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Isla al Sur

SALTANDO OBSTÁCULOS

SALTANDO OBSTÁCULOS

Santiago Antúnez Contreras en sus 45 años de trabajo en el deporte ha adiestrado a recordistas mundiales, olímpicos y panamericanos.

Texto y foto:

YILIAN ARZUAGA PIÑA,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Megan, Chicho y Jacob siempre reciben al visitante con ladridos en la casa de Santiago Antúnez Contreras, en el municipio capitalino de Regla. En la entrada hay un arbolito encendido que anuncia la cercanía de la Navidad.

El ex entrenador de la Escuela Cubana de Vallas, el maestro de los 110 metros, es un hombre sencillo. Tiene ojos grandes y muy expresivos que se mantienen atentos a todos los detalles. Camina hacia el comedor con movimientos pausados para entablar una conversación acerca de la carrera de su vida, tanto en el ámbito familiar como profesional.

Antes de ser vallista, Antúnez fue pelotero por motivación del padre, quien era jugador de béisbol profesional. Más tarde se inclinó por el atletismo, donde encontró su verdadero talento.

Habla con seguridad, como quien siempre tiene la razón: “Los atletas de los 110 con vallas deben ser rápidos, flexibles, coordinados y ser capaces de saltar diez vallas de 106 centímetros, lo que no es tan sencillo como parece.

“En la Escuela Cubana de Vallas enseñamos estilo. Todos los estilos son diferentes, independientemente de la técnica, la estatura, el peso y la velocidad, que también influyen en la carrera”.

Este apasionado de las películas históricas ha entrenado a Dayron Robles, ex-recordista mundial de 110 metros con vallas; a Anier García, campeón olímpico de Sidney 2000; y a Aliuska López, tricampeona panamericana en Habana 1991, Mar del Plata 1995, Winnipeg 1999 y dos veces ganadora de la Copa Mundial (Habana 1992 y Londres 1994).

El entrenador es amante de la transparencia y la sinceridad, a tal punto, que después de las suposiciones con respecto a la lesión de Dayron Robles, determinó jubilarse en abril del 2013, por problemas personales. El 20 de noviembre del 2014 viajó a Brasil por un contrato de dos años, y entrenó a deportistas cariocas como Maila Machado y Eder de Sousa.

Antúnez es realmente exigente en su trabajo. Gracias a su dedicación y seriedad, Maila Machado ganó los Juegos Olímpicos de 2016, con 35 años de edad y tres intervenciones quirúrgicas.

“En la última operación, el tendón de Aquiles se lo dejaron más corto y ella cojeaba. Todo el mundo nos decía que estábamos perdiendo el tiempo, pero mi hijo Kelvis y yo decidimos seguirla entrenando, y pudimos conseguir que el programa de preparación cubana diera resultados relevantes en otro país”.

Santiago, como lo llama su familia, cuenta con numerosos reconocimientos como son El entrenador más destacado, otorgado por la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) y el de Profesor de Mérito de la Universidad Central de Villa Clara.

Una de sus frustraciones es no haber podido tener a tres atletas en una misma final olímpica, aunque tuvo dos oportunidades para lograrlo: una en Atlanta 1996 y otra en Sídney 2000. En ambas ocasiones, las lesiones le impidieron lograr esta meta, la cual hubiese colocado a Cuba en el tercer lugar del mundo en la especialidad, después de los Estados Unidos e Inglaterra.

Entre sus proyectos se encuentra fundar una academia de atletismo en México, país que ha mostrado gran interés en contar con su presencia: “Sería una escuela basada en la técnica que utilizamos en la Isla, que consiste en un adiestramiento adaptado a condiciones económicas específicas.

“Haber sido entrenador del equipo nacional me dio la oportunidad de crear y desarrollar la Escuela Cubana de Vallas, además de compartir con mentores muy buenos, que fueron mis profesores. Ahora se trata de llevar a otros países las experiencias cubanas y seguir poniendo el nombre de la Mayor de las Antillas en lo más alto”.

Pie de foto: Santiago Antúnez Contreras, a sus 69 años de edad, ha recibido numerosos reconocimientos como entrenador del equipo nacional de Atletismo.

LUCHAR PARA VIVIR Y SENTIR

LUCHAR PARA VIVIR Y SENTIR

LÁZARO HERNÁNDEZ REY,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

La risa tiene un papel importante en la vida de Jennifer Aldama Serrano. Para ella las paredes se revelan altas y los sonidos resultan vagas vibraciones, imperceptibles en la práctica. A sus cuatro años, el día a día cobra dramáticos matices, al ser empañados explícitamente por el síndrome de West.

