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ESTUDIANTES EXTRANJEROS, TRABAJO NO FÁCIL

ESTUDIANTES EXTRANJEROS, TRABAJO NO FÁCIL

La oficina de Atención a Estudiantes Extranjeros de la Universidad de La Habana encamina los asuntos de quienes cursan carreras universitarias en Cuba.

Texto y foto:
HANG DO THI THU,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Aunque está en un contexto difícil, como resultado del bloqueo de los Estados Unidos por más de 50 años y los problemas de la economía, Cuba todavía es uno de los países que tienen una educación muy buena, por lo tanto, muchos extranjeros quieran estudiar en este país.

Desde 1961 hasta ahora, ha graduado de diferentes enseñanzas a más de 50 mil estudiantes de 129 países, de todos los contenientes; de ellos, más de 26 mil de nivel superior. Actualmente, estudian en Cuba más de 30 mil jóvenes provenientes de 121 países y de varios territorios de ultramar, la inmensa mayoría de los cuales cursan estudios de nivel superior.

Para conocer sobre la atención a los estudiantes extranjeros, Maritza Yip Aramillo, especialista de la Universidad de La Habana que tiene 20 años de experiencia, accedió a responder algunas interrogantes.

-¿En esta oficina solo se atiende a los extranjeros que tienen la beca de estudio por la vía del Gobierno o también a todos los extranjeros autofinanciados?

Aquí existe una oficina de estudio académico intencional que ellos son lo que ofertan y cobran las tarifas y la promoción de todos los estudiantes autofinanciados. Luego de que los estudiantes ingresan a la Universidad de La Habana en todas las carreras son atendidos por esta oficina (estudiantes autofinanciados y los que tienen beca del gobierno).

-¿Solo atienden el tema de sus estudios?

A estos estudiantes no solo se les atiende sus estudios, sino también en cuanto a cómo está su promoción y su situación migratoria, también sus problemas de disciplina y su salud, la vida en la beca…, entre otros muchos aspectos.

-¿En la actualidad, cuántos estudiantes extranjeros se atienden en la oficina?

Hay 88 alumnos becados de 28 nacionalidades y un aproximado de 100 estudiantes autofinanciados. Además, también hay más de 20 alumnos que cursan el Español en esta casa de altos estudios.

-¿Tienen algunas dificultades en cuanto a la atención de los extranjeros?

Existen muchas dificultades en cuanto a recursos, dificultades financieras, en las realizaciones de actividades recreativas en las vacaciones y en las semanas de receso. Con el nuevo modelo económico financiero algunas gratuidades han sido eliminadas. También existe un problema para el traslado de estudiantes becados.

-¿Cómo recolectan todas las notas de las carreras que tienen los estudiantes extranjeros?

Todos los semestres las facultades tienen que enviar las notas en un modelo denominado RI3, luego se hace un resumen y se envía a las embajadas a través del Ministerio de Educación Superior. Esto es en cuanto a las notas finales, pero cuando algún extranjero no asiste a clase o saca bajas calificaciones, entonces se conversa con el estudiante para saber los motivos.

-¿Después de terminar un semestre o un año, cómo se resume esa trayectoria?

En los modelos que se piden está la evaluación en beca de ese semestre, la situación docente, si promovió con arrastre o limpio, si tuvo algún problema disciplinario de envergadura, los méritos obtenidos y luego se envía este resultado a la embajada.

-¿Cómo ustedes solucionan los problemas de los alumnos que no tienen buena calidad de estudio?

Estos problemas los soluciona la facultad en los consejos de dirección que realizan mensualmente, analizan la repitencia y las bajas, y luego envían este análisis a la oficina de atención a estudiantes extranjeros, porque los problemas académicos solo los atiende cada facultad.

-¿Cómo es la relación con las embajadas?      

Existen embajadas con las que hay más relación por la cercaría y entonces nos hablamos por teléfono como ese caso de la Embajada de Vietnam. Hay embajadas que vienen periódicamente todos los semestres para comunicar la situación de cada estudiante.

-¿Díganos su parecer sobre los extranjeros que están estudiando en la Universidad de La Habana?

Creo que los estudiantes deberían de tener una mayor motivación en cuanto a las actividades que se realizan para ellos; también, que cada vez debe hacerse un mayor esfuerzo y estudiar un poco más, pues existe falta de estudio. Deberían participan en las actividades, sobre todo las de solidaridad. Estos alumnos extranjeros la mayoría son muy respetuosos, tienen el deseo de salir adelante, porque cada estudiante quiere regresar a su país después de graduado para revertir los conocimientos adquiridos en provecho de su pueblo.

Pie de foto: Maritza Yip Aramillo, especialista de Atención a Estudiantes Extranjeros con 20 años de experiencia.

LA DOCTORA

LA DOCTORA

Ilustre desconocida de mi país, Tania Salvador es especialista en Dermatología y ha dedicado su trabajo al servicio de la sociedad. El mejor regalo ha sido la gratitud de los pacientes.

Texto y foto:
IRIS DE LA CRUZ SABORIT,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Me recibió en su casa, cómodamente vestida y con un trapito en la mano derecha, que llamó poderosamente mi atención. Entré en su departamento y preparé el móvil para grabar el diálogo que sostendríamos. Mientras ella sacaba brillo a la mesa del comedor, se dispuso a contestar mis preguntas, que tal vez, si no son las más originales, pudieron al menos sacar de su memoria las más diversas historias de una vida como médico, porque ella, la doctora hoy jubilada Tania Salvador Cubas, es una de tantas mujeres que han dedicado su existencia a ser útil a la sociedad.

Nació en 1944, en Guanabacoa y creció en Camajuaní, Villa Clara, entre ambos lugares ha transcurrido su vida. Es la mayor de tres hermanas, con las que compartió dudas infantiles y junto a las que tuvo el primer contacto con la Medicina, cuando las tres jugaban con un set de doctores regalo de una tía; tendría entonces unos nueve años.

-Su curso inauguró la escuela Victoria

de Girón y por aquella época el

Comandante en Jefe visitaba el centro

asiduamente, ¿cómo vivió esos momentos?

«La inauguración fue el 7 de octubre de 1962, día único, nos reunimos muchos alumnos que nunca nos habíamos visto en el patio de Girón, y el acto lo presidió el Comandante en Jefe Fidel Castro. Durante el curso, el Comandante en varias ocasiones asistió a nuestro centro, unas veces para saber cómo nos iba en los estudios y cómo eran las condiciones de alojamiento, y otras hasta estudiaba con nosotros porque teníamos una asignatura, Bioquímica, que era la que más nos golpeaba a todos, y él iba, repasaba con nosotros y nos daba la seguridad de que íbamos a poder vencerla».

-¿Qué tan difícil fue estar becada?

¿Tuvo algún percance que

la alejara de los estudios?

«En nuestro caso, lo único difícil era que estábamos alejados de la familia, pero en Victoria de Girón las hembras estuvimos albergadas en las casas de alrededor del centro, que tenían todas las comodidades, y los varones en el mismo edificio donde radicaba la parte docente. En segundo año nos trasladaron hacia El Vedado, los varones en el edificio de G y 25 y las muchachas en el de Línea e I, en los bajos de cada uno había cocina y comedor, además, contábamos con lugar de enfermería. Y si bien no es lo mismo que estar en la casa de uno, tampoco eran tan difíciles las condiciones.

»Cursando el cuarto año de la carrera, tuve que ser intervenida quirúrgicamente de urgencia por la ruptura de un quiste ovárico. Eso me produjo gran pérdida de sangre y quedé con anemia marcada, por lo cual los médicos que me operaron le recomendaron a mi padre que no continuara los estudios ese año, yo vivía en Las Villas y tenía que venir para La Habana. Entonces me incorporé en el siguiente curso».

-¿Siempre tuvo decidido que su

especialidad a estudiar era Dermatología?

«Cuando yo estaba cursando cuarto año de la carrera, estudié la asignatura Dermatología y tuve la suerte de hacerla en el hospital “Fajardo” con el profesor Castanedo Parra, que era uno de los dermatólogos más brillantes con los que hemos contado siempre. Las clases eran tan motivadas, tan bonitas, que desde entonces sentí que esa sería la especialidad que yo quería realizar cuando terminara la carrera».

-¿Al terminar  la especialidad

dónde empezó a trabajar?

«La especialidad yo la hice en el hospital provincial de Santa Clara, en el servicio de Dermatología, y al finalizarla tenía que realizar el posgraduado. En esos momentos, el Hospital Militar necesitaba dermatólogos, se hizo un llamado al cual yo respondí y desde entonces me incorporé a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Eso fue en 1971».

