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Isla al Sur

DESDE NIÑA… LOS DEPORTES

DESDE NIÑA… LOS DEPORTES

BEATRIZ LOBAINA VALDÉS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Una diminuta niña en un enjambre de 15 mil espectadores. Mirada y oídos activados. Entonces fue un encuentro fortuito el que sostuve con el deporte. Un primer acercamiento a la edad de cinco años, inducido por mi padre, quien mantenía amistad con Yamilé “la Peca” Martínez, Cariola Echeverría y José “Pepe” Ramírez. Dos excelentes jugadoras y el entonces entrenador del elenco femenino cubano de baloncesto.

Nunca podría imaginar que casi tres lustros después sería justamente el mundo del músculo la temática que más me cautivaría en mi incipiente andar por los senderos del Periodismo. Cuestionamientos, análisis, comentarios, sed de conocimiento han desatado en mí esas recurrentes visitas al Coliseo de la Ciudad Deportiva. Me he debatido entre canastas y rematazos, puntos directos por servicios y bombazos. Hasta hoy, cuando más sufrimientos que alegrías experimento de la mano del deporte ráfaga y el de la malla alta, las esperanzas no las he perdido.

En los últimos años es una realidad que estos dos deportes han mermado en sus resultados, y más todavía el baloncesto, como si dos baldes de agua bien fría le hubiesen caído encima.

En la disciplina de los encestes, las mujeres, con más “caché” universal que los varones, lograron bronce en la cita de Malasia 1990 y desde ese entonces no han retornado a planos estelares; mientras los hombres cedieron terreno en los llamados Centrobasquet, añorando hasta el sol de hoy y desde hace mucho, las coronas alcanzadas en 1971, y de manera consecutiva en 1995, 1997 y 1999.

A causa de esto, mis últimas visitas al Coliseo también sufrieron un ligero descenso, fundamentalmente, por la reparación a que fue sometido desde octubre de 2012 hasta mayo del presente año (2013). Mi avidez continuaba a pesar del “divorcio” temporal: seguía el deporte en todos lados, era como un pescador desesperado acechando presa para poder alimentarse.

No pudo ser la Ciudad Deportiva, pero en su rescate llegaron la Ramón Fonst, el Estadio Panamericano, la Kid Chocolate y el Latino. Sin embargo, las emociones no son las mismas, quizás por las huellas que dejaron estos años de silencio y… hasta olvido.

Pero es tiempo de resurrección y este 7 de junio, cuando comience la Liga Mundial de Voleibol, la fuerza del fanatismo y de la profesión harán que mi presencia, junto a la del público, colmen el graderío de la Ciudad Deportiva. Mi voz, como otras tantas veces, retumbará al compás del ¡Cuba, Cuba!

La mirada y los oídos ya no serán los de aquella niña inocente; ahora, en cada acción, remate o jugada sobre la net, trataré de explicarme, entre muchos otros fenómenos, si la renovada e inconstante alineación titular de nuestra armada podrá atenuar el vacío provocado por las ausencias de Wilfredo León y Yoandri Díaz, los dos últimos jugadores que se suman a la lista de bajas.

EL AHORRO DE QUINCE AÑOS

EL AHORRO DE QUINCE AÑOS

LUAR LÓPEZ DE LA OSA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¿Hembra o macho? ¡Hembra! Entonces, hay que empezar a reunir para los quince. Vamos a abrir una cuenta en el banco porque el dinero de la fiesta es sagrado, no se toca. Escoge bien a los padrinos, porque ellos nos ayudarán. Después no quiero que se desaparezcan y olviden a su ahijada.

La conversación es recurrente en muchas familias, el cumpleaños número quince de una hija constituye una preocupación desde el nacimiento de la niña. Generalmente, la familia cubana ve a la fiesta como uno de los eventos sociales más importantes.

No importa el dinero que cueste, el objetivo es dar un espectáculo con todas las de la ley. Además de cumplir con los deseos de la homenajeada: el vestido alquilado, fotos como supermodelo, la fiesta en un salón y un baile con los compañeros del aula. Más allá de la celebración, este suceso presupone un conflicto cuando es más importante aparentar una imagen o una mejor posición económica, pues el festejo debe apreciarse como el tránsito de una adolescente a la madurez, a nuevas responsabilidades.  