No corre, no camina, ni puede decir que ansía caminar o correr. Los deseos son transmutados en gestos involuntarios sin aparente sentido para el simple observador, pero llenos de significados ocultos e imprescindibles para su madre y su abuela, quienes los han descifrado a través de la atención diaria.

Giros empecinados indican el baño, mientras que una leve entonación delata la luz encendida en su pequeño cuarto. La cuna, incapaz de contener sus frágiles, pero desarrolladas extremidades, está inclinada para evitar que se ahogue ante las frecuentes crisis gripales.

Cuando el viento arrecia, Jennifer no hace nada, se queda inmóvil, cual brahmán ante una muestra sobrehumana de ecuanimidad y va, poco a poco, cerrando los ojos, esos ojos ingenuos que no distinguen el bombillo ni los juguetes, sino una mancha amarilla y unos borrones.

La cargan en el coche y sonríe. “Eso lo hace cuando reconoce la presencia de alguien”, comenta su madre. Cuando reconoce…, ¿pero cómo? ¿Acaso con su mirada o con sus oídos sordos a la vida diaria, pero no al canto de los gorriones?

Camino al hospital, un mar de imágenes se sucede en su mente, todas difusas. En ellas no vio al perro del edificio que siempre ladra ante la presencia de algún conocido, ni el trámite rutinario del universo humano en una guagua; tampoco apreció las menudencias cotidianas ambientadas por el claxon de un automóvil, los niños de la escuela o los vendedores ambulantes.

Era la primera vez que asistía a una consulta en el pediátrico Juan Manuel Márquez. Había sido remitida desde el policlínico de la localidad debido a la lenta evolución de su cuadro, que preocupaba a familiares y allegados.

Las salas, como de costumbre, tenían el insoportable olor al desinfectante, tradicional en hospitales. No obstante, el ajetreo de pacientes e ingresos generaba un clima peculiar, necesidad y dedicación.

Ante el cariñoso “¡Hola, Jennifer! ¿Cómo estás?”, de la doctora Eila, especialista en casos con malformaciones congénitas, vino esa primera sonrisa, para sorpresa de todos.

Al llegar a casa, Jennifer aprendería a compartirla con aquellos que la fuesen a ver. Parecía increíble, a pesar de tener ojos y oídos en merma de sus funciones. Tal vez el amor y el compromiso de nunca abdicar hayan influido en ese acontecimiento. Para el futuro, esta pequeña continúa transmitiendo esperanza en los más difíciles momentos.

La dedicación de sus familiares y el personal médico que la han asistido complementa perfectamente el consejo de Martin Luther King cuando, en discurso ante la congregación de asociaciones antirracistas en 1961, expresó: “Si supiera que mañana se acabara el mundo, incluso hoy plantaría un árbol.”

ENTRE VENENOS E INTRIGAS

ENTRE VENENOS E INTRIGAS

El misterioso caso de Styles fue el primer libro de la escritora británica Agatha Christie.

THAÍS HERNÁNDEZ  LOMBAO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,  

Universidad de La Habana.

No se podría hablar de la novela policíaca sin hacer referencia a la Reina del Crimen, Agatha Christie, conocida por obras como Las Manzanas, Intriga en Bagdad o Muerte en el Nilo;  pero pocos saben que ella, junto al meticuloso belga Hércules Poirot, descifraron su primer asesinato en 1920 con El misterioso caso de Styles. 

Este libro vio la luz gracias la editorial británica Dodd Mead & Company  Inc. y fue traído a Cuba bajo el sello de Arte y Literatura en 1978.

Valiéndose de una profunda descripción como principal acompañante de la fluida narración, además del uso de mapas, logra transportar a los  lectores a la de escena del crimen.

En esta ocasión, tomando como retablo el poblado de Essex, Poirot desarrolla su espectacular show detectivesco que mantiene en tensión hasta la última línea, e incita a reflexionar sobre la psiquis de cada uno de los sospechosos de la súbita muerte de la millonaria Emily Cavendish, propietaria de la mansión Styles.

Luego de que el doctor especula sobre un posible envenenamiento por estricnina, las intrigas entre los propios miembros de la familia van creciendo, ya que tanto los hijos de la difunta, John y Lawrence, su nuevo esposo Alfred Ingelthorp, las sirvientas y su nuera Mary, deseaban apropiarse de su dinero y propiedades.