-Estando en las FAR, ¿cuál fue su

primera misión internacionalista?

«Tuve la oportunidad en el año 1989 de que me llamaran para si estaba dispuesta a cumplir misión internacionalista y, por supuesto, dije que sí. Fui enviada a Mozambique y en aquel entonces no sabíamos cuál iba a ser la situación de nosotros en aquel país, porque a pesar de que ya Mozambique había obtenido la libertad, existía la guerra del Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO) con la Resistencia Nacional Mozambicana (RENAMO) y la situación era muy inestable, nos asignaron para trabajar en el Hospital Militar de Maputo. La misión duró 26 meses.

»Al llegar vimos un gran contraste. Maputo es una ciudad muy bonita, muy moderna, fundada por los portugueses, podríamos compararla con Miramar; pero había una gran pobreza, situación a la que no estábamos acostumbrados: muchos niños en la calle pidiendo limosna, no limosna en dinero sino comida, ellos siempre nos caían atrás: “Tía una polacha”, es decir, una galleta, y eso nos hacía sentir mal porque en nuestro país no veíamos a los niños en tales condiciones».

-¿Cómo era el estado sanitario

del pueblo mozambicano?

«Allá la atención médica no era buena porque es un país pobre, estaba incluido, en ese entonces, entre los 15 más pobres del mundo y la gran mayoría de la población no tenía acceso a los servicios médicos, aunque en esa época que yo fui había brigadas de otros lugares, en el Hospital Militar laboraba una brigada búlgara y en los distintos hospitales civiles encontrabas personal de la Organización Mundial de la Salud (OMS) también trabajando.

»Mozambique tenía un alto índice de desnutrición y en cuanto a dermatología, donde se atiende piel y las infecciones de transmisión sexual, en ese país el índice de SIDA y de otras enfermedades venéreas era elevadísimo, por ejemplo, yo nunca había visto un Linfogranuloma venéreo porque eso en Cuba no existía hacía muchos años, antes de estudiar no se veía y allá se ve con relativa frecuencia. Para mí fueron un poco difíciles esos casos porque no los conocía, aparecían en los libros de lectura, pero no los había tratado, después que se ven es menos probable que se te confundan».

-¿Cómo fue el trato de

los mozambicanos?

«Ellos atendían muy bien a los cubanos y como las costumbres de los africanos no son tan diferentes a las nuestras, el tiempo de estancia allí no fue muy duro que digamos».

-¿En algún momento enfrentó

diferencias culturales grandes

en alguna otra misión?

«Años más tarde, en el 97, fui de colaboración médica a Yemen, y allí sí, la diferencia de culturas, de costumbres… son muy diferentes a las de nosotros los occidentales. Allá la mujer está muy limitada, no disfruta la libertad que tenemos nosotras, ellas no pueden realizar muchas actividades; aunque ya estudian, van a la Universidad (un número reducido), el hombre es el que tiene todos los derechos y las damas, subordinadas a lo que ellos decidan.

«Eso por un lado, por otro, las costumbres propias, diarias, digamos que no se visten como nosotras. En Yemen son más radicales que en otros países árabes, las mujeres están completamente cubiertas, dependen de los hijos o del esposo para que las acompañen a cualquier lugar, a una consulta al médico van con los hijos varones, no pueden ir solas por la calle, la gran mayoría, por supuesto, siempre hay la excepción de que algunas familias no sean tan retrógradas y las féminas puedan efectuar alguna otra actividad.

»El primer día que me invitaron a una casa a almorzar para mí fue una sorpresa. Ellos comen sentados en el suelo, todos con una sola fuente circular donde sirven la comida y todo el mundo come de allí con la mano y a mí eso, vaya, me sorprendió, no estaba habituada, no queda más remedio para uno que va a un país y lo invitan a una casa que tratar de hacer lo que ellos hacen para no ofenderlos o que se sientan mal».

-¿Y alguna vez fueron víctimas

de las diferencias culturales

en el pueblo yemenita?

«Cuando llegamos nos dijeron que las mujeres teníamos que vestirnos con ropa larga y taparnos el cuello para no llamar la atención, puesto que los hombres allá no están acostumbrados a ver a las mujeres descubiertas completamente, por supuesto, no era que nosotras nos cubriéramos enteras, pero sí dentro de lo posible usábamos vestidos más largos, con mangas, sin escote, y siempre se lo decíamos a las que iban llegando nuevas.

»En una ocasión, casi al terminar la misión, llegó una pareja y ella, que era una muchacha alta, esbelta, le gustaba mucho ponerse pitusas. Nosotros le decíamos que si se ponía el pitusa debía ser con un pulóver largo que le llegara a medio muslo, para no llamar la atención, pero ella dijo que era cubana, que no era yemenita, que se vestiría como se hace aquí. Y salió a la calle, entonces un grupo de jóvenes le lanzó algunas piedras, aunque se disgustó mucho, no sufrió grandes daños, nosotros se lo habíamos advertido. Cuando tú vas a un país extranjero no hay que hacer todo lo que ellos hacen, pero sí tratar de no quebrantar sus leyes, sus costumbres».

-¿Cuándo terminó sus

servicios para las FAR?

«Cuando regresé en 1999, no tenía mi plaza en las FAR por una reestructuración que estaban haciendo, entonces me incorporé al Ministerio de Salud Pública. Preferí que fuera en un policlínico, por eso trabajé en el “Luis Galván Soca”, de Centro Habana, hasta que decidí jubilarme en 2008».

-Sin contar los casos atendidos en

Mozambique, ¿cuál considera

el más complicado?

«El caso más difícil que tuvimos fue cuando regresé de Mozambique. Era un muchachito con acné conglobata fulminante que estuvo muy mal, con peligro para su vida. Tanto la cara, como el tronco y los brazos, estaban llenos de  lesiones que se infestaban secundariamente, se rompían y dejaban cicatrices enormes, deformantes y a pesar de los esfuerzos por aliviarlas seguían saliéndole; se trajo el medicamento ideal del extranjero solo para él y logró vencer la enfermedad, aunque quedó con secuelas, unos queloides que no se le pudieron eliminar totalmente».

-¿Y su familia?

«Me casé. Tuve dos hijos, una hembra y un varón, a los que les dije siempre que podían estudiar lo que quisieran, no importaba qué, solo que estudiaran. Él estudió Física en Hungría, y ella, Medicina. Tengo tres nietos, dos hembras de 13 años y un varón de 15. Buenos alumnos los tres y no, ninguno se ha inclinado por estudiar Medicina».

-Entre los muchos reconocimientos que

ha recibido destacan las medallas

conmemorativas 40 y 50 Aniversario

de las FAR, la medalla “Piti Fajardo” y la

de combatiente internacionalista, pero

de toda su vida como médico, ¿qué

es lo que más le ha emocionado?

«Por todo eso me siento agradecida a nuestra sociedad, por haberme dado la oportunidad de servirle en lo que he podido. Muchas veces las enfermedades de la piel no son tan malas como la gente imagina, solo que el daño psíquico suele ser mayor, por eso lo mejor es cuando el paciente se siente agradecido por el bien que uno le ha hecho».

Pie de foto: «Me siento agradecida de nuestra sociedad, por haberme dado la oportunidad de servirle en lo que he podido», dijo emocionada la doctora Tania.

“EL MAESTRO DEBE POSEER UNA CREENCIA ABSOLUTA EN EL SER HUMANO”

“EL MAESTRO DEBE POSEER UNA CREENCIA ABSOLUTA EN EL SER HUMANO”

Sobre la preparación para el ingreso a la educación superior, el fraude y su experiencia en la docencia, dialogó la Licenciada en Educación Amelia Fernández Rodríguez, directora del Instituto Preuniversitario “Carlos Pérez Domínguez”, de la capital. 

Texto y foto:
RAÚL ABREU MARTÍN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Maestra de corazón, la Licenciada en Educación Amelia Fernández Rodríguez, directora del Instituto Preuniversitario “Carlos Pérez Domínguez”, en el municipio habanero Arroyo Naranjo, manifiesta sus criterios acerca de la preparación para las próximas pruebas de ingreso a la Educación Superior, el fraude y otros temas de actualidad, mostrando su experiencia en esta profesión que ejerce hace 24 años.

-¿Cuán difícil resulta conducir una escuela?

En estos tiempos la labor no es difícil. Se logran buenos  resultados con un trabajo sistemático y también producto de la experiencia acumulada. Cada momento histórico en que se dirige educación depende del contexto social y de las generaciones, que no todas son iguales, pero nuestro deber es educarlas como hombres y mujeres de bien.