Según la tesis de Licenciatura en Sociología de Yaineris Pérez Dueñas, citada en un reportaje de Juventud Rebelde (JR), los orígenes de estos eventos sociales en Latinoamérica se encuentran en la cultura azteca, que celebraba ritos de paso a la madurez. Estos poseían un valor simbólico, pues marcaban un cambio de responsabilidades y el tránsito a un nuevo rol como guerrero o esposa. Durante la colonización, los rituales se mezclaron con las costumbres de los misioneros católicos.

Con el tiempo, la festividad se consolidó en México y continuó sumando seguidores en Latinoamérica, España y algunas comunidades hispanas de Estados Unidos. En Cuba, Argentina, Puerto Rico y República Dominicana es una importante tradición.

La revista eHow manifiesta que en la década de 1930 estos elaborados ritos de transición se comenzaron a aceptar como práctica social en las sociedades hispanas de los Estados Unidos. Se realizaban con el objetivo de conectar a los descendientes españoles con su patrimonio cultural y fijar los lazos de la comunidad con el país de adopción.

Los primeros casos registrados en la prensa cubana datan de la década de 1950 y es a partir de estos años que la celebración se manifiesta como un ritual muy parecido al que tiene lugar hoy día, comenta en el reportaje de JR la máster en Psicología Lisset María Gutiérrez, del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello.

Mis abuelas recuerdan que en la etapa posterior al triunfo revolucionario existía un cupón en la libreta de productos industriales para que las quinceañeras compraran sus zapatos. El gobierno cubano trataba de mantener una igualdad social, incluso los trajes se alquilaban en tiendas estatales.

Actualmente no es así, y las Fiestas de Quince ponen de manifiesto las diferencias económicas entre los diferentes estratos de nuestra sociedad, pues muchas familias no tienen los recursos económicos para realizar una celebración de este tipo. La ostentación presente en la mayoría de tales festividades puede provocar un sentimiento de inferioridad en los jóvenes de bajo capital. 

Lo curioso de la tradición reside en que últimamente hay un estándar establecido por la mayoría de las quinceañeras. Las fotos se realizan con semejantes características y entre más grande sea su formato, mejor. ¡Ah!, bendito sea el photoshop que hace a las retratadas más bellas y menos reconocibles.

Es usual ver que antes de la fiesta, catorce parejas, además de la cumpleañera y su galán, deban recorrer el barrio en cocotaxis para exhibir los trajes o, mejor dicho, el dinero gastado en gasolina durante el desfile de los invitados. Promover estas conductas no favorece el desarrollo cultural de una sociedad.

Estos requerimientos, más allá de frivolizar el cumpleaños, fomentan la presunción, el culto a lo material y la especulación en los jóvenes. La fecha debe constituir un momento para festejar, compartir y no una excusa para hacer gala de opulencia en el barrio.

La adolescencia es una etapa importante en la formación de un ser humano por los cambios que experimenta, tanto físicos como psicológicos, por lo que requiere del apoyo y educación de los mayores. ¿Quién mejor que ellos para inculcar en la juventud valores como la sencillez y modestia?

Entre las causas de este fenómeno puede que se encuentre la influencia en nuestra nación de la imagen del consumismo, procedente de los países desarrollados. También, el carácter fastuoso de “los quince” se ha consolidado porque son el sustento para muchos negocios particulares que ofrecen servicios de fotografía, video, alquiler de trajes y montaje de decoración.

Por mucho que uno quiera transformar el acontecimiento, hay una eterna regla. Cuando este tipo de fiesta acaba, los invitados se llevan buena parte del buffet, los padres se sienten recompensados al ver a su hija feliz y siempre hay alguien que le dice a otro: ¡te salvaste que a ti te tocó macho! 

 

UN GOL EN LA PORTERÍA DOCENTE

UN GOL EN LA PORTERÍA DOCENTE

ROBERTO M. LÓPEZ DE VIVIGO,
Estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
 

Para Julio Antonio Mella el deporte tenía un papel decisivo en la formación integral del individuo. Él apoyó desde la Universidad la promoción de las actividades físicas en la formación de valores, y logró vincularlas a las acciones revolucionarias.

Hoy, los universitarios apreciamos el deporte como una de las bases para la igualdad y la solidaridad. Un ejemplo de ello son los Juegos Caribe en la Universidad de La Habana (UH), que se convocan cada año en 25 especialidades. Estas auténticas Olimpiadas crean lazos de fraternidad entre las diversas facultades, y se realizan sin fines de lucro.