Todos tenían cuartadas dudosas, pero el pequeño inspector belga deberá hacer uso de sus habilidades para discernir quién de todos es el asesino.

La historia está contada en la voz de Mr. Hastings, amigo común de los Cavendish y Hércules, quien posee gran fascinación por los  casos de misterio y ha sido fiel espectador de cada acontecimiento.

Según las pistas que se van develando, el texto conduce al lector por disímiles caminos y  como investigador en 200 páginas, presupone asesino a este o aquel, pero contrario a predicciones, el final siempre se envuelve en sorpresa inesperada.

Debido a este singular clásico,  Christie se insertó exitosamente en el mundo de la literatura policial, marcando su estilo propio, y convirtiendo a Poirot en uno de los detectives más famosos del mundo.

Ella no se redujo a relatar sobre malhechores, inspectores e intrigas, lo que muchos no conocen es que también dedicó parte de su tiempo al género romántico, mudando la piel de mitigadora de acertijos para convertirse en la enamoradiza  Mary Westmacott.

A diferencia de sus demás escritos, en este se aprecia una parte más humana del ingenioso policía, que demuestra ser capaz de cometer errores y sacar conclusiones apresuradas, detalles que va perdiendo con el transitar del tiempo hasta convertirse en la figura perfecta,  analítica y calculadora.

Más allá del ingenio del asesino, de la cuidadosa planificación de las conspiraciones, los rencores, las envidias e intentos por ocultar los hechos y las pistas, en El misterioso caso de Styles se demuestra una vez más que no existe crimen perfecto.

Pie de foto: Aunque la portada no hace honor al contenido, al abrirla se devela un excelente texto que logra captar la atención desde el inicio (Foto tomada del sitio ecured.cu).

MUNDOS PARALELOS

MUNDOS PARALELOS

EDUARDO ANTONIO GRENIER RODRÍGUEZ,

estudiante de primer de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Aquella tarde descubrí que no existen las distancias. No son tiempos de palomas mensajeras, ni telégrafos, ni operadoras de Etecsa. El mar es agua salada, añeja, triste, incapaz de imponernos soledad. Cuba escapó de la burbuja hace tiempo: dejó de ser ancla para convertirse en puente.

El capitalino parque G se ha convertido en epicentro de multitudes que buscan hacer del ocaso el horario perfecto para trasgredir fronteras. Allí estuve más de treinta minutos maldiciendo a la wifi, al bloqueo, al atraso tecnológico. Por fin logré decirle “hola” a Raúl, el primo que se fue hace doce años. Por primera vez utilizaba el “IMO”.

-Primo, ¿ya tienes Internet en la casa?

La pregunta parece tener un eco, pero me resigno a darle respuesta nuevamente. Ya quisiera yo tener las bondades de la red de redes a tiempo completo. Pero sí cuento con la conocida aplicación móvil “IMO”, cuya magia tecnológica permite a los cubanos observar el rostro de familiares que los kilómetros se empeñan en borrar.

Raulito vive en Virginia, donde el frío hace mella en quienes acostumbran a resistir el calor del Caribe. Me confiesa que extraña muchas cosas de Cuba, sobre todo la comida criolla y el aroma a tabaco de las vegas pinareñas. 

A través de la pantalla le mostré un viejo manicero. Aunque parezca inverosímil, vi lágrimas en sus ojos. Hace más de diez años no se come un maní garapiñado, tiene el dinero para pagarlo en los mercados de allá, pero prefiere renunciar a su sabor, antes de probar uno diferente al cosechado en su Isla.

El paladar se educa con el tiempo y a lo bueno se acostumbra todo el mundo. Al menos eso dicen los que viven allá. Sin embargo, mi primo, rodeado de las cervezas más caras del mercado (que yo moriría por probar), me declara, con voz entrecortada, que solo sería feliz si tuviera en sus manos una botella de la clásica guayabita del Pinar.

Yo, por mi parte, satisfice los deseos de contemplar la nieve. Me atrapó una emoción peculiar cuando me enseñó cómo amoldar un muñeco al estilo de las películas. Parecía cosa de ingenieros, pero mi primo logró la hazaña en menos de cinco minutos. Descubrí algo más: estábamos en mundos paralelos.

