino una 298 que me dejaría cerca de mi lugar de residencia en la beca capitalina, no sin antes haber escuchado las propuestas de taxis particulares que ofrecían un viaje confortable hasta la puerta de mi casa o  la  opción de un pasaje a sobreprecio. Pero esta vez la suerte estaba echada; esa no era mi solución.

 

 

MEMORIAS: SILVIO, VESTIDO Y SIN SOMBRILLA

MEMORIAS: SILVIO, VESTIDO Y SIN SOMBRILLA

JUSTO PLANAS CABREJA,

estudiante de tercer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana.

La historia comienza mucho antes que este lunes de aguas. Comienza con la primera vez que escuché a Silvio, pero sería demasiado injusto que contara mi versión cuando desde las seis de la tarde había fans en la Escalinata de la Universidad de la Habana esperando por él. La noticia había rodado como una bola de boca en boca: Silvio va a dar un concierto a favor de la ecología.

Así mismo se corrió la voz a las 8:30: no iba a venir. Y, aunque la desesperanza mojaba más que el aguacero -¡y mira que el aguacero mojaba!- nadie se movió. A esa hora, hasta el Alma Mater estaba apretada de tanta gente. La Escalinata parecía un mar de ojos ansiosos, de ropa húmeda. El humor con la naturaleza no era muy relajado; si de la multitud hubiera saltado una vocecita inocente gritando: ¡Protejamos el medio ambiente!... pero nadie iba a decir aquello en ese momento.

La ansiedad una hora después por poco hace que el Alma Mater se comiera las uñas. El escenario parecía una sonrisa sin boca...a las 9:40 subió el grupo Trovarroco y todos creyeron que no vendría Silvio. Pero cuando se apagó la música un ángel con guitarra justificó el catarro seguro del día siguiente.

Este concierto es por una cultura de la naturaleza, dijo, y precisamente la naturaleza nos está besando de esta forma. ¡Qué podía hacer su público mojado hasta las ideas sino aclamarlo!: ¡Llegó Silvio!, gritaban todos

Cuando cantó la primera canción Mi casa ha sido tomada por las flores, recordé que no tenía ni un bolígrafo ni una hoja con qué anotar, porque cuando se está frente al Silvio de la cuna, al Silvio de la primaria... cuando se está frente al Silvio de la Universidad, se olvida que uno es periodista y que esta ahí para cubrir el concierto. Alain Rodríguez, periodista de la TV me prestó un bolígrafo. Y cuando ejecutaba la misión imposible de escribir Casiopea en mi mano húmeda, una chica se sacudió los bolsillos y me regaló unos recortes de papel... ¿por qué lo hizo...? Es que todos los fans de Silvio son una gran familia -de todos modos, mis agradecimientos a la muchacha de las hojitas: Vive con la seguridad de que no hubiera podido escribir esto sin ellas.

Pero parece que no era sólo yo el que ejercía como periodista y silvista a la vez, porque Marta María, la reportera de Juventud Rebelde, no dejaba de cantar una sola de las letras y cuando interpretó Roxana, me dijo: "No sé si es superstición mía, pero cada vez que toca una antología comienza a llover". Y ahí estaba, hecho una sopa con su guitarra sobre los muslos, sonriendo como un adolescente, cómo no iba a llorar de emoción el cielo que lo vio pulir sus acordes. Pero esa Roxana era especial, porque la había dedicado a Compay Segundo. Y la noche también parecía de él porque, luego, el Grupo Tovarroco tocó un Chan Chan que iniciaba y concluía a lo Bach, con la Tocata y Fuga.

Los amantes de la campiña, abrieron la segunda entrada de Silvio, que no fue la única. Ya le había dicho al público que le pedía algunas de sus canciones: ¿Ustedes están apurados? Y con esas palabras el concierto venció el clima. Cada vez que hacía ademán de irse, los gritos lo ataban a la silla.

Pero si alguien estaba apurada era Marta María que tenía que escribir la nota para el martes. Iba y venía ansiosa, debatiéndose entre quedarse e irse.