Si desde los orígenes de aquella revolucionaria institución docente, los estudiantes a través del deporte maduraban su conciencia y adquirían valores, ¿por qué hoy a pesar del esfuerzo de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), aún existen trabas para el desarrollo de las actividades físicas?

La enseñanza y el deporte están distanciados. En ocasiones los turnos de clases coinciden con las competencias e impiden la participación de los educandos en ellas. Sin embargo, hay excepciones. ¿Por qué la UH no toma el ejemplo de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca, de Pinar del Río, la cual asigna una semana solo para el desarrollo de los Juegos Guamá?

¿Por qué muchos estudiantes rechazan la enseñanza de la Educación Física y la creen innecesaria para su desarrollo intelectual? ¿Desconocen los beneficios del deporte para la salud mental?

¿Por qué si ya existen las instalaciones deportivas, estas se han abandonado? ¿Falta de recursos, o de cuidado? Recientemente se arregló el techo del tabloncillo del Juan Abrantes, del Vedado, y a menos de un año, las goteras invaden el lugar.

Los alumnos de la Educación Superior luchamos por mantener en alto la dignidad de Mella, ejemplificada cuando este fundó la Comisión atlética universitaria para combatir a los traidores --como él los llamaba-- que pertenecían a clubes deportivos de la burguesía, y se negaban a competir por la Casa de Altos Estudios.

La voluntad, el ímpetu, el deseo de los estudiantes por mantener el deporte entre las prioridades de la Iniversidad, ¿serán suficiente?

Organizar jornadas de limpieza y mantenimiento en los centros deportivos podría ser una de las soluciones ante el deterioro de esos lugares. Los profesores deberían vincularse más con las actividades físicas de los estudiantes. El beneficio sería mutuo. Los docentes percibirían los valores del alumno fuera del aula, y los educandos sentirían menos distante al pedagogo al verlo en las acciones extra docentes.

Alguna papa se salva del saco podrido. Sí. Reinier Rodríguez, miembro de la Comisión Organizadora del VIII Congreso de la FEU, el día del deporte en las universidades expresaba que hoy existe un fuerte movimiento deportivo con el desarrollo de los juegos universitarios, y el principal logro era que cada centro de la Educación Superior celebrara sus propios torneos.

Entonces, con más voluntad de todos los que sentimos a la Universidad como nuestra, es posible que esta siga alcanzando sueños en el deporte para la formación de hombres cultos, sencillos, y revolucionarios.

 

TRAS “LA PERDIDA”

TRAS “LA PERDIDA”

SANDRA MADIEDO RUÍZ,
Estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana. 

Por allí corre una brisa de viento junto a la prisa de los transeúntes. El sonido de las trompetas contrasta con el bullicio de los automóviles, esos que levantan las hojas del pavimento y van hacia su destino, cual rumbo gris para quienes estamos aquí.

Dos árboles con improvisados bancos de madera alrededor cobijan el exilio del hogar tras horas de espera. Los rostros reflejan la angustia de la incertidumbre y la esperanza de la llegada. La agonía impide continuar leyendo a una muchacha En busca de la Atlántica. La señora del pañuelo azul fuma, el hombre se quita el sombrero, el niño tiene sed y el fotógrafo aquel congela los instantes.

A unos pasos del lugar, en la Terminal de Ómnibus Nacionales, coinciden invitados de todas las provincias del país. El frente del lugar acoge oportunidades para los negocios: el señor que vende pastelitos y la máquina que dice “pa´l habana”. Al otro lado de la calle radica la Sala Polivalente Ramón Fonst, testigo también de innumerables citas deportivas.

Es junio, de noche y la hora del noticiero. Ya somos menos: unos se fueron y otros nos quedamos hasta el fin. Aquella muchacha duerme encima de la mochila y el pequeño ya no llora. Han pasado cuatro horas y el refrán “la esperanza es lo último que se pierde cuando todo está perdido”, no funciona.

Ellos van para la Atlántica perdida tras el Túnel de la Bahía de La Habana, Cojímar, cuyo nombre en lengua arauca significa entrada de agua en el mar. La lectora vive al frente del océano, ese que el gran escritor Ernest Hemingway inmortalizó en el Viejo y el mar. Una guagua es la ideal para llegar a su casa, sin embargo, muchas veces debe caminar dos kilómetros bajo la protección de Dios porque el pueblo temprano está como “calabaza pa´su casa”.