Más allá de su rostro, los árboles sienten el peso de los copos de nieve. El paisaje no sabe de colores en esta época del año.

-¿Estás cerca de la casa, Rau?, evita mirar a la cámara y responde.

-No, cerca de la casa estás tú.

Comenzó a temblar, quizás por el frío, quizás por nostalgia, quizás por ambos; en dos pasos entró en el zaguán. Mientras yo, en el borde de una acera manchada de gasolina, observaba el desfile de almendrones por las arterias del Vedado.

Vuelvo la mirada al teléfono. Es de nuevo un objeto inanimado, sin rostro. El cierre de los mundos paralelos se encuentra justamente en el final de esta tarjeta. No hubo despedidas, ni esta vez, ni hace doce años.

UN HOMBRE QUE ALCANZÓ EL CIELO

UN HOMBRE QUE ALCANZÓ EL CIELO

Los enviados cubanos a combatir el virus del Ébola en las naciones de África Occidental dieron una lección de voluntad, valentía y profesionalidad a todo el mundo. Roberto Gómez Castellanos, doctor de una de las brigadas, ofrece su testimonio.

Texto y foto:

MARIO ERNESTO ALMEIDA BACALLAO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Roberto Gómez Castellanos no es solo el jefe de la terapia intensiva del Hospital Militar Mario Muñoz Monroy, de Matanzas; también aparece como un hombre de los más valientes de este siglo.

Lo veo pasar y sin pensar dos veces lo llamo: «Dóctor, ¿cuándo me va a conceder una entrevista?» Me mira sonriente, duda unos instantes y responde: «En el momento que tú quieras, mijo». Es un tipo inteligente, no tarda en descifrar mis intenciones.

Quince minutos más tarde está sentado frente a mí en la mesa de mi propia casa. Rápidamente su memoria recorre medio mundo, y llega en específico a esas tierras de Sierra Leona, en las que retó al Ébola. Yo no hago más que preguntarme cuánta historia se esconde tras sus ojos y rezo para que no escatime en detalles.

-Cuando se expandió la noticia de la epidemia del Ébola, ¿imaginó que Cuba brindaría su ayuda?

Sabía que Cuba enviaría ayuda, pero no pensé formar parte de ella. Ser seleccionado me asustó, me sorprendió, pero me gustó.

-Y la familia…, cuál fue su reacción?

Regular. Ambigua. El niño no se mostró muy sensible en el sentido de ver el riesgo, pero mi mamá y mi esposa, sí. La vieja ya tenía sus prejuicios por la edad y la distancia, y llegó a decirme que prefería que no fuera.

Entonces le recordé una anécdota de mi niñez cuando no quería estar interno y ella me dijo: «Te voy a sacar de la beca si tú quieres, pero cuando te miren en el barrio y te digan “rajao”, ¿qué vas a hacer?» En ese momento se quedó en silencio, consternada, y explicó: «Está bien mijo, pero es que tengo miedo a que te pase algo y no sé si estaré viva para verte cuando vires».

-¿Cómo fueron las relaciones entre los colaboradores cubanos?

Al inicio resultó complicado porque todos éramos hombres y teníamos caracteres muy diferentes, pero luego nos entendimos bastante bien.

Cuando nuestro instructor de la Organización Mundial de la Salud, un psiquiatra, nos convidó a evitar contacto físico con los pacientes, un grupo decidió acatar. Otros teníamos una inquietud: «La opción del psiquiatra es aparentemente buena, pero, ¿qué experiencia tendremos en caso de que uno de nosotros se enferme?», le dije a mis compañeros.

Primero unos pocos y luego la mayoría seguimos la política de intervenir en la enfermedad siempre que fuera posible. Algo que también nos motivó fue sentir que no estábamos en vano en esa situación; si habíamos ido para dominar una enfermedad, no estaríamos conformes con hacer de cosméticos, debíamos actuar.

Aumentó la preocupación por el de al lado. Todos nos manteníamos pendientes de quien tuviera un poco de malestar o algún síntoma, sobre todo de paludismo que nos afectó sobremanera.

-¿En qué medida impactó la noticia del primer cubano muerto?

Ese caso nos dio la sorpresa y el dolor de que es alguien tuyo, que salió de misión y murió, pero no movió mucho temor. El que murió después sí nos impresionó porque ocurrió en plena faena y casi a término de la misión. Evacuarlo a tiempo nos hizo tener grandes esperanzas, pero al otro día, a las diez de la mañana, nos informaron del fallecimiento. Él era irregular en la toma del medicamento profiláctico y resultaba complicado saberlo. Lo sentimos mucho –aprieta fuerte sus puños–.

