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¿USTED ES LA CULPABLE?

¿USTED ES LA CULPABLE?

JUSTO PLANAS CABREJA,
periodista del semanario Trabajadores.

Desde el título Usted es la culpable, el peruano Raúl Pérez Torres preludia elementos icónicos de su cuento. El bolero homónimo de Leo Marini sirve de mapa: el inconfundible arte de amar de los latinos, de pensar, de decir. La frustración de ambas obras, escritas en primera persona. La búsqueda de un culpable que en apariencias es el “usted”, en apariencias, porque aunque “usted es la culpable” lo afirma; los hechos, las alusiones, que escapan del control del personaje que cuenta la historia y de aquel que canta el bolero; esas alusiones, esos hechos lo niegan. Y de esa contradicción entre lo denotativo y lo connotativo nace el verdadero significado de ambos textos; aunque el cuento lo lleva hasta sus últimas consecuencias.

Una carta. El cuento ante todo es una carta de amor, llena de fugacidad y frustración. La fugacidad de tener por papel la arena de una playa que se borra tras cada ola, la frustración de dirigirse a una mujer muerta, el “usted” de la historia. Su remitente, un escritor, un asesino, que viaja hasta Alandaluz para por fin escribir su libro pero “mi libro es usted… y usted ya se ha muerto.” Aparece nuevamente la contradicción como única vía de entender la historia. La “falta de eternidad” del destinatario y de la carta se oponen a los conceptos propios de destinatario y carta.

El estilo también vive la pugna. Los vulgarismos navegan junto a los cultismos. Los elementos conversacionales se transforman en figuras retóricas de alto lirismo. El lenguaje muchas veces roza el registro hiperculto para referirse a los hechos aparentemente más triviales de la obra. Pero solo en apariencias porque el acto de contarlos de esta forma es una bengala en medio de la noche que solo logra iluminar el vacío. Las falsas pistas abundan, los detalles imprescindibles, también: el lector sufre no captar nada en medio de todo, y captarlo todo en medio de nada: la frustración. Se ve obligado a seguir su propio camino.

Pero este camino se hace tortuoso. Señala a todas direcciones. La intertextualidad en el cuento… o mejor la intertextualidad es el cuento. El elemento imprescindible. Desde una vista aérea señala el mestizaje cultural latinoamericano: un bolero, La Biblia, La Odisea, La Divina Comedia… Rodin, Borges; Tracy Chapman. Pero la intención del autor se sumerge más allá, mucho más. El lector no puede abarcar tanto contenido simbólico, y va dejando en oscuro velas del cuento; con la sensación de que si hubiera escuchado las arias de Gück, por ejemplo, su versión de la historia sería diferente. Y esos espacios vacíos aparecen como huecos negros que no se sabe si son del receptor, o de la propia obra. Y eso huecos negros devienen frustración. Y surge nuevamente, pero en otro plano, la pregunta de quién es el culpable, el cuento o el lector. “No somos nada”, cree escuchar el personaje que escribe la carta de su “usted”; y el receptor se queda con la duda de si esa frase también se dirige hacia él.

Aquí, en el acto de hipervincular la historia con otras tantas obras, el remitente de la carta se niega y lucha contra su propia incoherencia. “Un cangrejo… se convirtió en estatua Iba a decir de sal pero ahora reniego de los mitos.” Luego una imagen bíblica empleada invierte el sentido de lo dicho: “Yo trataba sus muslos con algodones mojados en espíritus de vino, porque usted siempre sangraba, como si fuera una llaga del costado.” Nuevamente, el lector queda sin asideros de significación donde lo denotativo muerde lo connotativo, y viceversa.