Su nombre es “La Palestina” y le pusieron así porque no hay chofer para manejarla, el apellido “La Única” porque de su modelo chino solo existen dos ómnibus con sus características y su sobrenombre “La Perdida” porque cuando se va no tiene hora de regreso. En realidad se llama 58, pero todos prefieren llamarla por el apodo. “¿Cuántas hay hoy?”, es la pregunta recurrente de todas las mañanas antes de ir para el trabajo. Una sola vaga por estos giros, la guagua 273, “es increíble, nunca se rompe”, dice Fide, su carismático chofer.

Por ahí, en un lugar de La Habana de cuyo nombre no quiero acordarme, viene “La única”. “Yo siempre llego, más tarde que temprano”, contesta Fide. Sin embargo, esa noche, para sorpresa de todos, la guagua se ponchó. ¿Qué hará la mamá con su hijo de cuatro años? Antes la agonía, ahora la tristeza, la desesperación y la preocupación son protagonistas de una película que con seguridad vivirán mañana. 

Esta es la anécdota de un día común tras la pista de “La Perdida”; pero es también su historia, mi historia. Un relato que quien lo lea pensará que es incierto; sin embargo, es el retrato fiel de todos los días no solo en la ruta 58 sino en varias de la capital como la 67 y la 8.

YO TENGO DOS

YO TENGO DOS

JAVIER DIEZ MINIET,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Nunca creí que padre es cualquiera y madre una sola. Pues, claro, qué voy a creer si yo tengo dos, una en “la tierra caliente” y otra en “la tierra mojada por el mar”, la biológica y la física, la doctora y la asistente de limpieza, la joven y la vieja, la mejor… y la mejor.

Quien esté leyendo este trabajo se preguntará, ¿en cuál se formó el feto? La ciencia ha comprobado la posibilidad de gemelos con padres diferentes, pero no de un niño con dos madres, eso, hasta que un hombre se embarace, después de haber tenido relaciones con dos mujeres en menos de 48 horas.

No, ese no es el caso, aunque ya sea posible encontrar ejemplos de hombres embarazados, según páginas digitales en Internet.

La historia es distinta y de hace 20 años, en un  lugar que llaman Oriente.

Ella estaba embarazada en su sexto año de la carrera de Medicina. Tenía dos opciones: graduarse o graduarse, y no es que yo haya sido un obstáculo para que lograra sus sueños -al menos es lo que me ha contado- simplemente fue una “situación” sin planificarse.

La decisión fue tomada, no es un fantasma quien escribe estas líneas. Sucedió que a mi mamá le apareció un ángel llamado mi “otra mamá”, Neli, un ser adorable que accedió a cuidarme por 100 pesos al mes, 100 pesos que dejaron de pagarse luego de tres meses de estancia en la casita pasando el puente.

Vaya, no es que yo sea lo más tierno y “apapachable” del mundo, simplemente en ese hogar no había carritos, ni pistolas de madera rodando por debajo del sofá, sino una caja llena de muñecas, de cuatro hembras; sí, les faltaba el varoncito.

Una situación que aún no termino de descubrir, hizo que me mudara a más de 1 000 kilómetros de distancia de la tierra que me vio nacer. Fui a parar a Isla de la Juventud.

Crecí lejos de mi progenitora, sin embargo, allí estuvo ella, Heli, para darme parte del tamaño que tengo, pues no lo hizo sola. Luego, para Santiago de nuevo, después para la Isla, después para Santiago, hasta que vine a La Habana para comenzar mis estudios universitarios.

Ahora estoy a 21 pisos sobre el nivel del mar, mirando al sur y al este y no precisamente para ver la salida del Sol o los turistas en la piscina del hotel Presidente, sino para pensar en cuán afortunado soy, pues tengo dos madres.

No obstante, también  pienso lo infortunado, pues no tengo a ninguna cerca: 16 horas en ómnibus me separan de una y tres horas en barco de otra.

Tengo dos madres: Vivi, la que me exigió 100 cuando mi promedio era de 99,91 puntos; Neli, la que me dejó una marca en la pierna con un gajo de guayaba, y por mi bien, cuando a las ocho de la noche aún desandaba por la calle.

Padre no es cualquiera, el mío ni siquiera lo conozco. Madre no es una sola: yo tengo dos.