Cuídense, había dicho por adiós, pero hasta las columnas lo seguían aclamando. ¡Silvio, Silvio! Marta María y yo escuchábamos los ecos desde la Plaza Cadena, íbamos hacia el carro de Juventud Rebelde -yo aproveché para coger botella hasta la redacción- . Los sonidos en sombra nos detuvieron, concluía Verónica del mar, la última de la noche. Es que ustedes son los mejores: había dicho antes de marcharse.

Una multitud se nos venía arriba. En unos minutos estaba en el Poligráfico, pero aún no había concluido el concierto, aunque el escenario ya estaba vacío. Aunque al otro día ya no hubiera escenario. Porque los conciertos como esos no mueren, ni envejecen. Viven en la gente. El concierto Con Silvio hacia una cultura de la naturaleza, va a seguir cantando bajo la lluvia, para siempre.

HABANA DE PIEDRA Y FIBROCEMENTO

HABANA DE PIEDRA Y FIBROCEMENTO

JUSTO PLANAS CABREJA, 

estudiante de tercer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana. 

Vamos a deambular por La Habana. Sí, sí, olvidemos por un momento el calor insoportable, y el estrés del trabajo, de llevar a los niños a la escuela y de (ponga aquí su propio conflicto). Vamos despacito, que de vez en cuando hace falta. La Habana está llena de calles como Infanta, aunque no todas las calles tienen el honor de atravesar dos municipios legendarios como el Cerro y Centro Habana para morir ahí mismo donde nace el Malecón.

Infanta, como cualquier calle del Vedado o la Habana Vieja, tiene sus capiteles griegos, sus cabezas de animales mirándonos desde cada edificio, los edificios de mármol negro que en otro tiempo servirían de espejo al caminante.

Tal vez algunos mármoles de La Habana Vieja todavía parezcan espejos. A la Habana Vieja la está salvando un milagro, la Oficina del Historiador de la Ciudad ha hecho el milagro de rejuvenecerla. Centro Habana, el Cerro e incluso el Vedado, todavía esperan.

Una tienda de la calle Monte, con ventas en moneda nacional, aguarda con sus vitrinas llenas de flores plásticas y de telas empolvadas. Aguarda mejores tiempos. Dicen que hace mucho exhibía su nombre en un cartel de neón. Ya nadie recuerda los nombres de aquellas tiendas, ya nadie las ve, excepto alguno que se acoge a la oscuridad de sus portales para vaciar la vejiga llena. La calle Monte es una anciana sin maquillaje que huele mal, y huele a tristeza, pero una tristeza llena de encantos.

Las calles más jóvenes de La Habana están enfermas de monotonía. Los edificios de ahora son como los de Alamar. Hicieron un reparto en el Cerro cuyo nombre supera cualquier otro calificativo: "Los Bloques".  No solo en el Cerro, ni Alamar, cada municipio tiene sus propios bloques, hasta Playa.

Las columnas murieron en los ochenta cuando comenzaron a construirse estos modelos importados de la Unión Soviética. Los pedazos de vidrio, mezclados con piedra y cemento, remedan el brillo del mármol. Estos edificios no necesitan pintura, no tienen rostros que nazcan de sus muros, ni puertas de madera talladas porque son demasiado caras. Los edificios de hoy todos tienen el cuerpo ortopédico y la misma mirada.

En cambio, los edificios de la Habana Vieja son cada uno un universo. Siempre sabemos cuándo doblar ("Aquí mismo, en la casa de puertas grandes que parecen de la Colonia"); cuándo vamos por buen camino ("Sí, este edificio con balcones que parecen ataúdes yo lo vi la otra vez").

El gusto y la dirección se desorientan en Alamar (bloques, bloques, bloques). El calor de este reparto costero fatiga el cuerpo; su paisaje, el alma. La Habana debería hacerse para caminarla con la vista. La Habana fue hecha para caminarla con la vista; pero los habaneros de ayer no ven la misma Habana que los de hoy. Hasta el Vedado cede a las raíces de los árboles que le dan sombra. Las raíces levantan las calles y entran sin piedad a nuestras casas, como el tiempo. Y hay que cortarlas para que no nos desalojen. A tiempo, para estar orgullosos de nosotros cuando deambulemos por la Habana. Para no tener que bajar la cabeza cuando La Habana nos mire.