El tiempo. “Sé cómo pasa el tiempo, huelo a tiempo… la diminuta arena de la edad.” El remitente se desplaza entre lo que le sucede, lo que le sucedió y lo imaginado; además de los mitos, historias reales, leyendas… que cruzan por la obra. La distancia entre lo sucedido, lo que sucede y lo imaginado es difusa; corta y larga. Al inicio, el presente se  muestra como el elemento sustancial para descifrar lo pasado. Pero, esa tabla sobre la que se lanza el lector, a medida que avanza la historia se va haciendo agua; el pasado cobra vida, significación y todas las variables interpretativas se ponen en función de él. Los últimos párrafos dejan entredicho lo ocurrido, el propio remitente alude haberlo imaginado todo. Y el cuento termina en un presente que también se muestra irreal.

Con la ubicación espacial ocurre otro tanto. Francia, España… Europa, lugares vagos de América aparecen y desaparecen en la historia. Las figuras retóricas otorgan incluso dimensiones a la mítica Itaca, a los poemas, a las canciones. El cuadro deviene brumoso, poco presencial, pero nunca ausente; o sea, todos los espacios se funden en uno solo que adquieren connotaciones abstractas.

La lectura de los dos personajes de la historia aclara el significado. Si el hecho de que sea contada en primera persona tiene el inconveniente de la parcialidad de lo narrado y lo descrito; esta también, en tanto es un cuento de hondura psicológica, es su mayor virtud. Por eso, más que una definición de lo que ella, el “usted”, es; resulta mejor referirse a lo que significa para el remitente. “Alargué mis poemas para tocarte.” Así es como él la conquista, logra que deje a su marido algún que otro día para estar a su lado. Al inicio de la carta el personaje alude la falta de eternidad del “usted”; pero a medida que la historia avanza, esta mujer se hace cada vez más presente. Desde lo primeros párrafos el lector ya conoce que “usted” está muerta. Y “mi cuchillo de conchaperla”, un detalle, precisamente por el uso que se le da: escribir aquella carta sobre la arena; anuncia un posible asesinato. “Por eso la cosí a puñaladas”, escribe el personaje casi al finalizar, cuando “usted” está más viva que nunca para la historia. El uso del pospretérito del indicativo lo afirma “Usted moriría mirándome.” En cambio, él, que continúa vivo, es quien realmente muere. Así inicia y concluye la carta: “Soy ninguno. Soy nadie. Soy este tiempo.”

Pero aún después de conocer esto, el significado de la historia queda como un mapa inconcluso, o mejor, inconexo. El rompecabezas se arma cuando se trata de descifrar, no ya lo que piensa o siente el remitente, sino el autor. Incluso los conceptos de remitente, destinatario, vida o muerte, del “usted” cuajan en esta condición. Porque el personaje remitente es a su usted destinatario como el escritor es al arte. “Mi libro es usted.”

La verdadera carta está escrita al arte. “Tengo la certeza de que no leerá los graffitis de muerte que se forman en la arena, puedo decirle que no sé por qué empecé.” El escritor se debate consigo porque con dudas le escribe a un elemento vivo, pero a la vez abstracto. “El arte, esa maldita bruja que ya no tiene nada que ver con la realidad de una vida convencional, y que me arrastra como en un sueño surrealista, un sueño donde miro una carabela magnífica, posada sobre mis hombro para ver mejor la desolación de tiempo.” Esta feminización que hace del arte (“maldita bruja”), lo sitúa simbólicamente en el sitio de la mujer, del “usted” del personaje remitente; hace del arte su “usted”. Además, no es coincidencia que al autor y el personaje destinatario sean ambos escritores. “Yo poseía una sola realidad: el arte.” El uso de elementos intertextuales también adquiere en este contexto su verdadera luz. “Y esta carta… es un epílogo, un epílogo que se lo llevará el mar, que de alguna manera modificará el Sahara, según me lo prometió Borges.”

El esposo de la mujer es a la época moderna como el remitente al escritor. El autor se siente haberle robado al arte la modernidad. “La angustia de nuestro tiempo: la universidad, el partido, la ambigüedad, la preñez, el disloque, la inercia, el vacío; el compañero para que haga ruido; para que espante la soledad.” Cada una de estas palabras tiene su propia dimensión en la obra.