-¿Cómo los veían los otros colaboradores internacionales?

Ah, curioso. Al principio nos miraban como novatos, un personal excedente del Ministerio de Salud Pública –hace un gesto de desprecio con sus manos–. Esta idea se basó en que muchos de los empleados no tenían vínculo laboral en su país y su opción inmediata resultaba el contrato del Ébola. Pensaban que estábamos ahí porque nos convenía. Su postura parecía un tanto discriminatoria y no contaban con nuestra opinión para tomar decisiones.

Un día me invitaron a recibir el parte de la evolución de Félix Báez, nuestro compañero infectado de Ébola. Evidentemente, nos querían mostrar la enfermedad de una manera, que por estudios personales ya sabíamos que no era. Algo me movió, les dije que no estaba de acuerdo con los posibles protocolos en caso de complicaciones y les demostré con evidencias el porqué. Se sorprendieron al escuchar mi respuesta, pero a partir de ese momento se abrieron más y cambió el idioma con nosotros.

Ellos limitaban el tratamiento endovenoso por miedo a pincharse con la aguja infectada y nosotros, aunque sabíamos que representaba un riesgo, comenzamos a hacerlo; trabajamos de forma más invasiva con el virus y tuvimos grandes resultados. Llagamos al punto de que siempre esperaban por los cubanos para comenzar los procedimientos de riesgo. Nos ganamos su respeto.

En las reuniones y fiestas buscaban contacto con nosotros por las curiosidades de lo que suponía ser de Cuba. Las preguntas sobre Fidel siempre venían. Muchos terminamos siendo amigos.

-¿La experiencia de Sierra Leona le mostró una nueva cara de la vida o acaso de la muerte?

De la vida. A la gente le sorprende si uno ve muchas personas muertas. Desgraciadamente, mi trabajo como intensivista me adapta a este fenómeno. Lo más difícil era cuando nos encariñábamos con un niño y fallecía. Resultaba muy impactante por el vínculo, porque para ganarse su confianza había que invertir parte sensible de uno, de esa porción que un médico tanto tiene que reservar para no afectar su salud.

-¿Cuál fue el momento más emotivo durante la misión?

En la despedida de dos niños jimaguas que fueron dados de alta. Me impactó que reconocieran mi voz y lo que yo había hecho aún cuando en aquellos momentos solo podían haber visto mis ojos y mi nombre escrito en el traje. Ahí fue cuando escribí para Cuba que había llorado por primera vez; y lo hice en verdad.

-¿Quedan secuelas de esa experiencia en su actuar diario?

Permanentes. Los pacientes piensan que yo me limito de sus olores porque ahora paso visita con gorro y nasobuco; a veces se ofenden. Los tranquilizo diciendo que tengo catarro y no quiero perjudicarlos.

-¿Exageran los que lo llaman“héroe”?

Creo que sí. Conozco a muchos que hubieran hecho lo mismo, aunque también a otros que se hicieron los sordos. Fui sin pensarlo; solo dije que allí había personas trabajando y, ¿por qué no yo?  En el sentido de que hice algo extraordinario no lo acepto. Pero no desprecio un gesto de admiración por quien reconoce que fue algo bonito en bien de mucha gente; lo agradezco.

-¿Qué dejó en África?

África es misteriosa y allí se me quedó la deuda de haber vencido ese misterio. Su estilo de vida muestra el principio de la sociedad porque ellos todavía viven en los orígenes. Me recuerdan al cubano antiguo; en Cuba ya no quedan muchas tradiciones, y ellos conservan casi todas.

-¿Piensa volver algún día?

No sé. Creo que regresar a África me gustaría, y si fuera específicamente a donde me quedó la deuda, en Sierra Leona, lo disfrutaría más. Allí, con nuestras diferencias ideológicas, sociales, políticas, raciales, idiomáticas, nos unimos en una idea, en un sueño y levantamos una Torre de Babel. No como la de la Biblia, no como el proyecto; nosotros sí logramos alcanzar el cielo.

Pie de foto: Roberto Gómez Castellanos asegura que en Sierra Leona los médicos cubanos demostraron estar a la altura de los mejores profesionales de la salud del mundo.

Ficha técnica:

Objetivo central: Acercarnos a la vivencia de un colaborador cubano en Sierra Leona desde una mirada íntima y personal.