-¿Cuáles deben ser, en su consideración, las cualidades indispensables para ejercer el magisterio?

Para ser maestro, en primer lugar, tiene que gustar la profesión. Lleva exigencia por parte de quien la desarrolla, se debe poseer una creencia absoluta en el ser humano: en que quiera formarse, educarse y desarrollar habilidades. Es necesario dominar la materia a impartir, además de una cultura general.

-La mayoría de los estudiantes rechazan las carreras pedagógicas. ¿Qué importancia usted le confiere a esta opción?

La carrera pedagógica es indispensable para mantener una de las más tempranas conquistas de la Revolución. Es necesario que existan maestros para que abran las escuelas. Actualmente tenemos un estudiante en nuestra escuela que opta por esta especialidad y desarrolla todas las actividades de un docente con nosotros, excepto evaluar.

-El 48 por ciento de los estudiantes que cursaron 12mo. grado el pasado año en este preuniversitario se presentaron a las pruebas de ingreso. De la matrícula actual, ¿cuántos valoran la opción?

De los 181, optan por carreras un total de 136, que representan el 75 por ciento.

-Del 12mo. grado del año anterior solamente aprobaron las pruebas de ingreso el 38 por ciento. ¿Qué acciones toma la dirección del centro y el claustro para aumentar esta cifra en el actual curso?

Empezamos con la preparación anticipada. Hay un error de concepto respecto a este tema, se cree que empieza en el mes de enero, pero en el desarrollo de los cursos se imparten contenidos que son evaluados en las pruebas de ingreso, o sea, el entrenamiento es constante. En estos momentos adecuamos los horarios para realizar un adiestramiento intensivo, cumpliendo con la Resolución Ministerial 186, lo que nos permite ampliar el tiempo de repaso y así los estudiantes se sientan más seguros.

-¿Cómo valora usted la calidad de los docentes de 12mo. grado?

Lo más importante es que el claustro está completo y la calidad se mantiene. Para seleccionarlo analizamos la experiencia del docente y, sobre todo, el conocimiento de su materia. Por los resultados en cursos anteriores en asignaturas clave se define la calidad de nuestros profesores.

-En el acumulado general se tienen en cuenta los resultados de 10mo, 11no y 12mo grado. ¿Cómo ve la preparación del alumnado actual?

A través de los diagnósticos, nos parece insuficiente. Independientemente de su vinculación al proceso, existe un miedo al resultado por parte de los estudiantes. Recuerda que en sus ratos libres no los tenemos a la vista y nos queda la duda de si emplean ese tiempo en estudiar, de si cuentan con el apoyo de su familia.

-Uno de los temas a resolver es el repaso con profesores que cobran. ¿Qué opinión le merece a usted esta cuestión?

Estoy en contra de los repasos particulares porque considero que los docentes que se mantienen en el proceso educativo tienen toda la información respecto a la prueba de ingreso, mientras que los otros no, ya que están desvinculados del sector. Considero que la mejor preparación está en la escuela.

-El fraude es de los principales enemigos del estudiantado. Desde su punto de vista, ¿qué pudiera agregar a la anterior afirmación?

Con el fraude estamos trabajando y hay que garantizar determinados aspectos para eliminarlo: la preparación del profesor y del estudiante, aprovechar los espacios, el trabajo con el libro de texto, la exigencia del docente, los valores del estudiante y su familia. Se realizaron adecuaciones al Reglamento Escolar, basadas en la Resolución Ministerial 175, y los alumnos tuvieron la oportunidad de proponer las medidas a tomar con los que incurran en ese lamentable hecho. 

-¿Se siente satisfecha con la labor que realiza?

No, porque tengo aspectos sin lograr. Cuando hay metas no alcanzadas no se puede estar satisfecho. Hoy estoy insatisfecha con cualquier preocupación de los estudiantes: docentes o contenidos que no entienden, tiempo de estudio. También quisiera brindarles un cúmulo de actividades donde pudieran ampliar su universo cultural y así desarrollar su intelecto.

Casi al terminar, pregunto a quemarropa: -Profe, ¿es feliz con lo que hace?

Si, chico, muy feliz. ¡Enseñaría siempre!

Pie de foto: Para ser maestro, en primer lugar, tiene que gustar la profesión, afirmó la profesora.

“LA VIDA ES MÁS QUE UN VERSO DE AMOR”

“LA VIDA ES MÁS QUE UN VERSO DE AMOR”

Eduardo Sosa, músico y trovador santiaguero, dialoga sin tapujos y con el corazón a flor de piel, acerca del estado de la trova cubana, uno de los géneros más antiguos de nuestro país.

Texto y foto:
MARIANA BRUGUERAS MÁS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
 

Cuando se habla de trova, aparecen en nuestras mentes, cual arte de magia, reconocidas figuras de la cultura musical cubana como Miguel Matamoros, Alberto Villalón y Sindo Garay. Son muchos los músicos que han seguido su trayectoria artística, componiendo por y para su país.

Eduardo Sosa, trovador santiaguero de 42 años, es uno de los que aún defiende la trova “a capa y espada”. Con motivo de la celebración el próximo 2 de diciembre (2014) del aniversario 42 de la fundación del Movimiento de la Nueva Trova y con entera disposición, opina acerca de la situación en la que se encuentra este género musical.

-¿Cuáles considera que son los

principales aportes del Movimiento

de la Nueva Trova?

Gracias a sus creadores se comenzó a divulgar y degustar un nuevo tipo de canción que tenía que ver, sobre todo, con una formación mucho más sólida, literariamente. Porque, a partir del surgimiento de la nueva trova, las canciones comenzaron a tomar un vuelo poético diferente: ya no eran solo una rima. ¿Cómo decirte? Hay una rima, una métrica de octosílabos, decasílabos, pero también comienza una ola en la cual la poesía toma otras dimensiones. No era la canción de “te quiero mi amor, no me dejes solo, no puedo estar sin ti, mira que lloro”; era otro tipo de canción que hizo evolucionar a los que la hacían, pero también a los que la seguían.

-¿Cómo valora el estado actual de

la nueva trova cubana en cuanto

a sus exponentes y fortaleza?

La Nueva Trova fue un momento al que perteneció un determinado grupo de creadores. Se le llama así porque en esa época se le llamaba nuevo a todo. A partir de las palabras revolución y cambio comienzan a nacer nuevas cosas y viene la nueva escuela, la nueva salud, las nuevas construcciones y la nueva canción, pero yo soy de los que opinan que la trova es una sola.

La salud del género nunca ha estado mal, realmente hay gente haciendo música buena e interesante. Pero, ¿cómo te enteras de eso? ¿Cómo accedes a ella? Lo sé porque me muevo mucho en ese mundo, estoy en la organización del Festival de la trova y por el programa que conduzco. Creo que tiene muy buena salud, pero realmente no hay forma de saberlo porque los medios están saturados de otros géneros musicales y este casi no se ve u oye. Somos pocos los trovadores visibles en Cuba.

-¿Qué pudiera decir acerca de los

espacios de promoción de la trova?

Hay algunos. Conozco realizadores, radiales sobre todo, que gracias a que tienen programas que son revistas culturales, con un amplio espectro de temas a abordar, pues le dan cabida a la trova. Hay gente que quiere o necesita un programa que sea puro entretenimiento. A partir de ahí, comienza a mermar la posibilidad de que la trova pueda estar en esos espacios.

En la televisión, en el Canal Habana, hacemos “Entre manos”, que pienso es un programa que debería salir por un medio nacional, ni siquiera estoy pensando en Cubavisión, fíjate, que es un canal emblemático, aunque, ¿por qué no?, si no hay otro programa de trova. Están pasando cosas interesantísimas en provincias, lo que no las vemos. Si no ocurren en La Habana, es como si no hubiesen sucedido nunca.

-Desde su punto de vista y de manera

general, ¿cómo cree que ha

evolucionado la trova cubana?

Todo fenómeno artístico siempre está condicionado por la época en que se dio. La trova ha ido evolucionando en la misma medida en que ha ido transformándose la sociedad. Lo que nunca cambia es que se le canta al amor, los amigos, la familia, la patria, los héroes. Son temas que quizás un bolerista no toque, pero la gente espera que la trova lo haga. Se espera que denuncie lo que quizás las personas no tengan voz para decir en otros lugares. Yo sí creo que ha evolucionado, también creo que tiene que ver con la propia formación cultural de cada trovador. Un compromiso ético y estético con el arte no cambia.

-¿Considera que la trova cubana

actual sigue fiel a los principios

que le dieron origen?