La lucha del cuento tiene su ojo en el conflicto de un autor que es un hombre de su tiempo y se siente morir por esta condición; y un autor que es un artista y siente que se mata por esta, “la peor profesión de mundo.” “Yo no quiero seducir a nadie, ya no puedo seducir a nadie, ya nadie se siente seducido, nadie siente la seducción. Y lo peor; ya no podemos seducirnos a nosotros mismos, ya no confiamos en nosotros.”

El autor, como su personaje equivalente, cree entregarse a un “usted” con plena retribución. Pero descubre la paradoja de que su usted no le es recíproca. Su entrega resulta ingrata porque lo aísla y lo hace indefenso, dependiente. “Ahora no sé nada. Todos me exigen computación.” Decide matar al arte, o a lo que él tiene de arte, y muere, porque niega su esencia. Pero el final más bien es la vuelta al propio dilema nunca solucionado, porque como bien dice en la carta “Yo la amaba para después.”

EL NOMBRE DE UNA ÉPOCA

EL NOMBRE DE UNA ÉPOCA

MARTHA ISABEL ANDRÉS ROMÁN,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El férreo representante de la Inquisición vuelve a levantar su mano acusadora. ¡El monje que se rinde a los caprichos de la carne y del demonio, la mujer que lo provoca, el hombre justo que los defiende! ¡Todos a la hoguera! ¡Sus almas arderán en el fuego purificador porque han manchado el nombre de la Iglesia, porque han cometido una herejía tras otra y eso se paga con la muerte!

Pero el fuego no devora las almas, sino los volúmenes; no incinera la carne, sino el papel. La biblioteca imponente, cárcel de la historia del mundo, dueña del pasado y del presente, se vuelve víctima de sus propios secretos.

Guillermo de Baskerville demuestra su verdad, esa verdad que es humana y no demoníaca, mientras el joven Adso se adueña de escenas que lo acompañarán hasta el final de su existencia.

Todo eso, y muchísimo más, hay en El nombre de la rosa, el libro del italiano Umberto Eco que trasciende las fronteras de los géneros creativos convencionales para fundirse en una combinación de suspenso, pasiones humanas, historia y época.

En medio de la vorágine comunicativa diaria, en un mundo dominado por grandes medios, en una sociedad de la información donde hechos tecnológicos como la televisión e Internet enlazan cada extremo del mundo, una obra como El nombre de la rosa es un reto a la memoria y un testimonio incalculable del camino que ha debido recorrer el hombre para llegar hasta la contemporaneidad.

Toda la Edad Media se siente sintetizada en la obra de Eco: eclesiástico poderío y aspiraciones espirituales, relaciones de propiedad basadas en un feudo explotador, “asechanzas demoníacas” y actos de herejía, constantes penas terrenales en espera de una redención divina después de la muerte…

La trama podría parecer la de cualquier novela detectivesca. El astuto Guillermo, una especie de Holmes o Poirot medieval; su novicio Adso, el Watson que lo acompaña y narra sus descubrimientos. Pero El nombre… rompe los esquemas de cualquier encasillamiento para convertirse ella misma en un género.

Un monasterio benedictino en la cima de una colina, dos monjes franciscanos que llegan con anticipación a una esperada reunión, y el asesinato de uno de los ilustradores de la abadía, son los hechos que sirven de apertura a todo el texto. A medida que fray Guillermo investiga y analiza, todas las pistas conducen a un lugar común: la biblioteca.

De allí parecen provenir todos los misterios. Cada una de las muertes que se suceden en la historia gira en torno a este espacio y a un libro cuya existencia es negada. La pesquisa no resulta tarea fácil, pues el sitio, laberíntico e inexplorado para todos los monjes, únicamente es conocido por el bibliotecario y su ayudante, y solo el primero de ellos sabe de los ejemplares encerrados en los inmensos estantes.