CRÓNICA FUNESTA A TRES MANOS

CRÓNICA FUNESTA A TRES MANOS

ALBERTO CABRERA TOPPIN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La Muerte, esa señora fría, de múltiples rostros y de actuar más fugaz que una estrella caída, simula perseguirme no importa a dónde vaya. Pareciera como si su propósito fuera ir acercando sus manos débiles y poderosas para estrangular mi existencia y establecer, a su antojo, el final de mi sendero temporal. Me ha hecho carnada de su terquedad, tal y como pudiera haber hecho con cientos, quién sabe si miles de almas en este lado del Caribe.

Se ha diluido en mi memoria la primera vez que tuve conocimiento de su presencia en este mundo, pero aún permanecen vestigios de cuando fui víctima de sus nigromancias. La penúltima gota de su detestable magia había caído en la garganta de una joven de 17 años para romperle la voz durante días, sobre todo en el instante de darme la noticia, de hermana a hermano; la última gota cayó sobre mis ojos, que a partir del día siguiente, después de despedirse de aquellos párpados de arrugas septuagenarias, escondite eterno de una mirada serena, azulada y raída, decidieron no llorar más.

En su viaje quién sabe a qué lugar, mi abuela, de sentimientos tan dulces como las golosinas multicolores que elaboraba y vendía, solo llevaría de mí un puñado incalculable de lágrimas.

Transcurrieron años para que la dama negra volviera tras mis pasos. Vieja sabia, pensaba tenerlo todo planeado: el lugar de la caída, el momento del impacto, la sangre que derramaría… Puede que no conociera el significado de equivocación hasta que otra persona, ingenua, enferma y joven, tomó mi lugar en uno de los asientos traseros de aquel camión gigantesco, asesino.

Minutos después, cuando ambos respirábamos el aire fresco que mezclaba trazas de la noche con la luz acariciante del amanecer, el inexperto chofer extraviaba el control del vehículo y, con ello, la vida de ese muchacho, que buscaba una salida a problemas y padecimientos y había encontrado el final… de todo. Tal vez solo ella, la Muerte, sabe qué vio esa víctima inesperada cuando su cráneo fue a dar al pavimento.

No está entre sus planes desistir, y es su deseo que lo sepa, por ello fue muy clara en su último artilugio. Me transmitió la idea de que el rostro pusilánime y envejecido de ese otro familiar, entonces capturado en el ataúd, podría ser el mío en cualquier instante. Solo bastaría estar en el lugar correcto para ella e incorrecto para mí, tal como sucedió con él, más hermano que primo, casi mi imagen, cadáver ya bajo mis ojos, destino de lágrimas y causa de pésames por la equivocada trayectoria de un cuchillo joven y sin corazón.

Disfrazada de lúgubre melodía, la Muerte –no sé cómo ni por qué– ha accedido a ser coautora de estas líneas negras. Quizás cree que este podría ser mi testamento y que al cruzar la calle más cercana ocurrirá un suceso del cual nunca escribiré ni una sola sílaba. No sabe que, por precaución, he buscado una tercera escritora, y que esta me tiene apretujado contra su pecho, oyendo los latidos de su existencia. Sin duda, no hay música más bella que el pulso de la Vida.

EL RESTO DE LOS AÑOS COMIENZA POR EL PRIMERO

EL RESTO DE LOS AÑOS COMIENZA POR EL PRIMERO

LUIS A. AUTIÉ CANTÓN,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Puede que asuste, es verdad. La primera vez, sea en lo que sea, estremece al más valiente, pues es inherente a la naturaleza humana sobrecogerse ante lo desconocido, temblar frente el camino nunca antes desandado.

La Universidad, ese monstruo "demandante de esfuerzo” que los padres dibujan en nuestras cabezas desde que somos pequeños, no es la excepción. Atrás quedan años donde los colores blanco, rojo, amarillo, azul o carmelita nos vestían como estudiantes y trazaban una disciplina académica que nos permitía cierto relajamiento o “relajomiento”, como decían algunos por ahí. La poca madurez de aquellos momentos impedía que viéramos los libros y libretas directamente conectados con nuestro futuro.

Entrar a la Universidad es diferente. Desde el momento en que ascendemos los peldaños de la Escalinata Universitaria el camino cambia, se empieza a escribir el primer capítulo del resto de nuestras vidas y empezamos a forjarnos, a definirnos profesionalmente.

Con la entrada a la Educación Superior ingresamos también a la Federación Estudiantil Universitaria que, haciéndonos partícipes directos de sus actividades, nos brinda la oportunidad de sentir que por primera vez somos una parte activa de algo importante.