Quien cree que el arte no es solo para ganar dinero y entretener, y conserva su compromiso ético y estético con lo que hace, por supuesto que mantiene los vínculos con los principios de lo que se supone que es un trovador: alguien sincero, que se pone a contar historias, a narrar cosas, a describir y hacerles ver a los demás, o a intentar hacerles ver, que la vida es más que un verso de amor. Entonces, quienes mantienen eso, sí son fieles, aunque no son los más visibles.

-¿Hasta qué punto la aparición y

difusión de otros géneros musicales y

el desarrollo de la tecnología podrían

aminorar el acercamiento

de los jóvenes a la trova?

Lo básico es básico: a lo clásico siempre se regresa. No hay ninguna computadora ni tecnología que sustituya la magia y el encanto de un hombre o una mujer tocando una guitarra y cantando sus emociones.

Pie de foto: Eduardo Sosa conversa sobre la salud de la trova cubana.

 

LA SATISFACCIÓN DE SER ÚTIL

LA SATISFACCIÓN DE SER ÚTIL

Miriam Ferrer Nápoles, una señora de la capital con más de 50 años de trabajo y un extenso currículo que abarca desde telefonista de un hotel hasta “enfermera de la familia” en su barrio, conversa sobre la importancia de ser útil para la sociedad aún en la tercera edad.

Texto y fotos:
DANIELA OLIVA VALDÉS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

“El hombre crece con el trabajo de sus manos”, expresó nuestro Héroe Nacional José Martí. Ejemplo de ello es la labor desempeñada por Miriam Ferrer Nápoles a lo largo de su vida. Una mujer incansable, que evoca con añoranza sus primeros pasos en la vida profesional.

Con 51 años de experiencia en varios sectores, Miriam cuenta la historia de su largo currículo, iniciado desde muy joven y que aún no completa. Soñaba con ser microbióloga, pero terminó siendo mucho más.

Sin duda una persona multifacética fuera y dentro de su hogar. Una mujer amable, que tuvo la paciencia de recibirme en dos ocasiones para poder contestar a mis preguntas.

Al conocer mi interés en entrevistarla, quedó muy sorprendida: “No soy heroína nacional del trabajo, solo una jubilada que no soporta estar en su casa sin hacer nada”. ¿Acaso no resulta ilustre y digno de reconocer una persona que ha laborado en tantas profesiones diferentes, muchas de ellas sin lucro alguno?

Cuando llegué a su casa me encontré con una señora aparentemente mayor, pero con un espíritu muy joven. Con un pulóver rojo que decía: “Voluntariado Social Juvenil”, el que expresaba un poco de su activa personalidad.

Estaba terminando de limpiar la sala, cuando la interrumpí para comenzar la entrevista. Me invitó a sentarme unos minutos para concluir. Antes de iniciar, se mostró muy conversadora y dinámica, sin embargo, fue solamente comenzar a grabar para que sus manos empezaran a sudar y la voz le temblara. 

Le pedí que no se pusiera nerviosa, que esto era solo un diálogo, no un interrogatorio. Entonces comencé a grabar y lancé mi primera pregunta.

Juventud y primeros empleos

»Mi primer empleo fue como telefonista en el Hotel 8 y 19, del Vedado, aquí frente a la casa. Tenía 17 años y necesidad de trabajar, pues mis padres estaban enfermos y yo era prácticamente el sustento familiar. Estaba estudiando en el preuniversitario, pero tuve que comenzar en un curso de Secretariado Comercial.

»Como entré de última, me dieron el peor horario. La jornada comenzaba a las 11 de la noche hasta las 7 de la mañana. Durante el día ayudaba a mis padres con los quehaceres de la casa e impartía clases de mecanografía, para practicar lo que había aprendido en el curso.

»Al mismo tiempo, cuidaba niños y los repasaba. Antes, las escuelas primarias eran de una sola sesión de clases, y las madres se volvían locas con esos muchachos, así que los ayudaba a hacer las tareas en mi casa y terminaba haciéndoles un cuento.

»Después, en 1966, comencé como administradora de una guarapera, en la esquina de 15 y 10, del Vedado. Me acuerdo que entre cinco administradoras que se presentaron, me escogieron a mí. Aún no sé el porqué. Continué como administradora en las cafeterías El Bulevar de 23 y luego en Los Chavales, de Paseo y Zapata.

»Posteriormente, me solicitaron en el Instituto Nacional de Industria Turística (INIT), como se llamaba antiguamente, era en el Edifico FOCSA. De ahí fui captada para trabajar en el organismo central del INIT como secretaria de abastecimiento.

»Entonces crearon la Empresa de Servicios de Abastecimiento a la Gastronomía y fui trasladada a ese organismo, donde estuve casi siete años. Allí un compañero me propuso ser secretaria del departamento de estadísticas del Comité Estatal de Colaboración Económica«.

De secretaria a mucho más

»Cinco años después comencé a trabajar en el Ministerio de la Construcción, a través de un primo-hermano que vivió mucho tiempo en mi casa.

»De pequeños, él me decía: “Cuando sea jefe, tú vas a ser mi secretaria”. Le respondía que él iba a ser barrendero y yo empujaría el carrito de la basura. Pero por cosas de la vida, al él concluir sus estudios en la Unión Soviética, lo promovieron a Director Nacional de Construcciones Hidráulicas, y se acordó de mí. Allí estuve 13 años como su secretaria y guardo un montón de buenos recuerdos.

»Mi mamá continuaba enferma, por eso busqué traslado para el hospital materno Clodomira Acosta, por estar más cerca de mi casa. Disfrutaba ese empleo porque trataba con los bebés, ¡y a mí me gustan tanto! Fui secretaria de la directora del hospital, hasta el año 2001, cuando tuve que jubilarme por problemas de salud.

»Claro, para la familia siempre hay tiempo. No soy un robot, ni nada de eso. He estado casada en dos ocasiones, y atendí mi casa en todo momento, como cualquier persona. Hacía los mandados, limpiaba, cocinaba, atendía a mi madre…«

Suena el teléfono e interrumpen la conversación. La requieren para inyectar a un vecino. Al parecer, la vida laboral de esta secretaria-administradora-enfermera, no acaba nunca.

Multitareas de su barrio

»Como ves, todavía sigo trabajando. En mi barrio hago de todo. Lo mismo tomo la presión que inyecto, cambio la zapatilla de una pila, enciendo el motor de agua del edificio, les pago las facturas del agua y la luz a los vecinos, y hasta le cuido la perrita a una amiga cuando se va de vacaciones. Así me siento ocupada.

»Exacto, soy la multitareas de la comunidad. Siempre elogian mi fortaleza, a pesar de que ya tengo 68 años. Incluso, cuando cursaba el sexto grado alfabeticé a cinco personas en la ciudad, porque mis padres no me permitieron ir al campo tan joven.

»Aunque estoy jubilada hace 13 años, no paro en mi casa. Me gusta sentirme útil para la sociedad y colaborar en el barrio en lo que necesiten. Actualmente ayudo a mis vecinas con los mandados.

»No me siento una mensajera como tal, sino una ayudante en las cuestiones de la alimentación. Muchas de ellas tienen niños pequeños, o son doctoras, y están tan ocupadas que no tienen tiempo ni para ir a la bodega, así que yo les colaboro en la compra de la canasta básica«.

Gratos recuerdos

»Bueno, todos los trabajos me gustaban. Como secretaria quería ir más allá, y conocer lo que se hacía en cada lugar. En el MICONS, iba a las obras hidráulicas en ejecución, para tener “tamaño de bola”. Visité obras desde Pinar del Río hasta Camagüey. También fui dirigente sindical, ocupaba la secretaría organizativa del área de ingeniería durante el tiempo que estuve en la construcción. Y me agradó mucho por el trato directo con los obreros. Ya en el Clodomira Acosta, disfrutaba ver los partos«.

Más joven que nunca

»Por supuesto, mi labor actual es muy gratificante, me siento útil para la sociedad, además de las cuestiones monetarias, que igualmente son importantes.

»Tengo seis décadas encima, pero con más energía que muchas personas de veinte años. Ahora los jóvenes lo quieren todo fácil. Ellos piensan que el dinero cae del cielo. Creo que en las escuelas se debería de incentivar más el amor al trabajo. No todo puede ser andar por ahí inventando, o “luchando”, como les gusta decir a algunos.

»Como expresó José Martí, el trabajo dignifica al hombre. A mí en especial me ha ayudado porque he aprendido a hacer de todo, desde administradora hasta “plomera” y, principalmente, me ha sacado de la inutilidad que puede sentir cualquier personal al jubilarse«.