¿Es casual que sea este el lugar escogido por el autor como escenario de su obra? ¿Por qué la biblioteca y no la Iglesia, o la sala capitular, espacios frecuentados a menudo por los monjes? En la Edad Media, etapa caracterizada por el analfabetismo y la ignorancia, donde los focos de conocimiento eran los centros monásticos, la biblioteca era el sitio donde las pocas personas con educación tenían acceso a libros, a obras antiguas y modernas, a las distintas ramas del saber.

Para llegar hasta la solución de los hechos, Guillermo se encuentra con un grupo de personajes que son fiel retrato del momento histórico: el jorobado Salvatore con su confusión de lenguas y su pasado hereje; el ciego Jorge y su negación de la risa; Bernardo Gui, encarnación de la santa e inclemente Inquisición que tanta sangre cobró en nombre de la “justicia divina”.

Y la mujer, la mujer también es un personaje en la historia, una mujer sin nombre que no fue una sino muchas mujeres. Una mujer que fue mujer y pueblo oprimido, que fue la muestra de que la nada existió en la tierra y tuvo rostro femenino. Aparece como principio y fin de males lujuriosos, como negación del amor carnal, como muestra de que allí donde el hombre común no tenía derecho a la educación o al pensamiento, la hembra no tenía derecho ni siquiera a la existencia.

En la obra está la mujer, y también el pueblo al que ella pertenece. Es cierto, ya no es el pueblo esclavo del Egipto faraónico o los romanos conquistadores. Pero ahora es un pueblo que vive oprimido por una sociedad donde Iglesia y señores feudales se arrogan la potestad de apoderarse de su trabajo y las relaciones de vasallaje mantienen al ser humano sumido en la miseria material y mental.

Por eso las escenas de El nombre de la rosa no podían ser más reveladoras: de un lado, largas filas de campesinos traen provisiones a la abadía; del otro, la casa de Dios les arroja sobras que después han de disputarse en lucha animal. ¿Mientras? Los debates de los señores clérigos se centran en la supuesta pobreza de Jesús, y en la interrogante de si la Iglesia tiene o no el derecho de ser una institución enriquecida.

Más allá de elementos formales que hacen de El nombre de la rosa un producto de alta calidad, lo cierto es que la mayor riqueza de la obra está, no en ser la imagen de una época, sino en ser la época misma. Apoyado en la maestría narrativa y el conocimiento histórico profundo, Eco consigue detener el tiempo actual, montarnos en la máquina del tiempo de Wells, y hacernos sentir la aureola mística del Medioevo.
 


EL MISTERIO DE JOSTEIN GAARDER

EL MISTERIO DE JOSTEIN GAARDER

“Mi consejo a todos aquellos que quieran encontrarse a sí mismos es que sigan justamente donde están. Si no, existe un gran peligro de que se pierdan para siempre.”  Jostein Gaarder

MARITA PÉREZ DÍAZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En la pasada Feria Internacional del Libro, el escritor noruego Jostein Gaarder apareció en la Facultad de Artes y Letras como uno de esos comodines de las barajas. Nos miró fijamente a los ojos y preguntó: “¿De dónde venimos?” Esta y otras preguntas sin respuesta nos hacen reflexionar en su libro El Misterio del Solitario, ganador del Premio Literario de Asuntos Sociales, el Premio Nacional de la Crítica Literaria en Noruega y el Premio Europeo de Literatura Juvenil.

La historia comienza cuando Hans Thomas, un muchacho noruego de doce años, y su padre, un marinero apasionado por la filosofía, emprenden viaje por carretera hacia Atenas en busca de su madre, quien los había dejado para "encontrarse a sí misma".

Un enigmático enano regala a Hans una lupa y le aconseja que pasen la noche en Dorf, pequeño pueblo suizo. Allí, un viejo panadero le obsequia un panecillo en cuyo interior se oculta un diminuto libro que comenzará a leer con la ayuda de la lupa. A partir de ese momento, el muchacho vivirá otro emocionante viaje paralelo: el de la imaginación. Conocerá de Frode, marinero que sobrevivió a un naufragio en una isla desierta, de sus barajas y de cómo combatió la soledad haciendo que cada una de las 53 cartas tuviera vida propia.