El primer año demanda sacrificio y adaptación a una etapa que rompe con los niveles de exigencia que conocíamos, donde no existe el paternalismo ni el maternalismo de los profesores ni la mentalidad de “la cantidad en detrimento de la calidad”. Es un período que nos muestra combinadas en la misma bolsa azarosas madrugadas repletas de lecturas y estudio; estar, en muchos casos, lejos de la familia mientras nos enfrentamos a la vida de una beca universitaria, así como un rigor mucho mayor en los exámenes.

Ese primer curso nos enseña a ir a clases no solo por cumplir con la asistencia, sino porque cada turno es irrepetible y lo que dejemos de aprender ese día debilita el sedimento cultural imprescindible para nuestro desarrollo. Hay que aprovechar a los profesores. Aprovecharlos en el mejor sentido de la palabra, asimilar celosamente todo lo que puedan enseñarnos, exprimirlos.

¿Lo mejor? Los amigos. El pertenecer a un aula y una escuela nuevas permite el establecimiento de relaciones que, con el paso del tiempo, adquirirán una fortaleza inmensa. Un grupo universitario se convierte en una familia.

El decursar del primer año nos permitirá organizarnos de forma tal que el esparcimiento no afecte nuestro deber como estudiantes. Está bastante generalizada la creencia de que en la Universidad, o se estudia mucho y se aprueba, o se va a fiestas y se suspende. Una teoría errada.

El primer curso es imprescindible para la formación, pues las asignaturas impartidas en esos semestres iniciales son básicas, los cimientos de la carrera. Pero la vida universitaria no se reduce solamente a libros y exámenes. Se puede compaginar perfectamente el estudio con la recreación, solo se necesita concederle a cada cosa el tiempo adecuado. Claro está, si estableciéramos un orden de prioridades, no hay dudas de que estudiar está por encima de todo.

REALIDADES A LA LUZ

REALIDADES A LA LUZ

DAVID GALLO SÁNCHEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Las páginas del libro “La Maldición del avestruz”, constituyen reflexiones de alerta para el mejoramiento de la sociedad a través de denuncias a las lacras “ocultas bajo tierra” de la Cuba del siglo XXI.

Fue publicado en el año 2007 por la Casa Editora Abril y son casi 70 trabajos periodísticos de opinión, nacidos de la crítica de un grupo de periodistas del diario Juventud Rebelde.

José Alejandro Rodríguez, Luis Sexto, Ricardo Ronquillo, José Aurelio Paz, Osviel Castro Medel, Luis Raúl Vázquez, Luis Luque, Nelson García Santos, René Tamayo León, Agnerys Rodríguez y Alina Perera, a partir del comentario y la crónica opinática principalmente, importunan a los indolentes, indiferentes, cansados, arrogantes, oportunistas, cautelosos y mediocres con poder que, consciente e inconscientemente, retardan el progreso colectivo del país, tal como aparece en la contraportada del libro.

Por lo que significaría no erradicar los males cotidianos a tiempo, estos reconocidos periodistas, ejemplos dentro de los profesionales de la palabra, con valor y en más de una ocasión luchando contra corriente y contra todo aquel que se sienta lamentablemente identificado con el deterioro del futuro, materializan lo que suele llamarse periodismo incómodo. Tal calificativo ha sido impuesto porque plantean la realidad como es, con todos sus tonos.

Con un análisis que recorre gran parte de la vida económica, política y social del país, la publicación esboza con inquietante certeza dificultades como la corrupción, el déficit de recursos, el problema de la dualidad monetaria, la marginalidad, el descontrol interno, la carencia de rigor disciplinario y las  irregularidades administrativas, entre otras tantas lacras, que atentan contra la posibilidad de prosperar dejando atrás, y para siempre, algún rastro del funesto Período Especial.

La Maldición del avestruz, o mejor, la maldición de los que contribuyen a la ilegalidad y al robo, expone desde el propio inicio con sobrados argumentos, el futuro incierto que les espera a los cubanos, quienes  por la pérdida de valores humanos  no son capaces de defender lo que ha sido logrado durante tantos años de socialismo.

Resultaría una gran satisfacción para los autores del libro si al fin se demostrara que el primer paso para la cura de cualquier mal, es su reconocimiento y aceptación. Muy difícil sería que si los casi 12 millones de personas que habitan la Isla  trabajaran juntos para el mejoramiento de la sociedad, no se vieran resultados.