 

 

MACHU PICCHU, LA CIUDAD PERDIDA DE LOS INCAS

MACHU PICCHU, LA CIUDAD PERDIDA DE LOS INCAS

DIANY CASTAÑOS GONZÁLEZ,

estudiante de tercer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana.

Corre el año 1533 en el Perú. Machu Picchu es una ciudad refugio por lo inaccesible que resulta llegar a ella. Los incas la construyeron hace pocos años con el propósito de esconder al Inca y a su séquito más cercano en caso de ataque.

El Templo de las Vírgenes del Sol, principal edificación de la época, esconde a cien vírgenes incas escogidas por su hermosura y nobleza para ser esposas del Sol, por lo que deben guardar rigurosa castidad. En caso de alguna acción "pecaminosa" en contra del privilegio de ser Virgen del Sol, la muchacha es enterrada viva y el hombre ahorcado.

Cuando llega Francisco Pizarro y sus conquistadores españoles al Cuzco, nada le complace tanto como la noticia de la existencia de un harén de cien vírgenes. Ansioso, va en su búsqueda, pero no las encuentra en su templo. Las vírgenes, fieles a su castidad, habían huido. Nunca más se volvió a verlas.

Pero existen evidencias de que las Vírgenes del Sol atravesaron barrancos profundos y montañas agrestes para refugiarse en la ciudadela sagrada de Machu Picchu (La Montaña Vieja).

Por las muchas tumbas de mujeres halladas en Machu Picchu, Bingham, su descubridor en el cercano 1901, proporcionó las pruebas para resolver el misterio de esas vírgenes que huyeron del conquistador español para preservarse como esposas del Sol.

Aunque las Vírgenes del Sol no habían vivido nunca en la Montaña Vieja, la similitud de esta con el Cuzco era tal, que les resultó fácil adaptarse. Todos los elementos urbanos estaban adecuados a la sinuosidad del terreno. Y la zona agrícola había sido bien delimitada con terrazas de cultivo en los sitios donde irrigaban más la lluvia y el agua de los manantiales.

El pico de forma piramidal Huayna Pichu, localizado estratégicamente entre las edificaciones de la ciudad, le servía de mirador para asegurarse de que los conquistadores españoles aún no descubrían su santuario. También desde allí veían los increíbles efectos de luz que el amanecer y el atardecer reglan a la ciudadela. Aunque 130 kilómetros del noroeste del Cuzco y a dos mil 490 metros de altura sobre el nivel del mar, resultaba difícil que Pizarro encontrara a Machu Picchu.

Disfrutaban de un clima benigno, con sensación de calor durante el día y fresco por las noches, producto de la zona subtropical de Machu Picchu. La piedra, único elemento utilizado en la construcción del lugar, guardaba el calor y el frío indistintamente.

Así, las Vírgenes vivieron protegidas por una de las joyas arquitectónicas y arqueológicas más importantes de los incas, actualmente el principal sitio turístico del Perú y uno de los más importantes centros arqueológicos de Centro América.

"Machu Picchu es un viaje a la serenidad del alma, a la eterna fusión con el cosmos, allí sentimos nuestra fragilidad. Es una de las maravillas más grades de Sudamérica. Un reposar de mariposas en el epicentro del gran círculo de la vida. Otro milagro más." Oscar Bech, periodista y escritor.

 

TOMBUCTÚ, LA CIUDAD DE LOS 333 SANTOS

TOMBUCTÚ, LA CIUDAD DE LOS 333 SANTOS

DIANY CASTAÑOS GONZÁLEZ,

estudiante de tercer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana.

Nunca una ciudad ha sido más velada que Tombuctú, el importante centro comercial ubicado en Malí, África. Es una ciudad cuidada por 333 santos.

Famosa por su cultura, lugar donde gracias a sus diversas facultades se desarrollaron sin resistencia los estudios islámicos, la ciudad estuvo durante siglos vedada para las personas no islámicas.

En agosto de 1826 llegó a ella el primer europeo: el explorador escocés Alexander Gordon Laing, que tenía la intención de estudiar la cuenca del río Níger, a solo siete kilómetros de allí. Apenas pocas semanas después de su llegada, fue asesinado en el desierto.

Un año más tarde visitó la ciudad el francés René Callié, quien llegó navegando por el río Níger, disfrazado de musulmán, y tuvo la suerte, única en su momento, de poder regresar a Europa para contarlo.