Pensando en todo ello, Hans Thomas formulará las eternas preguntas de la humanidad: ¿Quiénes somos? ¿Cuál es el auténtico significado de nuestra vida? ¿Hasta qué punto nosotros, a diferencia de los naipes, podemos determinar nuestro destino?

Un aspecto original de la obra es el calendario basado en las barajas. El año tiene 52 semanas, de manera que cada carta tiene una. Siete por 52 son 364, pero el año tiene 365 días, por lo que sería el día del Joker. En los años bisiestos se añade otro, es decir, otro Joker, quizás por eso los naipes tienen dos. Gaarder utiliza esta interesante teoría al dividir su libro en 52 capítulos para cada una de las cartas y uno para el Joker.

El Solitario, según su tesis, es aquel que va por el mundo cuestionándose las cosas sencillas y a la vez complejas de la vida. Ser un Solitario es ser una persona con inquietudes filosóficas, inconforme con las respuestas vacías, y al que nunca se le termina la curiosidad infantil.

Gaarder utiliza diversos conceptos filosóficos y datos verdaderos de la Historia de la Filosofía, pero en ocasiones escoge el camino más fácil para no complicar sus explicaciones. No subestima al lector, pero a veces deja algunas cuestiones en el aire. Un ejemplo es cuando reflexiona sobre el destino y se basa en la historia de Edipo. Dice que Edipo significa “el de los pies hinchados” por el mal trato recibido en Tebas, y no se complica diciendo que es porque lo habían colgado por los talones. Si de todas formas ofrece todos los detalles del cuento, incluso algunos más insignificantes, creo que este también podía haberlo dado.

La filosofía es un tema recurrente en los libros de Gaarder, tal es el caso de su conocida obra El mundo de Sofía, traducido a más de 50 idiomas y convertido en Best Seller. Pero, desde el punto de vista literario, El misterio del Solitario tiene más valor; pues además del habitual trasfondo filosófico, la historia es el centro de atención. En ambos textos utiliza la fórmula que le ha dado éxito de “libro dentro del libro” o “historia dentro de la historia”, con la que nos hace reflexionar a través del pensamiento de los más grandes filósofos: los niños.

El libro llega a nosotros casi 20 años después de ser escrito, y su forma sencilla, directa y amena, lo hace de fácil entendimiento por el público juvenil. Pero no por estar dirigido especialmente a los jóvenes significa que no sea una lectura sugerida para los adultos, en especial aquellos que ya no recuerdan cómo eran de niños. Es una obra para todos: los curiosos, los reflexivos, los aventureros y,  principalmente, para esos Joker que van por la vida desentrañando misterios.

El tiempo hace que nos hagamos mayores, sentencia Gaarder en su obra, pero nos da esperanzas cuando expresa que "en cualquier momento, y en cualquier lugar, puede salir disparado un pequeño bufón, joker o solitario, con largas orejas de burro y cascabeles tintineantes. Nos mira fijamente a los ojos y pregunta: ¿De dónde venimos?”.

EL DEBER EN EL GENERALÍSIMO

EL DEBER EN EL GENERALÍSIMO

Máximo Gómez. Utopía y realidad de una República, del investigador Yoel Cordoví, fue Premio de Monografía Histórica del Concurso Julio 2001.

IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ 

Quizás Yoel Cordoví no tuvo dimensión exacta del texto que preparaba cuando escribía su tesis de maestría en la Facultad de Historia de la Universidad de La Habana. Pero hela aquí, con ampliaciones, en Máximo Gómez. Utopía y realidad de una República, ya libro de la Editora Política que se muestra como un fresco del devenir del primer guerrillero de América.