Objetivo colateral: Resaltar la labor de Cuba en la lucha contra el Ébola en África Occidental.

Tipo de entrevista:

Por los participantes: Individual.

Por su estructura: Clásica de preguntas y respuestas.

Por su contenido: De personalidad.

Tipo de título: Llamativo.

Tipo de entrada: Narrativa.

Tipo de cuerpo: De preguntas y respuestas.

Tipo de cierre: De opinión o comentario del entrevistado.

Tipo de fuentes: Directa. El entrevistado.

Tipo de preguntas: 1-Cuando se expandió la noticia de la epidemia del Ébola, ¿imaginó que Cuba brindaría su ayuda? –Cerrada; 2-Y la familia…, ¿cuál fue su reacción? –Directa  -Abierta –De exploración; 3-¿Cómo fueron las relaciones entre los colaboradores cubanos? –Directa– Abierta; 4-¿En qué medida impactó la noticia del primer cubano muerto? -Directa  –Abierta; 5-¿Cómo los veían los otros colaboradores internacionales? - Directa–Abierta; 6-¿La experiencia de Sierra Leona le mostró una nueva cara de la vida o acaso de la muerte? –Abierta -Dicotómica; 7-¿Cuál fue el momento más emotivo durante la misión? -Directa –Abierta; 8-¿Quedan secuelas de esa experiencia en su actuar diario? –Cerrada; 9-¿Exageran los que lo llaman “héroe”? –Cerrada; 10-¿Qué dejó en África? - Directa –Abierta; 11-¿Piensa volver algún día? -Cerrada.

EL IMPERIO QUEBRADO

EL IMPERIO QUEBRADO

Tirano, Juegos Funerarios, de Christian Cameron, es la tercera entrega de la reconocida serie de novelas históricas sobre las Guerras de los Diádocos.

JUNIOR HERNÁNDEZ CASTRO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Traiciones inesperadas, épicas batallas y efímeros romances son la fórmula empleada por Christian Cameron para recrear una de las épocas más convulsas de la Época Antigua. Juegos Funerarios, tercer libro de la saga Tirano, sumirá al lector en las Guerras de los Diádocos, una serie de conflictos ocurridos entre los partidarios de Alejandro Magno por disputarse el imperio del conquistador, tras su muerte en el 323 a.C.

El autor, nacido el 16 de agosto de 1962, en Pittsburg, Estados Unidos, es un historiador militar, y escritor de varias obras como Alan Craik y The Long War. En 2008 publicó Tirano, una novela ambientada en los años dorados del Reino Macedónico con críticas positivas, por lo que desde entonces han visto la luz cinco tomos más de la acreditada serie: Tormenta de Flechas (2009), Juegos Funerarios (2010), El Rey del Bósforo (2011), Destructor de Ciudades (2013) y Fuerza de Reyes (2014).

El tercer volumen de la serie, traducido al español y publicado por Ediciones B en 2011, consta de 656 páginas y está dividido en siete partes y un epílogo. Cuenta, además, con varios mapas de las regiones reseñadas y un epígrafe dedicado a la bibliografía consultada.

La novela, una argamasa de historia y ficción, hace referencias a múltiples religiones y culturas de la Época Antigua, a la discriminación de la mujer en la sociedad, a los recelos entre griegos y macedonios, y al complejo sistema de estrategias comerciales de los nacientes imperios.

Los protagonistas son los gemelos Sátiro y Melita quienes, a causa de un complot tramado por Herón —tirano de la ciudad de Panticapea—, deben renunciar al reino del que son herederos y huir para salvar sus vidas. Acompañados por el preceptor Filocles, un sofista y guerrero espartano adicto al vino; y Terón, un atleta corintio amante de los combates, se ven obligados a madurar en un mundo donde no pueden confiar en nadie, y en el que cualquiera podría entregar sus cabezas a los perseguidores.

Saber adónde ir y con quién pactar es todo un dilema, pues en el juego del poder y la muerte todo vale, y ni aliarse con los poderosos garantizará la supervivencia de los hermanos, dispuestos a reconquistar aquello que les fue usurpado.