La vitrina de la sala estaba repleta de fotos familiares. Así que me ante la curiosidad, le pregunté.

La Miriam del día a día

»Ahora mismo vivo con un sobrino. Después que murió mi madre y mi segundo esposo, estuve sola por un tiempo y, hace cinco años, albergué a una prima mía y a su familia, de Candelaria, a quienes se les cayó la casa por un ciclón. Luego ellos se mudaron para casa de un tío, y el hijo de ella se quedó aquí conmigo. Él me hace compañía y también me ayuda mucho en la casa.

»¡Me fascinan los animales! Hace unos añitos tenía una perrita llamada Malú. Ella estuvo conmigo catorce años. Fue mi mejor amiga. Era una perra callejera que siempre estaba en la azotea de atrás de mi casa y todas las tardes le daba de comer. Hasta que le cogí mucho cariño, y junto a mi esposo, decidimos adoptarla. Después que murió no he vuelto a tener más mascotas.

»Desde hace algún tiempo ya, soy evangélica pentecostal. Es una religión que cree en Dios, en Jesús Cristo y en la Santa Biblia. Mi casa es la sede de una cédula cristiana, donde nos reunimos todas las semanas para orar y hacemos actividades. Siempre preparo la pasta de bocadito de las reuniones porque me encanta cocinar.

»¿Mis hobbies? Como te acabo de decir, uno de ellos es cocinar, adoro inventar platos en la cocina. Mi ex esposo decía que era una inventora. De igual forma, cuando estoy limpiando me gusta escuchar música clásica, hay personas que dicen que es aburrida, pero a mí, la verdad, me ayuda a concentrarme mejor. También de vez en cuando veo mis novelas y converso con las amigas del barrio.

»Bueno, apodo en sí, no tengo. Algunos amigos me dicen “Mirita” en forma cariñosa. Pero recuerdo que mi madre, cuando me regañaba, decía: “Miriam Virginia”, y ya sabía que cuando me llamaba por el nombre completo, estaba brava«.

Solo me queda preguntarle: ¿Qué le hubiera gustado ser a Miriam Ferrer Nápoles si no hubiese sido tantas cosas?

»Yo siempre quise ser microbióloga. Desde que estudiaba en el preuniversitario, ese era mi anhelo, pero no se pudo«.

Pie de fotos: Miriam Ferrer Nápoles asegura tener 68 años y trabajar con la energía de 17.

MÁS DE MEDIO SIGLO PINTANDO UÑAS

MÁS DE MEDIO SIGLO PINTANDO UÑAS

La matancera Nela Ortiz, ha consagrado su vida a ejercer el oficio de manicura.

Texto y foto:
MILENE MEDINA MARTÍNEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En un lado de la cocina, la mesita que la identifica y la ayudó a lograr todo lo que tiene. En su mano derecha lleva el bastón de apoyo para poder caminar y es precisamente este el que marca la diferencia, ella ya no es la misma joven dispuesta y trabajadora, capaz de llevar juntas las tareas de la casa, la crianza de su hija y su trabajo.

Nela hoy tiene 82 años y ha dedicado toda su vida a pintar uñas, 58 años consagrados a este oficio que no se reconoce y es tan necesario como cualquier otro. Gracias a su elección por ser manicura pudo salir adelante y hoy contarnos su historia.

“Yo empecé a pintar uñas cuando mi hija Mercedita tenía dos años y ya tiene 60. Lo que me impulsó a elegir este oficio fue la necesidad, imagínate, mi esposo trabajaba en el Matadero (Empresa de productos cárnicos) y ahí tuvo un problema, entonces cayó preso. Yo nunca había trabajado en la calle. Mi prima empezó en una peluquería y me dijo: No te agobies, tú verás como aparece algo; y bueno, así fue, ella me compró los productos y aquí en mi casita, me puse a arreglar uñas. ¡Muchacha, la única manicura que había en todo esto era yo! Con ese dinerito que hice, me las pude arreglar para criar a mi niña.”

-¿Cuánto usted cobraba por el

arreglo de las uñas y cuántas

clientas llegó a tener?

El arreglo sencillo, 15 centavos, y cuando era con color perla, 25. Llegué a tener cantidad de clientas, no sé cuantas exactamente; no, y todavía tengo varias, aunque estoy mayor a veces vienen y se arreglan conmigo, porque parece que les gusta como lo hago. Lo que ahora les cobro 5 pesos, nunca he cobrado más que eso. Las que vienen para que las atienda son mis clientas de antes, personas mayores ya.

-¿Usted pintaba las uñas de

las manos y las de los pies?

No, yo sólo pintaba las manos, mi hermana "China", se encargaba del arreglo de los pies. Aunque antiguamente, allá por el año 1957, que fue cuando más o menos empecé, no se usaba arreglarse los pies, sólo las manos.

-Nela me comentaba que además de

ser manicura, antes que triunfara

la revolución estuvo vinculada

a otro oficio. Cuénteme

de qué se trataba.

Me conseguí un trabajo en una Agencia dedicada a la venta de santos, aunque seguí arreglando uñas los fines de semana. El chofer nos dejaba a mí y a mi compañera en una acera para comenzar a vender las imágenes. Nosotras dábamos la propaganda diciéndole a las personas: ¡Ay, pídale a la virgencita para que traiga la paz y tranquilidad a todos los hogares que tanta falta hace!, y vendíamos. En ese trabajo ganaba un poquito más, aproximadamente 15 ó 20 pesos semanales, que en aquel tiempo era bastante.

“Mira te voy hacer una anécdota de cuando trabajaba allí. Estábamos un día en el Pisicorre (carro antiguo), y el chofer tenía bonos del 26 de Julio, que yo no lo sabía, me lo dijo él después y le comenté: ¡Ah, no te preocupes, no va haber problema! Pero cuando salimos para la calle nos detiene un caballito, si menos no recuerdo aquel policía era un negrito llamado Vinajera. Inmediatamente nos pusimos a inventar, al ver que en su bolsillo derecho tenía una pluma con una foto de Batista, entonces comenzamos a decirle: ¡Qué bonita esa pluma, regálamela!; y él: No se la puedo regalar a ninguna de las dos porque esto es un recuerdo. En fin, lo embobecimos de una forma que ni nos registró el Pisicorre, porque si no...."

Ante la historia, ambas sonreímos porque sabíamos en que concluía. Se levanta de la butaca donde está sentada, va a la cocina, toma un poco de agua y vuelve a nuestro punto de encuentro: la sala de su casa, sitio donde la esperaba impaciente, con mi cuestionario en las manos, haciendo tiempo para que se acomodara y hacerle otra de mis preguntas.

-¿Qué no le debe faltar a una manicura?

Considero que inteligencia, al público hay que atenderlo bien, tener en cuenta sus sugerencias y, por supuesto, ayudarlo también con la selección del color que se quiere dar y nunca contradecirle. Si es necesario, hay que dejar de hacerlo todo para prestarle atención a la persona que llegue, porque si no después vienen los comentarios, entonces se van yendo los clientes, y no puede ser mijita, ¿tú me entiendes?

-¿Alguna persona ha pasado

de ser cliente a amiga suya?

Como no, incluso muchas de esas viejas amistades son las que vienen hoy aquí para que les arregle sus uñas, me dicen que les gusta como yo las pinto y que no se hayan si se lo hace con otra persona. Hago lo que puedo para que salgan conformes de aquí, por lo menos todavía tengo vista.

-¿Y usted, usa espejuelos?

Antes usaba espejuelos, ya no. La ciencia hoy está muy avanzada y me operé de cataratas hace unos meses, ahora lo que veo demasiado…

Aunque había risas, la conversación se detenía a ratos. A la manicura del barrio se le borraba la mente y cuando ello pasaba la angustia se aparecía delante de ella; a mí sólo se me ocurría decirle que no se preocupara que ojalá llegara así a su edad, y pueda tener una vida tan interesante como la suya. Parece que mis palabras funcionaban, porque en cuestiones de segundos me decía: Bueno, arriba, ¿cuál es la próxima pregunta?

-¿Cómo se planificaba, arreglaba por

orden de llegada o daba turnos?

Por orden de llegada. Mientras no venía nadie, iba adelantando los quehaceres de la casa, en la cocina u otra cosa, porque si no después el tiempo no me alcanzaba. Pero en cuanto me tocaba alguien la puerta, soltaba lo que hacía para atender a mi clienta, ¡imagínate!

-Me atrevería a decir que usted es una

de las primeras personas que tuvo licencia

para ejercer el oficio de manicura.