Son 258 páginas que nos acercan a un hombre entre dos mundos, su personalidad, influencias que le perfilaron, posición ante los Estados Unidos y frente a los partidos políticos. Tal puede ser el resumen brevísimo de este texto de valor inapreciable para los estudiosos de Gómez, de ese cubano-dominicano que al morir solo llevaba como insignias el escudo y la estrella de la Bandera cubana.

En toda la obra, Cordoví enfatiza más de una vez en los principios éticos y el humanismo del Generalísimo, cautivado por desentrañar las claves que integraron al jefe militar austero, ríspido, capaz de castigar por igual a oficiales y a soldados, y a sí mismo, ante un error. Junto a esa recia personalidad, el padre amantísimo, el consejero de la más pura moral, el hombre que se unió a Manana, el que escribió bellas misivas. Y también, el que vivió en la mayor humildad, vio morir a los hijos enfermos de "parásitos" y, aún así, no permitió dineros que no fueran dados por la rectitud del trabajo.

Máximo Gómez, nos dice desde esas páginas el investigador del Instituto de Historia de Cuba, parte de sí mismo, de su concepción del deber que lo nutre para entregarse a lo que él considera las razones de su existencia: "La familia, la sociedad y mis hermanos los hombres".

En ese singular ser humano "no hay nada más allá que no sea desprendimiento total, un afán de luchar por la libertad y el progreso de los pueblos y por la satisfacción de los intereses de los grupos y sectores preteridos de la sociedad". La esencia de sus postulados éticos radica, entonces, en su humanismo, y en ese contexto define sus proyecciones.

El deber es palabra sagrada para el Generalísimo y no escatima consejos para que se propague tal actitud ante la vida. Hay una cita reveladora: "...Sé tu dueño de ti mismo. Cumple, como debes cumplir. Haz todo el esfuerzo necesario... aun más que el necesario. Olvídate de ti, sobre todo olvídate de ese miserable pedazo de carne y hueso que es tu ser físico, y luego que vengan las responsabilidades". A los hijos les enseñó que "la mejor de todas las religiones es la del deber".

Es más, la visión de la muerte queda establecida en este militar a partir de su propio concepto de la vida, en el que ineludiblemente está presente el sentido del deber que lo acompaña siempre: "La muerte de un hombre, en realidad, no es nada sorprendente ni poco ni mucho sensible a no ser por la falta que hace a la sociedad, a quien se debe, y por el recuerdo amado de sus virtudes y hombría de bien que deja entre los suyos con su eterna ausencia".

En cada palabra de Cordoví hay una recreación de la personalidad de Gómez. No es el historiador de apuntes fríos, de hechos. Es un hombre que habla sobre otro hombre admirado, sin que le cieguen posturas románticas, sin que las contradicciones de Gómez no las analice desde muchas aristas que le permiten respetar el tiempo del guerrero y las circunstancias en las que se desarrolló. Y lo más importante, con tino deja que sea el propio Gómez el protagonista que se devela a sí mismo una y otra vez.

Léase esta cita: "Jamás aunque ande como ando, con los fondillos remendados tomaré parte en evoluciones ni en política de partidos, sino en Revoluciones de principios e ideas que cambien cosas y hombres viejos y malas por cosas y hombres buenos y nuevas"(sic).

Yoel Cordoví, merecedor de la Distinción Por la Cultura Nacional, ha expresado: "En Máximo Gómez hay un conjunto de valores morales y de principios éticos que están en la base de su pensamiento político iniciado en los campos banilejos (de Baní, República Dominicana) y del que no se puede desconocer la influencia que en él ejercieron sus padres, Andrés Gómez y Clemencia Báez. Indudablemente, ahí podemos hallar pautas formativas de su personalidad, de su desinterés material y desprendimiento total".

La edición de Máximo Gómez. Utopía y realidad de una República, Premio de Monografía Histórica del Concurso Julio 2001, ha estado dirigida básicamente a estudiantes, profesores e investigadores. Pero de este libro de abundante referencia sobre un hombre paradigmático y su relación con la sociedad, el espacio y el tiempo, quisiéramos muchos ser dueños.