Los deseos de proteger la ciudad llevaron a la construcción en el siglo XIV de la muralla actual que, por otra parte, poco sirvió en 1591 cuando tropas del sultán de Marruecos conquistaron Tombuctú. Los marroquíes estuvieron en el territorio alrededor de un siglo, tiempo en que aprovecharon la estratégica posición de la ciudad, que es el punto de entrada al desierto de Sahara y de reunión de unos comerciantes llamados camelleros por utilizar los camellos para atravesar el desierto. Los camelleros traían sal del Mediterráneo para intercambiarla por el abundante oro, pescado y diversas frutas que poseían las tribus negras.

"El oro viene del sur, la sal del norte, y el dinero del país del hombre blanco, pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios se encuentran en Tombuctú", rezaba un antiguo proverbio haciendo alusión al abundante comercio de la cuidad. El oro con el que comerciaban las tribus negras, y la prohibición de la entrada a los no musulmanes le valieron muchas leyendas y anécdotas de misterio.

La sal y el oro eran las mercancías claves. La sal, indispensable para las comidas, abundaba allí donde escaseaba el oro, y mas al sur, ocurría exactamente lo contrario. El punto de intercambio de mercancías, por cuestiones geográficas, fue Tombuctú. No es extrañar, pues, que la ciudad floreciera.

El deseo de resolver cualquier misterio histórico y de adquirir conocimiento sobre la exuberante cultura por la cual era famoso Tombuctú, atrajo a muchos letrados y científicos de distintos lugares del mundo en 1893, cuando la cuidad cayó bajo la dominación colonial francesa y la prohibición de la entrada a  los no musulmanes fue levantada.

Actualmente existen más de tres mil volúmenes con manuscritos pertenecientes a los siglos XV y XVI en la Biblioteca Andalucí de Tombuctú. Esta muestra de cultura, unida a la Mezquita Djigareiber de 1325, el Palacio Buctú, la Mezquita Sidi Yahia, entre otros, marca la exquisita singularidad de la ciudad.

Lamentablemente, en pleno siglo XXI la situación ha cambiado mucho. Los turistas suelen decepcionarse ante la empobrecida ciudad que les nace ante los ojos.

A excepción de los pocos turistas al año, y algunos historiadores que van con objetivos científicos a la ciudad, esta vive casi aislada del mundo. Y más cuando el Níger crece en la época de lluvias; entonces, el aislamiento es mayor aún. Parece fuera del tiempo y del espacio. Parece otro mundo. Quizás lo sea.

 

Y EL VIAJE CONTINUÓ EN YOLA

KATIA MADRUGA MÁRQUEZ,

estudiante de sexto año de Comunicación Social,

Sede Universitaria Municipal de 10 de Octubre.

Que pronto abandonarían el país lo supe una mañana en la parada de ómnibus mientras esperaba una 174 en Mayía Rodríguez y Carmen.  Era la primera vez que los veía y hablaban con una conocida que los miraba boquiabierta. Después supe que se llamaban Milagros y Julio, que estaban casados, tenían una niña de 7 años y que dentro de pocos días se marcharían definitivamente para República Dominicana, y solo regresarían, "si acaso, de paseo".
 

La guagua se demoró, cundió el desespero en la parada, y minutos después ellos dos, su interlocutora y yo nos apretujábamos en el asiento trasero de un Chevrolet del 54 dedicado al trasporte de pasajes. La misma conversación, pero si antes le puse atención por curiosidad, ahora el espacio reducido que compartíamos no daba el más mínimo margen a no escuchar.
 

Explicaban que abandonaban el país porque querían tener más, vivir mejor, hacer negocios. Ya no soportaban los ómnibus llenos, los apagones y sus mil justificaciones, las casas despintadas, los huecos en las calles, la libreta de abastecimiento midiendo onzas y libritas a cuenta gotas, y "todo lo otro", dijeron en un etcétera largo y cargado de quién sabe cuántas quejas más.
 

"Bueno, que se vayan", pensé decidida a creerme que nunca los había escuchado. Pero el subconsciente me engañó.
 