Nadie quiere ser corregido en público, pero estas páginas como llamado de alerta buscan crear conciencia en la población, invitarla a salvar la sociedad, rescatarla ahora que estamos a tiempo y con la solución en nuestras manos.

Sería un buen comienzo unirnos con la justicia y la verdad para, como aparece en una de sus páginas, “a brazo partido y corazón abierto, combatir los pequeños males de la vida real que comprometen seriamente el avance y la credibilidad de lo que aspiramos a fundar”.

A BRAZO PARTIDO Y CORAZÓN ABIERTO

ANA LAURA PALOMINO GARCÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Efectivo es el adjetivo correcto para describir este libro. Su título, La Maldición del Avestruz, y fue redactado por un colectivo de autores de Juventud Rebelde, quienes no escondieron la cabeza en la tierra para decir todo lo que pensaban.

Quizás los que lean esta reseña piensen que la mueve el compañerismo o que se peca de tanto halago, pero lo cierto es que conmueven las historias de vida reflejadas por estos periodistas, que no tiene miedo de poner el dedo sobre la llaga y apretarla hasta que sangre.

La forma en que se describen los problemas económicos y sociales de la familia cubana de estos tiempos recuerda que la única manera de hacer buen periodismo es sintiendo los “bichitos” que carcomen la voluntad, las ganas de hacer y la entereza de la sociedad.

El lenguaje claro, preciso, con la frase exacta en el momento adecuado, deja al lector con ese sabor de saberse en la situación que se describe, porque lo que sí sobran son ejemplos de la cotidianidad.
Maraña a granel, Volver a la carga, Esa cara oculta, son algunos de los títulos que ponen a reflexionar, por los mensajes que transmiten y la manera que lo hacen: a brazo partido y corazón abierto.

Uno de los autores de este interesante texto es Luis Sexto, quien ironiza y pone a pensar en su artículo Se sabe. ¡Hasta  hace reír la frase que se refleja en el título, porqué es de esas que se repiten en la sociedad actual como respuesta a todos los problemas!

Claro, que atrás no se quedan los reporteros Ricardo Ronquillo, Alina Perera y José Alejandro Rodríguez. Demostraron por qué es considerado esta parte del periodismo como incómodo.

Cabe destacar el escrito del 1ro. de octubre de 2006, Dibújame una oveja. La forma tan bella de describir la pérdida de la inocencia y hacerlo de la manera peculiar de José Aurelio Paz Jiménez, logra tocar la fibra más honda del ser. El artículo realmente hace desear ser mejor y da el primer empujoncito en el camino por logarlo.

Según lo que plantea la contraportada del libro, el objetivo de este es fustigar a los indolentes, indiferentes, cansados, arrogantes, oportunistas, trepadores, cautelosos, mediocres con poder, miopes políticos exponentes de una fauna retardataria del progreso colectivo, y la verdad es que cada palabra de todos los artículos lo logra, pues condena a esas lacras sociales y lo hace con la elegancia del que sabe que da una galleta sin mano.

Efectivo, así es este libro. Pero hay que agregar un calificativo más para ser justos: esperanzador. Sí, sin duda el más acorde, ya que se dice que lo único que hace falta para que triunfe el mal es que los hombres buenos se queden sentados, y parece que aquí, algunos se levantaron.

BREVE HISTORIA DE UNA MALDICIÓN

ALEJANDRO ROJAS ESPINOSA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“Para fustigar a los indolentes, indiferentes, cansados, arrogantes, oportunistas, trepadores cautelosos, mediocres con poder, miopes políticos, exponentes de una fauna retardaria del progreso colectivo (…)”. De otra forma no se pueden describir los artículos compilados en el libro La Maldición del Avestruz, el cual Eliades Acosta Matos prologó con un magisterio a la altura de los 66 textos de opinión periodística que recoge el texto de la Casa Editora Abril.

Todos los trabajos, publicados en el diario Juventud Rebelde, son el fruto del arduo trabajo de los periodistas de ese medio que, de una forma u otra, se adentran en los problemas de la sociedad.

José Alejandro Rodríguez Martínez, Luis Sexto Sánchez, Ricardo Ronquillo Bello, José Aurelio Paz Jiménez, Osviel Castro Medel, Luis Raúl Vázquez Muños, Luis Luque Álvarez, Nelson García Santos, René Tamayo León, Agnerys Rodríguez, Gavilán y Alina Perera Robbio son quienes ponen en tela de juicio las principales dificultades a las que se enfrenta la sociedad por sus indisciplinas, y muchas veces, por las negligencias e incapacidades de algunos dirigentes y trabajadores.