EL COLOR PÚRPURA: UNA NOVELA DE GÉNEROS Y COLORES

EL COLOR PÚRPURA: UNA NOVELA DE GÉNEROS Y COLORES

DAINERYS MACHADO VENTO,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El sometimiento de la mujer a las leyes sociales implantadas implícitamente durante la historia de la humanidad, ha sido tema tratado en innumerables ocasiones y de las más disímiles maneras por las diferentes manifestaciones artísticas.

La literatura no ha escapado del hechizante reto que significa filosofar, directa o indirectamente, sobre la posición de la mujer en las sociedades, invariablemente plagadas de machismo. Se calcula que en la actualidad dos tercios de los analfabetos del planeta son de género femenino.

Títulos como Ana Karenina, de León Tolstoi; La Dama de las Camelias, de Alejandro Dumas (hijo); Jane Eyre y Mujercitas, de las hermanas Brontte; son solo algunos ejemplos que vienen a la mente al pensar que numerosos escritores, signados por épocas y conflictos diferentes, han coincidido en tratar, con enfoques heterogéneos, los problemas sociales de género.

Pero una de las más atrevidas autoras, una de las más arriesgadas, y exitosas, en las formas de abordar este conflicto ha sido, sin lugar a dudas, la afronorteamericana Alice Walker.

No nos engañemos pensando que asume el reto de escribir sobre la segregación femenina con más audacia, por ser una figura contemporánea. Antes de ser una escritora de tiempos actuales, y por sobre las ventajas que esto podría implicar, Alice Walker (n.1944) es una mujer negra, nacida en una sociedad racista (Estados Unidos) en una época de convulsas acciones y reacciones xenofóbicas.

Con una obra, compuesta por ensayos, poesías, novelas y cuentos, su trabajo encuentra su momento cumbre en la novela epistolar El Color Púrpura, publicada por vez primera en 1983.

La tesis de esta conmovedora historia podemos hallarla en las palabras de la prologuista de una antología de escritoras afronorteamericanas que vio la luz en 1960. Reflejo de la impaciencia de las autoras que componían la antología por poder expresarse, en el preámbulo de la misma se leía: “Si nosotras las mujeres vamos a ir a la esencia de las cosas, lo primero que tenemos que averiguar es qué significa la liberación para nosotras, qué debemos hacer para alcanzarla y cuáles son los beneficios que nos aportará”.

En la búsqueda, tal vez inconsciente en alguna medida, de esas respuestas, se debate Celie a lo largo de la novela; y no solo ella como protagonista de esta historia, sino todos los personajes femeninos que construye la escritora.

Nettie, se va de casa huyendo de un padre que ya cometió incesto con su hermana mayor (Celie) y que ante la ausencia de esta quiere cometerlo con ella. Llega, sin quererlo, al encuentro de sus raíces, preocupación común de muchos de los personajes de Walker, como de ella misma.

Shug Avery representa a la mujer en apariencia feliz, que por dentro sufre el complejo de ser rechazada por todos a causa de su fama de libertina. “Shug Avery está enferma, y en toda la ciudad no hay quien quiera tener en casa al Ruiseñor de Oro”.

Sofía es la que más se acerca a la “liberación”, pero no a la felicidad. ”A algunas mujeres no se les puede pegar—le dice Celie a Harpo, esposo de este personaje—Sofía es de esas”. Pero en el tiempo en que se narra la novela— primeras décadas del siglo XX— la mujer negra que no era aplastada por el machismo, sufría el racismo o las desigualdades sociales, y después de que Sofía le pega al Alcalde y a su mujer en defensa propia, es convertida en criada. Entonces, Nettie le cuenta a Celie que “le hablé y me pareció que eso la violentaba, porque hizo como si se desvaneciera”.