La trama, relatada por un narrador omnisciente, se desarrolla fundamentalmente en el Mediterráneo Oriental, y el lector puede descubrir a través de las realistas descripciones las diferencias abismales entre ricas ciudades como Rodas y Alejandría, y las zonas rurales adyacentes. Asimismo, las caóticas batallas —terrestres y navales— son el escenario donde el autor revela el lado humano de muchos personajes históricos: Eumenes de Cardia, general griego; Antígono I, el Tuerto, noble y militar heleno; Casandro de Macedonia, otro de los Diádocos; y Ptolomeo I, gobernador de Egipto.

El lenguaje, ajustado a la etapa, no resultará complicado gracias a un glosario que contiene más de 30 términos propios del periodo m hoplita (soldado de infantería pesada), kopis (puñal o espada de hoja curva) y aspis (escudo redondo).

Aunque Tirano, Juegos Funerarios no está exento de imperfecciones —pequeñas historias sin cerrar y ciertos pasajes desordenados—, constituye una obra apasionante, que aborda un tema trillado desde una perspectiva novedosa, donde la caracterización de los personajes, el admirable argumento y los giros imprevistos dejarán a los lectores atónitos, preguntándose constantemente qué ocurrirá al final.

Pie de foto: Tirano, Juegos Funerarios, es una de las novelas más importantes de Christian Cameron (Foto: Novelahistórica.net).

PELOTEROS DEL FUTURO

PELOTEROS DEL FUTURO

El proyecto “Estrellas de Gigi”, integrado por niños de la comunidad de San Francisco de Paula, celebrará su quinto aniversario con el torneo “Hemingway in Memoriam”, el próximo mes de diciembre.

REINIER GUZMÁN FRÓMETA,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Fotos: Cortesía de ADA ROSA ALFONSO ROSALES.

El proyecto “Estrellas de Gigi”, promovido por el Museo Ernest Hemingway, celebrará su quinto aniversario de creado con el torneo beisbolero “Hemingway in Memoriam”, el próximo mes de diciembre (2016), en la localidad de San Francisco de Paula, perteneciente al municipio capitalino de San Miguel del Padrón.

Según Ada Rosa Alfonso Rosales, directora del Museo y responsable de la iniciativa, surgió en el año 2011 con el objetivo de promover la práctica del deporte nacional y dar a conocer la vida y obra de Hemingway.

“Trabajamos con niños de edades comprendidas entre cinco y diez años, quienes son captados en las escuelas de la localidad para enseñarles a jugar béisbol mediante entrenamientos durante toda la semana, sin interferir con sus clases”, afirmó Jorge Rey Artze, entrenador del equipo beisbolero.

Cada año preparan una selección categoría 7-8 años para participar en el torneo “Hemingway in Memoriam”, que cuenta con el concurso de equipos de otras partes de la provincia como el Cotorro, Habana Vieja, y en ocasiones con el municipio mayavequense de San José de las Lajas. De las cuatro ediciones anteriores, obtuvieron el primer lugar en tres.

“Lo más importante para ellos no es competir, sino aprender a jugar pelota, y crear nuevas amistades. El proyecto les exige que tengan buenas calificaciones en la escuela, por lo que sus resultados académicos han mejorado mucho desde que se integraron”, aseguró Fernando García Rodríguez, padre de uno de los niños del grupo.

Para motivar a los integrantes de “Estrellas de Gigi” se realizan los sábados partidos de tres inings, donde el conjunto ganador se estimula como el equipo de la semana. También sostienen talleres sobre la importancia de conservar el legado de Hemingway a Cuba, y celebran mensualmente cumpleaños colectivos, en los que participan todos los niños acompañados por sus padres.

Oscar Blas Fernández, trabajador del museo y colaborador del movimiento, resaltó que es una buena manera de rescatar la memoria de Hemingway, ya que cuando el importante escritor vivió en la comunidad en la década del 40 del pasado siglo, creó también un equipo de pelota para niños, dentro del cual él es uno de los pocos que queda con vida.

El nombre del proyecto surgió a partir del apodo de Gregori, Gigi, hijo menor del autor norteamericano ganador del Premio Nobel, que cuando vivió en la Finca Vigía (actual Museo Hemingway), jugaba a la pelota todos los días junto a su hermano Patri y otros 13 niños. En la actualidad, el terreno donde realizan sus entrenamientos también se llama Estrellas de Gigi.

Pie de fotos: 1-Los integrantes del proyecto realizan prácticas de bateo como parte de su entrenamiento diario; 2-Premiación del cuarto torneo Hemingway in memorian.

Ficha técnica: 

Tipo de título: Genérico.

Tipo de lead: Sumario de Qué.