Los mensajes, tratados con distancia profesional, sentido del humor, ironías, pero sobre todo, con fino estilo, defienden las posiciones que la Revolución necesita para subsistir en el mundo contemporáneo. Critican lo mal hecho, buscan respuestas y, lo más importante, incitan a la acción de los enjuiciados.

Cuba de la Caridad es el texto que inicia el compendio. Pepe Alejandro, como conocen al autor en el gremio, hace un resumen bastante aproximado de la vida de los cubanos. Con lenguaje fino, las comillas de distanciamiento y el toque humorístico, el resultado final es una obra que trata de rescatar la crítica que tanto necesitamos sin caer en lugares comunes y vulgaridades.

El robo en la sociedad, el transporte, la situación con el salario y la alimentación, entre otros, son los temas tratados. Las batallas libradas en el periódico no deben cesar, y creo que el libro es la muestra fehaciente de que la prensa puede denunciar, con ejemplos concretos, las debilidades del país.

Lejos de perjudicar, los textos como este fortalecen el trabajo que realizamos los cubanos día a día para salir adelante contra un enemigo poderoso. Como reza el prólogo: “Hacerlo requiere compromiso con la verdad, con la Revolución, con la ética de la profesión y con el pueblo. Lo demás, incluida la cómoda incomprensión de los avestruces o la hostilidad vengativa de los apoltronados, ha sido siempre un precio a pagar (…)”.

DESENTERRÁNDOLE LA CABEZA AL AVESTRUZ

JAVIER ROQUE MARTÍNEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La maldición del avestruz, obra compilatoria de textos de opinión publicados por Juventud Rebelde, constituye, desde el mismo comienzo, un estudio crítico y profundo de aquellos problemas y situaciones que empañan la imagen de la Cuba del siglo XXI debido a las dificultades y barreras existentes entre criollos.

Salido a la luz en 2007 por la Casa Editora Abril, el libro expone el rol y el deber de la prensa de convertirse en la voz y brazo del pueblo para demandar y luchar contra el incumplimiento, la ilegalidad, la pérdida de valores humanos y demás causas que siguen empantanando el ya de por sí  descolorido escenario cubano, y a las cuales no todas las autoridades parecen prestar una merecida atención ni velar por su eliminación.

De la mano de los periodistas José Alejandro Rodríguez, Luis Sexto, Ricardo Ronquillo, José Aurelio Paz, Osviel Castro Medel, Luis Raúl Vázquez, Luis Luque, Nelson García Santos, René Tamayo León, Agnerys Rodríguez y Alina Perera, Juventud Rebelde se adentra en las profundidades de esa realidad que, para tristeza de todos, acuña a fuerza de sudor y resignación el día a día de los cubanos de a pie.

Mediante la investigación y el estudio sistemático de lo que ocurre a nuestro alrededor, estas voces del pueblo dejan entrever las resquebrajaduras que dificultan la construcción de un socialismo “con todos y para el bien de todos”, donde la igualdad y el respeto mutuo debieran ser pilares fundamentales de la cotidianidad y no un suceso ante el cual impresionarse, pues a fin de cuentas todos somos un pedazo de Patria único e irrepetible.

El pésimo trato que se adueñó de nuestros servicios, las miradas de arriba a abajo entre hijos del mismo terruño, el robo desconsiderado e inhumano, la falta de vergüenza y mano amiga ante penurias ajenas, el abismo de las drogas y la prostitución, el acaparamiento de poder para satisfacer ambiciones personales y aquellos dirigentes programados para repetir la misma cháchara en cualquier lugar y a cualquier hora, son solo algunos ejemplos de los tópicos tratados, con entereza y “sin pelos en la lengua”, en La maldición del avestruz.

Este libro es un ejemplo de periodismo con mirilla y cartucho lleno, un periodismo, como la propia portada lo indica, incómodo para aquel que, al hojearlo detenidamente, se sienta acusado entre líneas.  

Sin embargo, aflora en cada texto la esperanza de un futuro comprometido con los principios por los que han luchado y caído miles de hombres y mujeres. El amor entre cubanos, ese que como dice la canción “quema desde lo profundo”, no puede ni debe convertirse en un recuerdo o una utopía. En cada página del libro se palpa la intención de alertar y educar, pero sobre todo, se promete diagnóstico contra la maldición del avestruz que ha contagiado al caimán dormido.