Las pseudotramas de estos personajes, y de otros menos complejos, enriquecen la trama central y nos permiten ir ahondando en las raíces culturales de una raza africana desarraigada, que a pesar de muchos años de aplatanamiento en tierras norteamericanas, no llega a ser aceptada por los oriundos. En El color púrpura, como en la realidad estadounidense, la protagonista es la más afectada por poseer la doble condena de ser mujer y de ser negra, con todo lo que esto implica (explotación sexual, laboral, incultura, maltratos psicológicos y físico).

Tal vez por ello la autora se apoye en el estilo epistolar para narrarnos esta historia de dolores y esperanzas a través de los ojos del personaje protagónico, que completa sus conocimientos de los acontecimientos con lo que los otros personajes le cuentan; o con las cartas de Nettie, suerte de narrador testigo que aparece hacia la mitad de la obra para traernos, a nosotros y a Celie, la esperanza en la felicidad, y en la posibilidad de un futuro mejor.

La crítica ha alabado en reiteradas oportunidades el uso que da Walker al “resplandeciente poder” del lenguaje, y que ella misma ha definido como black folk English (negro popular inglés). Recurso que nos acerca aún más al Sur agrario y subdesarrollado que vive Celie.

El habla popular de cada personaje, las alegrías y tristezas que matizan las relaciones entre ellos, las contenciones y complejos que sufren, la marcada humanidad de que los dota la autora; nos acercan a una impresionante construcción psicológica, en la que ninguno es totalmente malo, ni totalmente bueno, y todos son símbolos de la realidad social.

La de Alice es una novela sentimental, con una gran carga psicológica, que trasciende una historia individual para llevarnos a una representación sociológica de los primeros años del siglo pasado, tiempos tan fatales para los afronorteamericanos que incluso, el marginado barrio de Harlem, se erigía como paradigma de felicidad para los negros sureños. En una de sus cartas Nettie cuenta a su hermana: “...Nueva York es una ciudad hermosa. Y la gente de color es dueña de todo un barrio que se llama Harlem”.

Walker nos narra la historia de la heroicidad de cada día y nos sumerge de forma desprejuiciada en las decisiones y desesperaciones de sus personajes femeninos.

Porque el conflicto del que nos hace parte va más allá de la lucha por la igualdad racial, que no es ni siquiera comprendida en toda su magnitud por los propios protagonistas de la novela. El conflicto encuentra su centro en la búsqueda del amor y de la comprensión como necesidades humanas, porque como dice la controvertida cantante, Sugar: “todo quiere ser amado, hasta lo más pequeño e insignificante”.

Shug Avery y Celie encuentran en el lesbianismo la única manera de vivir el amor que les ha sido negado por sus familias, por sus conocidos y por el destino mismo:

“A mi nunca me han querido.

“Yo te quiero, Miss Celie, me dice. Entonces se levanta un poco y me da un beso en la boca.

“Hum, dice como sorprendida...

...Yo y Shug dormimos como leños... ¿Que cómo es? Pues como dormir con mamá, sólo que yo no recuerdo haber dormido nunca con ella”.

Y de esta manera tierna y cruda, Alice Walker nos va describiendo más de treinta años de tristezas, temores y amor sincero.

Así apostamos— arriesgándonos a oponernos a muchos criterios— por conectar a la protagonista de El Color Púrpura con su autora. Ambas poseen el empeño de luchar por ser felices. Son mujeres negras que se enfrentan a una vida llena de conflictos, en una sociedad llena de contradicciones. Son desprejuiciadas, una por temperamento, la otra por inocencia; y ambas adquieren conciencia a lo largo de sus existencias del misticismo de sus raíces africanas.  

Nos descubren mediante sus palabras todo un mundo de desesperanzas, anhelos y alegrías. Walker pone sus denuncias en la pluma de la inocente Celie, juntas le cuentan a Dios los pesares de una sociedad racista y esclavizante. Juntas nos dan el privilegio de ser partícipes de una novela desgarradoramente necesaria. Nos permiten descubrir una mágica novela de mujeres devenida denuncia, o para ser fieles al título de este trabajo: nos permiten descubrir una mágica y terrible historia de mujeres negras.