Pues sí, saqué la licencia inmediatamente cuando empezaron a darlas. Lo hice para no tener que trabajar escondida, para estar con la ley y tranquila. No recuerdo bien en qué año la obtuve, pero si sé que fue hace mucho tiempo de eso. Y bueno, la entregué ya, porque como no arreglo a casi nadie, solo a las dos o tres amigas mías que vienen aquí, como ya te dije, y que por compromiso las atiendo, no tengo dinero para pagar esa licencia ahora.

“Yo cobro 200 pesos de la jubilación mi esposo, de ahí me descuentan los 57 del refrigerador, más el dinero de los medicamentos, que tomo muchos. Mijita, en medicinas hay veces que me gasto 70 pesos, fíjate que en ocasiones llego a la casa con 60. La suerte mía es que vivo con mi hija y ella me ayuda con los gastos de la casa, si no, no me alcanzaba para nada. ¿Cómo iba a seguir pagando esa licencia?”

-Hubo días que usted estuvo trabajando

desde temprano hasta por la noche

sin parar, ¿alguna anécdota?

¡Ay hija!, un día estaba arreglando uñas desde por la mañana y era ya de noche. La posición de nosotras las manicuras de trabajar es muy incómoda y tenía dolor en la espalda, pero no podía dejar de atender a esa clienta, entonces le dije: Voy un momentico al baño, y camino hacia allí, me recosté un rato en la cama para estirar la espalda y muchacha, me quedé dormida. A los minutos, viene mi hermana y me despierta: Nela, ¿qué tú haces ahí?; y yo: ¡Ay, cállate, China, que me quedé dormida!, después fui y terminé de arreglarle las uñas a la señora que estaba esperando.

-Y su hija y su nieta, ¿no se

han inclinado por lo mismo?

No, ninguna de las dos, Mercedita y Solanger, son cocineras. Ellas trabajan en el restaurante “Mi casita”, aquí en Matanzas. Cocinan riquísimo y se han especializado en  varios platos. Bueno, y hablando de cocina, ¿vamos hacer un poquitico de café? Seguro a ti te gusta el café, porque a todo el mundo le gusta.

Accedí a su invitación, sin pretexto alguno. Nela no se equivocaba, me encanta el café, creo que la reacción de mis ojos ante la propuesta fue evidente. En lo que colaba, me dio un recorrido por su casita y mostró las fotos de toda la familia, desde sus padres hasta los nietos. Nostálgica, se mostraba en ese instante, pues hoy la mayoría de sus seres queridos no están, unos por ley de vida y otros por buscar la suerte en otras partes del mundo. Finalmente, el olor indicaba que ya estaba listo. Ahí comprobé que Nela no sólo es buena manicura, hace un café… que me recordaba al de mi abuela Zoraida.

-¿Considera que el trabajo de

manicura es importante? ¿Por qué?

Claro que es importante, la mujer lo primero que presenta son las manos y todo el mundo se fija en eso. Además, éstas bien arregladas te hacen lucir más fina, elegante, cambian por completo tu imagen. Yo tengo 82 años y me retoco las uñas todas las semanas. No recibo visita alguna o salgo a una consulta de médico o a ninguna otra parte si no tengo mis uñitas pintadas.

“Te voy a hacer otra de mis anécdotas: hace dos años empiezo a tener un dolor muy fuerte en el pecho y llamo al hospital a ver si el que estaba de guardia era mi médico, y sí, era él. Cuando llego a la consulta, me dice que tenía que ingresar, la suerte que iba bien vestida, con las joyitas que yo me pongo, y por supuesto, las manos bien bonitas, si llego a ir mal arreglada para quedarme en el hospital, ¡qué vergüenza! ¿Verdad?”

-¿Se siente satisfecha por lo

que ha logrado con su trabajo?

Con este oficio adquirí muy buenas amistades que todavía conservo. Esta casa era antes de madera y mira hoy como está, la pude hacer de placa con el dinerito que gané arreglando uñas. Todo lo que tengo se lo debo al trabajo, y sí, me siento satisfecha con lo logrado.

Los momentos difíciles hicieron que esta señora de cualidades humanas grandiosas, descubriera el arte que llevaba dentro, arte que le propició muchos beneficios: amistades, comodidad y un empleo digno, necesario en la sociedad. ¿Cuántas manos de mujeres han pasado por las suyas?, las suficientes para hacer historia y convertirse en un icono de la calle Álvarez, donde comenzó y aún no termina para ella, pues fuerzas para continuar tiene, sólo que esta dama de ocho décadas no posee el mismo espíritu de hace 58 años.

Aquella tarde de la entrevista me fui de su casa con dos grandes satisfacciones: la de haber conocido la historia de una mujer luchadora, y la de salir de allí con el sello de su creación en mis manos.

EL SEPULTURERO DE SANTA CRUZ

EL SEPULTURERO DE SANTA CRUZ

José Francisco Pérez de Valle trabaja en el cementerio de Santa Cruz de los Pinos, en el municipio artemiseño de San Cristóbal, desde los 17 años de edad A su padre debe el oficio.

Texto y foto:
LÁZARA THALÍA FUENTES PUEBLA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El cementerio se ha convertido en su refugio por más de cinco décadas. El amor por su profesión y la abnegación lo han transformado en un ídolo para un pueblo pequeño: Santa Cruz de los Pinos, en el municipio artemiseño de San Cristóbal. José Francisco Pérez de Valle, “el sepulturero”, tiene una historia por contar: 52 años al servicio de todos.

La mirada penetrante y una gruesa voz complementan con su temple y fuerte carácter. Algunos lo usan para asustar a los pequeños, así como hablan y llaman al Coco y al Hombre del Saco. De chica temía acercarme a él, incluso, corría a esconderme detrás de la falda de mi madre cuando se aproximaba a saludarme, porque él es así, le encantan los niños. Yo no lo sabía antes, ahora estoy segura de eso.

Llegué al cementerio y se encontraba en las labores del día. Sin camisa, cansado, y la gotas de sudor corrían por su cuerpo. Estaba cortando las malas hierbas que destruían la imagen de aquel lugar. El sombrero de guano y la guataca en mano describían su personalidad. Interrumpió su trabajo y pasamos a su pequeña oficina.
La plática comenzó con una rotunda afirmación:

-Antes que me lo preguntes, yo no le temo a la muerte.

Sus palabras rompieron con el silencio que prevalecía en aquel lugar. Quedé callada por unos segundos, lo miré a los ojos y empecé el diálogo.

-¿Por qué asegura que

esa será mi interrogante?

Sé que todos se preguntan lo mismo y no tengo miedo de decirlo. No le temo a la muerte ni a nada que tenga que ver con eso. Desde los 17 años de edad trabajo en el cementerio, mi familia era pobre y no me quedó más opción que seguir los pasos de mi padre. Él amaba lo que hacía y se levantaba cada día antes que el gallo cantara, porque decía que para descansar, el cementerio, y que todavía no era su turno. Yo iba con él, nunca tuve miedo. Lo ayudaba a barrer y cuando aprendí a escribir me encargaba de llevar los papeles al día. Cuando murió, por ser el mayor de cinco hermanos, me quedé como el hombre de la casa. Los empleos en ese tiempo estaban perdidos, y si no era de sepulturero, ¿de qué iba a ser?

-¿Y dónde aprendió a escribir?

Apenas nos alcanzaba el dinero para comer cada día. Recuerdo cantidad de noches que mi estómago no probó nada. Me acostaba rápido porque así se me olvidaba el hambre, pero aquí estoy. Bueno, volviendo al tema, por allá por Aspiro, como a dos kilómetros de donde era mi casa, una maestra daba clases, dos o tres veces por semana a unos veinte niños, lo básico, lo demás me lo enseñó la vida. Iba caminando, llegaba muerto de cansancio. Nunca quería ir, pero le hacía caso a mi padre, si no la “tunda” no me la quitaba nadie. No sabes cómo se lo agradecí, pues cuando triunfó la Revolución, pude concluir el noveno grado. Todo fue más fácil, ya que tenía los conocimientos elementales.

-¿Nunca le interesó estudiar

una carrera universitaria?

A mí no me gustaba mucho la escuela, además era feliz siendo sepulturero. No tenía temperamento de médico, ni nada de eso.

(Miraba con ansias el reloj en su mano, lo noté inquieto, como si esperara por algo o alguien).

-¿Qué le sucede, se le acaba el tiempo?

Discúlpame, pero ya debe de llegar el cadáver de una joven que murió ayer en la tarde y me toca organizarlo todo para el entierro. ¿Te molestaría esperar por mí?