Tipo de cuerpo: Lead + Pirámide invertida + Dato adicional.

Tipo de fuentes: Directas: Ada Rosa Alfonso Rosales, directora del Museo y responsable del proyecto; Jorge Rey Artze, entrenador del equipo de pelota; Fernando García Rodríguez, padre de un niño del proyecto; Oscar Blas Fernández, colaborador del proyecto.

Primer valor noticia: Interés colectivo.

Otros dos valores noticia: Actualidad. Proximidad o cercanía.

SEGMENTOS DE VIDA

SEGMENTOS DE VIDA

 

 

 

A los 59 años de edad, el profesor Jorge Portuondo, formado por el Destacamento Pedagógico “Manuel Ascunce Domenech” para promover la formación de nuevos profesores, espera el retiro consciente de haber cumplido su tarea como docente.

 

 

Texto y foto:

ALEJANDRO ABADÍA TORRES,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

El timbre suena, comienza el turno y con él otro día en la vida de Jorge Alberto Portuondo Montalvo, profesor de Matemática del Instituto Preuniversitario “Saúl Delgado”, en el Vedado capitalino. El aula está en total silencio, nadie se atreve a conversar debido al respeto que le tienen los estudiantes.

Termina la clase y salen del aula el paquete de tizas, el cartabón y la libreta con los planes de clases en manos de quien lleva 41 años frente a las aulas. Me recibe e indica el lugar donde conversaremos, durante el trayecto se detiene frente a otra aula con el fin de adelantar clases, el grupo se niega y descontento me pide seguir.

Por fin llegamos a la Cátedra de Matemática, un pequeño local donde confluyen todos los profesores de la asignatura. Aparta dos sillas para ponerlas alrededor de su desordenado buró: “Aquí califico los exámenes de mis muchachos, no te fijes en el reguero”.

Algo intranquilo organiza uno que otro papel, cierra la puerta, se sienta por fin y antes de empezar me enseña un cuadro del  Comandante en Jefe Fidel Castro: “Fueron días difíciles, durante el duelo, aunque tenía afectada la salud, fui al Memorial José Martí y a la despedida de la caravana.”

A simple vista noté una profunda emoción en el rostro de este hombre de 59 años formado por el Destacamento Pedagógico “Manuel Ascunce Domenech”, surgido a propuesta del propio Fidel para promover la formación de nuevos profesores con un noble objetivo,  garantizar la presencia de un educador en cada aula.

Orgulloso refiere haber acudido a este llamado de la Revolución con un alto nivel de compromiso y sonríe algo nostálgico al decir que con apenas 18 años ya impartía clases y las recibía, pues era un profesor en adiestramiento.

Aunque en su memoria parecería haber espacio solo para teoremas, funciones y ecuaciones, no olvida el nombre de su profesora de décimo grado, Divina Orza, y su asesora Ada Busto. “Estas personas cultivaron en mí valores como la honestidad y responsabilidad. Al parecer estos principios han desaparecido un poco”, afirma. 

Sobre docentes que rompen los principios éticos de la profesión, dice enérgicamente: “Esos no son profesores, o más bien no son educadores. Con esa actitud solo laceran el futuro de los jóvenes.”

Golpea la mesa con el bolígrafo, me mira, piensa un poco y no deja de reconocer la situación económica actual del país. “No es fácil, a nadie le alcanza el salario y cada quien lucha lo suyo, pero tampoco podemos dejar a un lado ciertos comportamientos morales, si no, ¿cómo voy a exigir su cumplimiento dentro del aula?”

Las personas más admiradas por el profesor Portuondo son aquellas sencillas, honestas y cumplidoras. Respeta mucho a todo el que mantenga una línea ética correcta.

“En los momentos difíciles del Período Especial, cuando algunos abandonaron la profesión para buscar trabajos mejor remunerados, pensé en intentarlo también, pero no pude. Decidí continuar aquí a pesar de las carencias con las que vivíamos y no me arrepiento de ello”. Levanta la cabeza y la mirada revela satisfacción ante su decisión.

En cuatro décadas de trabajo, ¿cuánto vivió este educador, quien además de Cuba llevó su pedagogía y conocimientos a países hermanos como Bolivia y Angola? Ante este hombre, se piensa en una profesión subvalorada por muchos cuando debería una de las más veneradas.

Pie de foto: A pesar del complicado horario, busca siempre la forma de otorgar atención diferenciada a los estudiantes que la necesiten.