-Disculpen que intervenga en la conversación, pero tengo buenos amigos en ese país y me cuentan que los apagones allá son peores que los nuestros, que en sus calles hay tantos o más huecos que aquí y que la pobreza llega al cuello- les dije y, en realidad, no se molestaron con mi entrometimiento en su conversación. 

Me aclararon, entonces, que su familia les mandaría a ese país los mismos 500 dólares mensuales que les enviaban a Cuba, más una suma extra para que pudieran poner un negocio.

Me bajé en G y 23 y no les llegué a decir que quien vivía en República Dominicana era mi papá, y yo estaba muy bien informada de todo lo que sucedía en ese país, tanto por lo que yo misma buscaba en Internet cada vez que tenía la posibilidad de conectarme, como por los correos del Viejo.

La gran sorpresa me llegó tres meses después, en unas fotos que éste me mandó de la celebración de su cumpleaños: entre quienes aparecían en ellas estaba la pareja con la que una mañana compartí un almendrón de 10 pesos.

Tampoco le dije a mi papá que los conocía, pero le pregunté qué quiénes eran y me los identificó como una familia de cubanos que recientemente se habían mudado para el mismo edificio donde él vivía en Santiago de los Caballeros. Después, sus nombres y sus rostros continuaron apareciendo en correos y en otras instantáneas digitales de excursiones y fiestas familiares que continuaron llegándome.

Pero un día me di cuenta que ya no estaban en la correspondencia y de nuevo indagué por ellos y esta fue textualmente la respuesta recibida en un correo:

... Sobre Milagro y Julio te diré que compraron un camión para trasladar y comercializar plátanos en la frontera con Haití, pero este negocio fracasó, y entonces vendieron el vehículo para adquirir un colmado (especie de bodega de barriada). Cuando estaban en esa gestión, los pobres se pusieron tan fatal que enfermaron con una combinación de hepatitis y dengue y tuvieron que ingresar 9 días en una cínica de esta ciudad y así gastaron parte del dinero que tenían para comprar el establecimiento...

...Como la plata que le prestó la familia para que se establecieran aquí decrecía velozmente, antes que se le agotara decidieron pagarle 6 000 dólares a un traficante de indocumentados e hicieron algo que nunca, ni en sus momentos de mayor desespero, hicieron en Cuba: lanzarse al mar con una  hija de  siete años y atravesar el peligroso Canal de la Mona y entrar ilegalmente en Puerto Rico... Pero ya son famosos...Hija, aquí te adjunto una información aparecida en el Periódico El Nuevo Día que habla de ellos...

En la nota que recibí en formato de página web y bajo el titulo de Siguen llegando inmigrantes que huyen de Castro, se reseñaba que en la madrugada del viernes 27 de octubre siete cubanos y 12 dominicanos arribaron a la isla Mona en una embarcación casera de doble motor procedente de República Dominicana, la cual logró regresar, y se aclaraba que solo los anticastristas serían procesados para quedarse en virtud de la Ley de Ajuste Cubano. Los quisqueyanos serían regresados lo antes posible a su país de procedencia.

Debajo del texto, el comentario de un lector  de Santo Domingo:

Si a los dominicanos se les dieran todos los estímulos y reconocimientos que reciben los cubanos al llegar a Estados Unidos o Puerto Rico, ya nuestro país estuviera casi vacío, o mejor dicho lleno de haitianos.

Aún sin recibir automáticamente la residencia y ayuda del Gobierno con solo pisar tierra norteamericana, desde 1962 han emigrado a la nación del norte más dominicanos -proporcionalmente a su población-que cubanos. De acuerdo con el gastado estribillo propagandístico (sólo efectivo entre ciegos por conveniencias y analfabetos políticos), los cubanos se lanzan al mar buscando libertad, democracia y huyendo de Castro y el comunismo pero...entonces ¿De que huyen los miles de dominicanos que se juegan la vida y mueren en el mar cada año, si aquí tienen democracia, libertad, propiedad privada y todas esas maravillas que el capitalismo ofrece a los pueblo?

En fin, este es el viaje que para mi comenzó en un viejo Chevrolet del 54 dedicado al transporte de pasajero, y para sus protagonistas principales continuo en una nave de Cubana de Aviación y terminó peligrosamente en una yola made in dominicana.