-No se preocupe, haga su trabajo, le respondí.

Un rato después volvió para continuar la conversación. Notaba la tristeza en su mirada y aunque trataba de disimular, su actitud ya no era la misma.

-Cómo no voy a estar triste, contestó ante mi nueva pregunta. Llevo ya trabajando en el cementerio alrededor de 52 años. Me he acostumbrado a todo, menos a la tristeza cuando me toca enterrar a alguien. ¿Cómo se va acostumbrar uno a la tristeza? Por aquí pasan hijos, madres, amigos que han perdido a alguien que quieren mucho. Yo sé que duele muchísimo, porque se me murieron mis padres y dos hermanos. A mí me toca estar en ese momento de dolor, pero siempre trato de que sea lo mejor posible.

-Antes de salir observaba

con detenimiento el reloj,

¿qué piensa del tiempo?

Es uno de los principales tesoros que existen, hay que aprovecharlo, por eso siempre estoy trabajando, me gusta y empleo el mío de esa manera.

-¿Qué opina su familia sobre

el oficio de sepulturero?

Mi esposa me conoció siendo lo que soy, a ella nunca le ha importado. Nosotros nos amamos tanto como cuando empezamos hace 40 años. Mis tres hijos, siete nietos y un bisnieto me quieren a mí por la persona que soy, y punto.

-¿No sienten por algún momento que

usted los abandona? ¿Celos por su oficio?

Ellos saben que soy feliz aquí, en mi cementerio. Nunca los he dejado de querer, ni lo haré. Me entienden y es lo importante.

-¿Es cierto que asusta a los niños

con historias de fantasmas?

Te voy a confesar que me gustan mucho los pequeños. Ellos son muy curiosos y no soporto que se metan al escondidas en el cementerio y algunos entran sin permiso. Por eso los asusto con historias de fantasmas que rondan por los alrededores de las tumbas. No lo hago con mala intención y los padres saben eso.

-¿No teme que esas historias…?

Mire, señorita, yo creo que hay que temerle más a los vivos que a los muertos. Si creyera en fantasmas o historias de terror, ¿no cree que trabajaría en otro lugar lejos de tumbas y esas cosas? Es cierto que he pasado buenos sustos. Imagínese, yo solo en el cementerio, todo tranquilo y en silencio, llega alguien por detrás y me toca la espalda: el brinco lo doy en el cielo. Eso es como el cuento del taxista que tiene un accidente, porque el pasajero le toca el hombro, claro, si antes era chofer del carro del muerto. Entiéndeme, no es que yo sea cobarde ni nada de eso.

-¿Dicen por ahí que usted

tiene poderes mágicos?

(Por unos instantes detiene la conversación, para reírse, entre dientes)

Por supuesto que sí. A la gente le gusta hablar lo que no es, inventan de todo. Yo no soy mago, ni brujo. Mi padre me enseñó a curar los males de estómago y a quitar dolores musculares. Lo hago a partir de masajes y plantas medicinales. Claro, como trabajo en el cementerio, piensan que soy una especie de hombre con súper poderes. Eso son solo mentiras.

-¿Hay satisfacciones en su oficio?

Para responder a esa pregunta le voy a responder lo que me pasó el otro día. Llegó una mujer, alta, de buen carácter, y comenzó a llorar desconsoladamente. Le pregunté qué le pasaba y lo único que me dijo fue: gracias. No entendí, hasta que me explicó que esa era la tumba donde descansaba su esposo y que siempre estaría agradecida conmigo por cuidar de él. A pesar de la tristeza, sentí gran satisfacción de saber que la gente valora y está sarisfecha con mi labor.

-¿Y las insatisfacciones?

Me duele mucho cuando veo alguna tumba deteriorada, cada parte del cementerio lo siento como si fuese mío. Claro, después de tantos años he convivido más tiempo en este lugar, que en mi propia casa. He renunciado a estar con mi familia por cuidar de este pedacito de tierra. Siempre hablo con los que visitan el lugar para que traigan flores, o que simplemente lo hagan más seguido, porque, en definitiva, aquí hay un fragmento de su historia, y es donde terminamos todos.

-¿Qué piensa de las personas

que se dedican al comercio

ilegal de restos humanos?

Desde que estoy aquí he luchado incansablemente contra esa práctica. Es de carácter grave la profanación de las tumbas y que se perturbe el descanso de los que aquí se encuentran. Tales hechos deben acabarse y cada quien luchar para que así suceda, de la misma forma en que lo hago yo. Estoy siempre atento de los visitantes y en la noche el custodio y los miembros del CDR se encargan de la vigilancia.

-El cementerio es muy solitario,

¿le parece aburrido lo que hace?

A mí me gusta mi oficio y cuando disfrutas lo que haces, no hay aburrimiento que valga. Aunque no lo creas, aquí hay bastante trabajo. Llenando solamente papeles me paso todo el día. El resto lo dedico, en caso de que no haya entierros o exhumaciones, a barrer los pasillos, a quitarle las hojas secas y el polvo a las tumbas, así como lo hacía mi padre. Cada vez que lo hago lo recuerdo y estoy seguro que donde él esté, se sentirá muy orgulloso de mí.

-Hizo referencia a las

exhumaciones, ¿qué

siente en ese momento?

Es bastante difícil. Tengo que mantenerme fuerte y estar apoyando a las familias. A mí me ha tocado hacerlo con la mía, por eso cuando estoy realizándolas me siento triste. Trato siempre de sobrellevar la situación y que todo se a lo más rápido posible.

-Quizás esta sea una pregunta

clásica: si no hubiese sido

sepulturero, ¿qué sería ahora?

Ya le comenté que no tengo disposición de médico, ni nada de eso. Yo creo que si no hubiese sido sepulturero…, es mejor no pensar en qué sería. Estoy bien en mi trabajo y no me interesa nada más. No me importa si el nombre es feo o si la gente piensa que mi oficio “asusta”.

-¿Tiene idea de quién será el

próximo sepulturero de Santa Cruz?

Ni la más mínima, este oficio no es solicitado. Solo espero que quien ocupe mi lugar lo ame tanto como yo

(Ya quedaba poco tiempo, miraba su reloj, pero temía decirme que mi turno se acababa porque el cementerio estaba a punto de cerrar. Solo me faltaba una última pregunta)

-Y cuando le toque su turno…

Que me toque cuando Dios quiera, yo lo aceptaré. Me iré feliz porque sé que mi vida ha valido la pena.

(Bajó la cabeza y el silencio se aferró nuevamente del lugar)

Pie de foto: El sepulturero de Santa Cruz dedica parte de su tiempo al cuidado y mantenimiento del cementerio.

COSIENDO LA HISTORIA

COSIENDO LA HISTORIA

De tierra eslovaca llegó a la Isla una artesana peculiar. Nada le ha permitido despojarse de su arte. En Cuba encontró el amor, construyó una familia y halló la inspiración que, aún hoy, la protege de la muerte.

Texto y foto:
KRYSTEL ASPILLAGA ROJO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Con el vientre cargado del fruto de su amor por un cubano llegó a nuestra tierra hace 45 años la eslovaca Katarina Pedrosová. «Fue una larga travesía en barco, en la que por poco pierdo el embarazo. Poco antes de embarcar, mientras buscaba los alimentos en conserva que llevaría, una gitana me persiguió. Quiso decirme el futuro varias veces, al parecer tenía visiones de males próximos. No sé. Lo cierto es que durante el viaje, que duró varios meses, me dieron unos dolores muy fuertes, y estuve en reposo. Mi hija Alicia, la mayor de los tres, nació aquí, en La Habana.

«De mi tierra traje conmigo la pasión por la artesanía y un montón de recuerdos que siempre me acompañan. Soy de padres húngaros y nací en Eslovaquia. Ahí viví los sucesos terribles de la Segunda Guerra Mundial y aprendí, entre otros oficios, la costura en todas sus modalidades. De pequeña me detenía a ver las piedras de los ríos, sus colores; me encantaban los colores y dibujaba mucho. La  artesanía viene de la niñez, aprendí a coser, primero a zurcir, gracias a mi madre que me dio la tarea de hacer las medias a los varones y que quedaran bien. Yo hice mi vestido de bodas y de  graduación».

Así  me contó, Katarina Pedrosová, una ilustre mujer que descubrí recientemente, gracias a una amiga que comentó de su existencia. Toqué a la puerta de su casa en El Vedado capitalino, donde todavía comparte los infortunios y las alegrías con el mismo cubano que siendo joven conoció.

Ahí estaba ella, de estatura mediana, cabello blanco y piel de cera. Sus ojos transparentes parecen no haber envejecido. La mirada y la palabra denotan madurez, fuerza y experiencia y por momentos intimidan.

El encuentro transcurrió en el comedor. Sobre la mesa los adornos navideños que cada año, por esta fecha, realiza con esmero. A un lado, la máquina de coser, la primera que encontró a su llegada a Cuba y que ha utilizado desde entonces. «Es aquí donde hago gran parte de mis artesanías», dijo. En las paredes cuelgan unos platos antiguos rusos y eslovacos, confeccionados a mano, que tienen gran significado para ella, sobre todo los de su tierra natal. “Son parte de mi historia”, comenta mientras le cose el sombrero a un Santa Claus.

«La navidad es muy  importante para mí. Cuando la guerra, todo estaba destruido, yo tenía cinco años y era la hermana mediana, pero recuerdo que no le temía a nada. Mi padre era pastor protestante. Una vez llegó un hombre del ejército alemán y le dijo que tenía 24 horas para enterrar a sus muertos. Salimos de la casa y encontramos un bosque, allí había un lugar con condiciones para el entierro. A mi padre lo llamaban para ese trabajo, pero el no cobró nunca, tenía que ser que de buena voluntad le dieran algo. El guardabosque alertó a mi papá que teníamos que salir rápido porque nos buscaban para matarnos. El buen hombre brindó refugio en su casa.

«Estando ahí, los muchachos que éramos entonces, salimos a jugar con la nieve y mi papá, para alegrar el momento, nos preparó una sorpresa. Encontramos en esa casa prácticamente vacía, en aquel ambiente interrumpido por el ruido de las bombas, que al explotar estremecían el suelo, un árbol de navidad adornado solamente con velitas»…

Una lágrima se guarece en su mejilla. «Demasiados recuerdos», dice. “Ese día tomamos leche de vaca. Fue la mejor navidad que he tenido. La navidad hay que celebrarla siempre, siempre, siempre,  en los buenos y malos momentos”.

Con un español casi perfecto, Katarina evoca pasajes de su vida. «Llegué a la artesanía por necesidad. Todos los días tenía que tejer, hacía cuatro mangas de abrigos al mes. Esto era importante para comer y vestirse. Mis primeros zapatos me los compré a los 15 años. Mi mamá decidió que fueran de talla más grande “por si te crece el pie”. Así era nuestra vida. De niña aprendí también la jardinería y trabajé, gracias a mi papá, con las colmenas de abejas. Fueron tantas cosas, las enseñanzas de mi vida vienen de las necesidades. Mientras que los niños de hoy no tienen obligaciones, solamente deben estudiar y divertirse».

Katarina tiene 75 años, tres hijos y un montón de nietos. Estudió en Europa dos carreras universitarias (Geología e Ingeniería Civil) y domina varios idiomas, entre ellos húngaro y ruso. Cuando cose parece brotar de sus manos una especie de luz, que debe ser magia. Gran parte de los adornos que hay en su casa fueron confeccionados por ella.

-Usted es miembro de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACCA). ¿Qué trabajos realiza y con qué técnicas?

«Ahora hago de todo con la tela: carteras, manteles, cortinas... Con la técnica del parche, hago cuadros de parches, también con él  simulo el vitral. Aplico el batic, una práctica que necesita de tintes y cera de velas y del panal de abejas para poner en los cuadros de tela y así hacer el dibujo. Hice un Che utilizando el batic y otro cuadro dedicado a los Cinco Héroes, el cual obtuvo premio durante una exposición realizada en el poligráfico del periódico Granma. La obra tiene cinco esferas  grandes de color rojo, cosidas a mano; aquí también empleé la técnica del batic… Esas esferas representan las barreras a derribar por la prensa, para que el caso de los cinco cubanos antiterroristas llegue con claridad y veracidad a todas las regiones del mundo.

«Ese otro cuadro, el del violín, también es hecho a parches. Nació de la partida de mi hijo hacia Canadá debido a los éxitos que tuvo en la gira. Él es violinista y por eso utilicé el instrumento. Tengo también dos hijas que no viven en Cuba, pero él es el menor y muy apegado a mí. Cuando supe que se iba, cosí llorando cada parche.

«¿Ves esa lámpara de arriba?, le tejí la pantalla, lo que cubre el bombillo, también esos tapices para adornar los sillones, las paredes y los muebles de la sala. Es que me gusta decorar la casa con mis trabajos. También hago collares aprovechando elementos de la naturaleza, uso cristales, piedras del mar, ramas y hojas secas de los árboles».

-¿Cómo conoció a su esposo?

«Es una historia muy larga. Resulta que por el sindicato gané unas vacaciones en un hotel. Era muy joven. Tenía solo veintitantos años y compartí esos días junto a una pareja mucho mayor que yo. Mi madre me avisó sobre la apertura de las matrículas para las mujeres que querían estudiar la carrera de Ingeniería Civil. Me sentí desesperada porque debía prepararme, pero allí no tenía libros para estudiar. Estos amigos ayudaron mucho en ese momento de euforia. Decidí presentarme a los exámenes de ingreso sin prepararme, aunque poco después supe que las pruebas no eran hasta el próximo año, en ese momento sentí alivio porque tenía más tiempo y por tanto podía disponerme mejor.

«Después de unas semanas en el hotel, encontré a un joven cubano, bailamos, conversamos y nos enamoramos, él estudiaba en mi país, luego nos casamos y salí embarazada. Un día me dice que tenía que irse para Cuba a terminar la carrera  y vine con él».

La llegada de Odalys, una amiga, fue el pretexto para detenernos en la conversación y preparar un té caliente (hacía mucho frío) que acompañamos con una mermelada de frutabomba con piña, riquísima, hecha por ella misma. Sabía a compota de zanahoria y su textura semejaba la del membrillo. <>, expresó. Supe entonces que la cocina es otra de sus especialidades y que tiene una despensa con alimentos en conserva que cada año elabora.

-¿Cuándo aprendió a conservar los alimentos?

«En mi país, durante la guerra, mucha gente hacía todo en conserva, recuerdo que teníamos como un cuartico y en él alimentos que se mantenían a 5 grados sobre cero y se almacenaban hasta la próxima cosecha, entre ellos, papa, col,  zanahoria, perejil y otros. También hacíamos vino de manzana y de uva. Además, aprendí a deshidratar hongos comestibles, los recogía en los bosques. Ese era un paseo que me fascinaba.  Deshidratar es una forma de conserva y se puede hacer con las cebollas y las manzanas. Cociné desde niña porque mamá tenía una enfermedad llamada el síndrome de las manos y los pies fríos. Era un problema circulatorio y yo tuve que aprender. Me paraba en un banquito porque yo no llegaba bien a la estufa (las de allá son mucho más altas). Desde entonces me encanta cocinar».

-¿Ha vuelto alguna vez a Eslovaquia?

«Sí, he viajado en tres ocasiones y cuando estoy allá  vuelvo a vivir momentos agradables, recuerdo mi infancia y juventud. En Eslovaquia todavía tengo personas a las que quiero, un hermano, una tía y una gran familia por parte de mi madre, que me crió. Solamente pude estar una vez en casa, el último lugar donde estuvo papá con nosotros; cuando pasé fue desastroso, porque encontré que se desplomó, aún quedan restos, por ejemplo se mantiene el jardín “encantador” lleno de arbustos, rosas y plantas de uva. Ese jardín siempre fue así: de terreno amplio y muy fértil. Recuerdo, al estar allá, a mamá cosiendo, entre otras cosas, sus tapices, aún conservo dos de ellos, son esos verdes que, por cierto, tengo que arreglar. De regreso a La Habana siento nostalgia, pero Cuba me acogió  bien, hay gente muy buena».

Conversando con ella comprendí que el dolor de una vida difícil es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. La suerte casi siempre es fortuita. Katarina entendió que lo único que se consigue en la vida sin esfuerzo es el fracaso.

«Quiero seguir trabajando, ahora me siento mejor de salud, no pretendo romper récords, quiero hacer cosas que le gusten a la gente, quiero enseñar para que aprendan este arte, no solo por el valor económico, sino porque ayuda al espíritu, estimula, recrea. No le temo a la muerte, ¿a la pelona? No, ni pienso en eso, he estado al borde de ella en dos ocasiones»…

Katy, como la nombra cariñosamente su familia, ríe todo el tiempo y se burla de la muerte: «Todavía tengo fuerzas para seguir viviendo porque quiero continuar cosiendo mi historia».

Pie de foto: Recuerdos, obra de Katarina, dedicada a su hijo menor,  confeccionada con la técnica del parche.